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Besa, el código de honor albanés que salvó a cientos de judíos en la Segunda Guerra Mundial

16 sep
16 septiembre 2014

En estos días en los que el fanatismo religioso está demostrando lo miserable que pueden llegar a ser los llamados animales racionales -nada nuevo bajo el sol-, os traigo esta historia en la que las diferencias religiosas quedan a un lado para dejar paso a valores como el honor, la solidaridad, la compasión… y todo eso precisamente es Besa. [Besa e shqiptarit nuk shitet pazarit, el honor de un albanés no puede ser vendido o comprado en un bazar]

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Albania era una monarquía dependiente económica y militarmente de Italia. Así que, cuando los italianos la ocuparon y el rey Zog I huyó -eso sí, con todo el oro que pudo-, apenas cambiaron las cosas. En estas fechas, el número de judíos en Albania apenas llegaba a los 200… cuando terminó la guerra eran más de 3.000. Los judíos que huían de los países ocupados por los nazis encontraron refugio en Albania… un país de mayoría musulmana. Los organismos gubernamentales proporcionaron documentación falsa a las familias judías que les permitía entremezclarse entre el resto de la población y los albaneses proporcionaron sus casas y sus escasos recursos para acogerlos.

Las cosas se complicaron en 1943 cuando fueron los nazis los que, a petición de Mussolini, tomaron Albania. Al igual que hicieron en el resto de la Europa ocupada, los nazis solicitaron a las autoridades locales los listados de los judíos residentes en el país… pero obtuvieron un no por respuesta. ¿Por qué un país de mayoría musulmana se implicó en salvar a los judíos poniendo en juego su propia vida?

No hicimos nada especial. Es Besa -así responden los albaneses- .

Según el profesor Saimir Lloja, de la Asociación de Fraternidad Albano-Israel,

Besa es la regla de oro, es un código moral, una norma de conducta social, además de una antigua tradición.[...] Besa se trata, en esencia, de no ser indiferentes ante alguien que sufre o es perseguido. Es una autoexigencia moral que le pide a cada albanés que viva honestamente y que -llegado el caso- también se sacrifique.

Alí Sheqer Pashkaj, fotografiado por Norman Gershman. Su padre, también llamado Alí, salvó al joven judío Yasha Bayuhovio, de sombrero mexicano en una de las fotos

Alí Sheqer Pashkaj, fotografiado por Norman Gershman. Su padre, también llamado Alí, salvó al joven judío Yasha Bayuhovio, con sombrero mexicano en una de las fotos

Herman Bernstein, embajador de Estados Unidos a Albania en los años 30, escribió:

No hay rastro de ningún tipo de discriminación contra los judíos en Albania [...] Albania ha pasado a ser un lugar raro en Europa hoy en día, donde no existe el odio ni los prejuicios religiosos, a pesar de que los albaneses mismos están divididos en tres religiones.

Fuentes: eSefarad, WebIslam

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Mi papá ha vuelto de la guerra #IIWW

01 sep
1 septiembre 2014

Hoy, cuando se cumplen 75 años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, os voy a contar la historia de una foto…

"Wait for Me, Daddy"

“Wait for Me, Daddy”

El 1 de octubre de 1940 por las calles de New Westminster (Vancouver, Canadá) desfilaba un regimiento de soldados canadienses. Se dirigían a la estación de ferrocarril que los llevaría a embarcar hacia la vieja Europa. En aquel momento, un niño de cinco años llamado Warren Bernard se soltaba de la mano de su madre y salía corriendo hacía la formación gritando:

Wait for me, Daddy (Espérame papá)

Su padre, el soldado Jack Bernard, al escuchar la voz de su hijo, se gira y le tiende la mano. Este hecho quedó inmortalizado por esta fotografía tomada por el fotógrafo Claud Detloff. La fotografía “Wait for me, Daddy“, que así se llamó, fue publicada en el periódico de Vancouver Province Newspaper, y desde allí dio el salto a otros medios canadienses hasta llegar a la revista Life , Newsweek e incluso se publicó en el anuario de la Enciclopedia Británica. Dada la popularidad de la imagen, el gobierno decidió utilizarla en las campañas de venta de los bonos de guerra.

Supongo que os preguntaréis qué fue de Jack Bernard

Jack y Warren Bernard

Jack y Warren Bernard

Claude Dettloff tomó la fotografía de su reencuentro en octubre de 1945 y Warren pudo decirle a sus amigos…

Mi papá ha vuelto de la guerra.

Fuentes e imágenes: The Province, Sentado frente al mundo

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Gander, el perro que se sacrificó para salvar a los soldados heridos del Royal Rifles de Canadá

21 ago
21 agosto 2014

Los conflictos bélicos a lo largo de la historia han tenido muchos protagonistas que dieron sus vidas para salvar las de sus compañeros. El protagonista de esta historia, al que sus compañeros del batallón del Royal Rifles de Canadá no dudarían en calificar como “el mejor amigo del hombre“, se llamaba Gander y era un perro de la raza Terranova.

Pal, que así se llamaba nuestro perro antes de adquirir su nombre de guerra, era la mascota de una familia de Gander (Canadá) que, como todo Terranova, fue creciendo y creciendo hasta convertirse en un bello ejemplar de casi 70 kg. Si a esto añadimos que arañó a un niño mientras jugaba, a sus dueños les faltó tiempo para buscarle otro hogar. En aquellos momentos, el aeropuerto de Gander era la base del regimiento del Royal Rifles y éstos decidieron adaptarlo como mascota y bautizarlo con el nombre de Gander. Aquellos días de instrucción para los soldados y de juegos para Gander, terminaron en octubre de 1941 cuando el regimiento y su mascota fueron enviados a la isla de Hong Kong para protegerla de los ataques japoneses.

gander_regiment

La tranquilidad en la isla duró poco. El desembarco japonés fue acompañado de un intenso bombardeo y el enfrentamiento en las playas se convirtió en una lucha cuerpo a cuerpo, donde Gander se convertía en un soldado más. El 19 de diciembre de 1941, el 1er batallón del Royal Rifles quedó aislado y los canadienses apenas podían responder a la brutal ofensiva japonesa. Una granada cayó junto a un grupo de heridos y Gander la cogió con la boca y salió corriendo… el sacrificio de Gander salvó a sus compañeros.

