Tras la conquista de Jerusalén durante la Primera Cruzada se estableció en el levante mediterráneo, dentro del territorio musulmán, un reino cristiano que sobreviviría durante dos siglos, hasta la caída de San Juan de Acre. Después de que Godofredo de Bouillón tomase el título de Advocatus Sancti Sepulchri, “Protector del Santo Sepulcro”, y fuese coronado en la iglesia de la Natividad de Belén (lo de coronado es un decir, ya que no aceptó corona alguna) veintitrés reyes cristianos se sentaron en el trono jerosolimitano. Y de todos ellos, el mejor, el más querido y respetado tanto por sus súbditos cristianos como por los musulmanes, el que obtuvo las victorias más sonadas frente al sultán Saladino y el que más buscó la paz entre cristianos y musulmanes fue Balduino IV. Y, curiosamente, en la época se le conoció como el rey cerdo.

Balduino IV - Fotograma de la película "El Reino de los cielos"

Balduino IV – Fotograma de la película “El Reino de los cielos”

La corte de Jerusalén

Balduino fue, como hijo de rey, educado para ceñirse la corona, lo cual en la corte de Jerusalén del siglo XII significaba comandar cruzados en batalla, levantar fortalezas, resistir asedios y enfrentarse a intrigas políticas. Bien pensado, no tan diferente a como era en cualquier reino europeo de la época. No era Jerusalén precisamente un reino en paz, más aún después de las campañas de su padre Amalarico I contra el caudillo árabe Nur al-Din en Damasco y contra los fatimíes por el control de Egipto. El historiador de las cruzadas y posterior arzobispo de Tiro y canciller de Jerusalén, Guillermo de Tiro, fue el encargado de su educación. Y fue precisamente él, antes que los médicos de la corte, quien descubrió su enfermedad cuando aún era un niño de nueve años: el pequeño Balduino era leproso.

La maldición del heredero

A finales del siglo XX se descubrió la cura para esta enfermedad, pero en el siglo XII un leproso estaba condenado a morir pronto. Y no sólo eso, además de una enfermedad del cuerpo la lepra era considerada una enfermedad del alma, un signo de maldad y un castigo divino por los pecados (propios o de los progenitores). En el caso de Balduino se achacó, por supuesto, a la política expansionista, cruel y amoral, de su padre y su abuelo. Este último, Balduino III, había atacado Damasco aún siendo una ciudad aliada del reino de Jerusalén. Así que el futuro rey no sólo estaba condenado a muerte, sino que además no podría tener descendencia, dado lo contagioso de su enfermedad. Fue su sobrino, hijo de su hermana Sibila, quien le sucedería como Balduino V. Sin embargo, a pesar de lo corto que sería su reinado, Balduino IV, el rey leproso, dejó una honda huella en su reino, tanto en súbditos como en enemigos. Algo que ninguno de sus sucesores conseguiría.

El rey leproso

Su padre Amalarico murió cuando el pequeño Balduino tenía sólo trece años convirtiéndose, bajo regencia, en el sexto rey de Jerusalén. Nadie apostaba por una larga permanencia de aquel leproso en el trono; de hecho la corte pensaba que ni siquiera llegaría a la mayoría de edad, así que los cortesanos se dedicaron a influir sobre los candidatos a la sucesión, su hermana Sibila y su hermanastra Isabel de Jerusalén, fruto del segundo matrimonio de Amalarico. Se equivocaron: Balduino llegó a la mayoría de edad dos años después y asumió el gobierno.

El héroe de la cristiandad

Y no sólo se equivocó la corte, también Saladino, el gran sultán que acabaría conquistando Jerusalén veinte años después dando así origen a la Tercera Cruzada, cometió el error de infravalorarlo. Creyendo que entraba en un reino al borde del desgobierno y sin defensas, invadió Jerusalén al frente de 27.000 mamelucos. Sin embargo, aquel joven rey de dieciséis años, enfermo y sin apenas apoyos en la corte, reunió a todos los caballeros que pudo y se puso al frente de ellos. Trescientos setenta y cinco cruzados, incluyendo ochenta caballeros templarios, más una infantería reclutada a toda prisa a base de levas de menos de cuatro mil hombres.

Batalla de Montgisard

Batalla de Montgisard

Así el rey Balduino, al frente de tal ejército, protagonizó la mayor gesta que vio el Reino de Jerusalén. Atacó a Saladino por la retaguardia y derrotó a su ejército hasta el punto de que el sultán sólo pudo salvar su vida gracias a la abnegación de los mamelucos de su guardia personal, que dieron la vida protegiendo su huida. Y fue el arrojo en la batalla de aquel adolescente leproso lo que dio a sus menguadas tropas el valor necesario para la victoria aquel día en Montgisard. Balduino había salvado Jerusalén, y Saladino habría de esperar veinte años más, ya muerto el rey leproso, para poder conquistarla.

El rey cerdo

Pero Balduino IV no fue un rey guerrero, sino un rey integrador. El geógrafo y viajero andalusí (valenciano por más señas) Ibn Yubair, que viajó por todo el mundo árabe y también por los reinos cristianos de Tierra Santa, cuenta en la relación de sus viajes, la Rihla, cómo los musulmanes vivían seguros y en paz bajo la dominación cristiana y el gobierno de aquel rey, a quien sus correligionarios llamaban el rey cerdo debido a su aspecto, lejos de las injusticias y los abusos que tenían que sufrir en los reinos ayubíes. El apodo no era casual. Con los años, la enfermedad había causado estragos en Balduino. Con apenas veinte años la lepra había desfigurado su cara, y el joven rey comenzó a utilizar una máscara de plata para cubrirse el rostro. Ciego y con las manos y los pies mutilados, Balduino murió a los veinticuatro años.

Y aquel leproso, del que nadie creyó que llegaría a gobernar, había conseguido en sus nueve años de gobierno ser admirado y respetado no sólo por sus súbditos, sino también por sus enemigos. Como mejor epitafio, las palabras que le dedicó un musulmán, el Imán de Isapahán:

Ese joven leproso hizo respetar su autoridad al modo de los grandes príncipes como David o Salomón.

Colaboración de Enrique Ros de Apuntes de Historia