¡Fuego a discreción! Historias sorprendentes de las guerras mundiales

14 abr
14 abril 2014

Este año se cumple el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial y setenta años del desembarco de Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Y como sabéis que me gusta apuntarme a un bombardeo -y nunca mejor dicho-,  esta semana llegará a los puntos de venta mi último libro…

Portada_¡Fuego a discreción!

Tengo que agradecer, otra vez, la confianza del Grupo Anaya, a través del sello Oberon, y vuelvo a contar con la colaboración de mi hermano al otro lado del charco, Xurxo Vázquez, para la portada y las ilustraciones interiores. En esta ocasión hay un pequeño detalle diferente al resto de mis anteriores libros… está escrito en coautoría con Guillermo Clemares, al que muchos conoceréis por sus geniales artículos en La Aldea Irreductible… escrito a cuatro manos. También tengo que agradecer el apoyo y la colaboración del prestigioso filósofo y pedagogo José Antonio Marina en la elaboración del prólogo.

Primeros combates aéreos

Sabemos que las guerras hacen que aflore lo mejor y lo peor del hombre, y ¡Fuego a discreción! va de todo eso, de historias humanas en las que personajes casi anónimos tomaron decisiones arriesgadas con resultados sorprendentes, de hombres y mujeres ninguneados por la historia que aquí tendrán su pequeño reconocimiento, de estrategias y planes maquiavélicos, disparatados o afortunados, de historias donde la torpeza, el ingenio, el heroísmo o la suerte de sus protagonistas nos arrancarán sonrisas y caras de asombro, y también de historias que nos conmoverán y nos harán compartir sentimientos con aquellos que las vivieron.

Desde esta semana estará disponible en grandes superficies, librerías y en la red (Amazon, FNAC, El Corte Inglés, Casa del Libro…) por un precio muy razonable: 14,90 euros. En formato digital estará disponible en breve.

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El niño que consiguió escapar de un tren de Auschwitz

11 abr
11 abril 2014

El cuartel de infantería Dossin en Malinas (Bélgica) se convirtió en un centro de detención de judíos y gitanos durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Más de 25.000 judíos y 352 gitanos fueron enviados en trenes a Auschwitz… uno de ellos fue nuestro protagonista.

Dossin

Dossin

En febrero de 1943, Channa Gronowski y sus hijos Ita (18 años) y Simon (11 años) fueron detenidos en plena calle en Bruselas y traslados al centro de detención. Sabiendo la suerte que correría su marido, Channa dijo que era viuda. “Mis padres habían cometido un error, sólo uno… haber nacido judíos“, diría Simon años más tarde. El 19 de abril de 1943, entre gritos y lágrimas, Ita era apartada de su familia… nunca más la volvieron a ver. A Channa y a Simon -ahora convertidos en los números 1233 y 1234, respectivamente-, junto a 1629 judíos más, los sacaron de Dossin y los metieron en un tren camino de Auschwitz, era el convoy 20

Nos llevaban como ganado. No había comida, ni agua. No había asientos por lo que todos estaban sentados o tumbamos en el suelo. Estaba muy oscuro. Había una luz pálida que entraba por un orificio de ventilación en el techo, pero el aire era sofocante.

Simon, Channa y León

Simon, Channa y León

El tren nº 20 iba a tener una particularidad, fue la primera y única vez durante la Segunda Guerra Mundial que se conseguía detener un transporte nazi con judíos deportados. Youra Livschitz, Robert Maistriau y Jean Frankelmon, tres jóvenes estudiantes de la resistencia, iban a conseguirlo con una pistola, unas cizallas y un farol. A menos de 20 Km. de Malinas y aprovechando que todavía no había amanecido, Robert Maistriau se hizo pasar por un empleado de los ferrocarriles y se situó en la vía con el farol cubierto con un paño de seda rojo indicando un peligro. Cuando el tren se detuvo, los tres se lanzaron a los vagones para cortar los cables que aseguraban las puertas correderas. Aunque pudieron abrir algunos vagones, tuvieron que desistir cuando los alemanes que custodiaban el tren comenzaron a disparar. Uno de los que consiguió escapar fue Simón Gronowski, pero no en el momento del asalto. Cuando el tren reanudó la marcha, Simon y su madre permanecía acurrucados en una esquina de su vagón, hasta que dos hombres se dieron cuenta de que el cable que sujetaba su puerta estaba casi roto. Forzaron la puerta y consiguieron abrirla. Algunos saltaron con el tren en marcha y Channa decidió que era su oportunidad. Cogió de la mano a Simon y lo llevó hasta al puerta, sujetándolo por los brazos lo bajó hasta el estribo…

