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Una historia de amor entre un británico y una alemana en medio de la Segunda Guerra Mundial

22 jul
22 julio 2014

Dicen que en el amor y en la guerra todo vale, pues esto es una historia de amor en mitad de una guerra: la del británico Horace Greasley y la alemana Rosa Rauchbach durante la Segunda Guerra Mundial.

En la Navidad de de 1918, venían al mundo dos gemelos en un pequeño pueblo de la campiña inglesa, Ibstock (en el condado de Leicestershire, Reino Unido). Harold y Horace, que así se llamaron, decidieron quedarse en su pueblo natal para ayudar a sus padres en la granja familiar. Horace, cuando podía, también trabajaba algunas horas en la barbería del pueblo y allí se enteró de que Alemania había invadido Checoslovaquia… Todo en su vida cambió. Ante los posteriores movimientos de Alemania, el Parlamento británico aprobó en 1939 la ley de instrucción militar que obligaba a todos los hombres con edades comprendidas entre los dieciocho y cuarenta años —los hermanos tenían veintiuno— a someterse a un entrenamiento militar básico durante seis meses para luego pasar a la reserva activa. No tuvieron tiempo ni de terminar el entrenamiento, a las siete semanas fueron adscritos a la 2ª compañía del 5º batallón de Leicestershire y enviados a Francia integrados en la British Expeditionary Force o BEF (Fuerza Expedicionaria Británica) para frenar la ofensiva alemana. Aunque inicialmente la BEF tuvo cierto éxito, nada pudieron hacer ante el poderío de los panzers alemanes. En mayo de 1940, el oficial al mando, lord Gord, ordenó la retirada hacia Dunkerque para evacuar lo que quedaba de la BEF. De Harold nada más se supo y Horace… aquí comienza su aventura.

Horace Greasley

Horace Greasley

El 25 de mayo, Horace fue capturado en Carvin, al sur de Lille. Él y el resto de los prisioneros tuvieron que caminar durante diez semanas a marchas forzadas atravesando Francia y Bélgica hasta llegar a Clervaux (Luxemburgo). Los que sobrevivieron fueron metidos en un tren, y después de un viaje de varios días en condiciones infrahumanas llegaron al campo de prisioneros Stalag XXI-D en Silesia (Polonia). Fueron días de trabajos de sol a sol, acompañados de algunas palizas, escasa comida y tener que compartir la cama con piojos y ratas. Cuando terminó el invierno de 1941, los supervivientes fueron trasladados a otro campo en Lamsdorf (Polonia), que nada tenía que ver con el anterior. Aunque tenían que trabajar durante diez horas en una cantera de mármol, podían ducharse con agua caliente, recibían varias comidas al día y dormían sobre algo que podía llamarse cama. Herr Rauchbach, el propietario del negocio, sabía que el trabajo en la cantera dependía de que la condición física de los prisioneros fuese aceptable, así que procuró asegurarles unas mínimas condiciones. Rosa, su hija de diecisiete años, trabajaba en el campo como intérprete. Horace se quedó prendado de ella nada más verla, pero, lógicamente, en su estado sabía que ella nunca se fijaría en él. Desde aquel momento, se propuso, en la medida de sus posibilidades, recuperar la imagen de lo que era: un joven de veintitrés años. Tras varias semanas, y ya con mejor pinta, comenzaron a tontear… y del tonteo a los encuentros furtivos. Cuando llevaban un año de relación y los encuentros ya eran diarios, Horace fue trasladado a un campo en Freiwaldau, cerca de Auschwitz, a unos cuarenta kilómetros de distancia de su amada. Aquello parecía el fin… pero no.

Horace y Rosa

Horace y Rosa

Las condiciones del campo eran muy parecidas al de Lamsdorf, pero sin Rosa. Horace tenía que volver a verla. Ejerciendo su antigua profesión de peluquero, se ganó la confianza de los alemanes y tuvo cierta libertad de movimientos que le permitieron conocer al detalle la seguridad del campo. Cuando tuvo preparado un plan de huida, y gracias a otros prisioneros que trabajaban en el exterior, consiguió comunicarse con Rosa para citarse con ella en el bosque detrás de la cantera. Llegado el día de la fuga, y con la complicidad de sus compañeros del campo y los que transportaban las mercancías, huyó y consiguió reunirse con Rosa. Después de los correspondientes abrazos, besos, lágrimas… y lo que se terciase, Rosa le dijo que tenía que escapar, pero ¿adónde? El lugar más cercano en el que podría sentirse seguro era Suecia —país neutral— a cuatrocientos veinte kilómetros. Se olvidaron de ese tema y decidieron que Horace huiría cuando pudiese para ir a verla… y así lo hicieron. En las siguientes citas, y para alegría de los compañeros que le ayudaban a escapar cada noche, Rosa llevaba frutas, verduras e incluso una radio que les permitió conocer día a día el rumbo de la guerra. Durante dos años y medio mantuvieron más de doscientas citas.

