Vigésima entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló.

Nuestro archienemigo de hoy es un ilustre ninguneado cuyo gran mérito fue infringirle la mayor derrota militar al Imperio Romano de Oriente. La batalla de Adrianópolis supuso un antes y un después en la actitud de Roma frente a los bárbaros.

No sabemos con exactitud qué año nació Frigiterno, cuyo nombre original en godo, Frithugarnis, significa “Deseando la Paz”. Caudillo de los tervingios, su nombre aparece en la Historia cuando le solicitó al emperador Valente que su pueblo pudiese instalarse en el lado romano del Danubio. La pregunta es obvia, ¿Por qué Frigiterno no se contentó con mantenerse en la Dacia, en manos de los godos desde que se la cediese el emperador Aureliano muchos años antes? La respuesta tenía los ojos rasgados, era de pequeña estatura y manejaba muy bien el arco a caballo. Los hunos masacraron en el 376 a los ostrogodos (Ost Goths, godos del Oeste), continuando su camino de pillaje y destrucción hacia el Imperio Romano de Oriente. Los pocos supervivientes alertaron a los visigodos (Wiss Goths, godos del Este) del peligro que arrostraban y Frigiterno, su caudillo por entonces, vio clara la conveniencia de cruzar el Danubio en calidad de foederati del Imperio. En aquel momento el César de Oriente era Flavio Julio Valente, quien ya se había enfrentado a los godos con éxito entre el 367 y el 369, conminándolos en la Escitia occidental (hoy Moravia y Valaquia). Valente accedió a la propuesta de Frigiterno, que era arriano como él; para el emperador, una alianza estratégica con los visigodos supondría un buen muro de contención ante el peligro común que podían representar los hunos. Los visigodos fueron asentados en Moesia, en aquellos momentos una provincia pobre y despoblada, concediéndoles la ciudadanía romana a cambio de su servicio militar y el consecuente pago de los impuestos imperiales. No todos los bárbaros cruzaron el río. Atanarico, adversario tribal de Frigiterno, se quedó en la Dacia a su suerte, quizá porque aún era pagano y se oponía a la política “filorromana” del caudillo visigodo.

Equite y legionario de Valente

Los problemas de Frigiterno no vinieron por sus desavenencias internas. La Iglesia y la aristocracia más conservadora pronto se mostraron opuestas a la decisión imperial. A su vez, la codicia desmedida de la administración local acabó por soliviantar a los nuevos aliados. Según los últimos estudios – quizá menos propagandísticos y apocalípticos que los relatos de Marcelino u Orosio, ambos historiadores romanos contemporáneos de estos hechos – la cifra de bárbaros que se establecieron en Moesia estaría cercana a los 75.000, siendo sólo unos 15.000 los hombres en edad de guerrear. A éstos habría que sumar los cerca de 4.000 jinetes ostrogodos y alanos que escaparon de los hunos y que se enrolaron en el contingente visigodo.

La situación en el 377 se hizo insostenible. A las malas cosechas se sumó la avaricia desmedida del comes (conde) de Moesia, Lucipino, quien se hizo rico inflando los precios de los suministros que la administración imperial destinaba a sus foederati. También se sabe que aquel año el pagano Atanarico cruzó el río para unirse a sus paisanos, soliviantando a la Iglesia que veía en el la piel del demonio. Frigiterno, alertado del complot que había urdido Lucipino para asesinarle, le mató durante un banquete en el que éste tenía planeado eliminarle.

Habiendo roto relaciones con el Imperio, y con su pueblo exigiéndole sustento, Frigiterno se dirigió a Tracia, saqueando ciudades y campiña para obtener los suministros que su pueblo necesitaba para subsistir. Dos pequeños ejércitos romanos fueron liquidados sin excesivos problemas, alarmando con ello a la corte de Constantinopla. Valente reaccionó rápido. Salió de Antioquía (Siria) donde estaba enzarzado con los persas, para llegar a los Balcanes al frente de un ejército considerable, siete legiones, cerca de 21.000 hombres, además de un número aún mayor de auxiliares. Levantó su campamento junto a una ciudad que pasaría a la Historia por lo que tenía que ocurrir frente a ella: Adrianópolis (hoy Edirne, en la Turquía europea)