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En apenas 18 días la isla había caído, pero la historia de Gander comenzó a circular entre los soldados canadienses encerrados en los campos de prisioneros… Gander se convirtió en leyenda. El 27 de octubre de 2000, Gander recibía a título póstumo la Medalla Dickin…

Por salvar las vidas de soldados canadienses durante la batalla Lye Mun en la isla de Hong Kong en diciembre de 1941. En tres ocasiones documentadas “Gander”, la mascota del Royal Rifles de Canadá, se enfrentó al enemigo [...] En un último acto de valentía, murió al recoger una granada. Sin la intervención de “Gander” se habrían perdido muchas vidas.

Imágenes: Dogs of Honor, Newfoundland dog fought, and died, in Hong Kong

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Cuando la cerveza Guinness salvó a Irlanda durante la Segunda Guerra Mundial

13 ago
13 agosto 2014

A los beneficios ya conocidos del consumo moderado de cerveza, hoy vamos a añadir el de ser la responsable de que Irlanda pudiese mantener su neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial.

Arthur Guinness, fundador de la cerveza Guinness en Dublín (Irlanda) en 1759, fue un empresario atípico para la época -incluso lo sería hoy en día-. Además de preocuparse de que su negocio fuese rentable, también se preocupó del bienestar de sus trabajadores y de los más necesitados de la sociedad: fundó organizaciones benéficas, construyó viviendas sociales para los más pobres… Sus herederos mantuvieron la política del fundador: todos los trabajadores que lucharon en la Primera Guerra Mundial recuperaron sus puestos de trabajo cuando regresaron a casa y, durante este tiempo, sus familias recibieron la mitad del salario habitual de estos trabajadores; a finales de los años 20, su salario era un 20% mayor que en la competencia, disponían de becas para la educación de los hijos, tenían cubiertos los gastos médicos… algo así como los trabajadores del tío Google en la actualidad. Durante la Segunda Guerra Mundial, Guinness prometió a todos los soldados británicos que tendrían una botella de su cerveza negra el día de Navidad. Incluso trabajadores ya jubilados se presentaron como voluntarios en las fábricas para ayudar a cumplir aquella promesa.

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En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial, el Primer Ministro Eamon De Valera declaró la neutralidad de Irlanda. Aquella decisión nos gustó nada en Londres y provocó el enfado de Winston Churchill, en aquel momento Primer Lord del Almirantazgo. A pesar de todo, Irlanda mantenía su independencia política y nada se podía hacer desde Londres… o eso creía De Valera. En 1940, y ya como Primer Ministro, Churchill comienza su jugada maestra para obligar a Irlanda a romper su neutralidad y poder utilizar los estratégicos puertos irlandeses.

Churchill-Karsh1

Su macabro plan consistía en estrangular la economía irlandesa, con escasos recursos naturales y peligrosamente dependiente de los suministros británicos. Para ello, Churchill ordenó cortar los suministros de fertilizantes, gasolina, carbón… e incluso cereales. La economía irlandesa se derrumbó y el hambre comenzó a instalarse entre sus habitantes. En 1941 la situación de Irlanda era desesperada y De Valera comenzaba ya a plantearse ceder ante la pretensiones de Churchill, cuando apareció en escena Guinness. En marzo de 1942, en un esfuerzo por preservar el cereal para el pan, el gobierno irlandés impuso restricciones y prohibió la exportación de cerveza. Algo que en teoría poco o nada afectaba al plan de Churchill, dio un giro de 180º cuando las tropas británicas comenzaron a protestar por la escasez de Guinness (incluso hubo disturbios callejeros en Belfast). Por aquello de mantener la moral alta de los soldados, el gobierno británico volvió a suministrar cereal para mantener las exportaciones de cerveza. De Valera entendió que la Guinness era su baza para recuperar los suministros y su economía. Al poco tiempo, volvieron a prohibir la exportación alegando que no tenía suficiente carbón para seguir manteniendo la producción. Los británicos volvieron a suministrar carbón. Poco a poco, y manteniendo este patrón de intercambio, Irlanda consiguió recuperar los suministros, su economía y mantenerse neutral… a pesar de Churchill.

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Fuentes: IrishCentral, IrishAmericaDrink like a man

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Un ejército sin país que luchó en la Primera Guerra Mundial

29 jul
29 julio 2014

Al estallar la Primera Guerra Mundial, los territorios de lo que hoy serían la República Checa y Eslovaquia —Checoslovaquia hasta 1992— formaban parte del Imperio austrohúngaro, pero su pertenencia se debía más a cuestiones políticas que al sentimiento de identidad con los Habsburgo. De hecho, tenían más afinidad con el Imperio ruso al que muchos checos y eslovacos habían emigrado. Ya sea por demostrar su lealtad a su nueva patria o por el temor a ser encarcelados por considerarlos una quinta columna, estos emigrantes solicitaron formar su propia unidad de combate y luchar junto al ejército ruso. A su vez, el ejército astrohúngaro reclutó a checos y eslovacos para sus filas pero éstos aprovecharon los primeros enfrentamientos para rendirse ante sus hermanos que luchaban a las órdenes del zar Nicolás II. Lo que a ojos de las Potencias Centrales era una vulgar traición, a ojos de los desertores era una ocasión para debilitar a los Habsburgo y, de esta forma, colaborar en la victoria de los Aliados para conseguir su ansiada independencia y constituirse en un país. Los austríacos respondieron con una brutal represión que aumentó el sentimiento nacionalista de checos y eslovacos. A los desertores, inicialmente encarcelados en Siberia, se les permitió unirse a sus hermanos que ya luchaban con los rusos para formar la llamada Legión Checoslovaca —en 1917 llegaron a los 60.000 miembros—. Todo iba a cambiar en un abrir y cerrar de ojos… estalló la Revolución rusa.

