Inicio mis andanzas en HdH de una manera un tanto extraña. Sí­, he venido aquí­ a arrojar luz sobre los hechos, pechos y personajes históricos condenados al más absoluto ostracismo, pero debéis permitirme que en mi primer artí­culo os hable, no de un personaje histórico, sino de la historia de un personaje. ¿Por qué? Bueno, primeramente, porque me apetece y segundamente, porque este personaje, sin duda, es un espejo en el que muchas personas podemos mirarnos…

Corrí­a en Parí­s el año 1482 y al pararse a descansar, topose de frente al Palacio de Justicia parisino. Esmeralda de Jesús, gitanilla de profesión engatusaba a las gentes con su famoso número de la cabra y la escalera, número extendido por todo europa, sí­, pero al que Esmeralda daba un toque de originalidad con una escalera de caracol.

Claude Frollo, archidiácono de Parí­s (esto es, mucho más que diácono; exactamente archi veces más) presencia ensimismado la belleza de esmeralda, sus movimientos, su pelo, sus ojos… Vamos, que enamorose, el hijo de Dios…
Departió con su empleado Quasimodo, campanero de profesión y abogado de vocación y acordaron raptar a la muchacha, siempre con las benevolentes intenciones que guarda un hombre locamente enamorado, más benevolentes si cabe tratándose de una muchacha de buen ver.

He aquí­ que Quasimodo es detenido en la tentativa de secuestro por el capitán de la guardia Febo de Chí¢teaupers. Su juicio no se hizo esperar y condenósele al escarnio público.

Nuestro protagonista gozaba de una belleza interior expléndida, sin embargo, la naturaleza púsole a prueba, como a tantos de nosotros, regalándole un cuerpo que, digamos, no facilitaba las relaciones sociales. Era feo.
A sus prominentes ojos saltones se le uní­an un patizambismo sinigual y una prominente chepa, o joroba, por la cual la gente le conocí­a, entrañablemente, como El Jorobado.

Dispúsose el escarnio, ambientado con una sesión de flagelacion digna de los mejores spa. Consumido y agotado, dolorido y sediento, Quasimodo agonizaba en la plaza. De entre la muchedumbre, de pronto, una muchacha, de larga cabellera negra y profundos ojos se acercó a él, ofreciole agua y consololo. La muchacha era Esmeralda.
Las lágrimas calleron por la cara del jorobado, intentando huir de las deformidades de su rostro, deseando caer al suelo para dejar de acariciar a tal esperpento de la naturaleza, huyendo de la indudable venganza que Dios cometió con ese asqueroso ser, repujnante, maloliente, sordo y… perdón, que me emociono. Volvamos al hilo…

Frollo, enamorado hasta los tuetanillos y sabedor de que Esmeralda suspira por el capitán Febo, urde un ingenioso plan, sin parangón en la historia de la humanidad… Apuñalar al capitán y echar la culpa a la muchacha, pio pio, que yo no he sí­o.

Y así­ fue. Tras los hechos, Esperalda es detenida y condenada a la hoguera. Nuevamente, tras juicio rápido por el Juzgado nº3 de lo penal de la Cite de la Ille, el público se congregaba en la plaza de Notre Dame a ver el espectáculo (cabe destacar que en Parí­s, en 1482 solo habí­a dos canales de televisión y la programación no era del todo atractiva).

En el mismo momento en el que los ayudantes del verdugo se disponen a ejecutar la fatal órden de ejecución, como una sombra deslizándose por las paredes de la imponente catedral, Quasimodo logra reducir a los ejecutores, rescatar a la muchacha e introducirla en el pórtico de Notre Dame, suelo sagrado, inmune a la justicia humana.
Acogida en sagrado en la catedral, Esmeralda es salvada de una muerte segura.

En estas alturas de la historia, Frollo no cabe en sí­ de mala leche. Decide sin embargo cambiar su estrategia. Dejar de rondar a Esmeralda como un quinceañero ronda en las discotecas y declararse directamente. Saca a la muchacha de la catedral y la da a elegir entre su amor  o la horca. Evidentemente, Esmeralda eligió la horca.

Frollo, cansado ya de cortejar a la muchacha, decide delatarla, entregarla a la justicia y, esta vez sí­, Esmeralda fallece irremediablemente.

Quiasimodo, roto por el dolor por la muerte de la que fué su salvadora y acaricí­andose la joroba, pronunció sus últimas palabras en vida (realmente, en muerte nunca llegó a pronunciar palabras, por lo que éstas se puedes considerar sus últimas palabras, sin más): !Yo querí­a estudiar derecho!

Tras un tremendo golpe de calor, o lipotimia, Quasimodo fallece abrazado al cadaver de Esmeralda, en una escena realmentente dolorosa vista con un contrapicado desde la torre derecha de Notre Dame de Parí­s.

Notre Dame, catedral, Notre Dame, testigo de humildad, testigo de heroí­smo, testigo de fealdad.

Ilustración: Alfred Barbou (1831)

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