En 1542, centrado en la búsqueda del quimérico el Dorado, Francisco de Orellana cruzó el Amazonas, partiendo desde la cabecera del río Napo en Ecuador hasta su desembocadura en el Atlántico. Y aunque en esta primera expedición no lo logró, tan convencido estaba de su existencia, abundante en oro y piedras preciosas, que murió cuatro años más tarde en el delta del Amazonas, en su segunda expedición, pero esta vez queriendo ir río arriba. En 1558, el entonces Virrey del Perú, decidió organizar otra partida para la búsqueda del paraíso terrenal y puso al mando de la expedición al capitán Pedro de Ursúa. Sin perder tiempo, organizó las tropas (nombró como segundos al mando a Juan de Vargas y Fernando de Guzmán, y a Lope de Aguirre como jefe militar)  y avanzó hasta la cabecera del río Huallaga, afluente del Amazonas en el Perú. El vasco Lope de Aguirre, “el loco Aguirre” para los amigos y prota de esta historia, había nacido en Oñate en 1518, y como muchos otros hijos segundos de familia noble y de escasos recursos económicos, su futuro estaba marcado: u optaba por la carrera eclesiástica o se enrolaba como caballero de fortuna en guerras y aventuras. Y para encontrar fortuna, guerras y aventuras en la Castilla de mediados del siglo XVI ningún lugar mejor que las recién conquistadas tierras americanas.

En Lima, el famoso loco Aguirre tenía alguna cuenta pendiente con la justicia, pero  su estatus de soldado español lo protegía. Era conocido como un hombre de carácter irascible y difícil de dominar, cualidades que lo hacían mucho más atractivo de contratar a los capitanes de navío, porque siempre se requería de un hombre rudo para mantener a raya a la tripulación. La expedición era de grandes proporciones, con más de 300 personas, entre las que se contaban servidumbre indígena y esclavos negros. Fue conocida como la expedición de “Los Marañones” (por aquello de navegar por el río Marañón), que se haría famosa por su magnitud, por los pertrechos y armas que llevaban (más de cien arcabuces y medio centenar de ballestas) y por lo trágico de su final. También formaban parte de aquella magna empresa seis mujeres, un hecho poco frecuente. Una era la amante de Ursúa, una bella mestiza llamada Inés de Atienza, otra era la hija del propio Aguirre, acompañadas por cuatro mujeres indígenas en calidad de damas de compañía. Las naves de la expedición se internaron en el Amazonas, llegando sin incidentes hasta un sitio que los cronistas llaman reino de Machifaros, que algunos geógrafos sugieren que era la ciudad de Coraí, en la Amazonia brasileña. A partir de aquel punto  todo se fue complicado y la expedición se encontró con dificultades y falta de recursos. Muchos de los nobles acusaban a Ursúa de indolente y de dejarse manejar por su amante. Aguirre supo dirigir a su favor a los descontentos. Tres meses después de la partida, Ursúa, Juan de Vargas y sus principales seguidores eran asesinados. Lope de Aguirre era el instigador de esta rebelión, pero hizo elegir al joven sevillano Fernando de Guzmán como nuevo jefe de la expedición (dicen que incluso lo llegaron a nombre rey), reservándose para sí el título de maestre de campo.

De acuerdo con la tradición castellana, el escribano de la expedición levantó acta de lo sucedido y de las causas que lo habían motivado. Casi todos los presentes firmaron el documento, pero Aguirre lo hizo escribiendo “Lope de Aguirre, traidor”. Muchos se escandalizaron, y él aprovechó la ocasión para hacerles saber que al matar a Ursúa se habían amotinado contra la Corona española. Ahora eran rebeldes y nadie les iba a perdonar la vida, de modo que más les valía hacer frente a la realidad. Y puesto que ya no tenían nada que perder, el Loco, que no creía en el Dorado, propuso regresar al Perú, tomarlo por las armas y proclamar aquel territorio como un reino independiente de España. Fernando de Guzmán y sus fieles eran partidarios de seguir adelante… y eso le costó la vida. En mayo de 1561 Aguirre lo mató a puñaladas y…

se osó llamar príncipe y su título era el más bravo y soberbio de todos cuantos se han visto hasta hoy en tirano de ninguna nación, llamándose Lope de Aguirre la ira de Dios, príncipe de la libertad y del Reino de Tierra Firme y provincias de Chile.

