Los Grimaldi, una dinastía de astutos supervivientes

31 jul
31 julio 2014

La historia del Principado de Mónaco comienza en 1297, cuando Francesco Grimaldi, un buscavidas genovés, tomó la fortaleza construida a comienzos de siglo en lo alto de un promontorio rocoso. Sin asedios, sin sangrientas batallas, simplemente entró en ella disfrazado de monje y desde el interior consiguió abrir las puertas para que se infiltrasen el grupo de fieles que esperaban fuera. Hoy el escudo de Mónaco está sostenido por dos monjes blandiendo sendas espadas para recordar este hecho. Así dio comienzo una dinastía que ha llegado hasta nuestros días: los Grimaldi. Su secreto: arrimarse siempre al sol que más calienta. Ese sol ha sido casi siempre Francia, pero en otros momentos también España o el Piamonte. Como vasallo y protegido de alguno de ellos llegó hasta 1861 -con algunos paréntesis como su anexión por parte de Napoleón I-, cuando se declaró formalmente independiente. Eso sí, varios tratados firmados desde ese año han puesto a Mónaco bajo la protección de facto de su poderoso vecino.

Grimaldi

El precio que debió pagar por esa supervivencia fue la cesión a Francia de las extensas comunas de Roquebrune y Menton, lo cual suponía más del 90 % de su territorio, y de ese modo perdió casi todas sus fuentes de ingresos. El príncipe Carlos III fue el que tuvo la idea de crear el famoso casino de Montecarlo, después de rebautizar así, en su propio honor, el barrio de Spélugues. Como el juego era ilegal en los países vecinos, la idea fue un éxito y aún hoy es la primera fuente de ingresos del Principado. En 1869 se construyó el Palacio de la Ópera y el los años siguientes se crearon algunas de las señas de identidad del pequeño país, que hasta hoy han seguido dándole publicidad, atrayendo visitantes y, como no, divisas: el Instituto Oceanográfico en 1906, el rally de Montecarlo en 1911 y el Gran Premio de Velocidad en 1929.

Hasta 1911 los príncipes reinaban como monarcas absolutos, pero la Constitución promulgada ese mismo año convirtió al microestado en una Monarquía constitucional. Sin embargo, se ve supeditado a Francia en muchos aspectos. Ocurrió que durante la Primera Guerra Mundial el príncipe Luis II no tenía descendencia legítima. El trono habría pasado así a un primo suyo alemán, lo cual era inaceptable para Francia en guerra en ese momento con los teutones. Así que presionaron para que Luis II reconociese a Charlotte Louvet, una hija ilegítima habida en su estancia en Argelia mientras estuvo enrolado en la Legión extranjera. De este modo se convirtió en la princesa heredera Carlota, aunque más tarde abdicaría sus derechos en su hijo, que reinaría como Rainiero III (padre del actual soberano Alberto II).

Un nuevo tratado estipuló que en caso de que un príncipe fallezca sin descendencia Mónaco será anexionado por Francia, que es desde entonces el protector del Principado (que no tiene ejército). Mónaco a su vez no puede llevar una política exterior opuesta a los intereses de Francia. Asimismo, el jefe de gobierno (llamado Ministro de Estado) debe ser un súbdito francés designado por el príncipe entre candidatos propuestos por el gobierno francés. Aunque su defensa corresponde también a los galos, el Principado tiene una pequeña guardia ceremonial de unos 100 miembros (la Compañía de Carabineros del Príncipe). La policía la componen unos 500 agentes, siendo así Mónaco el país del mundo con más agentes de policía por habitante.

Colaboración: Javier Domingo

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Un ejército sin país que luchó en la Primera Guerra Mundial

29 jul
29 julio 2014

Al estallar la Primera Guerra Mundial, los territorios de lo que hoy serían la República Checa y Eslovaquia —Checoslovaquia hasta 1992— formaban parte del Imperio austrohúngaro, pero su pertenencia se debía más a cuestiones políticas que al sentimiento de identidad con los Habsburgo. De hecho, tenían más afinidad con el Imperio ruso al que muchos checos y eslovacos habían emigrado. Ya sea por demostrar su lealtad a su nueva patria o por el temor a ser encarcelados por considerarlos una quinta columna, estos emigrantes solicitaron formar su propia unidad de combate y luchar junto al ejército ruso. A su vez, el ejército astrohúngaro reclutó a checos y eslovacos para sus filas pero éstos aprovecharon los primeros enfrentamientos para rendirse ante sus hermanos que luchaban a las órdenes del zar Nicolás II. Lo que a ojos de las Potencias Centrales era una vulgar traición, a ojos de los desertores era una ocasión para debilitar a los Habsburgo y, de esta forma, colaborar en la victoria de los Aliados para conseguir su ansiada independencia y constituirse en un país. Los austríacos respondieron con una brutal represión que aumentó el sentimiento nacionalista de checos y eslovacos. A los desertores, inicialmente encarcelados en Siberia, se les permitió unirse a sus hermanos que ya luchaban con los rusos para formar la llamada Legión Checoslovaca —en 1917 llegaron a los 60.000 miembros—. Todo iba a cambiar en un abrir y cerrar de ojos… estalló la Revolución rusa.

