Aunque ya lo comentamos en el artículo El vikingo, ¿nace o se hace?, no está demás recordar que el vikingo no nace, el vikingo se hace. No se es vikingo, se ejerce la actividad vikinga. Cuando estos pueblos nórdicos salían de expedición, ya sea de comercio, exploración o pillaje, hacían el vikingo o, para que suene mejor, ejercían de vikingos. De hecho, para los que sufrían estas expediciones tampoco eran vikingos, normalmente se les denominaba por su procedencia: daneses, noruegos o suecos (varegos en Europa Oriental). Aun así, para no liar más la cosa, me referiré a ellos como vikingos, aunque estén tranquilamente en Escandinavia trabajando sus tierras, pescando o cuidando de su ganado, pero ¿por qué iniciaron estas expediciones?

Pues hay diversas teorías, pero si vives en una zona de crudos inviernos y de terrenos difíciles de cultivar, no sería nada descabellado pensar que buscaban tierras más fértiles y un clima más benigno; también podría tenerse en cuenta el tema de los proscritos, un castigo muy habitual entre esta gente, que tratasen de encontrar un nuevo hogar y, por último, y no menos importante, la dificultad de encontrar mujeres solteras en edad casadera. Y no es un tema baladí este del matrimonio, porque eran concertados y suponían, más que la unión de dos personas, la alianza entre dos familias o clanes que, de esta forma, veían una oportunidad para aumentar sus riquezas y extender sus dominios. A esta cuestión del estatus social matrimonial, habría que añadir otra circunstancia derivada de las propias costumbres nórdicas, ya que los vikingos practicaban la poliginia, es decir, los hombres podían tener varias esposas y, además, todas tenían el mismo estatus sin importar el orden en el que se hubieran casado, y todos los hijos eran legítimos y tenían el mismo derecho a heredar. Y no solo eso, también podían tener concubinas, supeditadas a las esposas y que, lógicamente, no gozaban de los derechos del matrimonio, pero sí de los mismos que otras mujeres libres. Eso sí, para tener concubinas había una condición sine qua non: estas relaciones no podían interferir en el cumplimiento de las obligaciones conyugales y el compromiso que tenían con la comunidad de engendrar descendientes. De hecho, se consideraba que ambas partes tenían su responsabilidad en esto y no tener hijos -e incluso no ser sexualmente compatibles- era una razón legal para pedir el divorcio, un trámite que podía iniciar cualquiera de los dos.

Lógicamente, lo normal es que los matrimonios se concertasen entre miembros de similar capacidad económica o poder, por lo que una minoría selecta de hombres fue monopolizando cada vez más mujeres, y muchos hombres de clase baja encontraron dificultades para casarse. Así que, no les quedó más remedio que enrolarse en expediciones de saqueo en busca de fortuna para ampliar sus opciones matrimoniales o, por lo menos, conseguir alguna esclava.

¡Cuántos vikingos de condición humilde habrán perecido echándose al mar en busca de riquezas para contentar a su futuro suegro y conseguir la mano de su amada! Total, los vikingos estaban hechos para la gloria, no para vivir muchos años.