Entiendo que en el siglo XIX el hecho de incluir en una misma frase “multimillonaria” e “hija de esclavos” pueda parecer un brindis al sol o una licencia histórica. Pues no, existió una mujer, Sarah Breedlove, que a pesar de ser hija de esclavos fue una empresaria de éxito y llegó a convertirse en “la primea multimillonaria de los EEUU”.

Sarah Breedlove

Sarah era la segunda de los seis hijos, y la primera nacida en libertad, que tuvieron Owen y Minerva Breedlove, un matrimonio de esclavos de una plantación de algodón de Misisipi. En 1887, con apenas 19 años, Sarah ya tenía sobre sus espaldas una experiencia vital demasiado dura: huérfana a los 7 años; desde los 10 trabajando de empleada doméstica; se casó a los 14 huyendo de la casa de su hermana donde su cuñado la maltrataba; tuvo una hija y quedó viuda. A pesar de que se volvería a casar en dos ocasiones más, ya no tendrían más hijos. Que su hija Lelia pudiese recibir la educación que no tuvo ella se convirtió en una obsesión… y para ello iba a necesitar dinero. Se mudó a San Luis (Misuri) donde vivían sus cuatro hermanos menores y consiguió trabajo como lavandera. Ahorrando todo lo que podía, consiguió que su hija fuese a la Universidad –¡Y estamos hablando de un sueldo de lavandera!-.

Después de casi 18 años trabajando con productos químicos para lavar la ropa, una dieta pobre -la prioridad era su hija- y agresivos tratamientos para domar su cabello, Sarah comenzó a darse cuenta de que estaba perdiendo pelo. Habló con uno de sus hermanos que era barbero y se dio cuenta de que era un problema más frecuente de lo que creía, y que muchas mujeres afroamericanas lo disimulaban con los típicos pañuelos en la cabeza. Aquella preocupación le llevó a probar los productos capilares exclusivos para afroamericanos de Annie Minerva Tumbo, e incluso se convirtió en comercial de dichos productos. Ya como comercial tuvo acceso a probar toda la variedad cosmética, pero se dio cuenta de que su eficacia era relativa. Así que, decidió experimentar ella misma y con los consejos de su hermano llegó a crear su propia linea de productos. Dejó su trabajo como comercial y comenzó a vender su nueva línea de productos puerta por puerta, y no le fue mal. Aún así, era difícil hacerse un hueco en el mercado de San Luis, ya que su competencia directa, Annie Minerva Tumbo, era más conocida y, además, tenía la sede en la propia ciudad. Así que, madre e hija decidieron trasladarse a Denver e iniciar allí su aventura empresarial. Siguiendo el mismo ritual, puerta por puerta, comenzaron a vender… hasta que se cruzó en su camino el periodista Charles J. Walker. Además de convertirse en su tercer marido, del que tomo su apellido, Charles influyó decisivamente en el cambio de modelo de negocio: unificó su línea de productos bajo la marca “Madame Walker” y comenzó a publicitar sus productos en los medios locales. La semilla del éxito estaba plantada, pero Sarah no paró de regarla y cuidarla. Siguió viajando por diferentes ciudades de los estados del sur promocionando su acondicionador “Hair Grower” -además de fortalecer el cabello ayudaba a domar los típicos rizos de los afroamericanos- haciendo demostraciones en casas, iglesias y clubs. En 1910 daría el salto definitivo trasladando su base de operaciones a Indianápolis -lugar estratégico por sus redes de comunicación- donde instaló una fábrica para elaborar sus productos -hasta la fecha se encargaba a terceros-, un salón de peluquería y una escuela de comerciales (Walker School).

Mientras su marido y su hija se encargaban de lo relativo a la fabricación y distribución, ella se centró en preparar a las mujeres que, repartidas por todo el país, promocionarían y venderían sus productos. Cubierto el mercado nacional con la publicidad y las comerciales, en 1913 decidió dar el salto internacional y recorrió varios países de Centroamérica y el Caribe. A su vuelta, se organizaron convenciones anuales a nivel estatal y nacional para mejorar las técnicas de venta de las comerciales (Walker Agents), compartir sus experiencias y premiar a las mejores.

Y esta es la historia de “la empresaria más exitosa de su tiempo” y la primera mujer de los EEUU que, partiendo de cero, se hizo millonaria gracias a su trabajo.

Si he logrado algo en la vida es porque he estado dispuesta a trabajar duro.

Aunque con estos antecedentes sería suficiente para ser protagonista de la historia, la vida de Sarah va más allá. También es la historia de una mujer solidaria, altruista y comprometida con su raza y su género. Consciente de las limitaciones sociales y laborales de las mujeres negras de la época, Sarah utilizó su éxito profesional y su dinero para conseguir la independencia económica de miles de mujeres afroamericanas a las que dio empleo en sus fábricas, oficinas o como agentes. Hizo cuantiosas donaciones a colegios, orfanatos, asilos, asociaciones que luchaban por los derechos de los afroamericanos, creó becas para niñas sin recursos… Su implicación con la sociedad estadounidense, su raza y su género no fue solo económica, también participó activamente dando conferencias y charlas por la igualdad de derechos y oportunidades, e incluso llegó a entrevistarse con el presidente Wilson Woodrow.

Este es el país más grande bajo el sol. Pero no debemos dejar que nuestro amor por el país, nuestra lealtad patriótica, nos lleven a dejar de perseverar en nuestra protesta contra las desigualdades y la injusticia.

Tras su fallecimiento, en su casa de Nueva York el 25 de mayo de 1919, su hija Lelia siguió las instrucciones dejadas en su testamento y donó una parte importante de su herencia a las asociaciones y colegios con los que había colaborado en vida. Lelia, siguiendo los pasos de su madre, se convirtió en una de las precursoras del llamado Renacimiento del Harlem, una explosión cultural y social de las artes afroamericanas.