No, ahora el tren va demasiado rápido. Dijo Channa

Cuando el tren perdió velocidad, Channa soltó a Simon y cayó rodando hasta unos arbustos. Simon levantó la cabeza esperando que saltase su madre pero lo único que vio fue a los alemanes disparando de nuevo. Simon salió corriendo y atravesó bosques y campos hasta llegar a una pequeña aldea, Berlingen. Llamó a una puerta y contó que había estado jugando con sus amigos y se había perdido. Los aldeanos no querían tener problemas y lo llevaron ante las autoridades locales. Cuando Simon estuvo frente a Jean Aerts, un policía local, pensó que todo había terminado… pero no fue así. Jean Aerts le dijo…

Lo sé todo, sé que estabas en ese tren. Somos buenos belgas y no te vamos a traicionar.

Simon regresó al lugar donde saltó

Simon regresó al lugar donde saltó

Jean Aerts le llevó a la estación en Ordingen y tomó el tren a Bruselas. Allí pudo reunirse con León Gronowski, su padre. Hasta el final de la guerra, padre e hijo estuvieron huyendo y escondiéndose entre familias católicas. León no pudo soportar la perdida de su hija y de su mujer -Channa fue gaseada en Auschwitz- y a los pocos meses de terminar la guerra murió. Hoy Simon vive en Bruselas y da charlas en las escuelas…

Doy testimonio de lo ocurrido, lucho contra el antisemitismo y toda forma de discriminación y la negación del Holocausto, honro a los muertos y a los héroes que salvaron mi vida.

¿Qué fue del resto de protagonistas del tren nº 20? Unos 233 judíos consiguieron salir de los vagones: 118 lograron escapar, 26 murieron en el intento y 89 volvieron a ser capturados. En cuanto a los tres miembros de la resistencia, Youra Livschitz fue capturado y ejecutado en febrero de 1944 y Jean Frankelmon fue detenido poco después y enviado al campo de concentración de Sachsenhausen, donde fue liberado en mayo de 1945. Murió en 1977. Robert Maistriau fue detenido en marzo de 1944. Liberado de Bergen-Belsen en 1945, murió en 2008.

Fuentes: BBC, Simon Gronowski, History Today

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Cuando se propuso utilizar perros heridos para localizar los barcos en alta mar

08 abr
8 abril 2014

Hoy en día con el Global Positioning System (GPS) no tiene ningún misterio conocer la localización exacta de un coche, un barco o de nosotros mismos, pero siglos atrás…

La localización exacta de cualquier punto sobre la superficie terrestre se establece con las coordenadas geográficas determinadas por la latitud (distancia entre un punto y el paralelo Ecuador, Norte y Sur) y la longitud (distancia entre un punto y el meridiano Greenwich, Este y Oeste). El cálculo de la latitud desde una nave es sencillo, basta con medir el ángulo que forma la Estrella Polar con el horizonte, mediante un cuadrante, un astrolabio o un sextante, por ejemplo. Pero el cálculo de la longitud en alta mar era mucho más complicado, provocando tragedias marítimas como la de la flota inglesa del almirante Clowdisley Shovell que, pensando que estaban en alta mar, chocaron con las islas Sorlingas en el año 1707 y murieron más de 2.000 hombres. Incluso algunas coronas -Felipe III de España en 1598 y Jorge I de Inglaterra en 1714- establecieron premios para quien descubriese un método preciso para calcular la longitud en alta mar. Muchos se pusieron mano a la obra y mientras algunos investigaban en laboriosos procesos, otros proponían extraños métodos.