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Un invierno especialmente duro, la hambruna provocada en parte por los recursos destinados a la guerra y el hastío por un conflicto bélico del que sólo llegaban noticias de derrota tras derrota, provocaron un estallido social que llevó a la abdicación del zar Nicolás II. Alemania, consciente de la inestabilidad interior rusa, echó más leña al fuego facilitando la llegada de Lenin a Moscú, exiliado en Suiza. Al frente de los bolcheviques, Lenin consiguió llegar al poder en noviembre de 1917 e inició las conversaciones con las Potencias Centrales para sacar a Rusia de la guerra. Con la sartén por el mango y mientras duraron las conversaciones de paz, Alemania lanzó una gran ofensiva en el frente oriental, los únicos que le hicieron frente fueron los miembros de la Legión Checoslovaca. En marzo de 1918, con la firma del Tratado de Brest-Vitovsk, Rusia abandonaba la contienda y la Legión Checoslovaca se encontraba en tierra de nadie y sin un país por el que luchar. Su única opción era salir de Rusia para unirse a los Aliados en el frente occidental, pero tanto la frontera terrestre como el Báltico estaban controlados por los alemanes… sólo podían salir de Rusia por un puerto del Pacífico. Los 60.000 miembros de la Legión Checoslovaca iniciaron un largo viaje de 9.000 kilómetros hasta Vladivostok, donde embarcarían para atravesar el Pacífico, llegar hasta los EEUU y desde allí a Francia para seguir luchando. La única opción de traslado posible era el Transiberiano.

La reciente neutralidad rusa y los acuerdos firmados entre los bolcheviques y la Legión, permitieron a ésta iniciar el viaje con los únicos contratiempos propios del traslado de un contingente tan numeroso y todo el armamento que les acompañaba. Esta relativa tranquilidad no iba a durar mucho… Rusia volvió a tambalearse con una guerra civil que enfrentó al Ejército Rojobolcheviques— y al Ejército Blancocontrarrevolucionarios—. Además, los austrohúngaros reclamaban la entrega de los miembros de la Legión para fusilarlos por traidores. El miedo a que las Potencias Centrales rompiesen el tratado de paz y la necesidad de las armas que transportaba la Legión, llevaron al Ejército Rojo a asaltar el convoy. Inesperadamente, las fuerzas checoslovacas derrotaron a los bolcheviques. Conscientes de su nueva situación —en tierra hostil y solos—, trataron de asegurar su vía de escape: la línea férrea. Montaron piezas de artillería en los vagones y fueron avanzando hacia Vladivostok manteniendo el control del Transiberiano. En su esfuerzo por asegurar su camino, tomaron un tren que, para sorpresa de todos, transportaba el oro de la reserva imperial.

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Terminada la Primera Guerra Mundial, comenzaron a llegar noticias a Occidente de un “ejército sin país” que trataba de salir de Rusia. Los Aliados, tan altruistas y misericordiosos, decidieron ayudarles a salir de aquella ratonera enviando tropas a Vladivostok para embarcarlos, pero la realidad de aquella misión de rescate era bien distinta: la Legión iba a ser utilizada para frenar a los bolcheviques y su revolución comunista apoyando al Ejército Blanco. Thomas Masaryk —el futuro presidente de la república de Checoslovaquia— trató de sacar provecho del sacrificio de sus compatriotas y negoció con los Aliados la independencia de sus territorios y la creación de un nuevo Estado… nacía Checoslovaquia. Con el control del Transiberiano y los territorios circundantes, los Aliados desembarcaron en Vladivostok para asegurar la ciudad y mantenerla hasta que llegase la Legión.

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Czech_Legion_Vlad_train

Y como tantas otras veces, todo volvería a cambiar… el avance sin tregua del Ejército Rojo amenazaba con dejar atrapados a los errantes. Así que, utilizaron el oro capturado para negociar con los bolcheviques su evacuación. En 1920, todos los supervivientes de la Legión Checoslovaca —unos 40.000— habían regresado a su patria, un país que no existía cuando se embarcaron en aquella aventura. Y aquí termina la historia de este ejército sin país… casi. Se cree que de los ocho vagones capturados con oro, los checoslovacos sólo entregaron el que había en siete de ellos. El oro procedente del octavo vagón llegó hasta Checoslovaquia y sirvió para crear Legiobanka (Banco de la Legión).

Si os ha gustado esta historia y todavía estáis pensando qué libro vais a leer estas vacaciones tirados en la playa o bajo la sombra de un árbol, me permito recomendaros “¡Fuego a discreción!: Historias sorprendentes de la Primera y Segunda Guerra Mundial” que he publicado junto a mi amigo Guillermo Clemares.

Fuego a discreción-Playa

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Una historia de amor entre un británico y una alemana en medio de la Segunda Guerra Mundial

22 jul
22 julio 2014

Dicen que en el amor y en la guerra todo vale, pues esto es una historia de amor en mitad de una guerra: la del británico Horace Greasley y la alemana Rosa Rauchbach durante la Segunda Guerra Mundial.

En la Navidad de de 1918, venían al mundo dos gemelos en un pequeño pueblo de la campiña inglesa, Ibstock (en el condado de Leicestershire, Reino Unido). Harold y Horace, que así se llamaron, decidieron quedarse en su pueblo natal para ayudar a sus padres en la granja familiar. Horace, cuando podía, también trabajaba algunas horas en la barbería del pueblo y allí se enteró de que Alemania había invadido Checoslovaquia… Todo en su vida cambió. Ante los posteriores movimientos de Alemania, el Parlamento británico aprobó en 1939 la ley de instrucción militar que obligaba a todos los hombres con edades comprendidas entre los dieciocho y cuarenta años —los hermanos tenían veintiuno— a someterse a un entrenamiento militar básico durante seis meses para luego pasar a la reserva activa. No tuvieron tiempo ni de terminar el entrenamiento, a las siete semanas fueron adscritos a la 2ª compañía del 5º batallón de Leicestershire y enviados a Francia integrados en la British Expeditionary Force o BEF (Fuerza Expedicionaria Británica) para frenar la ofensiva alemana. Aunque inicialmente la BEF tuvo cierto éxito, nada pudieron hacer ante el poderío de los panzers alemanes. En mayo de 1940, el oficial al mando, lord Gord, ordenó la retirada hacia Dunkerque para evacuar lo que quedaba de la BEF. De Harold nada más se supo y Horace… aquí comienza su aventura.

Horace Greasley

Horace Greasley

El 25 de mayo, Horace fue capturado en Carvin, al sur de Lille. Él y el resto de los prisioneros tuvieron que caminar durante diez semanas a marchas forzadas atravesando Francia y Bélgica hasta llegar a Clervaux (Luxemburgo). Los que sobrevivieron fueron metidos en un tren, y después de un viaje de varios días en condiciones infrahumanas llegaron al campo de prisioneros Stalag XXI-D en Silesia (Polonia). Fueron días de trabajos de sol a sol, acompañados de algunas palizas, escasa comida y tener que compartir la cama con piojos y ratas. Cuando terminó el invierno de 1941, los supervivientes fueron trasladados a otro campo en Lamsdorf (Polonia), que nada tenía que ver con el anterior. Aunque tenían que trabajar durante diez horas en una cantera de mármol, podían ducharse con agua caliente, recibían varias comidas al día y dormían sobre algo que podía llamarse cama. Herr Rauchbach, el propietario del negocio, sabía que el trabajo en la cantera dependía de que la condición física de los prisioneros fuese aceptable, así que procuró asegurarles unas mínimas condiciones. Rosa, su hija de diecisiete años, trabajaba en el campo como intérprete. Horace se quedó prendado de ella nada más verla, pero, lógicamente, en su estado sabía que ella nunca se fijaría en él. Desde aquel momento, se propuso, en la medida de sus posibilidades, recuperar la imagen de lo que era: un joven de veintitrés años. Tras varias semanas, y ya con mejor pinta, comenzaron a tontear… y del tonteo a los encuentros furtivos. Cuando llevaban un año de relación y los encuentros ya eran diarios, Horace fue trasladado a un campo en Freiwaldau, cerca de Auschwitz, a unos cuarenta kilómetros de distancia de su amada. Aquello parecía el fin… pero no.

Horace y Rosa

Horace y Rosa

Las condiciones del campo eran muy parecidas al de Lamsdorf, pero sin Rosa. Horace tenía que volver a verla. Ejerciendo su antigua profesión de peluquero, se ganó la confianza de los alemanes y tuvo cierta libertad de movimientos que le permitieron conocer al detalle la seguridad del campo. Cuando tuvo preparado un plan de huida, y gracias a otros prisioneros que trabajaban en el exterior, consiguió comunicarse con Rosa para citarse con ella en el bosque detrás de la cantera. Llegado el día de la fuga, y con la complicidad de sus compañeros del campo y los que transportaban las mercancías, huyó y consiguió reunirse con Rosa. Después de los correspondientes abrazos, besos, lágrimas… y lo que se terciase, Rosa le dijo que tenía que escapar, pero ¿adónde? El lugar más cercano en el que podría sentirse seguro era Suecia —país neutral— a cuatrocientos veinte kilómetros. Se olvidaron de ese tema y decidieron que Horace huiría cuando pudiese para ir a verla… y así lo hicieron. En las siguientes citas, y para alegría de los compañeros que le ayudaban a escapar cada noche, Rosa llevaba frutas, verduras e incluso una radio que les permitió conocer día a día el rumbo de la guerra. Durante dos años y medio mantuvieron más de doscientas citas.

El 24 de mayo de 1945, los prisioneros del campo fueron liberados y Horace, sin poder encontrarse con Rosa, repatriado al Reino Unido. Volvió a Leicestershire y durante un tiempo siguieron carteándose y preparando su reencuentro hasta que Rosa dejó de escribir… falleció mientras daba a luz al hijo de Horace, nacido muerto. Horace rehízo su vida y montó una peluquería, poco más tarde una empresa de transportes en la que conoció a la que sería su esposa. Se casaron y en 1988 se trasladaron a vivir a Alicante (España).

Horace en Alicante

Horace en Alicante

En 2008 se publicó el libro Do the birds still sing in Hell? (¿Siguen cantando los pájaros en el infierno?) donde Horace cuenta sus penurias y su historia de amor. Lo que no podrá ver Horace —falleció en 2009 a la edad de noventa y un años— es la película… Silverline Productions compró los derechos del libro para adaptarla al cine y el productor Stratton Leopold ya está con los preparativos. Se rumorea que el papel de Horace lo podría interpretar Robert Pattinson.

Do the birds still sing in hell?

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Un acto de dignidad en un partido de fútbol de 1936

02 jul
2 julio 2014

El Mundial de Fútbol “Brasil 2014” transcurre en su segunda fase y a estas alturas ya es evidente que los principales beneficiarios del evento son los grupos económicos ligados a la FIFA y las élites económicas y políticas locales. Para el pueblo brasileño la celebración del Mundial en su país ha significado desalojos forzados, militarización de los barrios y represión que se cobró la vida de decenas de personas. Por eso, cuando el fútbol ha sido raptado por las corporaciones y el poder, es importante recordar un acto de dignidad que tuvo como protagonista a la selección de fútbol peruana en las Olimpiadas de 1936.