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Un invierno especialmente duro, la hambruna provocada en parte por los recursos destinados a la guerra y el hastío por un conflicto bélico del que sólo llegaban noticias de derrota tras derrota, provocaron un estallido social que llevó a la abdicación del zar Nicolás II. Alemania, consciente de la inestabilidad interior rusa, echó más leña al fuego facilitando la llegada de Lenin a Moscú, exiliado en Suiza. Al frente de los bolcheviques, Lenin consiguió llegar al poder en noviembre de 1917 e inició las conversaciones con las Potencias Centrales para sacar a Rusia de la guerra. Con la sartén por el mango y mientras duraron las conversaciones de paz, Alemania lanzó una gran ofensiva en el frente oriental, los únicos que le hicieron frente fueron los miembros de la Legión Checoslovaca. En marzo de 1918, con la firma del Tratado de Brest-Vitovsk, Rusia abandonaba la contienda y la Legión Checoslovaca se encontraba en tierra de nadie y sin un país por el que luchar. Su única opción era salir de Rusia para unirse a los Aliados en el frente occidental, pero tanto la frontera terrestre como el Báltico estaban controlados por los alemanes… sólo podían salir de Rusia por un puerto del Pacífico. Los 60.000 miembros de la Legión Checoslovaca iniciaron un largo viaje de 9.000 kilómetros hasta Vladivostok, donde embarcarían para atravesar el Pacífico, llegar hasta los EEUU y desde allí a Francia para seguir luchando. La única opción de traslado posible era el Transiberiano.

La reciente neutralidad rusa y los acuerdos firmados entre los bolcheviques y la Legión, permitieron a ésta iniciar el viaje con los únicos contratiempos propios del traslado de un contingente tan numeroso y todo el armamento que les acompañaba. Esta relativa tranquilidad no iba a durar mucho… Rusia volvió a tambalearse con una guerra civil que enfrentó al Ejército Rojobolcheviques— y al Ejército Blancocontrarrevolucionarios—. Además, los austrohúngaros reclamaban la entrega de los miembros de la Legión para fusilarlos por traidores. El miedo a que las Potencias Centrales rompiesen el tratado de paz y la necesidad de las armas que transportaba la Legión, llevaron al Ejército Rojo a asaltar el convoy. Inesperadamente, las fuerzas checoslovacas derrotaron a los bolcheviques. Conscientes de su nueva situación —en tierra hostil y solos—, trataron de asegurar su vía de escape: la línea férrea. Montaron piezas de artillería en los vagones y fueron avanzando hacia Vladivostok manteniendo el control del Transiberiano. En su esfuerzo por asegurar su camino, tomaron un tren que, para sorpresa de todos, transportaba el oro de la reserva imperial.

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Terminada la Primera Guerra Mundial, comenzaron a llegar noticias a Occidente de un “ejército sin país” que trataba de salir de Rusia. Los Aliados, tan altruistas y misericordiosos, decidieron ayudarles a salir de aquella ratonera enviando tropas a Vladivostok para embarcarlos, pero la realidad de aquella misión de rescate era bien distinta: la Legión iba a ser utilizada para frenar a los bolcheviques y su revolución comunista apoyando al Ejército Blanco. Thomas Masaryk —el futuro presidente de la república de Checoslovaquia— trató de sacar provecho del sacrificio de sus compatriotas y negoció con los Aliados la independencia de sus territorios y la creación de un nuevo Estado… nacía Checoslovaquia. Con el control del Transiberiano y los territorios circundantes, los Aliados desembarcaron en Vladivostok para asegurar la ciudad y mantenerla hasta que llegase la Legión.

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Y como tantas otras veces, todo volvería a cambiar… el avance sin tregua del Ejército Rojo amenazaba con dejar atrapados a los errantes. Así que, utilizaron el oro capturado para negociar con los bolcheviques su evacuación. En 1920, todos los supervivientes de la Legión Checoslovaca —unos 40.000— habían regresado a su patria, un país que no existía cuando se embarcaron en aquella aventura. Y aquí termina la historia de este ejército sin país… casi. Se cree que de los ocho vagones capturados con oro, los checoslovacos sólo entregaron el que había en siete de ellos. El oro procedente del octavo vagón llegó hasta Checoslovaquia y sirvió para crear Legiobanka (Banco de la Legión).

Si os ha gustado esta historia y todavía estáis pensando qué libro vais a leer estas vacaciones tirados en la playa o bajo la sombra de un árbol, me permito recomendaros “¡Fuego a discreción!: Historias sorprendentes de la Primera y Segunda Guerra Mundial” que he publicado junto a mi amigo Guillermo Clemares.

Fuego a discreción-Playa

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Cuando se pagaban cinco libras por la captura de un aborigen en Tasmania

25 jul
25 julio 2014

Aunque los británicos la llamaron Black War (Guerra Negra), no se declaró ninguna guerra. De esta forma, denominan los ingleses al exterminio de los aborígenes de Tasmania promovido directamente por el Imperio británico.

La isla de Tasmania —topónimo conocido por los dibujos animados de la Warner cuyo protagonista es el Diablo de Tasmania— está situada a doscientos cuarenta kilómetros al sureste de Australia. La isla estaba poblada por aborígenes de tez negra, pelo rizado, baja estatura (hombres 1,60 metros y las mujeres 1,48 metros) y de complexión delgada, dedicados a la caza y recolección con medios muy rudimentarios. Tuvieron la mala suerte de que el navegante holandés Abel Tasman Jansen arribase a sus costas en 1642. Hasta que en 1855 comenzó a denominarse Tasmania por su descubridor, se llamaba Tierra de Van Diemen por Anthony Van Diemen, gobernador general de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en aquella época. Más tarde pasaron por allí franceses y británicos que comenzaron a esclavizar a muchos aborígenes. En 1803, los británicos establecieron una colonia penal en Tasmania y la isla comenzó a recibir lo mejor de cada casa. Con estos indeseables también llegaron colonos dispuestos a conseguir terrenos donde establecerse sin respetar los territorios de caza de los aborígenes. Poco tardaron en llegar los primeros enfrentamientos entre los colonos, apoyados por el ejército británico, y los nativos del lugar que siempre llevaron las de perder: asesinatos, violaciones o secuestros se repetían sin castigo alguno para los europeos. A pesar de todo, los aborígenes tasmanos trataron de defenderse, pero poco podían hacer con piedras y lanzas contra las armas de fuego.