Longitud

Una posibilidad para calcular la longitud era medir la diferencia horaria entre un punto en tierra firme y en alta mar en un momento exacto. Por ejemplo, si en tierra firme son las 12 horas y en ese mismo instante en alta mar son las 10, serían dos horas negativas y multiplicado por 15° de cada uso horario, el barco estaría situado a 30° longitud Oeste (si fuese positivo sería Este) respecto al meridiano de referencia, hoy Greenwich. Se podría hacer llevando a bordo un reloj con la hora del puerto de salida y comprobar la diferencia horaria comparada con la hora local en alta mar (por ejemplo, al mediodía cuando el Sol alcanza su cénit). Con esta diferencia horaria, como hemos explicado, podríamos obtener la longitud. El problema era que con los relojes de la época, mecánicos de péndulo y pesas, era imposible mantener la precisión en el mar (hasta la segunda mitad del siglo XVIII no se dispuso de cronómetros marinos que mantenían de una forma precisa y fiable la hora local del puerto de salida). Así que, había que encontrar un método que estableciese el momento exacto de las mediciones y alguien echó mano de un solución mágica de hacía un siglo… el polvo de la simpatía de Sir Digby Kenelm.

Kenelm Digby

Kenelm Digby

El polvo de la simpatía, según Digby Kenelm, era un compuesto de vitriolo pulverizado (sulfato cúprico) que podía curar a distancia (¿?). No se podía aplicar directamente en la herida, sino que se metía en el polvo una venda que hubiese estado en contacto con la herida o incluso el arma que la había causado y, de esta forma, se curaba el herido. Lamentablemente, el remedio no era indoloro; cuando se aplicaba el remedio, el afectado experimentaba un fuerte dolor. Aplicando esta curiosa teoría, se propuso que desde tierra firme todos los días a las 12 horas se metiese en el polvo de la simpatía el arma con la que se había herido a un perro. El pobre perro, ya en alta mar, aullaba lastimero cuando se aplicaba el remedio y en este preciso momento se media la hora en el barco sabiendo que en tierra eran exactamente las 12. Calculando la diferencia se podía medir la longitud. Me vais a permitir que no os cuente la explicación “científica” del remedio de Digby Kenelm.

Fuentes: El Mundo, Digby Kenelm

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Un mensaje de 1864 escrito en código morse que costó enviar 7 horas y 60.000 dólares

02 abr
2 abril 2014

En 1864, en plena Guerra de Secesión, Abraham Lincoln se enfrentaba a la reelección presidencial. Además de la particularidad de la situación, tuvo que enfrentarse a otros problemas: divisiones dentro del partido republicano, una larga guerra entre hermanos que desangraba el país y el asunto de abolición de la esclavitud.

Una facción de republicanos radicales, descontentos con la política de Lincoln, decidieron separarse y fundar su propio partido, el Partido de la Democracia Radical. Eligieron como candidato a la presidencia al general de la Unión John C. Fremont. A pesar de las diferencias entre ellos, Lincoln hizo ver que la división entre los republicanos sólo favorecería al candidato demócrata. Un mes antes de las elecciones, Fremont retiró su candidatura. Cuando las aguas volvieron a su cauce entre los republicanos, abordó otros problemas que podían impedir su reelección.

En 1863 Abraham Lincoln había emitido la Proclamación de Emancipación por la que se liberaban los esclavos de los Estados Confederados, pero la abolición de la esclavitud era otra cosa muy distinta y para la que iba a necesitar todos los apoyos posibles… incluso de los que no formaban parte de la Unión. El 2 de marzo de 1861, Nevada se había separado del territorio de Utah y había adoptado su nombre actual -del nombre español de la cordillera Sierra Nevada que delimita el territorio en su extremo oeste-. Lincoln sabía que eran partidarios de la Unión y, sobre todo, de los republicanos. Debía incorporar al estado de Nevada a la Unión para tener más apoyos, pero para ello había que superar algunos obstáculos: no tenía los habitantes necesarios para constituirse en Estado y tampoco disponía de una Constitución aprobada. El número de habitantes se pasó por alto y se aceleraron los trámites necesarios para aprobar la Constitución de Nevada. James Nye, el gobernador del territorio, envió una copia de la Constitución recién aprobada a Washington con un mensajero, pero el 24 de octubre todavía no había llegado -las elecciones se celebraban el 8 de noviembre-. Así que, decidieron enviar las 175 páginas por telégrafo…

