«Abejas-soldados alemanas», así fue cómo la prensa inglesa justificó la derrota del ejército colonial británico frente a los alemanes en la batalla de Tanga, en Tanzania, durante la Primera Guerra Mundial. Lo cierto es que la planificación británica en aquella batalla fue un desastre, porque las abejas lo único que hicieron fue defenderse y ni mucho menos estaban adiestradas por los alemanes como se llegó a publicar.  Así que, como ha ocurrido en muchas ocasiones a lo largo de la historia, el gobierno y los medios ingleses taparon la ineptitud de sus oficiales con el ataque de insectos comandados por la abeja Maya.

A partir de 1870 las expediciones al continente africano se multiplicaron y las potencias europeas se lanzaron a una intensa carrera de conquista y colonización de territorios. Ingleses, franceses, holandeses, belgas… y un poco más tarde alemanes, todos querían su parte del pastel. Así pues, muy pronto comenzaron a entrar en colisión los intereses de las grandes potencias. Ante esta situación, en el año 1885 el canciller Bismarck convocó una Conferencia Internacional en Berlín. Aunque los diplomáticos llegaron con el traje humanitario, condenando el tráfico de esclavos o prohibiendo la venta de bebidas alcohólicas y armas de fuego en ciertas regiones, la realidad es que se reunieron para establecer las reglas del reparto de África. Este débil equilibrio de poder, que estuvo a punto de romperse en varias ocasiones, ya que los competidores ignoraron las reglas cuando les era conveniente, estalló por los aires en la Primera Guerra Mundial.

A comienzos de noviembre de 1914 y desde la actual Kenia, controlada por los británicos, se intentó tomar Tanga, el principal puerto del África Oriental Alemana (la colonia alemana en la región africana de los Grandes Lagos, que incluía a los actuales Burundi, Ruanda y la parte continental de Tanzania, con una extensión de 994.996 km²). En un primer momento, la idea era un ataque desde el mar pero se desechó este plan pensando que el puerto estaría minado (y no lo estaba). El comandante británico al mando, Arthur Aitken, decidió desembarcar el grueso de sus tropas (unos 8.000 soldados) al sur del puerto y atacar desde tierra. Habría que puntualizar que la fuerza expedicionaria británica desembarcó en el puerto keniano de Mombasa tras dos semanas de travesía marítima y, además, estaba compuesta en su mayoría por soldados reclutados  en la India sin ninguna experiencia y que apenas sabían disparar los nuevos fusiles.

La decisión de Aitken fue un error mayúsculo, ya que no tuvo en cuenta que  tendrían que atravesar un manglar infestado de mosquitos y serpientes venenosas y una zona selvática donde las abejas africanas, mucho más agresivas que las comunes, vivían plácidamente. El comandante alemán, Paul Vorbeck, con una compañía de unos 1.000 askaris (indígenas africanos), conocedor del terreno, no tuvo que ser muy ingenioso, fue suficiente con tirar de la emboscada de toda la vida. Para las ametralladoras alemanas fue un juego de niños hacer blanco entre las tropas británicas, exhaustas por el viaje y con dificultad para moverse en aquella zona pantanosa.

Askaris

Y por si esto no fuera poco, cuando comenzó la batalla, estas abejas que debían ser seguidoras de “la mejor defensa es un ataque” se emplearon a fondo con unos y con otros. Independientemente de lo que  publicaron los  medios ingleses («que las abejas estaban adiestradas por los alemanes y solo atacaban a los británicos»), la realidad es que atacaron a todos, pero castigaron en mayor medida a los británicos porque eran muchos más (una proporción de 8 a 1). Además, las fuerzas alemanas, en su mayoría askaris, estaban habituadas a estos insectos, todo lo contrario que le ocurría a los inexpertos indios, que huyeron asustados por la agresividad de este tipo de abejas.

Disgustado por el mal desempeño de su fuerza angloindia Aitken ordenó a sus hombres que regresaran a sus transportes. El resultado final para los británicos fue de  360 hombres muertos, 487 heridos y 148 desaparecidos o capturados, y 71 muertos y 76 heridos, entre las fuerzas alemanas. Además, la huida en estampida de las tropas británicas supuso que dejasen abandonado en la playa armamento suficiente como para rearmar tres compañías, 600.000 cartuchos y 16 ametralladoras. De hecho, todo este material permitió  mantener en campaña a las tropas alemanas un año entero sin necesitar suministros.

El comportamiento posterior de Aitken estuvo a la altura del que tuvo en la batalla: trató de echarles las culpas a sus pobres soldados y pidió que se devolviera a casa deshonradas a las tropas indias que habían fallado. Pero no logró evitar que se le relevara del mando y se le tachara de incompetente.