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El negocio editorial en la Antigua Roma

17 jun
17 junio 2013

Actualmente, cuando cogemos un libro en nuestras manos, no siempre somos conscientes de que perpetuamos una tradición de más de 2000 años de historia y que tuvo su origen en los cuadernos formados por varias tablillas de cera que los romanos usaron a finales de la República. La palabra libro procede, de hecho, del latín “liber” que aludía a la corteza del árbol usada como el soporte de las tablillas de cera utilizadas para escribir cartas, notas o textos de corta extensión.

Aunque, de todos modos, la forma habitual del libro en la Roma imperial era el rollo de papiro. Los tallos de la planta se cortaban y se prensaban para obtener unas finas tiras que, posteriormente, se entrelazaban en forma horizontal y vertical para obtener unas láminas de unos siete u ocho metros de longitud dispuestas para su uso. El texto se disponía en columnas, por lo que el lector tenía que ir desenrollando el libro con una mano mientras lo iba enrollando con la otra. Pero la fragilidad del rollo de papiro, el hecho de que una sola obra precisara varios volúmenes o rollos para contenerla y el mayor costo del material hizo que a partir del siglo IV d.C. triunfara el códice de pergamino hecho con pieles de animales secas: más barato y manejable, imponiéndose al rollo. Excepto los poemas y las cartas, que normalmente se escribían por el propio autor, el resto de géneros literarios eran dictados a uno o varios copistas. Así lo hacían César, Cicerón o los dos Plinios.

El negocio editorial

Una vez el autor había acabado el manuscrito original, comenzaba el circuito del libro propiamente dicho. Algunos autores que trabajaban al dictado usaban sus propios copistas, generalmente esclavos o libertos, para producir algunas copias privadas que distribuían gratuitamente entre amigos con el doble ánimo de hacer un regalo y recabar críticas o consejos de cara a la futura edición comercial. También era usual que los autores organizaran lecturas públicas de sus manuscritos pero rara vez motivaban un interés sincero entre los invitados a escucharlas, pues eran tan habituales y de tan variado interés que Plinio cuenta que era raro el día en que no había una o dos en Roma. Cuando la lectura se llevaba a cabo antes de la edición y venta de ejemplares, los comentarios de los asistentes sí eran decisivos a la hora de animar a los editores a invertir o no en la publicación. La figura del editor en la Antigua Roma tiene en Tito Pomponio Ático a su máximo representante. Era un hombre de vasta cultura y grandes recursos económicos, que se convirtió en el editor exclusivo de las obras de Cicerón hacia la década de los años 50 a.C.

Me vais a permitir un pequeño inciso ya que hablamos de Cicerón… Marco Tulio Tirón era un esclavo de Cicerón que desempeñaba las tareas de lo que hoy sería un secretario personal. Tirón debía tomar nota de todo lo que Cicerón le ordenaba; en muchas ocasiones de todo lo que se deliberaba en el Senado. Para ello, desarrolló un sistema de escritura abreviada que le permitía transcribir fielmente los discursos y cartas a la misma velocidad a la que se hablaba. A aquel sistema se le llamó notas tironianas. El uso de estas notas, por ser útil y práctico, se extendió más tarde por todo el Imperio y a los especialistas en este sistema de escritura se les llamó notarii… origen del término notario. A las notas tironianas se las podría considerar el origen de la taquigrafía.

Tito Pomplio Ático

Tito Pomplio Ático

Volviendo a la edición… El negocio de Tito Pomponio Ático funcionaba de la siguiente manera: Cicerón entregaba sus manuscritos a Ático; éste tenía un taller de copia en el monte Quirinal con una plantilla de copistas (librarios) y de correctores (anagnostas) que producían en pocas semanas muchas copias de alta calidad caligráfica. Los librarios copiaban al dictado del editor y, posteriormente, los anagnostas corregían las copias. Se podían realizar “tiradas” de varias decenas de ejemplares en pocas semanas, aunque nunca se alcanzaban las tiradas de miles de copias como Nunca me aprendí la lista de los reyes godos o De lo humano y lo divino. Otros editores conocidos fueron los hermanos Sosios, editores de Horacio, que poseían un negocio cerca del arco de Jano; el griego Doro, editor de la monumental “Historia” de Tito Livio; o Trifón, editor de Quintiliano y Marcial.