Telegrama

El telegrafista James H. Guild empleó siete horas para enviar el texto en código morse, pero había otro problema: Carson City no estaba comunicado directamente con Washington. Así que el mensaje tuvo que ir hasta Salt Lake City, desde allí a Chicago, luego Filadelfia y, finalmente, a Washington. La imagen anterior es la última de las 175 páginas en la que en su parte inferior izquierda se indican el número de palabras (16.543) y el coste (4,303.27 dólares, unos 60.000 actuales). Nevada se convirtió en el Estado nº 36 de los Estados Unidos el 31 de octubre de 1864, sólo 8 días antes de las elecciones… que ganó Abraham Lincoln. El 18 de diciembre de 1865, se aprobó la Decimotercera Enmienda a la Constitución que abolió oficialmente la esclavitud.

Fuentes: Western Union

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Los dos británicos que sobrevivieron a la masacre de Le Paradis

31 mar
31 marzo 2014

Ante el avance de las fuerzas alemanas, el 26 de mayo de 1940 el mariscal británico John Gort, comandante en jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica (BEF), ordenó la evacuación de las tropas aliadas en terreno francés… Francia había caído. Desde varios puertos a lo largo de la costa norte de Francia, sobre todo Dunkerque, consiguieron ser evacuados más de 200.000 soldados británicos y unos 100.000 franceses y belgas. Pero no todas las unidades lo consiguieron…

Una de las unidades que debía cubrir la retirada de la BEF era el 2º Batallón del Regimiento Real de Norfolk. Cuando el 27 de mayo de 1940 comunicaron su posición, el Alto Mando les advirtió que se habían quedado aislados y que no podrían enviarles apoyo. El oficial al mando, el Mayor Lisle Ryder, decidió hacerse fuerte en una casa de campo en el pueblo de Le Paradis (Francia) y resistir. Bien armados y con abundante munición, consiguieron aguantar los ataques de la Wehrmacht durante 6 horas… hasta que llegó la artillería. El bombardeo comenzó a destrozar el edificio, los heridos y muertos aumentaban y la munición se agotaba… Ryder y los 98 supervivientes no podían aguantar más. Con una bandera blanca en la mano, salieron del edificio y se rindieron… pero no ante las fuerzas contras las que habían estado luchando sino ante la División Totenkopf  (Calavera) de las SS que acababa de llegar -un terrible error-. Al frente estaba Fritz Knoechlein, un fanático nazi… al que no le gustaba hacer prisioneros. Los 99 británicos, entre los que había muchos heridos, fueron sacados del pueblo y llevados hasta una granja cercana. Allí les esperaban dos ametralladoras… durante segundos el sonido de los disparos se mezclaba con los gritos de los soldados ejecutados. Con los cuerpos caídos en el suelo, Fritz Knoechlein ordenó rematar con las bayonetas a los que todavía no habían muerto. Cuando creyeron haber terminado su trabajo, el pelotón de ejecución regresó con el resto de la división y abandonaron el lugar. La noticia de la masacre corrió como la pólvora entre las filas alemanas y el general Erich Hoepner, comandante de las fuerzas alemanas en Francia, ordenó investigar el suceso. Muy a su pesar, ya que no era nada amigo de las métodos utilizados por las SS, tuvo que cerrar el caso en extrañas circunstancias y “aceptar” la versión de Knoechlein: “los británicos habían utilizado balas expansivas (dum dum) prohibidas por la Convención de La Haya de 1899“.

