Nuestro archienemigo de hoy fue un personaje poco relevante para los historiadores romanos coetáneos, pero sus gestas y tejemanejes familiares se recogieron en una de las epopeyas germánicas más relevantes de la temprana Edad Media, El Cantar de los Nibelungos.

Vigésimo cuarta entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló

La primera pregunta es… ¿Quién fue realmente Gunther? Precisamente, a este rey legendario de los burgundios se le conoció por diversos nombres dependiendo de la procedencia de las fuentes: Gundahar para los germanos, Gúðere en nórdico antiguo, Gundaharius para los romanos o Gunnar para Anglos y Sajones. Gundahario nació sobre el 385 de nuestra era en algún lugar indeterminado del lado norte del Rin en el seno de una de las tribus germánicas menos conocidas, pero que, a diferencia de otras más reseñadas, perduraron en la memoria y topografía medieval de Europa. Los burgundios procedían del Báltico, muy probablemente de la isla danesa de Bornholm (quizá por ello los vikingos noruegos la llamaron Burgundarholmr, la isla de los burgundios), pasando sobre el año 200 al norte de la actual Alemania e integrándose junto a otros pueblos germanos en su lento camino hacia tierras más fértiles y cálidas, hacia el Imperio romano.

Gundahario

Su entrada en la Historia fue tan dramática como los terribles años en que le tocó vivir. En el crudo invierno del 405/406, una enorme confederación de pueblos germánicos aguardaba al otro lado del Rin a la espera de que se diesen las condiciones óptimas para cruzarlo y establecerse en las fértiles tierras del Imperio. Parece ser que aquel invierno fue uno de los más severos de la década y el río se heló a la altura de Mongotiacum (hoy Maguncia), lugar por el que miles de alanos, suevos, vándalos y burgundios penetraron en el limes, saqueando todo cuanto cayó a su paso entre Borbetomagus (hoy Worms) y Augusta Treverorum (hoy Trier). Este terrible momento se puede rememorar a lo grande en la estupenda novela “El Águila en la Nieve” del británico Wallace Breem.

El rey de los burgundios, en colaboración con Goar, su homólogo alano, colocó un emperador romano de su gusto en la Galia, un tal Jovino, el cual le concedió “oficialmente” en el 411 toda la ribera del Rin entre el Lauter y el Nahe, ocupada “extraoficialmente” desde el 406, quedando en manos burgundias ciudades importantes de la frontera norte como Argentoratum (Estrasburgo) o la citada Borbetomagus, ciudad donde estableció su trono permanente.

Jovino fue un manipulable senador al que proclamó emperador la nobleza galorromana y que, durante los dos breves años que duró su conato de usurpación, fue un mero títere de los dos caudillos bárbaros. Les concedió más privilegios, ciudades y tierras a cambio de su pleitesía nominal y su promesa de ayuda en caso de enfrentarse al verdadero emperador de Roma, Flavio Honorio. Aquella extraña alianza fue quebrantada por Gundahario todas las veces que quiso, realizando razzias de extremo a extremo de la antigua Galia Bélgica sin que las enérgicas protestas de la maltratada población galorromana surtiesen ningún efecto.

burgundios

La salida de los godos de Italia a mediados del 411 provocó un desequilibrio de poderes que acabó con el ataque de Ataulfo al césar usurpador, la captura de Jovino en Valentia (la Valence francesa) y su ajusticiamiento en Narbo por parte del gobernador de la Galia, fiel al melifluo emperador Honorio. Roma no estaba en condiciones de sacar a los invasores germanos de la Galia, por lo que la cancillería del emperador no tuvo más opción que ratificar el pacto de cesión firmado por Jovino, además de concederle el título de foederati. De aquella manera, en su función de aliado del Imperio, Gundahario quedó como amo y señor de un vasto territorio que acabaría siendo conocido como la tierra de los burgundios, hoy Borgoña.

Aquel ventajoso pacto con el débil Honorio no hizo más que alentar a la nobleza guerrera burgundia. Las correrías por toda la provincia se multiplicaron durante los años siguientes, creando una situación de desgobierno y terror que alarmó al más brillante y postrero de los legados de Roma. Muerto Honorio, la púrpura recayó sobre otro inútil, Valentiniano, el hijo de su hermanastra Gala Placidia. Mientras aquel regente incapaz vivía encerrado en su guarida de Rávena, Flavio Aecio tomó el control del Imperio de Occidente, manejándolo con puño de hierro. Para muchos historiadores fue el mejor militar romano de todo el siglo V. Criado como rehén en las cortes del godo Alarico y el huno Rugila, donde pasó 9 años, conocía y mantenía buenos contactos con ambas etnias. En el 433, el emperador le concedió el cargo de Magíster Militum, equivalente a una capitanía general de los ejércitos de Roma. Desde aquel año, quien pasaría a la Historia con el sobrenombre de “el último de los romanos” se dedicó a recuperar la autoridad que Roma había perdido durante el desastroso mandato de Honorio. Maestro de la estrategia, y tras frenar las pretensiones de los visigodos en la Galia usando sus intrigas, en el 436 Aecio alentó una expedición de sus auxilia hunos destinada a desmantelar el reino de Gundahario.

La campaña fue un éxito, según narraron los historiadores Prospero e Hidacio; Gundahario cayó en combate, así como miles de los suyos. Su hijo, el príncipe Gondioc, y los burgundios supervivientes fueron asentados en la región de los abetos, Sapaudia (hoy conocida como Saboya) y, años después, aquellos mismos burgundios participaron bajo las órdenes de Flavio Aecio en la última gran batalla del Imperio Romano de Occidente, los Campos Cataláunicos, derrotando a Atila y sus federados y vengándose así de aquellos otros hunos que arrasaron su reino y mataron al gran rey que los condujo desde las frías tierras del norte hasta las feraces vegas de la Galia.

hunos

Hasta aquí la Historia, pues la mitología nórdica nos aporta más detalles sobre Gunther (Gundahario). Las leyendas que forjaron el Cantar de los Nibelungos nos cuentan la tortuosa relación entre su esposa Brunilda y su hermana Krimilda, como ésta fue esposa del héroe Sigurd (Sigfrido) y de la muerte de éste por las intrigas de su cuñada. Asimismo, esta obra legendaria nos aporta una versión diferente del final de Gundahario: el rey y sus nobles fueron invitados a cenar a la corte del rey Etzel (Atila), y éste, codicioso del tesoro de los nibelungos, pues sólo aquellos conocían su preciso paradero en el fondo del Rin, ordenó que fuesen asesinados.

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