Genocidio Tasmania

Entre 1803 y 1830, se pasó de una población estimada de cinco mil tasmanos a unos doscientos. En 1826, el Tasmania Colonial Times lo justificaba como autodefensa (¿?):

No estamos aquí por nuestra labor filantrópica. La autodefensa es la primera ley de la naturaleza. Si el gobierno no elimina a los nativos [se planteó reubicarlos en otra isla], serán cazados como fieras.

Para acabar con aquel problema por la vía rápida, en 1828 se autorizó la caza de aborígenes estableciendo una recompensa de cinco libras por la captura de un adulto y dos libras por un niño. En 1860 murió el último hombre tasmano y, como recuerdo, el miserable George Stokell, de la Royal Society of Tasmania, ordenó que desollasen su cuerpo para hacerse una cartera. La última mujer tasmana, Truganini, murió en 1876… El genocidio había terminado.

Trugannini

Trugannini

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Una historia de amor entre un británico y una alemana en medio de la Segunda Guerra Mundial

22 jul
22 julio 2014

Dicen que en el amor y en la guerra todo vale, pues esto es una historia de amor en mitad de una guerra: la del británico Horace Greasley y la alemana Rosa Rauchbach durante la Segunda Guerra Mundial.

En la Navidad de de 1918, venían al mundo dos gemelos en un pequeño pueblo de la campiña inglesa, Ibstock (en el condado de Leicestershire, Reino Unido). Harold y Horace, que así se llamaron, decidieron quedarse en su pueblo natal para ayudar a sus padres en la granja familiar. Horace, cuando podía, también trabajaba algunas horas en la barbería del pueblo y allí se enteró de que Alemania había invadido Checoslovaquia… Todo en su vida cambió. Ante los posteriores movimientos de Alemania, el Parlamento británico aprobó en 1939 la ley de instrucción militar que obligaba a todos los hombres con edades comprendidas entre los dieciocho y cuarenta años —los hermanos tenían veintiuno— a someterse a un entrenamiento militar básico durante seis meses para luego pasar a la reserva activa. No tuvieron tiempo ni de terminar el entrenamiento, a las siete semanas fueron adscritos a la 2ª compañía del 5º batallón de Leicestershire y enviados a Francia integrados en la British Expeditionary Force o BEF (Fuerza Expedicionaria Británica) para frenar la ofensiva alemana. Aunque inicialmente la BEF tuvo cierto éxito, nada pudieron hacer ante el poderío de los panzers alemanes. En mayo de 1940, el oficial al mando, lord Gord, ordenó la retirada hacia Dunkerque para evacuar lo que quedaba de la BEF. De Harold nada más se supo y Horace… aquí comienza su aventura.

Horace Greasley

Horace Greasley

El 25 de mayo, Horace fue capturado en Carvin, al sur de Lille. Él y el resto de los prisioneros tuvieron que caminar durante diez semanas a marchas forzadas atravesando Francia y Bélgica hasta llegar a Clervaux (Luxemburgo). Los que sobrevivieron fueron metidos en un tren, y después de un viaje de varios días en condiciones infrahumanas llegaron al campo de prisioneros Stalag XXI-D en Silesia (Polonia). Fueron días de trabajos de sol a sol, acompañados de algunas palizas, escasa comida y tener que compartir la cama con piojos y ratas. Cuando terminó el invierno de 1941, los supervivientes fueron trasladados a otro campo en Lamsdorf (Polonia), que nada tenía que ver con el anterior. Aunque tenían que trabajar durante diez horas en una cantera de mármol, podían ducharse con agua caliente, recibían varias comidas al día y dormían sobre algo que podía llamarse cama. Herr Rauchbach, el propietario del negocio, sabía que el trabajo en la cantera dependía de que la condición física de los prisioneros fuese aceptable, así que procuró asegurarles unas mínimas condiciones. Rosa, su hija de diecisiete años, trabajaba en el campo como intérprete. Horace se quedó prendado de ella nada más verla, pero, lógicamente, en su estado sabía que ella nunca se fijaría en él. Desde aquel momento, se propuso, en la medida de sus posibilidades, recuperar la imagen de lo que era: un joven de veintitrés años. Tras varias semanas, y ya con mejor pinta, comenzaron a tontear… y del tonteo a los encuentros furtivos. Cuando llevaban un año de relación y los encuentros ya eran diarios, Horace fue trasladado a un campo en Freiwaldau, cerca de Auschwitz, a unos cuarenta kilómetros de distancia de su amada. Aquello parecía el fin… pero no.

Horace y Rosa

Horace y Rosa

Las condiciones del campo eran muy parecidas al de Lamsdorf, pero sin Rosa. Horace tenía que volver a verla. Ejerciendo su antigua profesión de peluquero, se ganó la confianza de los alemanes y tuvo cierta libertad de movimientos que le permitieron conocer al detalle la seguridad del campo. Cuando tuvo preparado un plan de huida, y gracias a otros prisioneros que trabajaban en el exterior, consiguió comunicarse con Rosa para citarse con ella en el bosque detrás de la cantera. Llegado el día de la fuga, y con la complicidad de sus compañeros del campo y los que transportaban las mercancías, huyó y consiguió reunirse con Rosa. Después de los correspondientes abrazos, besos, lágrimas… y lo que se terciase, Rosa le dijo que tenía que escapar, pero ¿adónde? El lugar más cercano en el que podría sentirse seguro era Suecia —país neutral— a cuatrocientos veinte kilómetros. Se olvidaron de ese tema y decidieron que Horace huiría cuando pudiese para ir a verla… y así lo hicieron. En las siguientes citas, y para alegría de los compañeros que le ayudaban a escapar cada noche, Rosa llevaba frutas, verduras e incluso una radio que les permitió conocer día a día el rumbo de la guerra. Durante dos años y medio mantuvieron más de doscientas citas.