Los costos de la edición corrían a cargo del editor pero si se deseaba realizar una edición más lujosa o de mayor tirada, el autor debía asumir parte del coste. También existía la edición por encargo que solía ser financiada por algún rico lector a quien el autor había dedicado su obra. Así publicó, por ejemplo, el poeta Estacio.

Colaboración de Edmundo Pérez.
Fuentes e imagen: Qué leer en el mundo antiguo – Miguel Angel Novillo López, Juan Luis Posadas. Fotoimágenes

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¿Cómo se transportaban los cadáveres de los cruzados?

13 jun
13 junio 2013

Urbano II recibió la visita de un embajador del emperador bizantino Alejo I Comneno pidiéndole ayuda para derrotar a los turcos selyúcidas. El Papa, que vio la oportunidad de unir bajo un mismo estandarte a toda la cristiandad, no sólo prestaría ayuda al emperador sino que una vez recuperado el territorio perdido por los bizantinos, dirigiría -mejor dicho, ordenaría dirigir- sus ejércitos a Tierra Santa para recuperar Jerusalén. Así que, en el Concilio de Clermont (1095), Urbano II hizo un llamamiento a toda cristiandad para luchar contra los infieles bajo el estandarte de la cruz (cruzada) al grito de…

Dios lo quiere

cruzados

Se había convocado la Primera Cruzada… Encabezados por Francia y el Sacro Imperio Germánico, se unieron caballeros, soldados y numerosa población -unos fanáticos religiosos y otros gente sin oficio ni beneficio que veían la cruzada como una oportunidad de conseguir botín-, hasta transformarse en una migración masiva. En 1099 conquistaron Jerusalén. Aunque la cruzada fue todo un éxito, también fallecieron muchos cruzados durante las distintas batallas. El deseo de los caballeros de noble familia muertos en la cruzada era que sus cuerpos se devolviesen a Europa, pero ¿cómo?

En palabras del historiador italiano Boncompagno da Signa en el siglo XIII…

Los alemanes sacan las entrañas de los cadáveres de sus caballeros de alto rango, si mueren en el extranjero, y dejan el resto del cuerpo hervir mucho tiempo en las calderas. La carne, los tendones y los cartílagos los separan de los huesos. Lo huesos los lavan en vino perfumado y espolvorean con especias, y luego los llevan de vuelta a casa.

Así explica Boncompagno da Signa en qué consistía el Mos Teutonicus (Funeral Alemán). Esta práctica era habitual entre los cruzados cuando morían en Tierra Santa. Dada la imposibilidad de poder llevar el cuerpo incorrupto al lugar de origen del caballero, le extraían el corazón y lo enterraban en algún lugar sagrado, luego descuartizaban el resto del cuerpo y lo ponían a hervir durante varias horas para quedarse únicamente con los huesos. De esta forma, se podían transportar fácilmente y llevárselos a sus familiares para darles sepultura. Hasta que la Iglesia, en este caso el Papa Bonifacio VIII, dijo hasta aquí hemos llegado. En 1300, promulgó al bula De Sepulturis prohibiendo, bajo pena de excomunión, descuartizar y hervir cuerpos para separar los huesos y la carne.

Imagen: Historia Universal,

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El hombre que se inventó un país

11 jun
11 junio 2013

A fines del siglo XIX, el dominio del extremo sudoriental de África estaba dividido entre la Corona Británica y los bóers o afrikáners, colonos de origen holandés sucesores de los primeros europeos que habían colonizado la región en el siglo XVII. En 1886, la reina Victoria –después de sucesivas conquistas, exacciones y una guerra con los bóers– regía sobre las colonias del El Cabo, al sur, y Natal, al sureste. Los afrikáners, por su parte, aún gobernaban dos repúblicas limítrofes entre sí: el Estado Libre de Orange y Transvaal, ambas ubicadas al noreste de la Colonia de El Cabo.

