Desde los tiempos de los godos, los judí­os han sido perseguidos con  mayor o menor intensidad dependiendo del momento y el lugar. Fueron acusados de ser los portadores de la peste, de crucificar niños el dí­a de Viernes Santo para rememorar la pasión de Cristo, se les prohibió practicar determinados oficios, fueron recluidos en guetos y, para rematar la faena, eran marcados con señales distintivas (no fue un invento nazi, muy a pesar nuestro). Toda esta vorágine de humillaciones y aberraciones culminaron con el decreto de expulsión de los judí­os, firmado el 31 de marzo de 1492 por los Reyes Católicos en base a un texto del Inquisidor General, Tomás de Torquemadaa.
Según este decreto, los que no se convirtieron debí­an abandonar Sefarad (así­ es como los judí­os llamaban a España). Unos 100.000 judí­os abandonaron sus casas y su paí­s, obligados a malvender sus pertenencias, a costearse el flete de los barcos… Se exiliaron a Navarra, reino en teorí­a todaví­a independiente, Francia, Inglaterra, el Norte de África y el Imperio Otomano.
Hay varios detalles que nos demuestran el apego que tení­an por esta tierra, que también era la suya: primero, mantuvieron el sefardí­ o judezmo (el castellano del siglo XV) allá donde fueron y segundo, y más importante, conservaron las llaves de sus casas pensando en regresar, pero España se cerró a cal y canto. Las consecuencias económicas y culturales fueron devastadoras…

Espero que la Historia haya juzgado a los responsables y por mi parte sólo puedo pedir perdón.

Imagen: Kalipedia

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