Adrianópolis

Valente, apoyado por sus legados Víctor y Ricimero (un vándalo encumbrado a magister militum tiempo después), formó ante el campamento visigodo una fuerza imponente. Sus siete legiones contaban con las tropas de élite, la legión palatinae, así como una pequeña fuerza de caballería también destacable. Sólo había una diferencia con otros enfrentamientos anteriores en la zona de gran magnitud, como los acaecidos durante la guerra dacia de Trajano. Las legiones del siglo IV tenían como tal el nombre. El legionario del año 378 en nada tenía que ver con el de Marco Aurelio o Trajano. Con una larga spatha en vez de gladio, un scutum redondo en vez del cuadrado clásico y una cota de malla en vez de la lorica segmentata, era un cuerpo de ejército peor dispuesto, disciplinado y pertrechado.
En cambio, los godos habían recibido instrucción romana como foederati que eran, además de usar todo tipo de armas de contacto o arrojadizas, ganando contundencia sin padecer la rigidez estructural de las líneas romanas. Pero su ventaja principal no fue esa movilidad, sino el peso de la caballería en la estrategia.

El 9 de Agosto del 378, Valente sacó a sus tropas del campamento de Adrianápolis, dejando allí su impedimenta y el tesoro de guerra, y formó en una llanura próxima ante Frigiterno. El corregente de Occidente, su sobrino Graciano, se había mostrado diligente y venía en ayuda de su tío, pero éste pensó que no podía esperar, quizá espoleado por su legado Sebastián o por otros motivos que se desconocen. No me extenderé con el relato pormenorizado de esta impresionante batalla, me centraré en las consecuencias de la misma. Alateo, el comandante de la caballería goda, destrozó a la débil caballería romana, atosigando después a las legiones por los flancos mientras que Frigiterno empujaba a las tropas de Valente por el centro hasta que la batalla se tornó en matanza. Dos terceras partes del ejército romano no salieron nunca de la llanura de Adrianópolis, incluido el emperador Valente. Según los testimonios coetáneos, era difícil avanzar entre tanta sangre, heces, orines y cuerpos mutilados. Dado lo cruento de la batalla, donde secciones enteras de la línea romana murieron matando ante la evidencia de no tener posible fuga, es lógico pensar que las bajas godas serían también considerables.
El fin de Valente es controvertido, según nos dejó Amiano Marcelino en sus Historias, pudieron pasar dos cosas:

“fue herido mortalmente por una flecha, y expiró”, (XXXI.12)
Valente fue herido y llevado a una pequeña choza de madera. La choza fue rodeada por los godos que le prendieron fuego, sin saber quién estaba dentro (XXXI.13.14-6)

Valente

Lo cierto es que no se recuperó el cadáver del emperador, por lo que fue tratado como cualquier otro legionario. Víctor y Ricimero condujeron a los supervivientes a Adrianópolis, quizá en busca de unos muros que sirviesen de freno a la marea goda. Toda la parte europea del Imperio de Oriente quedó a merced de Frigiterno, conmocionado y sin su César, quien saqueó a conciencia campos y ciudades con la excepción de Atenas, la cercada Adrianápolis y la capital, Constantinopla, a causa de la ausencia de máquinas de asedio con las que derruir los muros de estas grandes ciudades fortificadas.

Frigiterno murió como rey absoluto de los visigodos en el 380. Le sucedió su antiguo adversario, Atanarico. Éste sólo pudo reinar un año, pero antes de su muerte en el 381 consiguió que el nuevo regente de Oriente, un legado de origen hispano llamado Teodosio, les concediese la condición irrevocable de foederati del Imperio. Adrianápolis fue la tumba de las legiones. Desde aquel desastre inmortal, Teodosio favoreció la figura del dux (duque) al mando de un ejército fronterizo, limitanei, que sería apoyado por un ejército libre de frontera, comitatense, que se desplazase allá donde surgiesen los problemas. Acababa de nacer el feudalismo.

Share