El descubrimiento del fabuloso yacimiento de oro en la región de Witwatersrand (la Tierra del Agua Blanca, en idioma afrikáner), en tierras de Transvaal, generó un desplazamiento masivo de colonos británicos a la región… los llamados uitlanders (extranjeros) por los bóers. Temerosos de aquella “invasión” -ya habían sufrido durante ochenta años sus afrentas y robo de tierras- y en defensa de los ciudadanos bóers, el gobierno del Transvaal, encabezado por Paul Kruger -un afrikáner duro y decidido, de proverbial fuerza física y gran ascendiente sobre su pueblo– dictó una serie de leyes proteccionistas y de exclusión en cuanto a la actividad de los ciudadanos británicos dentro de sus fronteras: no tenían derecho a voto, les requerían varios años de residencia antes de poder acceder a una franquicia minera y gravaban con pesados impuestos a las ganancias que pudieran obtener de la misma. A pesar de estas limitaciones, la población uitlander pronto superó a la de los bóers en Witwatersrand: 60.000 frente a 30.000 varones adultos en el año 1895. Las protestas de la mayoría británica se extendieron y se radicalizaron.

Cecil Rhodes

Cecil Rhodes

El catalizador de esa situación inestable fue Cecil John Rhodes. Este británico que había llegado a África a los 17 años, con dinero prestado, en busca de un clima más beneficioso para su salud y se convirtió, en menos de dos décadas, en uno de los hombres más ricos del planeta. Amasó su fortuna en los campos de diamantes de New Rush (posteriormente llamada Kimberley), comprando a precios irrisorios pequeñas concesiones a los mineros que ya no podían hacer frente a los costos de explotación. En 1888 fundó la célebre De Beers Company en sociedad con otros propietarios de concesiones mineras como Barney Barnato y Charles Rudd. En 1890, Rhodes fue elegido Primer Ministro de la colonia de El Cabo y a partir de ese momento dispuso, además de su riqueza personal, del poder político necesario para impulsar su sueño: que el dominio británico en África se extendiera desde El Cabo, en el sur, hasta El Cairo, en el norte. En ese sentido, impulsa la expansión hacia el Norte, hacia Matabelelandia, llamada así por los nativos que poblaban la zona. Esa campaña cubría los dos aspectos más importantes de su visión: la expansión de los dominios de la reina Victoria y la búsqueda de réditos económicos a través de la obtención de concesiones mineras de parte de los reyes nativos. La compañía que obtuvo la concesión del gobierno británico para esa “colonización” fue la British South Africa Company, cuyo principal accionista era Cecil Rhodes. Los territorios ocupados por los británicos recibieron el nombre de Rhodesia… Él mismo llamaba a los colonos de esa región: mis rhodesianos. Una frase resume su filosofía de vida…

Tenemos que encontrar nuevas tierras a partir de las cuales podamos obtener fácilmente materias primas y al mismo tiempo explotar la mano de obra barata que suponen los nativos de las colonias. Las colonias también proporcionarían una salida para los bienes excedentarios producidos en nuestras fábricas

En 1895, la situación de los colonos británicos en la zona minera de Witwatersrand había alcanzado un nivel intolerable para ellos y se comienza a hablar de sublevación. Rhodes ve la oportunidad de, mediante un audaz golpe de mano, hacerse con el control de los yacimientos auríferos y anexar el Transvaal al Imperio británico. Junto con su hombre de confianza, el Administrador General de Matabelelandia, Leander Starr Jameson, urden un plan para invadir el Transvaal con una fuerza armada que se uniría a los sublevados en la ciudad de Johannesburgo y derrocar al gobierno bóer. Jameson prepara la fuerza invasora en la frontera del Transvaal con Matabelelandia: 600 hombres armados con rifles y ametralladoras Maxim a la espera de la señal para intervenir. Pero ese aviso se demora debido a diferencias entre los dirigentes que debían encabezar la sublevación dentro de Transvaal. Frustrado por la espera, preocupado por que todo el plan se descubra y convencido de que la incursión forzaría a los rebeldes a actuar, el 29 de diciembre de 1895 Jameson da la orden de avanzar sin contar con el visto bueno de Rhodes. Joseph Chamberlain, el Secretario Colonial británico, que teme que esa acción no sea aprobada por la Corona, decide cubrirse las espaldas y sabotearla: envía telegramas a los colonos ingleses del Transvaal advirtiéndoles que no presten apoyo a la columna invasora y advierte a Rhodes que su posición puede verse seriamente comprometida si se descubre su participación en la incursión. Así que Jameson, de la noche a la mañana, se convirtió en un paria, en un individuo que estaba actuando por su propia cuenta sin el más mínimo apoyo oficial.