El 24 de mayo de 1945, los prisioneros del campo fueron liberados y Horace, sin poder encontrarse con Rosa, repatriado al Reino Unido. Volvió a Leicestershire y durante un tiempo siguieron carteándose y preparando su reencuentro hasta que Rosa dejó de escribir… falleció mientras daba a luz al hijo de Horace, nacido muerto. Horace rehízo su vida y montó una peluquería, poco más tarde una empresa de transportes en la que conoció a la que sería su esposa. Se casaron y en 1988 se trasladaron a vivir a Alicante (España).

Horace en Alicante

Horace en Alicante

En 2008 se publicó el libro Do the birds still sing in Hell? (¿Siguen cantando los pájaros en el infierno?) donde Horace cuenta sus penurias y su historia de amor. Lo que no podrá ver Horace —falleció en 2009 a la edad de noventa y un años— es la película… Silverline Productions compró los derechos del libro para adaptarla al cine y el productor Stratton Leopold ya está con los preparativos. Se rumorea que el papel de Horace lo podría interpretar Robert Pattinson.

Do the birds still sing in hell?

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La creación del Estado de Israel, el químico y las castañas

20 jul
20 julio 2014

Durante la Primera Guerra Mundial empezaría a usarse de forma masiva un nuevo tipo de pólvora que sería decisiva en la contienda; se trataba de la “cordita“: más potente, más precisa y sin humo. Solo producía una leve niebla gris azulada y permitía a los francotiradores disparar sin descubrir su posición, no ensuciaba los cañones de fusiles y piezas de artillería, y no oscurecía el campo de visión de quien manejaba una ametralladora. Compuesta por una mezcla de algodón explosivo, nitroglicerina, vaselina y como disolvente un 0,8 % de acetona, es la verdadera protagonista de esta historia.

Chaim Weizmann

Chaim Weizmann

La producción de acetona de la época estaba sostenida por una obsoleta industria química con técnicas de preguerra mediante destilación destructiva de madera, y la necesidad de acetona a escala masiva en la industria militar acaparó la atención del por entonces ministro de Municiones británico, Winston Churchill. Churchill recurrió a Chaim Weizmann, un joven y prometedor químico judío emigrado del Imperio ruso, para que aplicase su técnica de invención propia en la fabricación de acetona basada en la fermentación de maíz por la bacteria anaerobia Clostridium acetobutylicum, familia del patógeno que produce el botulismo. El proceso funcionó durante unos años hasta que la escasez de grano se sumó a la ofensiva submarina alemana que amenazaba con cortar el suministro de maíz norteamericano. Había que sustituir el maíz por un producto autóctono y el método de Weizmann se aplicó con éxito a las castañas. La recolección de castañas se encomendó a escolares. La recogida fue masiva y los diarios de la época recogen cartas de lectores que hablan de vagones de tren llenos de castañas pudriéndose en las estaciones por los problemas del transporte provocados por la guerra. El asunto incluso llegó a una consulta en la Cámara de los Comunes por la sospecha de que alguien se estuviese enriqueciendo con el trabajo de los niños. Ante la pregunta por el uso de las castañas, el asunto se despachó con un “ciertos propósitos” por parte de Winston Churchill.

El emplazamiento de las fábricas era secreto por motivos de seguridad y los escolares enviaban sus paquetes a las oficinas del gobierno en Londres, pero los empleados postales ya sabían que debían ir directamente a las fábricas para su procesamiento. Se había asegurado la producción de cordita y, agradecido, el gobierno concedió a Weizmann acceso directo al secretario de relaciones exteriores británico, Arthur James Balfour. Cuenta la leyenda que Balfour le ofreció, como recompensa por los servicios prestados, lo que él quisiera… Weizmann pidió un estado judío.

Leyenda o realidad, el caso es que el 2 de noviembre de 1917, Arthur James Balfour, envió una carta a Lionel Walter Rothschild, un líder de la comunidad judía en Gran Bretaña, para su transmisión a la Federación Sionista. La Declaración Balfour, que así se llamó, es considerada como el primer reconocimiento de una potencia mundial de los derechos del pueblo judío.

Estimado Lord Rothschild:

Tengo el placer de comunicarle, en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia las aspiraciones de los judíos sionistas que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por él.

El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará todo lo posible por alcanzar este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, ni los derechos y estatus político del que gozan los judíos en cualquier otro país.

Le quedaré agradecido si pudiera poner esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.

Sinceramente suyo,
Arthur James Balfour.

Balfour_declaration

Y para rizar el rizo, el 1 de febrero de 1949, Chaim Weizmann fue elegido el primer presidente de Israel, además de conseguir que el gobierno de Estados Unidos reconociese al recién creado Estado de Israel.

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El chiste más antiguo de la humanidad

14 jul
14 julio 2014

Dicen que el sentido del humor es algo inherente al ser humano, y tal vez sea verdad, pues la Arqueología ha encontrado muestras abundantes del afán del hombre por tomarse las cosas con buen rollito y diversión.

En Sumer, nos topamos con algunos de los ejemplos más antiguos de humor de la humanidad. Los sumerios eran aficionados a escribir tratados morales que también constituyen las formas más primitivas de filosofía encontradas hasta el momento. Uno de los más famosos es el Tratado del Justo Sufriente, en el que un buen tipo es acosado por los dioses que le infligen toda clase de desgracias, mientras él las sufre con paciencia y sumisión a la divinidad (¡Ya empezamos con los malditos déjà vu! ¿De qué me suena esa historia?). En este caso no está muy claro si el sentido del humor está en el pobre diablo o en los mismos dioses. En general, en ese tipo de tratados, las frases sesudas y morales se juntan con otras en las que se percibe una fina ironía: “Al pobre le prestan plata y preocupaciones”, o esta otra: “Al pobre más le valdría morirse; si tiene pan, no tiene sal; si tiene sal, no tiene pan; si tiene carne, no tiene cordero; si tiene un cordero… no tiene carne.”