En este punto, el grupo de expedicionarios se había convertido en una banda de piratas, muertos de hambre y sedientos de oro, liderados por un tipo inestable y sanguinario como Aguirre, quien con sus propias manos diseñó la nueva bandera: dos espadas cruzadas con su acero goteando de sangre, todo esto en un fondo de tela negra. Así que, solo les quedaban actuar como tales. Eso sí, todavía quedaba una cuestión por resolver:  convencer a sus hombres de las ventajas de retornar al Perú, hipnotizados como estaban por el brillo del oro (imaginario) del Dorado.

El Perú es tierra muy rica y poblada, conquistada, y no es justo dejar lo bueno y lo seguro por lo dudoso, y que yendo al Perú iban a casas y haciendas hechas, de muchas comidas y regalos (…) y lo que tenían entre manos no sabían lo que sería, y primero que se poblase y proveyese de trigo, vacas, puercos y carneros y otras cosas de que había muncha abundancia en el Perú pasarían muchos años; y primero que lo veamos y lo gocemos seremos muchos de nosotros muertos, o tan viejos que no lo podamos gozar; y además de esto, somos tan poca gente para tan larga y anchurosa tarea, é no habrá enviado el rey quinientos hombres, cuando nos prendan y nos corten las cabezas a todos sin quedar hombre a vida, y ésto no será en el Perú, porque tenemos muchos de nuestro bando que nos sustentarán.

Ya fuese por sus palabras, acompañadas de sus dotes de persuasión, o por temor a la ira de Dios, el caso es que nadie se atrevió a llevarla la contraria y el grupo puso rumbo a «más vale pájaro en mano que ciento volando».  A bordo de dos barcazas construidas en la selva, siguieron el curso del Amazonas hasta alcanzar su desembocadura. El  20 de junio de 1561, los marañones desembarcaron al atardecer en la paradisíaca isla Margarita (mar Caribe), y durante dos meses Lope de Aguirre y sus corsarios asaltaron y arrasaron las poblaciones insulares, incluso se atrevió a dar el salto al continente, en la actual Venezuela, donde saqueó y venció a las tropas realistas de tres ciudades venezolanas: Nueva Valencia, Mérida y Tocuyo. Después de pasar a cuchillo a los mayores representantes de la corona española en esos lares, y envalentonado por lo que había logrado hasta aquel momento, decidió lanzarse a la conquista de la ciudad de Barquisimeto. Antes de esto, un detalle curioso: Lope de Aguirre escribió una carta de rebeldía a Felipe II, el monarca español. Aquí algunos fragmentos:

Avísote, Rey español, que estos tus Reinos de Indias tienen necesidad de que haya toda justicia y rectitud para tan buenos vasallos como en estas tierras tienes, aunque yo, por no poder sufrir más las crueldades que usan tus oidores y visoreyes y gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros, que después diré, de tu obediencia y desnaturarnos de nuestras tierras, que es España, para hacerte en estas partes la más cruel guerra que nuestras fuerzas pudiesen sustentar y sufrir. Esto cree, Rey y Señor, nos ha hecho no poder sufrir los grandes pechos, premios y castigos injustos que nos dan tus ministros; que por remediar sus hijos y criados nos han usurpado y robado nuestra fama, vida y honra, que es lástima oír el mal tratamiento que nos han hecho. […]  Especialmente es tan grande la disolución de los frailes en estas partes que, cierto, conviene que venga sobre ellos tu ira y castigo, porque ya no hay ninguno que presuma de menos que de gobernador. Mira, mira. Rey, no les creas lo que te dijeren, pues las lágrimas que allá echan delante tu persona, es para venir acá a mandar. Si quieres saber la vida que por acá tienen, es entender en mercaderías, procurar y adquirir bienes temporales, vender los Sacramentos de la Iglesia por precio; enemigos de pobres, incaritativos, ambiciosos, glotones y soberbios; de manera que, por mínimo que sea un fraile, pretende mandar y gobernar todas estas tierras […] y ésto dígolo por avisarte de la verdad, aunque yo y mis compañeros no queremos ni esperamos de tí misericordia […]

