Tras el inicio de la II Guerra Mundial, y debido a los múltiples frentes que la Alemania nazi tenía que atender, la mujeres debieron cubrir los puestos de trabajo en la industria dejados por los trabajadores, ahora convertidos en soldados por la “gracia de Hitler”. Pero éste no era el papel que le tocaba desempeñar a la mujer en la sociedad nazi.
En la sociedad nazi la mujer debía abandonar el mundo laboral – así se podía disminuir la elevada tasa de paro masculina – y casarse. Su dedicación, en exclusiva, era la casa y sus hijos. En palabras del ideólogo nazi Kurt Rosten, en su libro Das Nationalsozialismus der ABC (1933):
¿Puede la mujer imaginar algo más bello que estar sentada junto a su amado esposo en su acogedor hogar y escuchar recogidamente el telar del tiempo, mientras va tejiendo la trama y la urdimbre de la maternidad a través de los siglos y milenios? Ellas no tienen nostalgia de la fábrica, de la oficina o del Parlamento. Un hogar agradable, un buen marido y un bandada de hijos dichosos son más queridos a su corazón.
Esta medida permitió que más de 500.000 mujeres abandonasen sus puestos de trabajo para casarse. Estas “recomendaciones” fueron acompañadas de medidas económicas: cada matrimonio recibía un préstamo de 1.000 marcos del que se podían ir amortizando 250 marcos por cada hijo, reducciones en facturas de electricidad… Todo ello para favorecer las matrimonios y aumentar la natalidad.
Incluso en las artes se “modelizaba” la familia nazi. Según los criterios de la Cámara de Artes Plásticas del Reich se aconsejaba:
Siempre que lo permitan las necesidades estéticas – y en la mayoría de los casos será posible- los artistas, especialmente los pintores y grabadores, han de proponerse como meta representar en sus obras a cuatro niños alemanes, cuando pretendan plasmar una familia auténtica.
Siempre he dicho que ser mujer ha sido, es y será profesión de riesgo.
Imagen: Medicina y Holocausto
Fuente: Historia16 (nº 318)
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