Hoy hablaremos de uno de los malos más vilipendiados de sus tiempos, quizá porque lo poco que sabemos realmente de él procede de su adversario más enconado, Cayo Julio César, cuyos Comentarios sobre la Guerra de las Galias sirvieron de base a los posteriores historiadores clásicos como Livio, Plutarco o Dion Casio. Pero… ¿Quién fue en verdad Vercingétorix? Empecemos por desgranar su nombre. Primero, según revela la numismática, no fue el único en llamarse así entre los pueblos que habitaban la actual Francia. Era arverno, un pueblo galo ubicado en el actual Clermont-Ferrand, en el macizo que separa las cuencas del Loira y el Rhône. Sabemos de su nombre exacto por César, que se refiere a él como VERCINGETORISX. En lengua céltica, ver- correspondería a un superlativo, –cingeto– significaba guerrero y –risx caudillo o rey. Así pues, una traducción libre podría ser “el gran rey de los guerreros”. La imagen que tenemos de él también procede de los textos de César, describiéndolo como hombre osado, corpulento, de larga cabellera y poblado bigote.

Vercingetorix

Probablemente nació en Gergovia u otra ciudad arverna sobre el 80 a.C. Es pura deducción, tomando que César le llamaba adulescens, que es como definían en la antigua Roma a un hombre menor de 30 años… curioso. Su padre fue Celtilo, uno de los vergobretos (jefe tribal) más influyentes de los clanes arvernos, que fue eliminado por sus propios coterráneos por disputas internas. Acabó en la hoguera acusado de querer emular a Breno como nuevo rey de las Galias.

Esto sucedió en el 58 a.C., el mismo año en el que César, haciendo caso omiso de las indicaciones del Senado, se embarcó en su aventura personal en las Galias. Resumiendo mucho, Vercingétorix entró como auxiliar y colaborador directo suyo cuando César se enfrentó a los germanos de Ariovisto y a otras tribus belgas hostiles en el Rin. En casi dos años, las Águilas habían llegado desde Britania a la Armórica, y desde la Bélgica a Aquitania, esquilmando la Galia con unos excesivos impuestos dedicados a sufragar una guerra y un ego que Roma no estaba dispuesta a subvencionar.

La desmedida avaricia romana acabó sublevando media Galia. Una legión entera fue masacrada por los eburones. Tamaña matanza desencadenó que entre César y su legado Tito Accio Labieno sofocasen la revuelta con extrema crueldad. Aquella represalia hizo que Vercingétoix y muchos más como él, se replanteasen sus lealtades. Dos sucesos desencadenaron la revuelta definitiva. Por un lado, César se mudó temporalmente a la Galia Cisalpina en el 53 a.C., mientras que, en el otro extremo del mundo conocido, Marco Licinio Craso y 20.000 de sus hombres eran masacrados en Carrhae (hoy Harrán, Turquía) a manos de los jinetes partos de Surena en uno de los episodios de imprudencia y soberbia más lamentables de la historia del ejército romano. La evidencia de una derrota de las temibles legiones animó a las tribus galas a liberarse del yugo romano.

La primera acción hostil fue el asesinato de todos los comerciantes romanos de Cenabum (Orleáns) en el invierno del 53 a.C. por parte del los carnutes (el pueblo galo que poblaba el Loira) Aquel suceso sirvió de espoleta para que la rebelión se expandiese por toda la Galia. Así lo dejó escrito César en sus comentarios:

Vercingétorix, hijo de Celtillos, arverno, hombre joven que estaba entre los más poderosos de su país, cuyo padre se había convertido en el mayor príncipe de toda la Galia, y que fue muerto por sus compatriotas porque aspiraba a la realeza, convocó a sus clientes y los amotinó fácilmente

Nadie es profeta en su tierra. Eso mismo le pasó a Vercingétorix en Gergovia, donde tuvo que enfrentarse a la oligarquía local pro-romana dirigida por su tío Gobanitio (probablemente implicado en la muerte de su padre), siendo expulsado de la ciudad. Exiliado, pero contando con el apoyo de muchos de sus paisanos, apareció de nuevo en la ciudad con fuerzas suficientes para acabar siendo proclamado rey de los arvernos.

Durante todo el 52 a.C., las doce legiones de César y los galos reunidos alrededor de su nuevo gran jefe se disputaron plazas estratégicas como Avaricum, Gergovia, Cenabum con resultados dispares. Vercingétorix conocía muy bien las técnicas romanas y su dependencia total de los suministros, por lo que empleó una táctica de “tierra rasa” evitando que las legiones subsistieran forrajeando en terreno hostil. La guerra llevó a ambos bandos ante un importante oppidum marcado a pasar a la Historia: Alesia.

El cerco de Alesia

Vercingétorix reunió intramuros cerca de 80.000 hombres, enviando emisarios por toda la Galia para reclutar un ejército de socorro que envolviese a César y sus 50.000 efectivos. Cayo Julio César, de temperamento impasible y frío como el hielo, determinó desempolvar las técnicas de asedio de Escipión Emiliano en Numancia y cercar Alesia con un doble muro que evitase a los sitiados salir y a los refuerzos entrar. Un ejército de 250.000 galos sitió días después a los romanos, complicando mucho la intendencia de las legiones. El sitiador sitiado.

Cuarenta días después del inicio del asedio, tan famélicos galos como romanos, los refuerzos galos lanzaron un ataque contra las defensas de César que provocó una matanza inaudita en tierras galas. Después de una lucha encarnizada en la que los indígenas llevaron las de perder, Vercingétorix accedió a parlamentar con César y ofrecerle un trato. Su vida por las 53.000 que había encerradas y hambrientas en Alesia. César aceptó, Vercingétorix se rindió ante los signíferos, tribunos y legados del las legiones, siendo aquel momento crucial fuente de inspiración de muchos artistas durante todos los tiempos.

Rendición de Vercingétorix ante Julio César

El gran jefe de los guerreros galos no murió en Alesia. Fue conducido a Roma para desfilar cargado de cadenas durante el triunfo que el Senado le concedió a César en Septiembre del 46 a.C. por sus victorias en la Grecia, África y las Galias. Murió estrangulado en público al final del acto, escena que podréis leer íntegra dentro de muy poco… pero eso ya es otra novela.

Decimosexta entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló.