Archive for month: octubre, 2009

El peor estratega de la Historia.

30 oct
30 octubre 2009

Ya hemos hablado en este blog de Aní­bal y de Escipión, pero hubo un encuentro entre ambos, ya desterrados, en la corte del rey Antí­oco que me tiene “mosca”. Después de debatir de los temas propios de la época (fútbol, mujeres, vino, guerras…) el general romano preguntó al cartaginés:

¿Cuáles crees que han sido los mejores generales/estrategas de la historia?

Alejandro, Pirro y Aní­bal por este orden.

¿Y si me hubieses vencido en Zama?

Entonces yo serí­a el primero, contestó Aní­bal.

Por Aní­bal (para mi el mejor) y por Escipión poco tengo que decir pero Pirro… es muy discutible.

Pirro fue el rey de Epiro en el siglo IV a.C. La extensión de su territorio aumentó durante su reinado y triunfó en muchas batallas… pero a un precio demasiado alto. En muchas de las victorias que obtuvo las pérdidas humanas y materiales fueron mayores que las ganancias (en “honor” a Pirro se acuño el término “victoria pí­rrica“). Tras el ajustado triunfo en la batalla de Ausculum contra las legiones romanas, pronunció su famosa frase:

Otra victoria como ésta y estoy perdido.

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Quevedo, un gran polí­tico… de nuestro tiempo.

28 oct
28 octubre 2009

El gran Francisco de Quevedo fue uno de nuestros grandes literatos que utilizó la sátira, la burla y la ironí­a como nadie. Si se pudiera trasladar a este genio de las letras hasta nuestros dí­as, también serí­a un gran polí­tico… yo dirí­a el más grande.

Esta apreciación no es gratuita, tiene su explicación. Los polí­ticos hoy en dí­a, no sé que habremos hecho para sufrir este castigo, tienen que ser unos virtuosos en la práctica del discurso en el que “nos la meten doblada” pero de tal forma que no nos enteramos e incluso nos gusta. Y en ésto Quevedo era el mejor.

En una reunión de escritores, en la que todos conocí­an la facilidad de Quevedo en el manejo de la ironí­a, le retaron para que llamase coja a una dama de la corte que era muy arrogante/soberbia/presumida/petulante… pero que sufrí­a de “cierta asimetrí­a en sus extremidades inferiores” (vamos, que era coja) sin que se ofendiese. ¡Como no! Quevedo recogió el guante. Se dirigió a un jardí­n cercano y cortó un clavel reventón y una rosa roja, se acercó a la dama y le dijo:

Entre el clavel y la rosa, vuesa merced es-coja…

No sabemos la elección de la damisela pero sí­ que Quevedo ganó la apuesta.

Fuente: El parche de la Princesa de éboli – Mª Pilar Queralt

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Pócima para matar cristianos.

27 oct
27 octubre 2009

El pueblo judí­o ha sido ví­ctima, a lo largo de los años, de abusos, masacres, injusticias… Si rápidamente nos viene a la cabeza el holocausto nazi, por su proximidad temporal y múltiples testimonios, no es menos cierto que existen otros muchos actos, menos conocidos, pero tanto o más horrorosos.

Han sido acusados de matar a Cristo, de ser los responsables de la peste, de cometer crí­menes rituales… y de intentar envenenar a los cristianos.

Nos vamos a trasladar a la Francia del siglo XIV, concretamente al año 1321, donde se “descubre” que los leprosos tení­an planeado envenenar el agua de fuentes y pozos. Los leprosos comenzaron a ser quemados y uno de ellos, ante su inminente muerte, confiesa que han sido pagados por los judí­os para acabar con los cristianos. Sin más prueba que esta “supuesta confesión” comienza la caza del judí­o, los que tienen más suerte son expulsados… otros serí­an asesinados o quemados.

El supuesto veneno utilizado para “matar cristianos” estarí­a compuesto por sangre humana, orina, hostia consagrada y algunas hierbas, todo ello desecado, reducido a  polvo e introducido en bolsitas provistas de pesos para hundirse.