Dioses_sumerios

Otras veces encontramos proverbios y refranes de lo más jocoso: “Es tan sucio, que no se sabe quién es el asno y quién el palafrenero”, “El criado siempre lleva el faldellín sucio”, o “Digas mentiras, o digas verdades, otros las contarán como mentiras”. En una fábula popular, un zorro da un pisotón a un buey. Se vuelve hacia él y le dice: “¡Uy, perdona! ¿Te hice daño?”. Hay que especificar que en las fábulas sumerias, el zorro representa el papel del astuto, chulo, fanfarrón y, a veces, un poco cobarde.

Un campo donde vemos muestras de humor, y que resulta de lo más moderno, es en el de las bodas. En la fiesta de cualquier boda sumeria, aparte de un buen convite, los invitados debían recitar poemas en honor de los recién casados. Cuando los asistentes ya habían hecho un buen consumo de cerveza, los poemas se tornaban jocosos: “Para el placer, matrimonio… pensándolo mejor, divorcio”, o bien “Un corazón alegre: la novia; un corazón afligido: el novio”.

Y ya para terminar, llegamos al campo más descarado de los chistes. En otras civilizaciones, como la egipcia, se han conservado en papiros chistes escritos por alumnos y escribas aburridos. Lo malo es que los sumerios escribían en tablillas de barro y en las escuelas reutilizaban esas tablillas. Por desgracia, solamente ha llegado a nuestros días un único chiste, pero dicha muestra de humor disfruta del honor de ser el chiste más antiguo de la humanidad. Su texto es el siguiente:

Lo nunca visto en las tierras de los cabezas negras (sumerios); que una tierna jovencita, se ventosee sentada en las piernas de su amado.

Es el chiste más antiguo… y es escatológico. ¿Quién dijo que la humanidad ha cambiado en 4000 años?

Colaboración de Joshua BedwyR autor de  En un mundo azul oscuro

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Un antepasado de Cristóbal Colón derrotó a Mitrídates en el siglo I a.C.

11 jul
11 julio 2014

Vista la última corriente que convierte en catalanes a personajes históricos como Santa Teresa, Cristóbal Colón, Juan Sebastián Elcano (Joan Caçinera del Canós), Hernán Cortés (Ferran Cortès), Miguel de Cervantes (Joan Miquel Servent), Gonzalo Fernández de Córdoba (Joan Ramon Folc de Cardona) o Fray Bartolomé de las Casas (Bartomeu Casaus), me voy permitir frivolizar y  demostrar que Cristobal Colón era genovés. Y ya puestos, utilizando argumentos tan peregrinos como los suyos, que un antepasado suyo derrotó a Mitrídates el Grande, rey del Ponto.

Cristobal Colón

Cristobal Colón

Además, va a ser uno de los supuestos catalanes el que lo demuestre: Fray Bartolomé de las Casas, perdón Bartomeu Casaus. En su Historia de las Indias (Libro I, capítulo II) escribe:

Sus padres fueron personas notables, en algún tiempo ricos, cuyo trato y manera de vivir debió ser por mercaderías por la mar, según él mismo da a entender en una carta suya. Otro tiempo debieron ser pobres por las guerras y parcialidades que siempre hubo y nunca faltan, por la mayor parte, en Lombardía. El linaje suyo dicen que fue generoso y muy antiguo, procedido de aquel Colón de quien Cornelio Tácito trata en el libro XII, al principio, diciendo que trajo a Roma preso a Mitridates, por lo cual le fueron dadas insignias consulares y otros privilegios por el pueblo romano en agradecimiento de sus servicios. Y es de saber que antiguamente el primer sobrenombre de su linaje dicen que fue Colón; después, el tiempo andando, se llamaron Colombos los sucesores del susodicho Colón romano o capitán de los romanos; y destos Colombos hace mención Antonio Sabélico, en el libro VIII de la década 10, folio 168, donde trata de dos ilustres varones genoveses que se llamaban Colombos, como abajo se dirá. Pero este ilustre hombre, dejado el apellido introducido por la costumbre, quiso llamarse Colón, restituyéndose al vocablo antiguo, no tanto acaso, según es de creer, cuanto por voluntad divina, que para obrar lo que su nombre y sobrenombre significaba lo elegía. Suele la divinal Providencia ordenar que se pongan nombres y sobrenombres a las personas que señala para se servir conformes a los oficios que les determina cometer, según asaz parece por muchas partes de la Sagrada Escritura; y el Filósofo, en el IV de la Metafísica, dice que los nombres deben convenir con las propiedades y oficios de las cosas. Llamose, pues, por nombre, Cristóbal, conviene a saber, Christum ferens, que quiere decir traedor o llevador de Cristo, y así se firmaba él algunas veces; como en la verdad él haya sido el primero que abrió las puertas deste mar Océano, por donde entró y él metió a estas tierras tan remotas y reinos hasta entonces tan incógnitos a nuestro Salvador Jesucristo y a su bendito nombre, el cual fue digno que antes que otro diese noticia de Cristo y hiciese adorar a estas innúmeras y tantos siglos olvidadas naciones.

Basta ya de utilizar la historia y de llamarla a declarar como testigo en cualquier proceso de nacionalización que se le ocurra al iluminado de turno. La historia es como un cebolla a la que los años le han ido poniendo capas… no hace falta que algunos le pongan más.

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Los teléfonos inalámbricos de la Antigüedad clásica

07 jul
7 julio 2014

Las comunicaciones a lo largo de la historia han sido pieza clave en la evolución de las sociedades y su desarrollo ha ido parejo a los avances científicos. Si mi abuelo pudiese ver ahora a los pastores que van con su teléfono móvil… Y precisamente de la comunicación sin hilos y a distancia va esta historia, pero remontándonos a la Antigüedad clásica.