La fuerza invasora de Jameson se interna en el Transvaal pero no logra concretar una acción fundamental: cortar las líneas de telégrafo que van a Pretoria, la capital bóer. Eso permite que sus movimientos sean rastreados desde el preciso momento en que cruzaron la frontera permitiendo que las fuerzas bóers los embosquen y mermen sus filas. El 2 de enero de 1896, después de tres días de combates, Jameson y sus tropas se rinden al general Piet Cronje y son conducidos a Pretoria. Más tarde, el gobierno bóer los devolverá al Gobierno británico para ser juzgados. En cuanto a los uitlanders que supuestamente encabezarían la rebelión desde dentro, fueron condenados a morir en la horca aunque la sentencia fue luego conmutada por 15 años de prisión.

A pesar de no poder obtener el botín deseado, la incursión de Jameson provocó consecuencias que a la larga fueron favorables a los intereses de la Corona. En primer lugar, los hombres que tomaron parte en la incursión habían salido del cuerpo de la recién creada Policía de Matabelelandia. Ante esta sangría de efectivos, los nativos matabeles, de estirpe guerrera, aprovecharon la ocasión para rebelarse contra los ocupantes blancos. Las tropas británicas tardaron más de un año en sofocar la rebelión que costó miles de vidas en ambos bandos pero les sirvió de excusa para establecer un férreo y brutal dominio. En segundo lugar, las disputas entre los colonos británicos del Transvaal y el gobierno de Paul Kruger se intensificaron y en 1899 las repúblicas bóers declaran la guerra al Imperio, comenzando así la Segunda Guerra Anglo-Bóer que culminaría con la victoria británica y la anexión de ambos estados al dominio inglés.

Debido a las sospechas sobre su apoyo a la incursión, Rhodes debió renunciar a su cargo de Primer Ministro de la Colonia de El Cabo. A partir de entonces, dedicó sus últimos años de vida a “su Rhodesia“. Murió a los 48 años y su tumba está allí, en la actual Zimbabwe, en las Colinas de Matopos, lugar sagrado para los matabeles muy cerca de la tumba de Leander Starr Jameson.

Colaboración de Pablo Petrides
Os recomiendo Beautiful Rhodesia de Carlos Erice.

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Cuando Drácula se convirtió en el mejor aliado del Papa.

06 jun
6 junio 2013

El Papa Pío II reunió a los representantes de la cristiandad en el Concilio de Mantua (1459)  para convocar una nueva cruzada contra los turcos que, desde la toma en Constantinopla, avanzaban por el Este de Europa. El llamamiento fue recibido con indiferencia por los líderes europeos -más preocupados por las disputas entre ellos- con la excepción de Matías Corvino, rey de Hungría, y Vlad III, príncipe de Valaquia, también conocido como Vlad Tepes, Vlad el Empalador… o Drácula. La crueldad de este personaje histórico sería la fuente de inspiración para la criatura literaria que vio la luz en la novela de Bram Stoker Drácula (1897). El origen del nombre de Drácula viene de su padre Vlad II Dracul que fue miembro de la Orden del Dragón (Dracul) fundada para proteger el cristianismo en Europa del Este.

Vlad III - Drácula

Realmente, tanto Corvino como Vlad tenía a los turcos a las puertas y, lógicamente, eran los más interesados en que prosperase la propuesta; así que, se aliaron y recibieron del Papa 40.000 ducados para reunir un ejército que detuviese a los turcos. Sintiéndose fuerte, Vlad decide no pagar el tributo exigido por el sultán Mehmed II (10.000 ducados y 500 muchachos para su ejército de jenízaros) como muestra de vasallaje. El Sultán no puede consentir aquel desprecio y ordena asesinarlo. Para ello, el general turco Hazma Bey solicita reunirse con el príncipe de Valaquia para tratar los términos de un nuevo acuerdo. Vlad, sabiendo que era una trampa, acepta la propuesta y prepara a sus hombres para tenderles una emboscada. Captura a la delegación turca y, siguiendo un riguroso orden, los empala dependiendo de su rango: los de más alta graduación militar en estacas más altas. Ahora que es él quien controla la situación, y sin encomendarse al Papa ni a su aliado, decide seguir adelante. El grueso del ejército turco esperaba al otro lado del Danubio la orden de atacar cuando el príncipe hubiese sido asesinado, pero son sorprendidos en medio de la noche por las tropas de Vlad… y derrotados. El resultado de las correrías de Vlad al otro lado del Danubio fueron más de 20.000 hombres empalados en un bosque de estacas.