Las consecuencias de este “complot” fueron la expulsión definitiva de los judí­os de Francia en 1323 por Carlos IV y el exterminio de los leprosos. En mi tierra lo llaman “matar dos pájaros de un tiro“.

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Necrópolis hebrea en Sevilla.

26 oct
26 octubre 2009

En los años noventa del siglo XX, con motivo de la construcción en Sevilla del aparcamiento subterráneo de Cano y Cueto y de la obra de la Diputación Provincial (antiguo cuartel de Intendencia), salieron a la luz una serie de enterramientos cuya estructura se limitaba simples fosas o bien a tumbas de ladrillo y cubierta en falsa bóveda, en donde la inhumación se practicaba con el difunto en decúbito supino, en ataúd, sin ajuar y con la cara mirando al Este.

Los trabajos de entonces fueron responsabilidad de la arqueóloga Isabel Santana Falcón, que dejó una memoria titulada “De la muerte en Sefarad“, en donde apuntaba que el área de la necrópolis judí­a se definí­a entre las puertas de la Carne y de Carmona, si bien podrí­a haber llegado al actual barrio de San Bernardo. Esta hipótesis ha dejado de serla, ya que en agosto de 2001, en un solar de la calle Campamento en San Bernardo, una excavación de urgencia a cargo del arqueólogo Marcos Hunt, permitió hallar restos de la necrópolis, lo que viene a confirmar la hipótesis de la Sra. Santana al respecto. En esta última excavación, que se cubrió rápidamente de hormigón, se encontraron, excavadas sobre terreno virgen; dos fosas, un osario y tres inhumaciones; a una profundidad de 1,80 m.

No son estas de las dos últimas décadas, las únicas manifestaciones de la necrópolis judí­a, que no ocupaba una extensión uniforme, sino que estaba compuesta por parcelas rodeadas de terrenos inhabitados que hasta el s. XVII no comenzaron a urbanizarse.

En 1580, debido a la hambruna provocada por una gran sequí­a, algunos desgraciados e indigentes profanaron algunas tumbas en los alrededores de la Puerta de la Carne. Destrozaron y abrieron un número indeterminado de ellas, encontrando cuerpos vestidos de ricas prendas, joyas, objetos de oro y plata y cierta cantidad de libros hebreos, algunos de los cuales acabaron en manos de Benito Arias Montano, salvándose así­ de la destrucción y la barbarie.

Así­ mismo, fue descubierta una inscripción mortuoria, grabada en un trozo de columna romana. Este epitafio, que tras mucho deambular por Sevilla, acabó en el Museo Arqueológico, perteneció a un brillante sevillano del s. XIV llamado Rabí­ Salomón, que fue médico, astrónomo y exégeta de gran valí­a que murió en Sevilla en 1345.

La Aljama sevillana se comunicaba con el exterior y con el resto de la ciudad por tres puertas. Una tení­a acceso a la calle Mesón del Moro y era de hierro. Otra, la de San Nicolás, estaba frente a la calle Rodrigo Alfonso. Por último la que estaba fuera de la ciudad, en cuyos alrededores se practicaron los enterramientos, la actual Puerta de la Carne, a la que los árabes llamaban Bib el Chuar o Puerta de las Perlas. Los hebreos la denominaban Mon-hoar o Min-hoar, del nombre de un israelita principal que viví­a cerca de la Puerta. También habí­a una puerta pequeña, la del Atambor, que daba a la calle Rodrigo Caro, llamada así­ porque por la noche se cerraba a golpe del tambor de la guardia de la Plaza.

Cuando en 1843 se fortificó la puerta de la Carne, se descubrieron allí­ muchas sepulturas al excavar el foso que defendí­a el fuerte, algunas de ellas aún contení­an huesos humanos.

Podemos considerar los siglos XIII y XIV como la época dorada de la Aljama hispalense; y dos fechas cruciales jalonan este periodo: La conquista de la ciudad por el rey Fernando el Santo en noviembre de 1248, y la matanza y revuelta contra los judí­os auspiciada por el clérigo Ferran Martí­nez, arcediano de écija.