El 24 de mayo de 1945, los prisioneros del campo fueron liberados y Horace, sin poder encontrarse con Rosa, repatriado al Reino Unido. Volvió a Leicestershire y durante un tiempo siguieron carteándose y preparando su reencuentro hasta que Rosa dejó de escribir… falleció mientras daba a luz al hijo de Horace, nacido muerto. Horace rehízo su vida y montó una peluquería, poco más tarde una empresa de transportes en la que conoció a la que sería su esposa. Se casaron y en 1988 se trasladaron a vivir a Alicante (España).

Horace en Alicante

Horace en Alicante

En 2008 se publicó el libro Do the birds still sing in Hell? (¿Siguen cantando los pájaros en el infierno?) donde Horace cuenta sus penurias y su historia de amor. Lo que no podrá ver Horace —falleció en 2009 a la edad de noventa y un años— es la película… Silverline Productions compró los derechos del libro para adaptarla al cine y el productor Stratton Leopold ya está con los preparativos. Se rumorea que el papel de Horace lo podría interpretar Robert Pattinson.

Do the birds still sing in hell?

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Un acto de dignidad en un partido de fútbol de 1936

02 jul
2 julio 2014

El Mundial de Fútbol “Brasil 2014” transcurre en su segunda fase y a estas alturas ya es evidente que los principales beneficiarios del evento son los grupos económicos ligados a la FIFA y las élites económicas y políticas locales. Para el pueblo brasileño la celebración del Mundial en su país ha significado desalojos forzados, militarización de los barrios y represión que se cobró la vida de decenas de personas. Por eso, cuando el fútbol ha sido raptado por las corporaciones y el poder, es importante recordar un acto de dignidad que tuvo como protagonista a la selección de fútbol peruana en las Olimpiadas de 1936.

Los Juegos Olímpicos de 1936 se celebraron en Berlín (Alemania) entre el 1 y el 16 de agosto. La elección de la sede se había realizado en 1931, dos años antes de la llegada de los nazis al poder. Aunque hubo en un primer momento un intento de boicotear los Juegos por parte de varios países, finalmente optaron por participar. Sólo España, con el gobierno de la Segunda República, boicoteó los Juegos, además de organizar una competición paralela, la Olimpiada Popular de Barcelona, que debió suspenderse por la guerra. Participaron de los Juegos de 1936 casi 4.000 deportistas de 49 países en 19 disciplinas deportivas y 129 especialidades. Para el régimen alemán era una forma de mostrar la magnificencia del nazismo y para evitar dar una mala imagen ante el mundo se retiraron de las calles los carteles antisemitas.

Los Juegos Olímpicos no estuvieron exentos de controversias, pero un hecho que merece destacarse es el partido de fútbol entre las selecciones de Perú y Austria por los cuartos de final. La selección sudamericana venía de golear 7-3 a Finlandia, y ahora se enfrentaba con el país natal de Adolf Hitler en el Estadio Hertha Platz. El partido se celebró el día 8 de agosto y hasta los primeros 75 minutos de juego los austríacos se imponían por 2-0. Sin embargo, la selección peruana reaccionó en los últimos 15 minutos y logró empatar el partido con goles de Jorge Alcalde y Alejandro Villanueva. En aquel momento, un grupo de aficionados peruanos abandonaron las tribunas y bajaron al campo para alentar de cerca a su equipo. Durante el tiempo suplementario el árbitro anuló tres goles peruanos, aún así Perú se impuso por 4 a 2 con dos goles del delantero “LoloFernández. Esta humillación de la selección austríaca por parte del “Rodillo Negro” -así llamaban a la delantera peruana- no podía permitirse en unos Juegos planificados desde el III Reich para mostrar la superioridad de la raza aria. Por ello, los alemanes presentaron una protesta ante el Tribunal de Apelaciones alegando que la presencia de los aficionados peruanos en el campo de juego había intimado a los jugadores austríacos, llegando a decir que uno de ellos había sacado una pistola y los había amenazado. También se argumentó que el estadio no cumplía con las medidas necesarias para jugar un partido de fútbol. El Tribunal, compuesto exclusivamente por europeos, convocó una reunión el 10 de agosto a las 10 horas, pero la delegación peruana no llegó a tiempo porque fue retrasada por un desfile alemán que se desarrollaba en las calles. Con apoyo del Comité Olímpico y de la FIFA, se resolvió suspender el partido y ordenar que se jugara nuevamente a puerta cerrada.