En palabras de Nicolás de Modrussa, legado del Papa…

Él mató a algunos rompiéndolos bajo las ruedas de los carros, otros fueron despojados de sus ropas y desollados vivos, otros insertados en estacas y colocados sobre brasas al rojo vivo, la mayoría empalados con estacas que entraban por el ano atravesaban sus entrañas y salían por la boca…

Y el Papa, ¿qué opinaba de este bosque? Pues supongo que tendría que decir que era una masacre pero, por otro lado, Vlad ayudó a mantener a raya a los otomanos y consideraría que el bosque de empalados era un arma psicológica contra los infieles.

Fuente: “De lo humano y lo divino

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La guerra de papel entre EEUU y España

03 jun
3 junio 2013

El 15 de Febrero de 1898 a las 21:40 horas, una inesperada explosión vino a turbar el bullicio noctámbulo de La Habana. Una explosión en el acorazado estadounidense Maine lo hundió irremediablemente… dos oficiales y 266 marinos perdían la vida.

Después de 115 años, aquel episodio sigue siendo objeto de controversia y misterio, ya que no se sabe aún a ciencia cierta qué o quién produjo la explosión. Lo único seguro es que cambió el curso de la historia y que EEUU lo utilizó como excusa para intervenir en Cuba, algo que ya planeaba en su carrera para convertirse en la primera potencia militar del siglo XX. Los planes estadounidenses se vieron favorecidos por la inestabilidad económica española, la debilidad del gobierno del liberal Práxedes Mateo Sagasta y los aires de independencia que soplaban cada vez con más intensidad en Cuba.

USS Maine

Ante la inestabilidad de la isla y viendo la posibilidad de que los independentistas cubanos lograran derrocar finalmente al ejército español, y con ello perder la posibilidad de controlar la isla, el gobierno estadounidense se decide a intervenir. Con la excusa de asegurar los intereses de los residentes estadounidenses, el 25 de enero de 1898 EEUU envió a La Habana el acorazado Maine, sin previo aviso e incumpliendo las prácticas diplomáticas habituales. Para corresponder con aquel gesto de “amistad“, el gobierno español envió el crucero Vizcaya al puerto de Nueva York. A pesar de todo, las autoridades españolas de Cuba recibieron con corrección a los marinos capitaneados por Charles Segbee e incluso fueron invitados a actos oficiales, bailes, corridas de toros, etc. Pero la explosión del Maine cambió radicalmente aquel panorama… La prensa amarilla estadounidense, especialmente el New York Journal de Randolph Hearst y el New York World de Joseph Pulitzer, llevaban años utilizando los excesos cometidos por los españoles en la isla -como el caso de Evangelina Cisneros- para poner a la opinión pública estadounidense en contra de los españoles… el Maine inició la guerra del papel.

New York WorldNew York Journal

Dos días después de la explosión del acorazado, el New York Journal titulaba a toda plana “La destrucción del acorazado Maine fue obra del enemigo“, “Los oficiales de la Marina piensan que el Maine fue destruido por una mina española“. Iba acompañado de un dibujo del barco explotando sobre unas minas conectadas por cable con las fortalezas de La Habana. Cuatro días después pedía la intervención militar en la isla y llamaba “cerdos” a los que daban más importancia a la caída de sus acciones que al “asesinato de (266) marineros norteamericanos”. El entusiasmo bélico del New York Journal llevó a que se bautizara el conflicto como “The Hearst War” (la guerra de Hearst) y a situaciones tan hipócritas como el hecho de que en marzo se enviase a La Habana al dibujante Frederick Remington como corresponsal de guerra. Pasados varios días, Remington telegrafió que todo estaba en calma y que deseaba volver porque allí no iba a haber ninguna guerra. Hearst le contestó:

Quédese ahí. Usted mande los dibujos, la guerra la pongo yo.

