Mustafa Kemal Atatürk fue un oficial del ejército turco, así como fundador y primer presidente de la actual República de Turquía. Desde los tiempos de la Academia Militar, Kemal ya mantenía contactos clandestinos con otros militares opuestos al régimen absolutista del sultán. Sus superiores descubrieron estas reuniones clandestinas y lo enviaron a Damasco, donde dio un paso adelante y en 1905 fundó la organización Jóvenes Turcos, organización secreta opuesta al régimen del sultán Abdul Hamid II, y que posteriormente se convertiría en el partido político Comité de Unión y Progreso. En 1908 estalló la revolución de los Jóvenes Turcos y gran parte del ejército; el sultán, tratando de conservar el poder a cualquier precio, anunció la restauración de la constitución suspendida de 1876, abolió el espionaje y la censura, y se liberaron a los presos políticos. Aunque de poco le sirvió porque poco más tarde fue depuesto. Si echamos un vistazo a los años en el poder del sultán Abdul Hamid II comprenderemos por qué fue una revolución necesaria…

Abdul Hamid II

Fue el último sultán otomano en ejercer el poder absoluto, para lo que no dudó en recurrir a los métodos más crueles y despiadados. Además, era un obsesivo patológico por su seguridad personal: en todo momento estaba rodeado por sus guardias personales, su dormitorio estaba acorazado, tenía varios cuerpos de espionaje que también se espiaban entre ellos, su comida sólo la podía preparar su mujer y, lógicamente, debían probarla sus catadores…

Los sirvientes, e incluso sus familiares, fueron víctimas de esta obsesión desmedida: mientras estaba descansando, una de sus hijas pequeñas le dio un susto… sacó la pistola, que siempre llevaba encima, y le pegó un tiro; uno de sus sirvientes murió cuando se metió la mano en el bolsillo para darle fuego; un jardinero fue asesinado porque parecia sospechoso… A pesar de todo, un sirviente trató de matarlo con una daga oculta en un bolsillo y desde aquel día nadie en palacio podía llevar bolsillos. Sólo se permitían los bolsillos a los dignatarios de las embajadas extranjeras pero no podían meterse las manos en los bolsillos… Un paranoico.

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