Los Juegos Olímpicos de 1936 se celebraron en Berlín (Alemania) entre el 1 y el 16 de agosto. La elección de la sede se había realizado en 1931, dos años antes de la llegada de los nazis al poder. Aunque hubo en un primer momento un intento de boicotear los Juegos por parte de varios países, finalmente optaron por participar. Sólo España, con el gobierno de la Segunda República, boicoteó los Juegos, además de organizar una competición paralela, la Olimpiada Popular de Barcelona, que debió suspenderse por la guerra. Participaron de los Juegos de 1936 casi 4.000 deportistas de 49 países en 19 disciplinas deportivas y 129 especialidades. Para el régimen alemán era una forma de mostrar la magnificencia del nazismo y para evitar dar una mala imagen ante el mundo se retiraron de las calles los carteles antisemitas.

Los Juegos Olímpicos no estuvieron exentos de controversias, pero un hecho que merece destacarse es el partido de fútbol entre las selecciones de Perú y Austria por los cuartos de final. La selección sudamericana venía de golear 7-3 a Finlandia, y ahora se enfrentaba con el país natal de Adolf Hitler en el Estadio Hertha Platz. El partido se celebró el día 8 de agosto y hasta los primeros 75 minutos de juego los austríacos se imponían por 2-0. Sin embargo, la selección peruana reaccionó en los últimos 15 minutos y logró empatar el partido con goles de Jorge Alcalde y Alejandro Villanueva. En aquel momento, un grupo de aficionados peruanos abandonaron las tribunas y bajaron al campo para alentar de cerca a su equipo. Durante el tiempo suplementario el árbitro anuló tres goles peruanos, aún así Perú se impuso por 4 a 2 con dos goles del delantero “LoloFernández. Esta humillación de la selección austríaca por parte del “Rodillo Negro” -así llamaban a la delantera peruana- no podía permitirse en unos Juegos planificados desde el III Reich para mostrar la superioridad de la raza aria. Por ello, los alemanes presentaron una protesta ante el Tribunal de Apelaciones alegando que la presencia de los aficionados peruanos en el campo de juego había intimado a los jugadores austríacos, llegando a decir que uno de ellos había sacado una pistola y los había amenazado. También se argumentó que el estadio no cumplía con las medidas necesarias para jugar un partido de fútbol. El Tribunal, compuesto exclusivamente por europeos, convocó una reunión el 10 de agosto a las 10 horas, pero la delegación peruana no llegó a tiempo porque fue retrasada por un desfile alemán que se desarrollaba en las calles. Con apoyo del Comité Olímpico y de la FIFA, se resolvió suspender el partido y ordenar que se jugara nuevamente a puerta cerrada.

Selección Perú

Perú se negó a repetir el partido por considerarlo un robo. Además, hay que tener en cuenta que el jugar a puerta cerrada podía facilitar que se cometiera un nuevo fraude. Toda la delegación olímpica peruana, compuesta por 59 deportistas, apoyó la decisión de la selección de fútbol y se retiraron de los Juegos el 12 de agosto. La delegación colombiana se sumó a la protesta en un acto de solidaridad latinoamericana y también se retiraron. Las delegaciones de Argentina, Chile, Uruguay y México expresaron su solidaridad con Perú, aunque sin abandonar la competición. En Lima la decisión del Tribunal de Apelaciones fue recibida como un insulto y decenas de personas se movilizaron ante el Consulado Alemán atacándolo con piedras. La llegada de la delegación al Puerto de Callao fue recibida por una multitud que los ovacionó como héroes. Gracias a estas maniobras, la selección austríaca llegó hasta la final donde fue derrotada por la Italia fascista de Benito Mussolini, que ya había ganado la Copa del Mundo de Italia de 1934 y volvería a hacerlo en Francia en 1938.

La selección peruana de fútbol tuvo en las Olimpiadas de 1936 un acto de dignidad al negarse a ser partícipe de aquel fraude por haber humillado en el terreno de juego al país natal del dictador Adolf Hitler. Michael Dasso, miembro del Comité Olímpico Peruano, declaró:

No tenemos fe en el deporte europeo. Hemos venido aquí y hemos encontrado un puñado de comerciantes.

Teniendo en cuenta los poderosos intereses económicos que podemos observar en las últimas Copas del Mundo, parece que su frase conserva plena vigencia.

Colaboración del escritor e historiador Luciano Andrés Valencia.

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¿Por qué los francotiradores alemanes disparaban a los británicos con bigote?

27 jun
27 junio 2014

Los francotiradores del ejército alemán habían mejorado considerablemente sus armas y sistemas ópticos desde la Primera Guerra Mundial. Su excelente preparación y los precisos fusiles Máuser Kar 98k provocaron el pánico entre los aliados durante los dos primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Los tiradores alemanes avanzaban con las tropas, cubrían sus flancos y abatían a observadores, nidos de ametralladoras, operadores de artillería…, provocando la desmoralización de las tropas, que sentían que no se encontraban a salvo en ningún momento.

Una de las tácticas de los francotiradores alemanes durante un avance enemigo consistía en herir primero a los soldados situados en las últimas filas mediante certeros disparos en sus estómagos. Los desgarradores gritos de los heridos provocaban el pánico entre sus compañeros, los tiradores alemanes aprovechaban esos momentos de desconcierto para alcanzar en la cabeza a los soldados enemigos más próximos. Otra técnica similar usada por los francotiradores era la de no matar, sino herir un enemigo, y cuando sus compañeros acudían a socorrerlo aprovechaban para causar más bajas. Los francotiradores alemanes también lograron sembrar el pánico y el desconcierto entre las filas aliadas disparando de una manera selectiva a los oficiales y mandos enemigos. Fue tan alto el número de bajas entre los oficiales británicos que, en determinado momento, se llegó a suprimir toda señal o distintivo de rango de sus uniformes.