Selección Perú

Perú se negó a repetir el partido por considerarlo un robo. Además, hay que tener en cuenta que el jugar a puerta cerrada podía facilitar que se cometiera un nuevo fraude. Toda la delegación olímpica peruana, compuesta por 59 deportistas, apoyó la decisión de la selección de fútbol y se retiraron de los Juegos el 12 de agosto. La delegación colombiana se sumó a la protesta en un acto de solidaridad latinoamericana y también se retiraron. Las delegaciones de Argentina, Chile, Uruguay y México expresaron su solidaridad con Perú, aunque sin abandonar la competición. En Lima la decisión del Tribunal de Apelaciones fue recibida como un insulto y decenas de personas se movilizaron ante el Consulado Alemán atacándolo con piedras. La llegada de la delegación al Puerto de Callao fue recibida por una multitud que los ovacionó como héroes. Gracias a estas maniobras, la selección austríaca llegó hasta la final donde fue derrotada por la Italia fascista de Benito Mussolini, que ya había ganado la Copa del Mundo de Italia de 1934 y volvería a hacerlo en Francia en 1938.

La selección peruana de fútbol tuvo en las Olimpiadas de 1936 un acto de dignidad al negarse a ser partícipe de aquel fraude por haber humillado en el terreno de juego al país natal del dictador Adolf Hitler. Michael Dasso, miembro del Comité Olímpico Peruano, declaró:

No tenemos fe en el deporte europeo. Hemos venido aquí y hemos encontrado un puñado de comerciantes.

Teniendo en cuenta los poderosos intereses económicos que podemos observar en las últimas Copas del Mundo, parece que su frase conserva plena vigencia.

Colaboración del escritor e historiador Luciano Andrés Valencia.

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¿Por qué los francotiradores alemanes disparaban a los británicos con bigote?

27 jun
27 junio 2014

Los francotiradores del ejército alemán habían mejorado considerablemente sus armas y sistemas ópticos desde la Primera Guerra Mundial. Su excelente preparación y los precisos fusiles Máuser Kar 98k provocaron el pánico entre los aliados durante los dos primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Los tiradores alemanes avanzaban con las tropas, cubrían sus flancos y abatían a observadores, nidos de ametralladoras, operadores de artillería…, provocando la desmoralización de las tropas, que sentían que no se encontraban a salvo en ningún momento.

Una de las tácticas de los francotiradores alemanes durante un avance enemigo consistía en herir primero a los soldados situados en las últimas filas mediante certeros disparos en sus estómagos. Los desgarradores gritos de los heridos provocaban el pánico entre sus compañeros, los tiradores alemanes aprovechaban esos momentos de desconcierto para alcanzar en la cabeza a los soldados enemigos más próximos. Otra técnica similar usada por los francotiradores era la de no matar, sino herir un enemigo, y cuando sus compañeros acudían a socorrerlo aprovechaban para causar más bajas. Los francotiradores alemanes también lograron sembrar el pánico y el desconcierto entre las filas aliadas disparando de una manera selectiva a los oficiales y mandos enemigos. Fue tan alto el número de bajas entre los oficiales británicos que, en determinado momento, se llegó a suprimir toda señal o distintivo de rango de sus uniformes.

A pesar de ello, los tiradores alemanes seguían identificando y haciendo blanco en los oficiales. Una vez capturaron a un francotirador alemán y le interrogaron para saber cómo conseguían identificarlos; les respondió que…

¡disparaban a los soldados que tenían bigote!

¿Y por qué llevaban bigote los oficiales británicos? Según la Orden nº 1.695 del Reglamento Real de 1860:

El pelo de la cabeza se mantendrá corto. El mentón y la parte inferior del labio se deberá afeitar, pero no la parte superior…

mostacho oficial británico

Al comienzo de la Primera Guerra Mundial los soldados comenzaron a obviar aquella obsoleta normativa porque en muchas ocasiones los bigotes/mostachos impedían que las máscaras de gas se ajustasen perfectamente, con el potencial peligro de inhalar los gases. El 6 de octubre de 1916 el general Sir Nevil Macready derogó la obligación del bigote. Aún así, muchos oficiales que llevaron bigote desde que eran soldados rasos lo siguieron manteniendo… y aquello fue su sentencia de muerte.

Fuego a discreción

Historias insólitas, humanas, crueles, ingeniosas, cómicas… e incluso esta de los bigotes, podéis encontrarlas en el libro: ¡Fuego a discreción!: Historias sorprendentes de la Primera y Segunda Guerra Mundial

 

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La primera ONG internacional la creó un estadounidense en la Primera Guerra Mundial

19 jun
19 junio 2014

El European Recovery Program, vulgarmente llamado Plan Marshall por el secretario de estado de los Estados Unidos George Marshall, fue el plan más importante para la reconstrucción de los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial que, además, estaba destinado a contener un posible avance del comunismo por toda Europa. Pero no fue la primera vez que los Estados Unidos ayudaron a los países europeos con motivo de una guerra. En 1914, durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes invadieron Bélgica y Luxemburgo, pero fueron detenidos en el frente francés. Tras varios enfrentamientos entre los distintos contendientes, los frentes se estabilizaron sin avances considerables.