No habí­a comunidad hebrea en Sevilla al rendirse la ciudad en 1248, pero enseguida vinieron de otras partes, principalmente de Toledo, y algunos de los más principales recibieron casas y propiedades en el Repartimiento de la ciudad comenzado por Fernando III y finalizado por su hijo Alfonso X. Estos dos reyes, sobre todo, protegieron la práctica de su religión, permitiéndoles tener sus propios jueces. Pagaban algunos tributos especiales a la corona, pero estaban francos o exentos de pagar otros.

Colaboración de Fernando Franco.

Foto: religion4s

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Elegir reina por el nombre.

23 oct
23 octubre 2009

A la hora de buscar esposa, en este caso reina, se utilizaban “diferentes” criterios a los utilizados actualmente, normalmente tení­an que ver con alianzas polí­ticas y económicos. Pero el caso que nos ocupa va un poco más allá, se eligió reina por el nombre.

En un acuerdo a tres bandas entre Felipe II Augusto (rey de Francia), Juan I (rey de Inglaterra) y Alfonso VIII (rey de Castilla) decidieron casar al futuro rey de Francia, Luis VIII, con una de las dos hijas solteras de Alfonso. Al rey de Inglaterra le daba igual una que otra y el monarca francés, supongo que pensando en su hijo, decidió enviar un grupo de “observación” para elegir a la más guapa .

Se presentaron en Burgos para conocer a las candidatas y comprobar su belleza. Sus interrogatorios se centraron en la más guapa y cuando le preguntaron su nombre la princesa contestó:

Urraca

Aquel nombre debió sonar muy mal en sus refinados oí­dos y la rechazaron. Pasaron a interrogar a la otra hermana y cuando le preguntaron el nombre:

Blanca

Este nombre cuadraba más con la futura reina de Francia y fue la elegida. En 1200 se casaban.

La historia les dió la razón por el buen hacer de la que fue reina consorte y regente de Francia.

Fuente: El reverso de la Historia – Pedro Voltes.

Imagen: Wikipedia (Coronación de Luis VIII y Blanca de Castilla)

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October.

22 oct
22 octubre 2009

Como su propio nombre indica, era el octavo mes del calendario romano. En la antigua iconografí­a republicana se representaba a este mes como un cazador, con una liebre a sus pies, pájaros sobre él y un estanque de fondo. En época Imperial se le representaba cubierto de hojas caducas, pues era en Octubre cuando los bosques y las vides cambiaban del verde estival al cobrizo otoñal. Era un mes dedicado a muchas fiestas agrí­colas, en especial la vendimia, que se realizaba a principios de mes, sobre todo en las zonas más meridionales de Italia, África e Hispania.

En las calendas de October, el dí­a 1, se festejaba a FIDES, la diosa de la buena fe; Los flámines, sacerdotes dedicados a los cultos patrios, acudí­an al templo de diosa y realizaban un sacrificio, siempre con la mano derecha envuelta en un pañuelo de lino.

Desde el segundo dí­a de las calendas hasta casi los idus, el dí­a 15, tení­an lugar los Juegos de la Augustalia, en honor al primer princeps. Además, cada cinco años tení­a lugar el ayuno de Ceres, prescrito por los Libros Sibilinos, que se ubicaba tradicionalmente el 4 de octubre.

Como hemos comentado, Octubre era un mes dedicado a las deidades agrí­colas. El dí­a 10 comenzaban la Tesmoforia, las fiestas en honor a Ceres, diosa de la agricultura.

Ese mismo dí­a, el Anodos, las mujeres llevaban a la diosa en procesión hacia las aguas, mares, lagos o rí­os, lugar en el que realizaban los ritos de fecundidad. Era una festividad femenina, que requerí­a nueve dí­as de abstinencia sexual. Uno de los ritos consistí­a en juntar rastrojos y restos putrefactos de la cosecha anterior que se mezclaban con las semillas y se desperdigaban en los nuevos sembrados como acto de renovación.

