Feo es el campo sin hierba, el arbusto sin hojas y la cabeza sin pelo.

Esta cita del poeta romano Ovidio deja bien claro que los calvos ya lo tenían difícil en la Antigüedad. En Egipto, en Grecia o en Roma, la calvicie no era muy bien recibida y se interpretaba con la pérdida del vigor o la masculinidad -y eso a un hombre le duele-. Por tanto, era frecuente el uso de pelucas, tratar de camuflar la alopecia con verdaderas obras de ingeniería capilar (tipo ensaimada, dejarse crecer el pelo en la parte de atrás y peinarlo hacia delante…), directamente cubrirse la cabeza o utilizar algunos de los tratamientos de la época.

Un remedio utilizado en el antiguo Egipto, incluido en el Papiro Ebers, uno de los más antiguos tratados médicos escrito alrededor del 1500 a.C., era el de recitar un hechizo mágico al dios Ra (dios del Sol) y luego frotarse la cabeza con una mezcla de cebollas, hierro, plomo rojo, miel y alabastro. Ante la falta de resultados, los egipcios dejaron a Ra para otros menesteres y se centraron en el ungüento milagroso. Esta vez, y utilizando la “lógica”, los ingredientes del ungüento en cuestión sería la grasa de los animales más poderosos y temidos de la región: león, hipopótamo, cocodrilo y serpiente (el león además “aportaba” su hermosa cabellera). Sobra decir que los resultados no fueron los esperados.

En Grecia sería Hipócrates, el considerado padre de la medicina, el que se preocuparía y ocuparía del tema. Y digo preocuparía porque él mismo sufrió en sus carnes la caída del cabello. Comenzó a su tratarse su ilustre cabeza con un mezcla de rábano picante, comino, excrementos de paloma y ortigas. Viendo cualquiera de los bustos en los que se representa os haréis un idea de cómo le fue. Aún así, el estudio y preocupación por el tema han tenido un reconocimiento: Hippocratic wreath (corona o guirnalda de Hipócrates), así se llama al pelo que queda alrededor de la calva (coronilla) en los laterales y en la parte de atrás.

hipocrates

Eso sí, al observar que los eunucos no se quedaban calvos fue el primero en relacionar la pérdida del pelo y los órganos sexuales o, mejor dicho, la “no pérdida” ante la ausencia de órganos sexuales. Él no sabía el porqué, pero los científicos lograron demostrarlo en el siglo XX: como a los eunucos se les extirpaban los testículos, responsables de producir la mayor parte de los andrógenos, no producían la DHT (dihidrotestosterona), en gran medida la responsable de la calvicie masculina, y, por tanto, no perdían el cabello. Así que, la castración podía ser una cura… pero quién era el guapo que se prestaba a ello.

Caso extremo, por el personaje en cuestión y por el peculiar método utilizado, fue el de Julio César, que solicitó permiso al Senado para permitirle llevar permanentemente la corona laurea, la corona de laurel con la que se coronaba a los generales victoriosos cuando entraban en Roma y que, más tarde, hicieron suya los emperadores.

Julio César

Igual Aristóteles tenía razón cuando decía que el pelo sólo se les cae a los más libidinosos…

La causa es que la lascivia enfría las partes superiores del cuerpo, que tienen poca sangre, de modo que en ese lugar no se digiere el alimento y, al no recibir alimento, el pelo se cae.

Supongo que no hace falta aclarar dónde está la sangre y el alimento que le faltan a las partes superiores del cuerpo.

Fuente: Los inventos de los antiguos