Aunque la prensa española sabía que España no podía responder militarmente a las provocaciones de los estadounidenses, decidieron responder con sus propios medios. El Heraldo de Madrid sostenía que los soldados estadounidenses desertarían al oír los primeros disparos. Mientras tanto, la revista Blanco y Negro publicaba:

Es injusto con los cerdos
a los yanquis comparar
porque el cerdo es provechoso
y el yanqui perjudicial.

El republicano Francesc Pi i Margall tildó a estos medios de “prensa infame”, pero esta afirmación, sumada a sus peticiones de paz y a la invocación del derecho de los cubanos a su independencia, terminarían costándole su escaño por Girona en las elecciones de 1898.

Hearst y Pulitzer

La crispación llegó a tal punto en EEUU que los medios de comunicación y los círculos políticos radicales criticaron duramente al Secretario de Estado, John D. Long, por descartar la responsabilidad española en el incidente del Maine. Theodore Roosvelt, subsecretario de Estado de la Armada, que quería enviar sus naves a Cuba de forma inmediata, afirmó que el presidente tenía “tanto carácter como una tarta de chocolate” cuando McKinley anunció a la prensa que no estaba dispuesto a declarar la guerra a España. Preocupado por las crecientes críticas de ser “un blando“, el presidente McKinley pidió al Congreso -”en el nombre de la humanidad, en nombre de la civilización, en nombre de los intereses estadounidenses en peligro de extinción“- la autorización para expulsar a las fuerzas españolas de Cuba… el resto de la historia es sobradamente conocido.

Colaboración de Edmundo Pérez.
Fuentes e imágenes: The United States Becomes an Imperial Power, Remember Maine,La guerra hispanoamericana, 1896-98 – Chidsey, Donald B.

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Orines y soda, el detergente de la Antigüedad

30 may
30 mayo 2013

[…] La pequeña fullonica de Quinto Talpicio estaba situada a espaldas de la muralla de la necrópolis. Iónica, la esclava de máxima confianza de Aula Plautia —una de las matronas más admiradas y envidiadas de toda la colonia— había acudido aquella mañana a recoger las togas y túnicas de sus amos. Talpicio tenía muy mala fama en toda la colonia. Era caro y sus métodos muy controvertidos. De todos era sabido que en su pequeña balsa de lavado se hacinaba un grupo de esclavos viejos, malnutridos y macilentos que tardaban más de lo normal en enjuagar las prendas. Pero lo peor no era eso; los orines que usaba en el proceso le llegaban de cualquier forma, recolectados en letrinas y lupanares, además de emplear esencias baratas y aguadas para quitarle ese aroma ácido a las prendas después de prensarlas. Pero no había mucho más donde elegir. De los cinco establecimientos que hubo en la colonia antes del asalto de los francos, solo quedaban dos en funcionamiento: el de Voconio y el suyo.

