En Marruecos, el trono tiene dueño (Mohamed VI), pero el mando lo lleva un círculo íntimo que funciona como un consejo de administración del reino. Mientras el monarca pasa temporadas fuera del país, un núcleo duro de fieles, amigos de infancia y jefes de seguridad toma las decisiones importantes. El resultado es un sistema en el que el rey reina, pero no necesariamente gobierna el día a día.

El centro de gravedad del Estado marroquí no está en el Gobierno ni en el Parlamento, sino en el «Majzén», la camarilla palaciega que rodea al rey. Esta red de familiares, compañeros de universidad y amigos de la infancia controla los resortes del poder y asegura que todas las decisiones importantes acaben en el Palacio. La Constitución otorga a Mohamed VI plenos poderes sobre Ejecutivo, Legislativo y Judicial, pero en la práctica ese poder se delega en un grupo reducido que actúa como verdadera junta directiva del país.

Si hay un nombre que define el poder en la sombra es Fuad Ali El Himma, compañero de estudios de Mohamed VI en el Colegio Real. El Himma ha pasado de ser un colaborador del gabinete principesco a convertirse en el principal consejero del monarca y, en la práctica, en el “virrey” de Marruecos. Su influencia se ejerce en cuatro frentes clave:

– Control del acceso al rey: El Himma decide qué informes, ministros o diplomáticos ven a Mohamed VI y en qué orden. Quien controla la agenda real, controla el centro de gravedad del sistema.
– Seguridad e inteligencia: Coordina los servicios de seguridad e inteligencia y actúa como enlace político estratégico con el aparato policial y de espionaje.
– Ingeniería política: Fundó en 2008 el Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM) para contrapesar al islamismo del Partido de la Justicia y el Desarrollo y canalizar la lealtad de las élites rurales hacia el Palacio. Aunque ya no lo dirige formalmente, mantiene una influencia decisiva sobre el partido y los nombramientos de gobernadores y embajadores.
– Política exterior y grandes proyectos: Es una figura clave en la estrategia sobre el Sáhara Occidental, en las relaciones con España y en la coordinación de grandes eventos como el Mundial 2030.

Si El Himma es el cerebro político, Abdelatif Hammouchi es el brazo ejecutor. Jefe de la inteligencia interior (DGST) y de la Seguridad Nacional, Hammouchi controla el aparato policial y de seguridad del Estado. Su poder se basa en el control directo de las fuerzas de seguridad y en la capacidad de actuar con impunidad en nombre del Palacio.

Juntos, El Himma y Hammouchi forman el dúo dinámico del poder en la sombra: uno diseña la estrategia política, el otro se encarga de que se cumpla, con o sin guantes.

La salud del monarca, afectada por varias intervenciones cardiacas y accidentes que han limitado su movilidad y aumentado sus ausencias (meses seguidos en Francia, en su castillo de Betz o en su residencia de Pointe-Denis en Gabón), ha contribuido a esta dinámica. Pero más allá de las razones médicas, el sistema marroquí ha normalizado que el rey dirija mediante ausencias, delegando en su círculo íntimo la toma de decisiones.

El asalto de Ceuta el mes de agosto pasado puso bajo los focos el funcionamiento del poder en la sombra. Según el testimonio de Mehdi Hijaouy, exnúmero dos del servicio de espionaje exterior marroquí (DGED) huido a Francia, la invasión de Ceuta fue organizada por el primer consejero del rey, Fuad Ali El Himma, con la complicidad del aparato de seguridad dirigido por Hammouchi. Como era de esperar, Rabat niega oficialmente cualquier planificación, pero el episodio reforzó la imagen de El Himma y Hammouchi como los hombres fuertes del “Estado profundo” marroquí, capaces de ejecutar operaciones de alta sensibilidad sin que el rey tenga que aparecer en público.

Este modelo de gobierno tiene ventajas evidentes para la estabilidad del régimen: permite al rey mantener una imagen de neutralidad mientras su círculo íntimo toma las decisiones impopulares, y garantiza la continuidad del poder incluso en ausencia física del monarca. Pero también tiene costes: concentra el poder en manos de unos pocos, debilita las instituciones formales y genera un sistema opaco donde las decisiones importantes se toman sin escrutinio público.

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