¿Alguna vez te has parado a pensar qué ocurriría si fuéramos capaces de leer la mente de la gente que nos rodea? Con total seguridad descubriríamos que aquellos que conocemos son más complejos de lo que pensábamos, más oscuros, más peligrosos. Y sentiríamos una vergüenza terrible al desvelar nuestras pequeñas obsesiones, complejos e ideas políticamente incorrectas. Sacar a la luz el pequeño monstruo que habita las cuatro protagonistas de Taradas fue mi objetivo inicial al escribir mi primera novela, pero la historia evoluciona imprevisiblemente como barco a la deriva, según los caprichos inimaginables de los antiguos dioses griegos.

Taradas es la historia de sentimientos inefables, de la arbitrariedad de la suerte, del relativismo de la bondad o maldad del hombre. Porque, no nos engañemos, la normalidad no existe y es tan sólo una cuestión estadística, por eso mi primera novela está creada a partir de personajes genuinos y auténticos. Taradas es pornográfica porque el lector es un mirón que contempla los pensamientos desnudos de las protagonistas. La relación entre lector y personaje es íntima y a veces sórdida. También hay lirismo. He usado todos los recursos al alcance de mi mano para crear personajes reales, de carne y hueso con infancia y familia. Como en un abanico de colores, o en una escala de sonidos, no he tenido miedo de mezclar los graves y los agudos, el lenguaje poético y el soez. Esta contradicción no sólo es palpable en el estilo sino también en los personajes. Las cuatro chicas tienen zonas de sombra, claroscuros, agujeros negros como los del universo en los que no se sabe con exactitud lo que ocurre. La geografía de mis personajes incluye acantilados de mares agitados y enfurecidos a los que se asoman con cierta frecuencia.

Virginia es una joven ávida de sensaciones, con un alma inflamable que arde con facilidad, hedonista y dolorosa con un gran apetito por lo volátil y lo bello.

Carla es la más romántica y enamoradiza. Obsesiva e insegura de alma fluorescente que brilla con fulgor en la noche y permanece dormida y mate durante el día.

Silvia es reflexiva, con un alma frondosa pero frágil y una visión dramática de la vida. Su tragedia es contemplarse como un personaje secundario de su propia vida.

Esther es intimidatoria y altiva, descreída porque ha perdido la fe en casi todo, escéptica y a veces cruel.

Al relatar la vida de cuatro chicas jóvenes a menudo me preguntan si he escrito “algo similar a Sexo en Nueva York, Mujeres desesperadas o El diario de Bridget Jones” Rotundamente no. Taradas es una novela femenina y fresca pero no frivoliza con las relaciones hombre-mujer, ni ridiculiza a los hombres. Además las vidas de mis protagonistas no giran alrededor de un hombre. El amor es una pieza más pero de ningún modo la más importante de este puzzle. Taradas no es una obra feminista ni de crítica social. No hay moraleja, ni una estructura clásica con planteamiento, nudo y desenlace. Las chicas que retrato no representan a la sociedad aunque sean modelos relativamente frecuentes en ella. Vemos una juventud que siente fascinación por lo dionisiaco, con la necesidad de encontrar su sitito pero que a diferencia de muchos jóvenes no busca la identidad a través de un grupo sino que hace una carrera en solitario. También hay una pulsión por la destrucción y la muerte.

Taradas es para mí un experimento. Quería probarme como escritora escribiendo sobre lo que me gustaba, con una estructura original, frases cortas, metáforas nada artificiosas, historias ágiles, cruzadas, muchos personajes. Cuando tuve que escribir una sinopsis hice lo que la mayoría de los escritores: simplificar y deshumanizar a las protagonistas, poner etiquetas e intentar dar una explicación lógica a las caóticas y veleidosas relaciones humanas. Pero si de verdad quieres saber de qué va Taradas no tendrás más remedio que leerla.

Taradas, ediciones Carena, es la primera novela de Viviana Fernández.

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