Ya sea por curiosos, atrevidos o simplemente porque van a su aire, el caso es que los gatos son los protagonistas de muchos de los videos o fotografías que se convierten en virales en la red. Supongo que la primera campaña, en este caso bélica, en la que se utilizó a estos adorables felinos fue cuando los persas se sirvieron de ellos para conquistar Egipto en el siglo VI a.C., pero la historia de hoy tiene que ver con una campaña de comienzos del siglo XX cuando las sufragistas británicas, encabezadas por Emmeline Pankhurst y Garret Fawcet, luchaban por conseguir el derecho al voto de la mujer y se utilizó a los gatos para menospreciarlas.

Desde finales del siglo XIX las británicas comenzaron a crear asociaciones para reivindicar su derecho al voto. Se organizaban marchas de protesta y se convocaban reuniones públicas donde se argumentaban sus reivindicaciones, pero apenas avanzaban. Además, tuvieron que soportar una campaña de menosprecio de los antisufragistas en la que utilizaron a los felinos para mofarse de ellas. El gato se identificaba con lo doméstico, y según los que se oponían al voto de las mujeres (hombres y, también, mujeres) ese era el ámbito de actuación de las mujeres -recordando el gineceo de la antigua Grecia o frases del tipo “la mujer en casa/cocina y con la pata quebrada“-.

"Un abogado por los derechos de la mujer"

“Un abogado por los derechos de la mujer”

"No nos preocupa si no votamos"

“No nos preocupa si no votamos”

"Quiero mi voto"

“Quiero mi voto”

Visto que apenas tenían resultados y que incluso las menospreciaban, decidieron radicalizar su discurso y sus acciones…

Nos tienen sin cuidado vuestras leyes, caballeros, nosotras situamos la libertad y la dignidad de la mujer por encima de toda esas consideraciones, y vamos a continuar esa guerra como lo hicimos en el pasado; pero no seremos responsables de la propiedad que sacrifiquemos, o del perjuicio que la propiedad sufra como resultado. De todo ello será culpable el Gobierno que, a pesar de admitir que nuestras peticiones son justas, se niega a satisfacerlas. Emmeline Pankhurst

Lógicamente, estas acciones recibieron una respuesta contundente y muchas activistas fueron encarceladas. Nada las iba a detener, y en prisión decidieron seguir con sus protestas. ¿Pero cómo? Con una huelga de hambre. El gobierno, que no estaba por la labor de que aquellas reivindicaciones tuviesen sus propios mártires, decidió contraatacar con la alimentación forzosa. A todas las mujeres que se negaban a tomar alimentos se les obligaba a hacerlo con métodos nada sutiles, más propios de la tortura.

Ley gato y el ratón

Y como en un partido de tenis, las activistas devolvieron la pelota acusando al gobierno de torturar a las huelguistas. Como a los gobiernos no les gusta perder votos ni las campañas en su contra, en 1913 se promulgó la Ley de Presos (The Prisoners Act), también llamada Ley del Gato y el Ratón. Al amparo de la nueva legislación, las activistas en prisión que estuviesen enfermas o muy débiles por la huelga serían liberadas temporalmente hasta que se recuperasen, momento en el que volverían a ser apresadas parar cumplir el resto de la condena (aquí el gobierno se convertía en el gato que juega con los ratones -sufragistas- antes de matarlos). Y ahora fueran las sufragistas las que utilizaron a los gatitos contra la nueva ley.

Gato se come a una miembro de Women's Social and Political Union (WSPU)

Gato se come a una miembro de Women’s Social and Political Union (WSPU)

La Primera Guerra Mundial marcó una tregua en las demandas sufragistas y, tras el conflicto, se aprobó una ley que permitió votar a las británicas de más de 30 años. Diez años después, la Equal Franchise Act (1928) equiparaba a hombres y mujeres en su derecho al voto. Ese mismo año, con el objetivo al que consagró su vida conseguido, fallecía Emmeline Pankhurst.

Fuentes e imágenes: Sufragismo y feminismo, Forcible feeding and the Cat and Mouse Act – Oxford University Press