El segundo dí­a, Nesteia, era dedicado al ayuno y retiro conmemorando el luto de Ceres tras la pérdida de Proserpina. Esa noche, las mujeres salí­an de noche en procesión, portando velas, vestidas de negro y con estolas que aparentaban crines de caballo. Este vestuario es el claro antecedente de las peinetas y mantillas procesionales de nuestras festeras populares.

Eses mismo dí­a los hombres celebraban la Meditrinalia, fiesta en honor a Júpiter y Meditrina, diosa de las vides. Se mezclaba el vino nuevo con el viejo y se brindaba con la frase: “Bebo vino antiguo y nuevo; me curo de las enfermedades antiguas y nuevas”

El tercer dí­a de la Tesmoforia, conocido por Callegénia, era dedicado a todo tipo de ritos de fecundidad. Era un dí­a alegre en el que se realizaban múltiples ofrendas a Ceres.

El dí­a 13 se celebraban la Fontinalia, las fiestas de Fons, dios de las fuentes

El dí­a 18 tení­an lugar las fiestas de Jumentas, diosa de la Juventud. Estas fiestas fueron promovidas por Nerón, que las utilizó para acribillar a la plebe con sus terribles composiciones artí­sticas…

El dí­a 19 tení­a lugar el Armilustrio, la ceremonia de purificación de las trompetas que marcaba el final de las operaciones militares. Los romanos no combatí­an en invierno de no ser estrictamente necesario. El comercio marí­timo, Mare Clausum, y las operaciones militares se posponí­an hasta la llegada de la primavera.

El dí­a 20 se celebraba la fiesta de los hijos de cada gens (familia o casta). Habí­a pasteles, juegos, concursos y premios, y, después de todo esto, les cortaban el pelo.

Colaboración de Gabriel Castelló autor de Valentia.

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Los polí­ticos según Pérez-Reverte

21 oct
21 octubre 2009

Si hace un tiempo se publicaba “La pregunta del millón. ¿Diferencia entre un polí­tico y un ladrón?“, hoy quien les da caña a ese grupo de gente, parece que situados por encima del bien y del mal, llamados polí­ticos es el “genial” Arturo Pérez-Reverte en su columna de XLSemanal. Como él dice, seguro que no son todos pero la imagen que dan como colectivo deja mucho que desear:

Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada.
Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando lí­neas maestras de la polí­tica nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido polí­tico al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar í­ntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre.

Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada. Polí­ticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos. Yo no elijo cómo me siento. Cómo me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando a un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Cuando la náusea y la cólera son tan intensas. Eso me preocupa, por supuesto. Sigo caminando carrera de San Jerónimo abajo, y me pregunto qué está pasando. Hasta qué punto los años, la vida que llevé en otro tiempo, los libros que he leí­do, el panorama actual, me hacen ver las cosas de modo tan siniestro. Tan agresivo y pesimista. Por qué creo ver sólo gentuza cuando los miro, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace veinte o treinta años, he pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y pagados de sí­ mismos, sin distinción de partido ni ideologí­a, pueden amargarme en un instante, de este modo, la tarde, el dí­a, el paí­s y la vida.

Quizá porque los conozco, concluyo. No uno por uno, claro, sino a la tropa. La casta general. Los he visto durante años, aquí­ y afuera. Estuve en los bosques de cruces de madera, en los callejones sin salida a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas, sus ambiciones. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conozco las consecuencias. Y sé cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije. Que lea y mire. Algún dí­a, si tengo la cabeza lo bastante frí­a, les detallaré a ustedes cómo se lo montan. Cómo y dónde comen y a costa de quién. Cómo se reparten las dietas, los privilegios y los coches oficiales. Cómo organizan entre ellos, en comisiones y visitas institucionales que a nadie importan una mierda, descarados e inútiles viajes turí­sticos que pagan los contribuyentes. Cómo se han trajinado ““ahí­ no hay discrepancias ideológicas”“ el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común. Cómo quienes llegan a ministros tendrán, al jubilarse, sólidas pensiones compatibles con cualquier trabajo público o privado, pensiones vitalicias cuando lleguen a la edad de jubilación forzosa, e indemnizaciones mensuales del 100% de su salario al cesar en el cargo, cobradas completas y sin hacer cola en ventanillas, desde el primer dí­a.