Posición de las fryctories

Posición de las fryctories

Se conoce el uso de sistemas de comunicación a distancia entre los griegos, romanos o cartagineses, y siempre vinculados a luchas, batallas y conquistas. En la obra Agamenón que forma parte de la Orestíada, la trilogía de Esquilo, se narra cómo un centinela está esperando la señal de fuego que indica la caída de Troya y el retorno de Agamenón. También los cartagineses se comunicaban con antorchas cuando atravesaron los Alpes con Aníbal para llegar a Roma. Aparte de las hogueras o antorchas, también se utilizaba humo o señales acústicas (tambores, cuernos…). Eran tremendamente sencillos pero muy limitados en lo referente al mensaje en cuestión. Así que los ingenieros griegos Kleoxenos y Demokleitos se pusieron manos a la obra para mejorar y ampliar los sistemas de comunicación y los contenidos de los mensajes. Para ello, idearon un sistema llamado Fryctoria. Este sistema de comunicación estaba compuesto por una extensa red de torres (Fryktories) situadas en lugares fácilmente visibles a una distancia de varios kilómetros. Lo que hacía este sistema diferente de los anteriores era que en cada torre se situaban dos grupos de cinco antorchas cada uno, de tal forma que el número de ellas encendidas en cada grupo determinaba una letra. Este era el sistema de codificación:

Izq.\Dcha.

1

2

3

4

5

1

α

β

γ

δ

ε

2

ζ

η

θ

ι

κ

3

λ

μ

ν

ξ

ο

4

π

ρ

σ

τ

υ

5

φ

χ

ψ

ω

 

Por ejemplo, la letra beta (β) se encendían dos antorchas en la derecha y una en la izquierda. Las cinco antorchas encendidas en la izquierday en la derecha significaba comienzo de un mensaje y fin de palabra. Por tanto, era muy preciso pero un poco farragoso.

Teléfono hidraúlico

Teléfono hidraúlico

Otro sistema anterior a la Fryctoria era el llamado telégrafo hidráulico inventado por Eneas el Táctico. Hay constancia de que se utilizó en la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.). Este procedimiento consistía en situar en puntos elevados y estratégicos unos recipientes cilíndricos llenos de agua en los que se introducía una varilla en su interior. Esta varilla llevaba grabados los mensajes, cada uno de ellos a una determinada altura. Para iniciar la comunicación, el emisor encendía una antorcha y cuando el receptor hacía lo mismo con la suya —¿dígame?—, ambos abrían a la vez una válvula situada en parte inferior del recipiente y dejaban salir el agua hasta que llegase al nivel del mensaje deseado. En ese momento, el emisor apaga la antorcha -mensaje terminado- y se cierran las válvulas. Al nivel al que se había quedado el agua en la varilla indicaba el mensaje transmitido. Se supone que entre marca y marca de la varilla —entre hemos vencido o nos han derrotado— habría un espacio suficiente para dar margen de error por abrir o cerrar.

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El líder de los pictos que se inventó un historiador para gloria de su suegro, el general Agrícola

03 jul
3 julio 2014

El protagonista de esta historia pudo ser un gran jefe tribal de los pictos o fruto de la inventiva de Publio Cornelio Tácito, historiador, político y yerno de Agrícola, el gobernador de Britania que llevó las legiones hasta los confines de la isla. Poco se sabe de su vida, pero su presunto discurso previo a la batalla del Mons Graupius es todo un alegato de libertad.

En el verano del 77  Gneo Julio Agrícola fue designado como gobernador de Britania. La isla se encontraba por entonces en una tensa calma. Los rescoldos de la revuelta de Boudica ya se habían apagado, pero la frontera norte se había vuelto inestable. Una nueva revuelta protagonizada por la tribu de los brigantes durante el mandato del anterior gobernador Quinto Petilio Cerial había insuflado aires de libertad a muchas de las tribus al norte de Eboracum (la actual York), pero Cerial conjuró la rebelión y dispersó a los sublevados, refugiándose los irredentos muy al norte de sus tierras, en las brumosas montañas de la conocida por entonces como Caledonia (actual Escocia)

Agrícola realizó seis campañas para afianzar la estabilidad del norte de Britania, en el 78 tomando de nuevo la isla de Mona (Anglesey) y sofocando las revueltas de los ordovices (hoy Gales) y entre el 79 y el 83 se adentró casi hasta territorio picto. Ningún ejército romano había llegado tan al norte desde que César desembarcase en Britania más de un siglo antes (de hecho, hasta que la flota de Agrícola no circunnavegó Britania aquel año no estaban completamente seguros de que era una isla) Fue en esta penúltima campaña, en la del 83, cuando la Legio IX Hispana entró en contacto con nuestro protagonista.

Pictos

Las tribus pictas, alentadas por los brigantes huidos del sur, decidieron enfrentarse a la amenaza que suponía un ejército romano acampado tan cerca de sus tierras. Por ello, y según Tácito, eligieron a un hombre que les acaudillara. Según el historiador romano, ese honor cayó en Calgaco, cuyo nombre en celta podría ser interpretado como calg-ac-os, “el hombre de la espada”. El erudito romano lo describió como “el más distinguido de nacimiento y el valor entre los jefes“. Teniendo en cuenta que todo lo que sabemos de este hombre y las campañas pictas se basa en el De Vita Iulii Agricolae, la crónica de la vida y hazañas de su admirado suegro, bien puede tratarse de un bárbaro idealizado para mayor gloria de Agrícola. El caso es que, en un ataque nocturno, los pictos asaltaron el campamento de la IX cerca del lago Ore. El asalto fue un fiasco, pero el peligro latente que la hostilidad picta representaba para la frontera britana hizo que Agrícola se embarcase en una sexta campaña llevando sus tropas mucho más al norte en busca de los indígenas que se habían atrevido a desafiar el poder de Roma.