A pesar de ello, los tiradores alemanes seguían identificando y haciendo blanco en los oficiales. Una vez capturaron a un francotirador alemán y le interrogaron para saber cómo conseguían identificarlos; les respondió que…

¡disparaban a los soldados que tenían bigote!

¿Y por qué llevaban bigote los oficiales británicos? Según la Orden nº 1.695 del Reglamento Real de 1860:

El pelo de la cabeza se mantendrá corto. El mentón y la parte inferior del labio se deberá afeitar, pero no la parte superior…

mostacho oficial británico

Al comienzo de la Primera Guerra Mundial los soldados comenzaron a obviar aquella obsoleta normativa porque en muchas ocasiones los bigotes/mostachos impedían que las máscaras de gas se ajustasen perfectamente, con el potencial peligro de inhalar los gases. El 6 de octubre de 1916 el general Sir Nevil Macready derogó la obligación del bigote. Aún así, muchos oficiales que llevaron bigote desde que eran soldados rasos lo siguieron manteniendo… y aquello fue su sentencia de muerte.

Fuego a discreción

Historias insólitas, humanas, crueles, ingeniosas, cómicas… e incluso esta de los bigotes, podéis encontrarlas en el libro: ¡Fuego a discreción!: Historias sorprendentes de la Primera y Segunda Guerra Mundial

 

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La primera ONG internacional la creó un estadounidense en la Primera Guerra Mundial

19 jun
19 junio 2014

El European Recovery Program, vulgarmente llamado Plan Marshall por el secretario de estado de los Estados Unidos George Marshall, fue el plan más importante para la reconstrucción de los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial que, además, estaba destinado a contener un posible avance del comunismo por toda Europa. Pero no fue la primera vez que los Estados Unidos ayudaron a los países europeos con motivo de una guerra. En 1914, durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes invadieron Bélgica y Luxemburgo, pero fueron detenidos en el frente francés. Tras varios enfrentamientos entre los distintos contendientes, los frentes se estabilizaron sin avances considerables.

Aquel desastre mundial provocó que muchos estadounidenses huyesen del viejo continente hacia Londres y desde allí poder regresar a casa. Al llegar a la capital británica, sus problemas no habían terminado: era complicado encontrar un pasaje para los barcos que cruzaban el Atlántico, casi imposible conseguir alojamiento y, para rematar, los bancos no canjeaban los cheques de viaje ni los establecimientos los aceptaban como medio de pago. Pero tuvieron la suerte de que en aquellos años residiese en Londres un empresario e ingeniero de minas estadounidense llamado Herbert Hoover. Hoover, junto con otros compatriotas con posibles, decidieron aunar esfuerzos y reunir dinero para conseguirles alojamiento y canjear sus cheques por dinero en efectivo y poder comprar los pasajes. Consiguieron devolver a casa a miles de estadounidenses. Tras el éxito de aquella operación, debido únicamente al esfuerzo de la solidaridad privada, el embajador estadounidense en el Reino Unido, Walter Hines Page, se puso en contacto con Hoover para proponerle una acción de mayor envergadura: conseguir suministrar alimentos a Bélgica. La invasión de los alemanes, la requisa de las escasas cosechas de un país eminentemente urbano y el bloqueo de los británicos ocasionaron que, literalmente, Bélgica se muriese de hambre. El 22 de octubre nacía la Commission for Relief in Belgium o CRB (Comisión para el Socorro de Bélgica).

Herbert Hoover

Herbert Hoover

Para tener éxito en aquella compleja operación, la CRB tenía que poder negociar directamente con el gobiernos británico y alemán como si fuese un estado propio. Sin su consentimiento, nada se podría hacer. Consiguieron firmar un acuerdo con el gobierno británico para permitirles superar el bloqueo y con el gobierno alemán para poder distribuir la comida entre los civiles, aparte de inmunidad diplomática para Hoover y los trabajadores de la CRB, todos voluntarios, para atravesar las fronteras. Para la financiación de aquella gran empresa se realizaron colectas en varios países, hubo masivas donaciones privadas y también participaron los gobiernos aliados. Con el dinero recaudado se compraba trigo y otros alimentos en el continente americano y Australia; los suministros se cargaban en la flota de barcos facilitados a la CRB que debían atravesar el bloqueo británico y la vigilancia de los submarinos alemanes hasta llegar al puerto franco de Rotterdam (Holanda). Desde allí, y en camiones, llegarían a Bélgica para ser repartidos en las ciudades y pueblos.

Lo que inicialmente iba a ser una operación solidaria puntual, tuvo que ampliarse en el tiempo y a la zona ocupada de Francia. En 1917, Hoover calculó que casi tres millones de personas estaban siendo alimentadas por la CRB a través de los más de dos mil comités locales de beneficencia creados en Bélgica y Francia para distribuir los alimentos. Además de los problemas propios de una operación tan compleja y en medio de una guerra, la CRB tuvo que superar innumerables obstáculos y no menos críticas, incluso de parte de los aliados. Churchill lideró una campaña contra esta organización por considerar que su intervención estaba alargando la guerra al proporcionar alimentos a los belgas y, de esta forma, los alemanes no tenían que preocuparse de alimentar a los habitantes de este país ni de sofocar posibles revueltas provocadas por la hambruna.