Estando tu padre y tú en los reinos de Castilla sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos, a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes. Mira, Rey y Señor, que no se puede llevar con título de Rey justo ningún interés de estas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en estas tierras han trabajado y sudado sean justificados sus servicios. […]

Fue este gobernador (Pedro de Ursúa) tan perverso, ambicioso y miserable, que no lo pudimos sufrir. Y así, por ser imposible relatar sus maldades, y por tenerme por parte en mi caso, como me tendrás, excelente rey y señor, no diré cosa más que le matamos. Muerte, cierto, bien breve. Y luego a un mancebo, caballero de Sevilla, que se llamaba D. Fernando de Guzmán, lo alzamos por nuestro rey y lo juramos por tal. Como tu real persona verá por las firmas de todos los que en ello nos hallamos, que quedan en la isla Margarita en estas Indias. Y a mí me nombraron por su maese de campo. Y porque no consentí sus insultos y maldades, me quisieron matar. Y yo maté al nuevo rey y al capitán de su guardia, y al teniente general, y a cuatro capitanes, y a su mayordomo, y a su capellán, clérigo de misa, y a una mujer de la liga (coalición) contra mí, y a un comendador de Rodas, y a un almirante y dos alféreces, y a otros cinco o seis aliados suyos. […]

Por cierto tengo que van pocos reyes al infierno porque sois pocos, que si muchos fuérades, ninguno pudiera ir al cielo, porque creo que allí seríades peor que Luzbel, según tenéis la ambición, sed y hambre de hartaros de sangre humana. Mas no me maravillo ni hago caso de vosotros, pues os llamáis siempre menores de edad. Y ansí, Rey y Señor, te juro y hago voto solemne a Dios de que yo y mis doscientos arcabuceros Marañones, conquistadores, hijosdalgo, de no te dejar ministro tuyo a vida, porque ya sé hasta dónde llega tu clemencia. El día de hoy nos hallamos los más bienaventurados de todos los nacidos por estar, como estamos, en estas partes de las Indias teniendo la fe y mandamientos de Dios enteros; aunque pecadores en la vida, sin corrupción como cristianos, manteniendo lo que predica la Santa Madre Iglesia de Roma y pretendemos, aunque pecadores, recibir martirio por los mandamientos de Dios. […]

Hijo de fieles vasallos tuyos en tierra vascongada, yo, rebelde hasta la muerte por tu ingratitud,

Lope de Aguirre, el Peregrino

Ya sea por la época convulsa, las rebeliones indígenas o las gestas libertarias de los criollos, el caso es que no pocos tomaron al otro lado del charco tomaron a Lope de Aguirre con un referente, incluso el  mismísimo Simón Bolívar, quien calificó a la curiosa misiva como “la primera declaración de independencia americana”.

Sabiendo de sus planes de atacar Barquisimeto, las tropas realistas y su gobernador general, ofrecieron un indulto a todos aquellos rebeldes que desertaran de las tropas de Aguirre. La promesa de no ser condenados a muerte tuvieron un efecto inmediato en los hombres que seguían ciegamente al vasco, quien de la noche a la mañana se quedó prácticamente sólo. Aguirre, loco, temperamental y de cuchillo fácil, al verse perdido, degolló a su propia hija. Cuando llegaron hasta él, y ante aquella aterradora escena, le preguntaron si había sido él…

Sí, yo la maté; lo pude hacer porque era mi hija, y es la mejor cosa que hice. Mi hija no servirá de colchón a tanto rufián y tanta gente ruin como hay por estas tierras.

Aguirre murió arcabuceado por sus propios hombres que le habían traicionado, temerosos de que este, una vez derrotado, declarara ante las autoridades sus fechorías. Su cadáver fue descuartizado y enviado a diferentes puntos de Venezuela para que sirviera de escarmiento.

El 27 de octubre de 1561  moría el soldado tan leal como traidor, rebelde, asesino, valeroso, inteligente, vil, blasfemo, sagaz, cruel, neurótico… y traicionado.

Fuentes:
Lope de Aguirre, el monarca del Amazonas que soñó Perú” –  Manuela Cantón Delgado