En la primavera del 84, Gneo Julio Agrícola movilizó a la IX y a la XX Valeria Vitrix. Se cree que sus efectivos rondarían los 20.000 hombres, dos legiones a las que se sumarían cerca de 8.000 auxiliares britanos y 2.000 jinetes bátavos que se trajo desde Germania, mientras que la coalición de tribus pictas bajo el mando de Calgaco ascendería a unos 30.000 combatientes (y digo combatientes porque los pictos acudían al combate con sus familias, así pues eran hombres y mujeres). Los pictos eran gentes bravas e indómitas. Al estar dentro de la esfera de influencia celta, la literatura y el cine nos han dejado bastantes guiños sobre su apariencia, costumbres y modos. Pelirrojos, desgarbados, desnudos y pintarrajeados de azul, acudían al combate en familia. Sus carros de guerra suponían un importante desafío para un ejército eminentemente de infantería como el romano. La palabra griega Πικτοί (picti en latín) aparece por primera vez en el siglo III a.C. y puede traducirse como “los pintados” o “los tatuados”, pero también podría referirse a una etimología popular indígena, quizá procedente del celta Pehta o Peihta (luchador)

picto

Calgaco evitó en varias ocasiones un enfrentamiento directo con el ejército de Agrícola, que se adentró en territorio enemigo hasta llegar a un punto indeterminado de los Montes Grampianos, al norte de la actual Perth, una colina a la que Tácito llamó Mons Graupius. Allí fue donde, rompiendo con la táctica de acoso y fuga que había llevado durante toda la campaña, la coalición picta le presentó batalla al gobernador romano. Quizá Agrícola forzase a Calgaco a enfrentarse al cortarle su cadena de suministros, quizá el consejo tribal – guerrero y no estratega – se cansó de acosar y huir y prefirió entablar combate en terreno conocido.  Agrícola dispuso en lo alto de una colina rocosa a sus tropas, estirando las líneas todo lo que pudo para paliar la superioridad numérica enemiga. Los auxiliares britanos conformaron la primera línea, reservándose en retaguardia a la XX Valeria Vitrix y colocando a la caballería bátava en las alas. Los zapadores de la legión dispusieron de zanjas y empalizadas que estorbasen una posible carga de carros de guerra. Por el contrario, Calgaco colocó a todos sus efectivos frente a Agrícola, concentrando la infantería en un bloque y colocando a su caballería en vanguardia. Tras el clásico intercambio de proyectiles, venablos y flechas de las dos avanzadas, se produjo el ataque de la caballería picta en el flanco derecho romano, incursión que hizo estirarse aún más la línea romana para evitar cualquier brecha.

Calgaco entendió que su oportunidad estaba en aprovechar esta maniobra para quebrar el centro y lanzó el grueso de su ejército contra la línea romana. El gran problema picto fue no intuir que la disciplina y la pala eran las verdaderas armas de Roma. Las zanjas y el terreno pedregoso conjuraron la carga de carros, mientras que las turmae de caballería bátava espantaron a sus oponentes, produciendo su desbandada un efecto dominó en el resto de tropas. Agrícola fue uno de los militares más avezados de su tiempo, y reaccionó como tal. Había reforzado su primera línea con cinco cohortes bátavas, a las que siguieron las tropas veteranas y frescas de la XX Valeria Vitrix. La desmoralización se convirtió en fuga desordenada, desatándose una persecución que se tornó en matanza y sólo la caída de la noche evitó que las tropas romanas sacasen del bosque a todo picto armado. Ante la inmensa cantidad de prisioneros que caían en manos romanas se dio la orden de matar a todo enemigo… Tácito habla de 360 romanos muertos frente a 10.000 pictos. Puede que la cifra estuviese hinchada en exceso para allanarle el triunfo a su suegro, pero no sería el primer caso de unas cifras de bajas tan dispares entre vencedor y vencido en la historia del ejército romano republicano (Lúculo en Tigranocerta, César en Pharsalia o    entre Londinium y Viroconium, por ejemplo).

picto-romanos

Nada más se supo de Calgaco; no fue hecho prisionero, ni se sabe si murió junto a sus hombres o pudo huir al interior de Caledonia, lo que sí sabemos es lo efímero y fútil que fue aquel esfuerzo militar. Sin una fuerza armada que se opusiese a Roma, todo parecía abocado a que las tierras de los pictos pasasen a formar parte de la Britania romana, pero quizá los celos evitaron que la actual Escocia se convirtiera en parte del Imperio. Poco después de la victoria en el Mons Graupius, Cneo Julio Agrícola fue llamado a Roma. El emperador Domiciano, un psicópata envidioso y despótico, molesto por los logros militares de Agrícola, le ofreció el puesto de gobernador de la pacífica provincia de África, cargo que aquel rehusó por dos veces. Su insistente negativa, sumado a los rumores de frontera de que Agrícola era el único legado capaz de solucionar el problema germano, pudo alentar a Domiciano a ordenar su muerte por envenenamiento. El caso es que Agrícola falleció durante su exilio velado en su casa de la Galia en el 93; Tácito dejó entrever que la mano de Domiciano estuvo detrás y Dion Casio afirmó sin dudas que fue asesinado por orden del emperador.

Discurso de Calgaco

Discurso de Calgaco

El discurso de Calgaco

Es muy poco probable que Calgaco soltase esta arenga a sus tropas antes del enfrentamiento que les llevaría a la muerte o el cautiverio, parecen más propias de alguien como Tácito, un erudito que ensalza a los enemigos de Roma para hacer así más gloriosas las victorias de sus legados, poniendo además en boca de un bárbaro muchos de los pensamientos que habrían servido para el guion de “Braveheart”. Este es un extracto del discurso que forma parte del De Vita Iulii Agricolae:

Cada vez que examino las causas de la guerra y las dificultades que nos ocasiona, tengo la gran esperanza en que en este día vuestra unión dará lugar a la independencia para toda Britania. Las batallas anteriores, donde hemos luchado contra los romanos con diversa fortuna, nos dejaban esperanza y reserva, porque para nosotros, que no hemos sido esclavizados a ninguna de las orillas, la mancha de la opresión no enturbiaba nuestras miradas. Situados en los confines del mundo y de la libertad, este alejamiento y lejanía nos ha defendido y cubierto nuestro nombre. Pero hoy Britania está abierta al enemigo…los romanos, cuya insolencia intentaremos evitar en vano con la sumisión y la reserva. Salteadores del mundo que, tras devastar todo, ya no tienen tierras que saquear y buscan en el mar; ávidos de poseer, si el enemigo es rico, de dominar si es pobre, ni Oriente ni Occidente les ha saciado… Robar, masacrar, arrebatar, esto es lo que llaman autoridad, y vacían territorios para establecer la paz.