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Y no quedarían aquí las operaciones solidarias de Hoover. Cuando los Estados Unidos entraron en el conflicto en 1917, Hoover regresó a su casa y se puso al frente de la Administración de Alimentos de Estados Unidos. Pero aún hay más: el 6 de diciembre de 1917, cuando Finlandia se independizó durante la Revolución rusa, estalló una brutal guerra civil entre conservadores y comunistas. Años de guerra, malas cosechas y el bloqueo ruso ocasionaron una terrible hambruna en Finlandia y los finlandeses pidieron ayuda a Hoover. Aún con la CRB en funcionamiento y ocupando su nuevo cargo en los Estados Unidos, todavía tuvo tiempo para crear la Finnish Relief Fund (Fundación para el Socorro de Finlandia). Hoover recaudó fondos en Estados Unidos y consiguió donaciones de alimentos desde allí (90 por ciento) y también de Dinamarca, Inglaterra y Noruega para aliviar la hambruna finlandesa. En total, más de treinta y cinco millones de comidas llegaron a los niños finlandeses. ¿Y ya está? No. En 1939, los rusos invadieron Finlandia para recuperar el terreno perdido en 1917, y otra vez volvieron a recurrir a Hoover. Y respondió de nuevo… consiguió recaudar en Estados Unidos cuatrocientos mil dólares en solo un mes; en marzo de 1940 había conseguido dos millones y medio de dólares de ayuda.

Un pequeño detalle que se me olvidaba, Herbert Hoover fue presidente de los Estados Unidos desde el 4 de marzo de 1929 hasta el 4 de marzo de 1933.

Fuentes e imágenes: National Archives, Caballos de Troya de la historia

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Los perros paracaidistas del desembarco de Normandía

10 jun
10 junio 2014

Hace poco os contaba la historia de Cat Island (Isla del Gato), donde los estadounidenses entrenaban perros para invadir Japón, hoy hablamos de los que participaron en el desembarco de Normandía… los perros paracaidistas (parachuting dogs o paradogs).

Parachute dog

Desde principios de 1943 el Primer Ministro británico, Winston Churchill, y el Presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, se reunieron para planear la invasión del continente entonces ocupado por los alemanes. Pero no fue hasta el 6 de junio de 1944 cuando se dieron las circunstancias oportunas, el desembarco de Normandía marcó el inicio de la liberación de la Europa occidental ocupada. Uno de los regimientos británicos que iba a participar era el 13º Parachute Regiment and Airborne Forces (Regimiento de Paracaidistas y Fuerzas Aerotransportadas), al que estaban asignados tres perros: Bing, Monty y Ranee.

En la base de Larkhill Garrison los perros recibían el adiestramiento necesario para localizar minas y explosivos, realizar labores de vigilancia y actuar como mensajeros, se familiarizaban con los escenarios de guerra para que no se asustasen en medio de los tiroteos o bombardeos… y un entrenamiento específico para saltar de los aviones. En la prime parte de este entrenamiento, los perros se sentaban dentro de la cabina durante horas para que se acostumbrasen al ruido de los motores; en la segunda fase, la más complicada, los paradogs debían perder el miedo a saltar desde el avión. Para ello, antes del salto los dejaban sin comida y los instructores subían al avión con un buen trozo de carne. Cuando llegaban a la altura señalada, los instructores saltaban enseñándoles el jugoso filete… los perros estaban tras hambrientos que saltaban tras la carne. Cuando llegaban a tierra, recibían el preciado botín. Salto a salto, fueron perdiendo el miedo e incluso parecía que se divertían. Tras dos meses, estaban preparados para el día D.

Parachute dog1

El 6 de junio de 1944, tres aviones del 13º Parachute Regiment and Airborne Forces despegaban de sus bases con 20 paracaidistas y un perro cada uno. Aunque ninguna de las tres aeronaves fue alcanzada por las defensas antiaéreas alemanas, los aviones recibían fuertes sacudidas por las explosiones cercanas. Monty y Ranee mantuvieron el tipo pero Bing se puso muy nervioso, comenzó a ladrar y se escondió asustado bajo un asiento. El salto todavía sería peor… para los tres perros: el paracaídas de Bing quedó enganchado en un árbol y fue herido antes de poder ser rescatado por los paracaidistas, Monty resultó gravemente herido y Ranee desapareció.

A pesar de estar herido, Bing consiguió hacer su trabajo detectando minas e incluso salvando a sus compañeros de una emboscada en un segundo salto durante la Operación Varsity en marzo de 1945. Fue galardonado con la Medalla Dickin, la condecoración que el gobierno británico otorga a los animales por sus acciones durante los conflictos bélicos. Después de su muerte en 1955, fue enterrado en Londres y su estatua se puede visitar en el Museo del Regimiento de Paracaidistas y Fuerzas Aerotransportadas.

Bing el día que fue condecorado junto a su dueña Betty Fetch

Bing el día que fue condecorado junto a su dueña Betty Fetch

Fuentes e imágenes: Spiegel, The Telegraph

 

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White Coke, la Coca-Cola que se creó para el oficial más condecorado de la Unión Soviética

26 may
26 mayo 2014

Si todos nos sorprendimos cuando Alfred López nos desveló que la Fanta fue un refresco creado por los nazis, hoy me he quedado de piedra cuando, buscando documentación para un artículo, me he tropezado con un artículo en The New York Times y otro en BBC que dicen que Coca-Cola creó “White Coke“, una edición especial del refresco más popular para el oficial más condecorado de la Unión Soviética… el Mariscal Georgy Zhukov.