Fotografía de la masacre

Fotografía de la masacre

Pero no todos habían muerto… Aunque heridos, los soldados Albert Pooley y William O’Callaghan consiguieron sobrevivir. Abandonaron aquel lugar de muerte y se refugiaron en una pocilga. Durante 3 días sobrevivieron comiendo patatas crudas y bebiendo agua de lluvia, hasta que fueron capturados por la Wehrmacht. O’Callaghan pasó el resto de la guerra en un campo de prisioneros y Pooley permaneció tres años en un hospital militar para recuperarse de las terribles heridas. Durante esos tres años, un idea ocupaba sus pensamientos las 24 horas: sobrevivir para contar al mundo aquella masacre y que el culpable pagase por sus 97 compañeros ejecutados después de rendirse. En 1943 fue repatriado y contó a sus superiores aquella masacre, pero nadie le hizo caso porque se pensaba que el ejército alemán no era capaz de tales atrocidades. Sólo cuando terminó la guerra y O’Callaghan corroboró su historia, las autoridades británicas comenzaron la búsqueda de Fritz Knoechlein. Cuando fue capturado, Albert Pooley y William O’Callaghan lo identificaron en ruedas de reconocimiento por separado. Fue juzgado por crímenes de guerra el 11 de octubre de 1948 y ahorcado en Hamburgo el 28 de enero del año siguiente.

Pooley y O'Callaghan el día del juicio

Pooley y O’Callaghan el día del juicio

Fuente: WWII in Color, War History Online

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Pazuzu, el diablo sumerio de la película “El exorcista”

27 mar
27 marzo 2014

En la religión sumeria el infierno no era un lugar de condenación. Para los sumerios no existía la idea del premio o del castigo tras la muerte. Los seres humanos habían sido creados para servir a los dioses, y el pecado sólo existía, por tanto, relacionado con las faltas contra la divinidad. El infierno (lo llamaban “mundo del otro lado”) era concebido como un sitio al que se iba tras la muerte y en dicho lugar no había sabores, ni colores, ni olores… Era un sitio gris, aburrido e insípido. Si tenías suerte y habías adulado lo suficiente a los dioses, se te podría permitir pasar la eternidad a su servicio en alguno de los palacios infernales. Por lo menos no te aburrirías tanto.

Pazuzu

Pazuzu

También al servicio de los dioses se encontraban los diablos y las diablesas. Éstos, al contrario que en la cultura judeocristiana, no eran esencialmente malignos. Digamos que se limitaban a hacer su trabajo, que consistía en ajustarle las cuentas a los humanos cuando ofendían a un dios (ya se sabe, “no es nada personal, son sólo negocios”). Por supuesto que, al igual que el panteón sumerio tenía más de 3.600 dioses, había demonios para toda clase de torturas, vejaciones y castigos. Según el dios al que sirvieran, y según su especialidad, podían ser más o menos poderosos. Posiblemente, el diablo más peligroso de todos era Pazuzu. Su fama era tanta que duró más de dos mil años, y llegó a nuestros días a través del cine actual de Hollywood, ya que la imagen del diablo que sale en la película de “El Exorcista” es una estatuilla de Pazuzu encontrada en unas excavaciones.

Exorcista Pazuzu

Los sumerios le tenían un miedo terrible, pues se encargaba de castigar a los humanos con fiebres ardientes, pestilencias y con vientos igual de ardientes. Entre la sequía y la falta de ibuprofeno, los pobres sumerios acababan con frecuencia en el camposanto. Hay que tener en cuenta que las ciudades sumerias, sobre todo las del sur, en aquellos tiempos estaban rodeadas de pantanos. Esto era bueno para llenar la despensa, pues esos pantanos estaban plagados de aves acuáticas y peces, pero también eran el foco de fiebres que en tiempos de paz eran la principal causa de defunción. Se ha calculado que 7 de cada 10 niños no alcanzaban la pubertad. Por ello, los sumerios decidieron convertir a Pazuzu en protector de los niños recién nacidos. De esa forma, las madres colocaban amuletos de Pazuzu entre las ropas de los lactantes. ¡Qué mejor forma de proteger de la fiebre al niño, que elegir como guardaespaldas al mismo que trae la fiebre! Por si fuera poco, Pazuzu estaba casado con la diablesa Lamashtu, que era una de las más poderosas y estaba especializada en devorar niños y provocar abortos tocando siete veces el vientre de las embarazadas. Pazuzu era el único capaz de meter en vereda a su media naranja. De esa forma, negocio completo. No hay duda de que los sumerios siempre fueron gente práctica.