Aquel desastre mundial provocó que muchos estadounidenses huyesen del viejo continente hacia Londres y desde allí poder regresar a casa. Al llegar a la capital británica, sus problemas no habían terminado: era complicado encontrar un pasaje para los barcos que cruzaban el Atlántico, casi imposible conseguir alojamiento y, para rematar, los bancos no canjeaban los cheques de viaje ni los establecimientos los aceptaban como medio de pago. Pero tuvieron la suerte de que en aquellos años residiese en Londres un empresario e ingeniero de minas estadounidense llamado Herbert Hoover. Hoover, junto con otros compatriotas con posibles, decidieron aunar esfuerzos y reunir dinero para conseguirles alojamiento y canjear sus cheques por dinero en efectivo y poder comprar los pasajes. Consiguieron devolver a casa a miles de estadounidenses. Tras el éxito de aquella operación, debido únicamente al esfuerzo de la solidaridad privada, el embajador estadounidense en el Reino Unido, Walter Hines Page, se puso en contacto con Hoover para proponerle una acción de mayor envergadura: conseguir suministrar alimentos a Bélgica. La invasión de los alemanes, la requisa de las escasas cosechas de un país eminentemente urbano y el bloqueo de los británicos ocasionaron que, literalmente, Bélgica se muriese de hambre. El 22 de octubre nacía la Commission for Relief in Belgium o CRB (Comisión para el Socorro de Bélgica).

Herbert Hoover

Herbert Hoover

Para tener éxito en aquella compleja operación, la CRB tenía que poder negociar directamente con el gobiernos británico y alemán como si fuese un estado propio. Sin su consentimiento, nada se podría hacer. Consiguieron firmar un acuerdo con el gobierno británico para permitirles superar el bloqueo y con el gobierno alemán para poder distribuir la comida entre los civiles, aparte de inmunidad diplomática para Hoover y los trabajadores de la CRB, todos voluntarios, para atravesar las fronteras. Para la financiación de aquella gran empresa se realizaron colectas en varios países, hubo masivas donaciones privadas y también participaron los gobiernos aliados. Con el dinero recaudado se compraba trigo y otros alimentos en el continente americano y Australia; los suministros se cargaban en la flota de barcos facilitados a la CRB que debían atravesar el bloqueo británico y la vigilancia de los submarinos alemanes hasta llegar al puerto franco de Rotterdam (Holanda). Desde allí, y en camiones, llegarían a Bélgica para ser repartidos en las ciudades y pueblos.

Lo que inicialmente iba a ser una operación solidaria puntual, tuvo que ampliarse en el tiempo y a la zona ocupada de Francia. En 1917, Hoover calculó que casi tres millones de personas estaban siendo alimentadas por la CRB a través de los más de dos mil comités locales de beneficencia creados en Bélgica y Francia para distribuir los alimentos. Además de los problemas propios de una operación tan compleja y en medio de una guerra, la CRB tuvo que superar innumerables obstáculos y no menos críticas, incluso de parte de los aliados. Churchill lideró una campaña contra esta organización por considerar que su intervención estaba alargando la guerra al proporcionar alimentos a los belgas y, de esta forma, los alemanes no tenían que preocuparse de alimentar a los habitantes de este país ni de sofocar posibles revueltas provocadas por la hambruna.

hoover-belgium-truck

Y no quedarían aquí las operaciones solidarias de Hoover. Cuando los Estados Unidos entraron en el conflicto en 1917, Hoover regresó a su casa y se puso al frente de la Administración de Alimentos de Estados Unidos. Pero aún hay más: el 6 de diciembre de 1917, cuando Finlandia se independizó durante la Revolución rusa, estalló una brutal guerra civil entre conservadores y comunistas. Años de guerra, malas cosechas y el bloqueo ruso ocasionaron una terrible hambruna en Finlandia y los finlandeses pidieron ayuda a Hoover. Aún con la CRB en funcionamiento y ocupando su nuevo cargo en los Estados Unidos, todavía tuvo tiempo para crear la Finnish Relief Fund (Fundación para el Socorro de Finlandia). Hoover recaudó fondos en Estados Unidos y consiguió donaciones de alimentos desde allí (90 por ciento) y también de Dinamarca, Inglaterra y Noruega para aliviar la hambruna finlandesa. En total, más de treinta y cinco millones de comidas llegaron a los niños finlandeses. ¿Y ya está? No. En 1939, los rusos invadieron Finlandia para recuperar el terreno perdido en 1917, y otra vez volvieron a recurrir a Hoover. Y respondió de nuevo… consiguió recaudar en Estados Unidos cuatrocientos mil dólares en solo un mes; en marzo de 1940 había conseguido dos millones y medio de dólares de ayuda.

Un pequeño detalle que se me olvidaba, Herbert Hoover fue presidente de los Estados Unidos desde el 4 de marzo de 1929 hasta el 4 de marzo de 1933.