Zhukov y Eisenhower (1945)

Zhukov y Eisenhower (1945)

El éxito internacional de Coca-Cola, que te permite tomar uno de sus refrescos en cualquier parte del mundo -bueno, excepto Cuba y Corea del Norte-, se inició en la Segunda Guerra Mundial y mucho tiene que ver la amistad de Dwight D. Eisenhower, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, con Robert Woodruff, presidente de Coca-Cola desde 1923 hasta 1954. Consiguió de aquél una autorización especial para poder importar todo el azúcar que la compañía necesitase, un artículo escaso y sujeto a racionamiento. A cambio, Woodruff prometió que Coca-Cola llegaría a cualquier lugar del mundo donde un soldado estadounidense estuviese luchando y que pudiese tomarse su refresco por 5 centavos. Y así lo hizo, 62 plantas embotelladoras se distribuyeron por todo el mundo para llegar a cualquier rincón. Terminada la guerra, los marines volvieron a casa pero las plantas se quedaron… sólo cambiaron sus clientes.

Coca_ColaWW2

Tras la toma de Berlín (1945), parece que se fraguó cierta amistad por admiración mutua entre Eisenhower y Zhukov, que fue quien le dio a probar la famosa Coca-Cola. El mariscal se aficionó a aquella refrescante bebida pero sabía que para Stalin era un símbolo del “imperialismo capitalista estadounidense“. Así que, le pidió a Eisenhower si se podía elaborar una Coca-Cola con apariencia de vodka. Eisenhower contactó con el presidente Harry S. Truman y éste le dio su autorización para aprobar aquella partida de contrabando. Ahora quedaba la parte mas difícil… había que elaborar un refresco que tuviese el mismo sabor que la Coca-Cola pero debía ser incoloro (para que pareciese que Zhukov bebía vodka). Woodruff puso a trabajar a los químicos para elaborar lo que se llamaría White Coke… y parece que lo consiguieron. Además, también se cambió la típico botella con curvas por una recta y se puso un chapa blanca con una estrella roja en el centro [Supongo que sería como Pepsi Crystal, un refresco de cola de color transparente que Pepsi lanzó en los 90]. Zhukov era el jefe máximo de las tropas de ocupación soviéticas en Alemania y el encargado de la administración militar de dichas regiones, por lo que la partida de 50 botellas le llegó a Berlín través de Austria. No hubo más partidas… En 1946, la popularidad de Zhukov entre las tropas del Ejército Rojo, incluso entre los alemanes (solicitó a Stalin que se le permitiese mejorar la alimentación de la población civil reclamando “hacer diferencia entre el nazismo y el pueblo alemán” y su amistad con Dwight Eisenhower, provocaron la sospecha y desconfianza de Stalin y con falsas acusaciones lo “trasladó” a los Urales.

En 1985, Coca-Cola comenzó a comercializarse en la Unión Soviética, acabando con el monopolio de la URSS que mantenía su rival Pepsi-Cola desde hacía más de 10 años. Zhukov falleció en 1974 y no pudo probar “legalmente” una Coca-Cola en suelo de la Unión Soviética.

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Las agujas de las máquinas de coser Singer, armas letales en la Segunda Guerra Mundial

20 may
20 mayo 2014

Todavía recuerdo a mi madre en su vieja máquina de coser Singer en la que pasaba horas y horas dándole al pedal para coser, coger el dobladillo de un pantalón, confeccionarse una falda… lo que hiciese menester, porque mi madre, como todas las de su edad, tenía alma de modista. Por eso, cuando descubrí esta historia, me pareció sorprendente que una simple aguja se pudiese convertir en un arma letal (cuando se pinchaba, mi madre no iba más allá de un simple ¡ay!).

El 23 de diciembre de 1941, se recibía un extraño pedido en la fábrica de las máquinas de coser Singer en Bristol (Inglaterra): el mayor pedido de agujas de coser de la historia pero no de agujas estándar, sino unas muy determinadas según las especificaciones que se adjuntaban. Al día siguiente, un ejecutivo de Singer contestó:

No estamos seguros exactamente de lo que quieren. Según sus especificaciones, parece que necesitan las agujas para algún propósito que nada tiene que ver con las máquinas de coser.

Se me olvidaba comentar un pequeño detalle: el pedido se hizo desde Porton Down en Wiltshire (Inglaterra), el Centro de Investigación del Ministerio de la Guerra donde se experimentaba con armas químicas y biológicas. Dejaremos a un lado las pruebas con animales e incluso con soldados que fueron engañados para servir de cobayas, y nos centraremos en las letales agujas.

Los investigadores de Porton Down, encabezados por el bacteriólogo británico Paul Fildes y con la asistencia de colegas canadienses y estadounidenses, trabajaban para desarrollar un arma letal, pero no destructiva, que podría ser más eficaz contra las tropas en terreno abierto o en las trincheras que las bombas convencionales o el gas mostaza: dardos con antrax o ricina. Cada dardo consistía en una aguja de acero hueca -las pedidas a Singer- con una cola de papel; la punta de la aguja tenía un pequeño depósito con la toxina (antrax o ricina) sellado con de algodón y cera, y sobre el depósito una especie de émbolo que al clavarse el dardo haría que por la inercia inyectase la toxina.

Aguja veneno

La idea era bombardear las tropas enemigas con una especie de bombas de racimo y en cada una de ellos 30.000 dardos envenenados. Se realizaron pruebas con animales para calcular los porcentajes de acierto sobre las tropas enemigas y los resultados iban desde un 90 % para un soldado en posición horizontal en un terreno abierto hasta un 17 % para los que estaban en las trincheras. Las consecuencias de que uno solo de estos dardos se clavase eran brutales: si no se arrancaba la aguja antes de 30 segundos, estabas muerto en menos de 30 minutos después de terribles convulsiones; y aún en el caso de arrancarla antes, sufriría un colapso en 5 minutos que lo dejaría incapaz de seguir luchando. Todas las pruebas realizadas fueron un éxito y su fabricación era muy barata, pero se desecharon porque el Ministerio de la Guerra las encontró ineficaces cuando las tropas enemigas se pusiesen a cubierto en edificios o vehículos, algo que no ocurría con las destructivas bombas convencionales.

Fuentes e imagen: BBC, Telegraph

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