Iónica no estaba sola. Otras esclavas domésticas como ella aguantaban aquella desagradable espera en el vestíbulo de la fullonica, aguardando pacientemente a que les entregaran sus encargos. A pesar de ser Ianuarius, la pestilencia que emanaba desde la sala de enjuague era insoportable. Se consolaba a sí misma pensando en la pobre gente condenada a pasar sus días remojando togas en un charco de orines; en verano aquella tarea todavía sería mucho peor. Tuvo que salir a inspirar una fría bocanada de aire matutino para evitar que una arcada prosperase y la hiciese arrojar las gachas del desayuno. Era un día desapacible y plomizo. Aún había pequeñas placas de hielo entre las losas más sombrías de la calle que se resistían a fundirse y deslizarse entre las hendiduras de la calzada hacia el arbellón.
—Iónica, ¿sabes que el praeses ya está aquí? —le preguntó una de sus compañeras de vestíbulo cuando entró de nuevo en la fullonica.
—Ya me he enterado; me lo dijo mi señora ayer. Severina, son malos tiempos para nuestra fe.
—Sí, tendremos que andar con mucho cuidado mientras esté el praeses en la ciudad. Lo que se escucha en las reuniones sobre él es espeluznante. Muchos hermanos son muy pesimistas al respecto.
—Tampoco hemos de amilanarnos. Dios lo ha dispuesto así, y así hemos de aceptarlo. Cada día rezo por esos dos pobres hombres.
—¿Les has visto? —le susurró la esclava al oído, evitando con ello alguna oreja interesada y delatora.
—No, pero sé que mi señor Antonio visita al más joven de los dos y… ¿Sabes una cosa, Severina? Desde que va a verle, le noto un poco más cambiado, más tolerante.
—Tu señor Antonio siempre ha sido un hombre prudente.
—Sí, pero ahora su mirada no muestra rencor y odio, diría incluso que apatía, como mostraba años atrás. Parece que, por fin, las heridas del pasado empiezan a cicatrizar.
—Iónica, no te veo buena cara, ¿te ha pasado algo con tu señora?
—No, solo es que no he dormido bien; ayer tuve sueños muy extraños. Había un cuervo graznando en medio de un vertedero y, de repente, alzó su vuelo hacia donde yo estaba y, al girarme, me desperté. Cuando volvía a dormirme vi una piedra de molino sobre una playa de guijarros; corrí hacia ella y, cuando estaba a punto de alcanzarla, caí sobre la grava. Al levantar la vista vi el mar, pero no el nuestro, sino una costa que también me resulta conocida, con una montaña y un islote cubiertos de brumas…
—Sí que es extraño… ¿Será un mensaje del Señor?
En aquel preciso instante apareció un joven y famélico esclavo con una cesta repleta de paños, túnicas, togas y demás telas de servicio. Se quedó mirando a la clientela y con voz potente dijo:
—¡Iónica! Aquí lo tienes; no te entretengas, ya has visto cómo está esto hoy de gente… […]

Fullonica de Stephanus

Colaboración de Gabriel Castelló

Sirva este sencillo pasaje extraído de mi novela Devotio para introducir el negocio que vamos a abordar hoy. Toda ciudad o colonia romana disponía de una o más fullonica, nuestra actual lavandería y tintorería. Se han hallado restos de estos negocios en Ostia, Barcino y Herculano, alguno de ellos como la de Stephanus en Pompeya en un excelente estado de conservación. Consistía en una tienda de lavado de ropa de hogar y vestimenta, algo nada relevante excepto por el modo en que se realizaba dicha limpieza antes del uso de sustancias químicas artificiales. El orín humano era la materia prima principal que se usaba en la balsa de enjuague (saltus fullonici), pues el amoniaco que contiene, conjugado con cal y cenizas como blanqueantes, conseguía extraer las manchas de las túnicas, togas y manteles de lana. Su obtención era curiosa, desde importado en ánforas de remotos lugares (el hispano era considerado como del mejor calidad) o recogido en las letrinas públicas e incluso, como en los actuales urinarios de un centro comercial, directamente desde las paredes de la fullonica donde había dispuestas medias ánforas perforadas en su base para que los transeúntes pudiesen aliviar sus vejigas paseando por el pórtico. En Pompeya pueden leerse letreros en las paredes que invitan a hacerlo. Estos orines se mezclaban en las ánforas con las cenizas y la cal y se vertían después en las balsas donde los esclavos se encargarían de enjuagar las telas como si de un lagar se tratase, pisando las prendas e impregnándolas con la pestilente pero detergente emulsión de soda y orines.

El proceso era muy sencillo: tras una breve inspección de las prendas y realizados los remiendos y composturas pertinentes, eran echadas a la balsa para el intenso pisoteo de los esclavos. Una vez las manchas habían desaparecido, las prendas eran llevadas a una balsa exterior más grande, llamada lacuna fullonica, donde se enjuagaban con agua de lluvia recogida en el impluvio, se escurrían y después se tendían al sol, perfumándolas con esencias herbales y florales una vez secas por unas pocas monedas más para los clientes más acomodados. En el afán de la administración pública de recaudar por todo, algo que hoy en día nos suena mucho, el emperador Vespasiano decretó un impuesto sobre los orines recogidos en las propias fullonicae a través de las donaciones gratuitas de la ciudadanía. Dice Suetonio que Tito, el hijo del emperador, le recriminó a su padre dicho impuesto y que aquel extrajo de su bolsa un áureo, se lo puso en la mano y le preguntó si le molestaba su olor. Tito lo negó, y su padre le respondió: “y sin embargo, procede de la orina”. PECVNIA NON OLET… El dinero no huele.