Fuentes e imágenes: National Archives, Caballos de Troya de la historia

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Los perros paracaidistas del desembarco de Normandía

10 jun
10 junio 2014

Hace poco os contaba la historia de Cat Island (Isla del Gato), donde los estadounidenses entrenaban perros para invadir Japón, hoy hablamos de los que participaron en el desembarco de Normandía… los perros paracaidistas (parachuting dogs o paradogs).

Parachute dog

Desde principios de 1943 el Primer Ministro británico, Winston Churchill, y el Presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, se reunieron para planear la invasión del continente entonces ocupado por los alemanes. Pero no fue hasta el 6 de junio de 1944 cuando se dieron las circunstancias oportunas, el desembarco de Normandía marcó el inicio de la liberación de la Europa occidental ocupada. Uno de los regimientos británicos que iba a participar era el 13º Parachute Regiment and Airborne Forces (Regimiento de Paracaidistas y Fuerzas Aerotransportadas), al que estaban asignados tres perros: Bing, Monty y Ranee.

En la base de Larkhill Garrison los perros recibían el adiestramiento necesario para localizar minas y explosivos, realizar labores de vigilancia y actuar como mensajeros, se familiarizaban con los escenarios de guerra para que no se asustasen en medio de los tiroteos o bombardeos… y un entrenamiento específico para saltar de los aviones. En la prime parte de este entrenamiento, los perros se sentaban dentro de la cabina durante horas para que se acostumbrasen al ruido de los motores; en la segunda fase, la más complicada, los paradogs debían perder el miedo a saltar desde el avión. Para ello, antes del salto los dejaban sin comida y los instructores subían al avión con un buen trozo de carne. Cuando llegaban a la altura señalada, los instructores saltaban enseñándoles el jugoso filete… los perros estaban tras hambrientos que saltaban tras la carne. Cuando llegaban a tierra, recibían el preciado botín. Salto a salto, fueron perdiendo el miedo e incluso parecía que se divertían. Tras dos meses, estaban preparados para el día D.

Parachute dog1

El 6 de junio de 1944, tres aviones del 13º Parachute Regiment and Airborne Forces despegaban de sus bases con 20 paracaidistas y un perro cada uno. Aunque ninguna de las tres aeronaves fue alcanzada por las defensas antiaéreas alemanas, los aviones recibían fuertes sacudidas por las explosiones cercanas. Monty y Ranee mantuvieron el tipo pero Bing se puso muy nervioso, comenzó a ladrar y se escondió asustado bajo un asiento. El salto todavía sería peor… para los tres perros: el paracaídas de Bing quedó enganchado en un árbol y fue herido antes de poder ser rescatado por los paracaidistas, Monty resultó gravemente herido y Ranee desapareció.

A pesar de estar herido, Bing consiguió hacer su trabajo detectando minas e incluso salvando a sus compañeros de una emboscada en un segundo salto durante la Operación Varsity en marzo de 1945. Fue galardonado con la Medalla Dickin, la condecoración que el gobierno británico otorga a los animales por sus acciones durante los conflictos bélicos. Después de su muerte en 1955, fue enterrado en Londres y su estatua se puede visitar en el Museo del Regimiento de Paracaidistas y Fuerzas Aerotransportadas.

Bing el día que fue condecorado junto a su dueña Betty Fetch

Bing el día que fue condecorado junto a su dueña Betty Fetch

Fuentes e imágenes: Spiegel, The Telegraph

 

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White Coke, la Coca-Cola que se creó para el oficial más condecorado de la Unión Soviética

26 may
26 mayo 2014

Si todos nos sorprendimos cuando Alfred López nos desveló que la Fanta fue un refresco creado por los nazis, hoy me he quedado de piedra cuando, buscando documentación para un artículo, me he tropezado con un artículo en The New York Times y otro en BBC que dicen que Coca-Cola creó “White Coke“, una edición especial del refresco más popular para el oficial más condecorado de la Unión Soviética… el Mariscal Georgy Zhukov.

Zhukov y Eisenhower (1945)

Zhukov y Eisenhower (1945)

El éxito internacional de Coca-Cola, que te permite tomar uno de sus refrescos en cualquier parte del mundo -bueno, excepto Cuba y Corea del Norte-, se inició en la Segunda Guerra Mundial y mucho tiene que ver la amistad de Dwight D. Eisenhower, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, con Robert Woodruff, presidente de Coca-Cola desde 1923 hasta 1954. Consiguió de aquél una autorización especial para poder importar todo el azúcar que la compañía necesitase, un artículo escaso y sujeto a racionamiento. A cambio, Woodruff prometió que Coca-Cola llegaría a cualquier lugar del mundo donde un soldado estadounidense estuviese luchando y que pudiese tomarse su refresco por 5 centavos. Y así lo hizo, 62 plantas embotelladoras se distribuyeron por todo el mundo para llegar a cualquier rincón. Terminada la guerra, los marines volvieron a casa pero las plantas se quedaron… sólo cambiaron sus clientes.