De cualquier modo, por hoy es suficiente. Y se acaba la página. Tení­a ganas de echar la pota, eso es todo. De desahogarme dándole a la tecla, y es lo que he hecho. Otro dí­a seré más coherente. Más razonable y objetivo. Quizás. Ahora, por lo menos, mientras camino por la carrera de San Jerónimo, algunos sabrán lo que tengo en la cabeza cuando me cruzo con ellos.

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Las torturas de la Inquisición

19 oct
19 octubre 2009

La Inquisición (Tribunal del Santo Oficio) se creó para perseguir y castigar la herejí­a, pero en la práctica fue utilizada como un arma de represión religiosa y social. Sus sentencias se ejecutaban como autos de fe y eran llevados a la práctica en olor de multitudes para dar ejemplo y como medida persuasoria.

En este post nos vamos a centrar en los diferentes autos de fe o, mejor dicho, las torturas que sufrí­an los desgraciados:

  • Flagelación: se desnudaba al reo hasta la cintura, dejando su torso al descubierto. Una vez hecho esto, el verdugo lo azotaba en la zona descubierta hasta que confesaba, o hasta que terminaba perdiendo el sentido.
  • El potro: el potro consistí­a en una tabla, o rueda en muchos casos, sobre la que era apoyado el reo y atado de pies y manos por unas cuerdas que eran tensadas por medio de un torno. Ante las preguntas del tribunal, y obteniendo respuestas desfavorables, se iban tensando progresivamente las cuerdas para infringir dolor sobre el reo. En muchos casos se llegaba a la dislocación de las extremidades.
  • La Cuerda: esta tortura consistí­a en una polea que era colgada del techo dentro de la sala de torturas; luego cogí­an al reo y le ataban las manos a la espalda, con una cuerda que pasaba por la polea. Una vez que estaba bien sujeto, el reo era elevado a dos e incluso hasta tres metros para luego dejarlo caer violentamente. El procedimiento se repetí­a hasta obtener la confesión, o hasta que el reo quedaba exhausto.
  • Los carbones: para esta tortura se utilizaban carbones al rojo vivo, y eran aplicados en las zonas más sensibles del cuerpo. Los carbones eran aplicados mientras se encontraban al rojo vivo, a una temperatura de alrededor de 300 grados.
  • La bota: este particular invento, constaba de dos maderas que se sujetaban a las pantorrillas del acusado, y al ser tensadas por un torniquete, se apretaban hasta hacer que el hueso crujiese. Por supuesto los condenados no contaban con tanta suerte, y hasta que el hueso se rompí­a, debí­an pasar largas horas de tortura.
  • La cabra: uno de los más originales y perversos de todos los métodos empleados era el de la cabra. Consistí­a en bañar los pies del reo (que se encontraba atado) en agua salada. Acto seguido, se le acercaba una cabra a los pies. El animal comenzaba su lenta tarea de pasar su rugosa y áspera lengua lamiendo la planta de los pies del reo y, sin detenerse, seguí­a repitiendo este acto hasta que desollaba la piel, la carne y llegaba hasta el hueso. Esto aseguraba dolor no solamente en el momento de la tortura, sino que cuando el reo era llevado a su celda, no recibí­a ningún tipo de atención sanitaria. Por lo que no era raro que estas heridas se infectaran, y en muchos casos provocaran la muerte.
  • El agua: la tortura del agua consistí­a en poner un embudo en la boca, y se les hací­a ingerir grandes cantidades de agua hasta casi reventar.

Alguna sugerencia…



Fuentes: El libro negro de la Historia de España – Jesús Ávila Granados y España en la Historia – Paya Frank

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