Colaboración de Joshua BedwyR autor de  En un mundo azul oscuro

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El Caballo de Troya de Pancho Villa

25 mar
25 marzo 2014

A imagen y semejanza de la artimaña utilizada por los griegos para tomar la ciudad de Troya, Pancho Villa logró introducir su caballo -en versión tren- para tomar Ciudad Juárez.

Cuando estalló la Revolución mexicana en 1910, José Doroteo Arango, más conocido por Pancho Villa, era un simple fugitivo escondido en las montañas. Ya sea por interés o convicción, decidió unirse a la lucha encabezada por Francisco Ignacio Madero contra la dictadura de Porfirio Díaz. Formó su propio ejército en el norte de México y gracias al conocimiento del terreno pronto comenzó a despuntar entre los líderes rebeldes. La toma de Ciudad Juárez en mayo de 1911 por los rebeldes fue el punto de inflexión que cambió el rumbo de la contienda; Porfirio Díaz renunció y abandonó el país. Aunque poco después fue elegido presidente de México Francisco Madero, la división entre los líderes rebeldes se agravó. Mientras hubo un enemigo común, Porfirio Díaz, los rebeldes más o menos se mantuvieron unidos, pero con su caída todo cambió. Incluso Pancho Villa estuvo en la cárcel sentenciado a muerte y sólo la intervención del propio Madero logró salvarle la vida. En febrero de 1913, el general Victoriano Huerta, un hombre que se movía como nadie entre las aguas de la lealtad y la traición, dio un golpe de Estado, ordenó ejecutar a Madero e impuso una dictadura. Pacho Villa consiguió escapar de la cárcel y huyó a Texas. Volvió a encontrarse en la misma situación que en 1910, así que…

Pancho Villa

Tras reunir un ejército de 3.000 hombres, volvió a la carga. Tomó la ciudad de Torreón donde consiguió armas y alguna pieza de artillería. Envalentonado, decide tomar Chihuahua, pero son repelidos por las fuerzas federales mucho más numerosas, mejor armadas y, sobre todo, con muchas de piezas de artillería. Pancho Villa se encontraba en una encrucijada, al frente, otra vez Ciudad Juárez, fortificada e imposible de tomar con sus tropas y sin artillería, y tras ellos Chihuahua, donde acababan de ser derrotados… estaban entre la espada y la pared. Así que, Villa decidió no mirar atrás y seguir hacia Ciudad Juárez. Mandar sus tropas en ataques frontales contra la ciudad sería un suicidio; debían idear algún plan para poder acceder a la ciudad. Y aquí salió el estratega militar que llevaba dentro: decidió tomar el tren de carbón que circulaba desde Ciudad Juárez hasta Chihuahua, vaciaron la carga y unos dos mil rebeldes se camuflaron en los vagones. Obligaron a telegrafiar a Ciudad Juárez que la vía había sido destruida por las tropas rebeldes y que debían regresar. Desde Ciudad Juárez confirmaron la orden de regreso pero se les ordenó que debían telegrafiar el paso del convoy por cada estación. Villa envió una avanzadilla que fue tomando las estaciones y al paso del tren los telegrafistas de cada estación amablemente –con el cañón de una pistola apoyado en sus sienes- confirmaban el paso. A las dos de la mañana, entraba el tren en Ciudad Juárez. Según la crónica de un periódico de El Paso (Texas)…

El ataque y la toma de Ciudad Juárez fueron una sorpresa completa [...] Poco después de las dos de la mañana, un tren de carga entró en los patios del Central Mexicano en Juárez y de él surgieron cientos de rebeldes. Prueba de que la sorpresa fue total es el hecho de que no se disparó un solo tiro hasta que los rebeldes hubieron penetrado hasta el corazón mismo de la ciudad. El tren les había permitido llegar sin interferencias [...] Tomada por sorpresa, la guarnición federal opuso escasa resistencia. El cuartel cayó a las cuatro de la mañana y para las cinco había entregado las armas el resto de la ciudad.