saltus fullonici

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Firma de los Godos y los Papas en la Feria del Libro

28 may
28 mayo 2013

Esto de la red me ha dado mucho, incluso la posibilidad de cumplir un sueño, pero si algo le debo es poder conocer a mucha gente a los que puedo llamar amigos y, ahora, ponerles cara y darles un abrazo y/o beso según se tercie. Además, agradecerles su apoyo y su paciencia. Así que, si os apetece y no tenéis nada mejor que hacer nos podremos ver en la Feria del Libro de Zaragoza y Madrid en estas fechas y horarios:

  • Feria del Libro de Zaragoza:
    • Día 2 de Junio de 11 a 14 en las casetas 45 y 46 y de 19 a 21 en las casetas 47 y 48
    • Día 5 de Junio de 18 a 21 en las casetas 5 y 6
  • Feria del Libro de Madrid:
    • Día 8 de junio  de 12 a 14 en las casetas 315 al 319.
De lo humano y lo divinoNunca me aprendí la lista de los reyes godos

Aviso a navegantes: cuando termine de firmar en Madrid me gustaría irme de tapas y cañas… Ahí lo dejo para quien quiera recoger el guante.

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Cuando Francia, Inglaterra e Italia se disputaron un territorio que sólo existió 5 meses

23 may
23 mayo 2013

La disputa de un territorio por diferentes países europeos no tiene nada de curioso o anecdótico, pero si el territorio en cuestión sólo existió 6 meses… la cosa cambia. Estoy hablando de la isla Graham, isla Julia o isla Ferdinandea (dependiendo de qué país de los que se disputaron su soberanía la nombre).

Ferdinandea

Ferdinandea

Esta isla no es más que Empédocles, un gran volcán submarino situado a 30 km al sur de la isla de Sicilia y cuyo pico se encuentra a pocos metros de la superficie del mar. Su nombre se debe al filósofo griego. La primera aparición documentada de una erupción del Empédocles, convirtiéndose en una isla momentáneamente, se remonta a la Primera Guerra Púnica en el siglo III a.C. Pero el motivo de este artículo se debe a la erupción que se produjo en 1831, cuando de la noche a la mañana apareció un islote que cuando dejó de escupir lava tenía una longitud de 4 km, una superficie de 1,6 km², una altura máxima de 60 metros sobre el nivel del mar y dos pequeños lagos interiores. El 2 de agosto de 1831, cuando apenas se había enfriado la isla surgida del mar, el capitán inglés Humphrey Fleming Senhouse partía desde la isla de Malta para plantar la bandera británica y la bautizó con el nombre de Graham Island. El 17 de agosto, un barco del rey Fernando II de las Dos Sicilias (reino compuesto por la unión de Nápoles y Sicilia, y bajo soberanía de la Casa de Borbón española que en 1861 pasará a formar parte de Italia) llegaba a la isla, quitaba la bandera británica y plantaba la suya cambiándole el nombre por isla Ferdinandea. El 29 de septiembre, una misión científica francesa plantaba su bandera y la bautizaba con el nombre de île Julia.

Ilustración del geólogo francés Constant Prévost de 1831

Ilustración del geólogo francés Constant Prévost de 1831

Aquella situación estuvo a punto de crear un conflicto internacional por la soberanía del islote… que se solucionó sin ningún enfrentamiento. La lava que escupió el volcán estaba compuesta por material fácilmente erosionable y la acción de las olas hicieron que la isla desapareciese el 17 de diciembre… apenas cinco meses después de su aparición.

Esta isla todavía daría para otro curiosa situación. En abril de 1986, en la llamada Operación El Dorado Canyon, la Fuerza Aérea de los EEUU bombardeaba Libia como represalia por la bomba que estalló en una discoteca de Berlín frecuentada por los soldados estadounideneses. Los bombarderos detectaron una sombra bajo el mar, que no era otra cosa que la isla, y creyendo que era un submarino libio… la bombardearon.

Fuentes e imágenes: The New York Times, The Guardian

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