Coca_ColaWW2

Tras la toma de Berlín (1945), parece que se fraguó cierta amistad por admiración mutua entre Eisenhower y Zhukov, que fue quien le dio a probar la famosa Coca-Cola. El mariscal se aficionó a aquella refrescante bebida pero sabía que para Stalin era un símbolo del “imperialismo capitalista estadounidense“. Así que, le pidió a Eisenhower si se podía elaborar una Coca-Cola con apariencia de vodka. Eisenhower contactó con el presidente Harry S. Truman y éste le dio su autorización para aprobar aquella partida de contrabando. Ahora quedaba la parte mas difícil… había que elaborar un refresco que tuviese el mismo sabor que la Coca-Cola pero debía ser incoloro (para que pareciese que Zhukov bebía vodka). Woodruff puso a trabajar a los químicos para elaborar lo que se llamaría White Coke… y parece que lo consiguieron. Además, también se cambió la típico botella con curvas por una recta y se puso un chapa blanca con una estrella roja en el centro [Supongo que sería como Pepsi Crystal, un refresco de cola de color transparente que Pepsi lanzó en los 90]. Zhukov era el jefe máximo de las tropas de ocupación soviéticas en Alemania y el encargado de la administración militar de dichas regiones, por lo que la partida de 50 botellas le llegó a Berlín través de Austria. No hubo más partidas… En 1946, la popularidad de Zhukov entre las tropas del Ejército Rojo, incluso entre los alemanes (solicitó a Stalin que se le permitiese mejorar la alimentación de la población civil reclamando “hacer diferencia entre el nazismo y el pueblo alemán” y su amistad con Dwight Eisenhower, provocaron la sospecha y desconfianza de Stalin y con falsas acusaciones lo “trasladó” a los Urales.

En 1985, Coca-Cola comenzó a comercializarse en la Unión Soviética, acabando con el monopolio de la URSS que mantenía su rival Pepsi-Cola desde hacía más de 10 años. Zhukov falleció en 1974 y no pudo probar “legalmente” una Coca-Cola en suelo de la Unión Soviética.

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Las agujas de las máquinas de coser Singer, armas letales en la Segunda Guerra Mundial

20 may
20 mayo 2014

Todavía recuerdo a mi madre en su vieja máquina de coser Singer en la que pasaba horas y horas dándole al pedal para coser, coger el dobladillo de un pantalón, confeccionarse una falda… lo que hiciese menester, porque mi madre, como todas las de su edad, tenía alma de modista. Por eso, cuando descubrí esta historia, me pareció sorprendente que una simple aguja se pudiese convertir en un arma letal (cuando se pinchaba, mi madre no iba más allá de un simple ¡ay!).

El 23 de diciembre de 1941, se recibía un extraño pedido en la fábrica de las máquinas de coser Singer en Bristol (Inglaterra): el mayor pedido de agujas de coser de la historia pero no de agujas estándar, sino unas muy determinadas según las especificaciones que se adjuntaban. Al día siguiente, un ejecutivo de Singer contestó:

No estamos seguros exactamente de lo que quieren. Según sus especificaciones, parece que necesitan las agujas para algún propósito que nada tiene que ver con las máquinas de coser.

Se me olvidaba comentar un pequeño detalle: el pedido se hizo desde Porton Down en Wiltshire (Inglaterra), el Centro de Investigación del Ministerio de la Guerra donde se experimentaba con armas químicas y biológicas. Dejaremos a un lado las pruebas con animales e incluso con soldados que fueron engañados para servir de cobayas, y nos centraremos en las letales agujas.

Los investigadores de Porton Down, encabezados por el bacteriólogo británico Paul Fildes y con la asistencia de colegas canadienses y estadounidenses, trabajaban para desarrollar un arma letal, pero no destructiva, que podría ser más eficaz contra las tropas en terreno abierto o en las trincheras que las bombas convencionales o el gas mostaza: dardos con antrax o ricina. Cada dardo consistía en una aguja de acero hueca -las pedidas a Singer- con una cola de papel; la punta de la aguja tenía un pequeño depósito con la toxina (antrax o ricina) sellado con de algodón y cera, y sobre el depósito una especie de émbolo que al clavarse el dardo haría que por la inercia inyectase la toxina.

Aguja veneno

La idea era bombardear las tropas enemigas con una especie de bombas de racimo y en cada una de ellos 30.000 dardos envenenados. Se realizaron pruebas con animales para calcular los porcentajes de acierto sobre las tropas enemigas y los resultados iban desde un 90 % para un soldado en posición horizontal en un terreno abierto hasta un 17 % para los que estaban en las trincheras. Las consecuencias de que uno solo de estos dardos se clavase eran brutales: si no se arrancaba la aguja antes de 30 segundos, estabas muerto en menos de 30 minutos después de terribles convulsiones; y aún en el caso de arrancarla antes, sufriría un colapso en 5 minutos que lo dejaría incapaz de seguir luchando. Todas las pruebas realizadas fueron un éxito y su fabricación era muy barata, pero se desecharon porque el Ministerio de la Guerra las encontró ineficaces cuando las tropas enemigas se pusiesen a cubierto en edificios o vehículos, algo que no ocurría con las destructivas bombas convencionales.