Además de la sorpresa, también influyó el hecho de que los oficiales se confiaron en demasía y el ataque les pilló bebiendo, jugando a las cartas u ocupados en algún burdel. Desde aquel momento, Pancho Villa y los villistas tuvieron nombre propio.

Fuente: Caballos de Troya de la historia

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Mantenerse en sus trece

21 mar
21 marzo 2014

Dícese de aquel que se obstina con terquedad en su propósito u opinión, aunque los argumentos en contra sean sólidos o incluso irrefutables. Sobre el origen del dicho existen cuatro teorías de distintos peso y calado. Hay quien dice que vendría de los juicios a judíos conversos cuya fe de partida estaría condensada en trece principios fundamentales y de ahí que la Santa Inquisición acuñara la expresión para los destinados a la hoguera por mantenerse en sus trece. Otros afirman que el dicho tendría su origen en un juego de cartas medieval, muy similar a las contemporáneas siete y media, en el que la baza máxima eran quince puntos, por lo que era frecuente que el jugador más o menos timorato se plantara en trece desoyendo los argumentos de los que a sus alrededor le aconsejaban arriesgar pidiendo otra carta que le llevara a la gloria. También hay quienes, tirando de cabalística de guardería, sostienen que la cosa es tan simple como que la voz determinación consta de trece letras.

La cuarta parece, con diferencia, la más sólida y remite a Pedro Martínez de Luna, el Papa Luna (1328-1423), coronado como Benedicto XIII en el tiempo del cisma de occidente, en el que durante mucho tiempo el papado fue bicéfalo, con un Pontífice en Roma y otro en Avignon. La cosa llegó tan a mayores que en algún momento hubo tres Papas: Juan XXIII, Gregorio XII y el propio Benedicto XIII o Papa Luna, quien, aunque la corte francesa terminó por retirarle el apoyo político y financiero que hasta el momento le había sostenido, se obstinó en no acceder a la renuncia que se le pedía, quizá porque natural de Illueca, Zaragoza, ya portaba algún gen del tipo “chufla, chufla, que como no te apartes tú…”. El caso es que Pedro Martínez de Luna, acompañado de su escasa corte, fue a refugiarse en el castillo de Peñíscola, Castellón, donde se atrincheró hasta su muerte y donde repetía obstinadamente “Papa sum y XIII” que parece ser la forma primigenia de mantenerse en sus trece.

Tisana Papa Luna

De aquel tiempo y personaje hemos heredado un postre y una muy eficaz tisana. Todo ello gracias a un intento de envenenamiento, que no hay mal que por bien no venga. Resulta que alguien se propuso acabar con la vida del díscolo prelado introduciéndole una cantidad notable de arsénico en su postre preferido, el citronat, un dulce hecho a base de cidra, un cítrico de uso muy común en la época, parecido la limón pero más grande y de piel mucho más rugosa y carnosa. Para fortuna del Papa rebelde, la conjunción de arsénico y azúcar provocó una reacción emética que resolvió la cosa en varios días de vomitonas, sin pasar a mayores. Entre tanto, y para combatir los indeseables efectos del mejunje, a Pedro Martínez de Luna se le empezó a administrar una tisana a base de semillas de coriandro, de anís, de alcaravea y de comino, junto a raíces de regaliz, dictamo y canela, que fue mano de santo y que desde entonces, con el nombre de Tisana del Papa Luna, se viene usando para aliviar flatos, dolores de cabeza y problemas de riñón. Y ahí siguen, postre y tisana, para quien los quiera probar. Ambos de receta simple y resultona.

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