El fuego proporcionó a los primeros humanos una fuente de calor y de luz, una herramienta con la que alargar las horas del día, protegerse de los depredadores, fabricar mejores herramientas y dispersarse por todo el planeta, incluso hacia gélidos parajes y altas latitudes. Y sobre todo, fue esencial para transformar nuestra alimentación.

Es muy probable que las primeras interacciones de nuestros ancestros con este elemento fueran fortuitas; a partir de la observación de los incendios producidos por el impacto de los rayos.