Fuentes e imagen: BBC, Telegraph

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¿Por qué los soldados estadounidenses llevaban babosas en la Primera Guerra Mundial?

13 may
13 mayo 2014

Ante el desarrollo de las armas de fuego y las escasas alternativas para avanzar ante su mayor alcance, la Primera Guerra Mundial se convirtió en una guerra de trincheras. Parejo al desarrollo de armas convencionales, en este conflicto bélico también lo hicieron las armas químicas (gas lacrimógeno, gas mostaza y fosgeno). La única alternativa ante aquellas nuevas formas de matar y, sobre todo, de provocar el caos y el miedo, era el uso de las máscaras antigás. Ante la imposibilidad de llevarlas puestas todo el tiempo, se investigó con varios animales para utilizarlos como “dispositivos de confirmación de gases tóxicos o agentes químicos” (igual que los pollos en la Guerra del Golfo), pero ninguno de ellos servía… hasta que intervino Paul Bartsch, profesor universitario y conservador del Museo Nacional de Historia Natural de EEUU.

Máscaras

Paralelamente a los trabajos e investigaciones que desarrollaba en la Universidad y en el Museo, Paul Bartsch seguía investigando en casa en otros campos no tan académicos pero igualmente fructíferos. Aunque la línea de investigación era otra, en uno de estos trabajos caseros que desarrollaba con babosas de jardín (Limax maximus), comprobó que reaccionaban ante el humo que emitía la caldera de su casa. Se centró en esta línea de trabajo y después de varios experimentos llegó a la conclusión de que las babosas eran el dispositivo que el ejército estaba buscando…

El ser humano es capaz de detectar el gas mostaza cuando la concentración de partículas en el aire de este gas es de una proporción 1/4.000.000, y suele ser demasiado tarde para ponerse la máscara. Sin embargo, las babosas detectan la presencia de este gas cuando la proporción gas/aire es de 1/12.000.000, dando un margen de tiempo más que suficiente para que los soldados se pongan las máscaras. Además de su extraordinario sentido del olfato para detectarlos, tienen la capacidad de cerrar su sistema respiratorio y proteger sus pulmones de los gases nocivos, por lo que pueden servir para más de un “uso”.

Cuando tuvo terminado su trabajo, lo puso en conocimiento del Ejército de los EEUU. Su probada eficacia y la tremenda facilidad para llevar el “dispositivo” -sólo necesitaban una caja de zapatos y una esponja húmeda- hicieron que durante cinco meses, desde junio de 1918 hasta el final de la guerra, las babosas pasaran a formar parte del equipo de campaña de los soldados estadounidenses.

Fuentes e imágenes: Smithsonian Institution Archives.

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Los pollos que EEUU llevó a la Guerra del Golfo

05 may
5 mayo 2014

El 2 de agosto de 1990, las tropas de élite de la Guardia Republicana de Irak invadían Kuwait. Una operación relámpago -en dos días habían tomado todo el país- que pilló por sorpresa a la comunidad internacional. Si bien Irak venía manteniendo una postura crítica respecto al aumento de la producción petrolífera kuwaití que mantenía los precios bajos e incluso acusándolo de robar su propios yacimientos con la perforación inclinada, nadie pensó que Saddam Hussein llegaría a este punto. Puede que también tuviese algo que ver la deuda que Irak tenía con sus vecinos por la financiación de la guerra contra Irán y, emulando lo que hizo Felipe IV con los Templarios, decidió eliminar a su acreedor. Pocas horas después de la invasión, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 660 condenando la invasión y exigiendo la retirada de las tropas iraquíes. Se trató de que fuese la vía diplomática la que resolviese aquel conflicto pero ante la negativa de Irak, la ONU aprobó la Resolución 678 que daba de plazo hasta el 15 de enero de 1991 para retirarse de Kuwait. En caso contrario, como así ocurrió, se autorizaba el uso de la fuerza. Los EE.UU. reunieron una coalición de fuerzas compuesta por 34 países y… el 17 de enero de 1991, la CNN emitía el inicio de los bombardeos (Operación Tormenta del Desierto).

Desde Arabia Saudí y desde los portaaviones del Golfo Pérsico se inició una gran ofensiva aérea para despejar el terreno de las fuerzas terrestres. Uno de los temores de la fuerzas de la Coalición era que Saddam Hussein diese la orden de utilizar armas químicas como ya había hecho contra los kurdos o en la guerra contra Irán. Además, el denso y negro humo producido por la quema de pozos petrolíferos, era un problema añadido ya que podía enmascarar la presencia de productos químicos. Así que, y a pesar de contar con la tecnología más avanzada, el ejército de los EEUU tiró de un remedio casero para la detección de agentes químicos… la llamada Kuwaiti Field Chicken o KFC (casualmente el mismo acrónimo que Kentucky Fried Chicken, la franquicia de restaurantes de comida rápida especializada en pollo frito).