Por cortesía de Ediciones B, se sorteará un pack con la trilogía de Roma de Santiago Posteguillo (“Las legiones malditas“, “Africanus. El hijo del Cónsul” y “La traición de Roma“) entre todos los que comenten o compartan este artículo en las redes.

Pack Santiago Posteguillo

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Un acto de dignidad en un partido de fútbol de 1936

02 jul
2 julio 2014

El Mundial de Fútbol “Brasil 2014” transcurre en su segunda fase y a estas alturas ya es evidente que los principales beneficiarios del evento son los grupos económicos ligados a la FIFA y las élites económicas y políticas locales. Para el pueblo brasileño la celebración del Mundial en su país ha significado desalojos forzados, militarización de los barrios y represión que se cobró la vida de decenas de personas. Por eso, cuando el fútbol ha sido raptado por las corporaciones y el poder, es importante recordar un acto de dignidad que tuvo como protagonista a la selección de fútbol peruana en las Olimpiadas de 1936.

Los Juegos Olímpicos de 1936 se celebraron en Berlín (Alemania) entre el 1 y el 16 de agosto. La elección de la sede se había realizado en 1931, dos años antes de la llegada de los nazis al poder. Aunque hubo en un primer momento un intento de boicotear los Juegos por parte de varios países, finalmente optaron por participar. Sólo España, con el gobierno de la Segunda República, boicoteó los Juegos, además de organizar una competición paralela, la Olimpiada Popular de Barcelona, que debió suspenderse por la guerra. Participaron de los Juegos de 1936 casi 4.000 deportistas de 49 países en 19 disciplinas deportivas y 129 especialidades. Para el régimen alemán era una forma de mostrar la magnificencia del nazismo y para evitar dar una mala imagen ante el mundo se retiraron de las calles los carteles antisemitas.

Los Juegos Olímpicos no estuvieron exentos de controversias, pero un hecho que merece destacarse es el partido de fútbol entre las selecciones de Perú y Austria por los cuartos de final. La selección sudamericana venía de golear 7-3 a Finlandia, y ahora se enfrentaba con el país natal de Adolf Hitler en el Estadio Hertha Platz. El partido se celebró el día 8 de agosto y hasta los primeros 75 minutos de juego los austríacos se imponían por 2-0. Sin embargo, la selección peruana reaccionó en los últimos 15 minutos y logró empatar el partido con goles de Jorge Alcalde y Alejandro Villanueva. En aquel momento, un grupo de aficionados peruanos abandonaron las tribunas y bajaron al campo para alentar de cerca a su equipo. Durante el tiempo suplementario el árbitro anuló tres goles peruanos, aún así Perú se impuso por 4 a 2 con dos goles del delantero “LoloFernández. Esta humillación de la selección austríaca por parte del “Rodillo Negro” -así llamaban a la delantera peruana- no podía permitirse en unos Juegos planificados desde el III Reich para mostrar la superioridad de la raza aria. Por ello, los alemanes presentaron una protesta ante el Tribunal de Apelaciones alegando que la presencia de los aficionados peruanos en el campo de juego había intimado a los jugadores austríacos, llegando a decir que uno de ellos había sacado una pistola y los había amenazado. También se argumentó que el estadio no cumplía con las medidas necesarias para jugar un partido de fútbol. El Tribunal, compuesto exclusivamente por europeos, convocó una reunión el 10 de agosto a las 10 horas, pero la delegación peruana no llegó a tiempo porque fue retrasada por un desfile alemán que se desarrollaba en las calles. Con apoyo del Comité Olímpico y de la FIFA, se resolvió suspender el partido y ordenar que se jugara nuevamente a puerta cerrada.

Selección Perú

Perú se negó a repetir el partido por considerarlo un robo. Además, hay que tener en cuenta que el jugar a puerta cerrada podía facilitar que se cometiera un nuevo fraude. Toda la delegación olímpica peruana, compuesta por 59 deportistas, apoyó la decisión de la selección de fútbol y se retiraron de los Juegos el 12 de agosto. La delegación colombiana se sumó a la protesta en un acto de solidaridad latinoamericana y también se retiraron. Las delegaciones de Argentina, Chile, Uruguay y México expresaron su solidaridad con Perú, aunque sin abandonar la competición. En Lima la decisión del Tribunal de Apelaciones fue recibida como un insulto y decenas de personas se movilizaron ante el Consulado Alemán atacándolo con piedras. La llegada de la delegación al Puerto de Callao fue recibida por una multitud que los ovacionó como héroes. Gracias a estas maniobras, la selección austríaca llegó hasta la final donde fue derrotada por la Italia fascista de Benito Mussolini, que ya había ganado la Copa del Mundo de Italia de 1934 y volvería a hacerlo en Francia en 1938.

La selección peruana de fútbol tuvo en las Olimpiadas de 1936 un acto de dignidad al negarse a ser partícipe de aquel fraude por haber humillado en el terreno de juego al país natal del dictador Adolf Hitler. Michael Dasso, miembro del Comité Olímpico Peruano, declaró:

No tenemos fe en el deporte europeo. Hemos venido aquí y hemos encontrado un puñado de comerciantes.

Teniendo en cuenta los poderosos intereses económicos que podemos observar en las últimas Copas del Mundo, parece que su frase conserva plena vigencia.

Colaboración del escritor e historiador Luciano Andrés Valencia.

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