Pollos

Con esta operación se dotó a los vehículos militares Humvee con pollos como “dispositivos de confirmación de gases tóxicos o agentes químicos”, de igual modo que se hacía con los canarios en las minas para detectar los escapes de grisú. Lógicamente, las pobres aves pagaban con su vida cada aviso. La idea de utilizar pollos la tuvo el suboficial Stacy Jeambert por ser más resistentes y más dóciles que los canarios. El caso es que al poco tiempo hubo que descartar su uso porque 41 de los 43 pollos que reclutaron fallecieron en la primera semana en extrañas circunstancias… ninguno por ataques con armas químicas.

Fuentes: BBC, Time

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La única mujer soldado del ejército británico durante la Primera Guerra Mundial

25 abr
25 abril 2014

Una nota manuscrita de Walter Kirke, jefe de los servicios secretos de la British Expeditionary Force (Fuerza Expedicionaria Británica) durante la Primera Guerra Mundial, despertó la curiosidad del historiador inglés Raphael Stipic

[…] una joven se vistió como un hombre y se dirigió a la línea del frente con la esperanza de convertirse en corresponsal de guerra.

Era la historia de Dorothy Lawrence, la única mujer soldado del ejército británico.

Dorothy Lawrence

Dorothy Lawrence

Poco se sabe de la infancia de Dorothy, nos tenemos que trasladar a 1914 donde encontramos a una joven de 19 años tratando de abrirse paso como periodista en un mundo monopolizado por los hombres. Con el estallido de la guerra se ofreció voluntaria para viajar al continente y cubrir la guerra como corresponsal, pero ni los editores de los periódicos ni el Ministerio de la Guerra se lo permitieron. Así que, decidió viajar a Francia por su cuenta y allí unirse a la Fuerza Expedicionaria Británica. Consiguió atravesar el Canal de la Mancha y comenzó su aventura en suelo francés. En un pequeño café parisino contacto con dos soldados británicos a los que les contó su historia y su deseo de llegar al frente. Aunque trataron de convencerla de la imposibilidad de llevar a cabo su plan, su determinación pudo más y decidieron ayudarle. Pero como mujer era imposible… le cortaron el pelo, tiznaron su pálida cara, la vistieron con ropas militares -envolviendo sus pechos con tela- y le consiguieron papeles falsos con el nombre de Denis Smith. De camino al frente, conoció al que sería su ángel de la guarda, Tom Dunn, un ex minero alistado en la compañía de zapadores. La instaló en un cabaña cercana al campamento de la compañía, donde estuvo escondida varios días hasta que Tom logró mezclarla con el resto de los zapadores. Estuvo en primera línea colocando minas a 350 metros de las líneas enemigas, en tierra de nadie, y soportando los bombardeos alemanes durante 10 días. Los días que había estado escondida en la cabaña con apenas comida -la que Tom podía compartir con ella-, el frío, la humedad y, más tarde, el trabajo agotador entre trincheras, le pasaron factura. Sufrió un desvanecimiento y estuvo a punto de ser llevada al hospital de campaña donde se habría destapado su engaño. El agotamiento y, sobre todo, la preocupación no le dejaron dormir aquella noche. Sabía que si la descubrían todos los que la habían ayudado serían sometidos a un consejo de guerra. Así que a la mañana siguiente decidió presentarse ante el sargento de guardia y desvelar su verdadera identidad. El sargento la arrestó y lo puso en conocimiento de sus superiores. Dorothy fue sometida a un riguroso interrogatorio pensando que podría ser una espía pero de sus labios sólo salió su historia -en ningún momento desvelo el nombre de los que le había ayudado-. No sabían qué hacer con ella y decidieron ingresarla en un convento hasta poder repatriarla. Llegado el día de la vuelta a casa, le hicieron firmar un documento en el que juraba no desvelar cómo había logrado infiltrase en las líneas; en caso contrario, sería condenada a prisión.

Ya en Londres, y aún teniendo un historia que contar que le hubiese proporcionado el éxito y la fama como periodista, tuvo que buscarse la vida en otros menesteres. Terminada la guerra, pensó que ya estaba liberada de su juramento y publicó un libro con su historia “Sapper Dorothy Lawrence: the only English woman soldier”. El Ministerio de la Guerra no pensaba lo mismo y censuró su libro. En 1925, y tras denunciar una violación, fue ingresada en su psiquiátrico. Nada más se sabe de ella desde esta fecha, sólo que falleció en 1964.

Portada_¡Fuego a discreción! Podréis encontrar más historias como la de Dorothy Lawrence en este libro de sorprendentes  historias de la Primera y Segunda Guerra Mundial.

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