Imagina que estás en 1884 y eres, por ejemplo, un aldeano del Congo. Vives en una aldea junto al río, pescas, cultivas mandioca y tus abuelos están enterrados bajo el árbol del centro del poblado. Un día, llega un tipo con barba, casco de corcho y un mapa. No habla tu idioma. No sabe cómo te llamas. Pero te señala con un dedo y dice, en alguna lengua que no entiendes: «A partir de hoy, esto es de Leopoldo«.¿Quién es Leopoldo? No lo sabes. Pero resulta que Leopoldo es un rey belga que nunca ha pisado África, que acaba de recibir un regalo de cumpleaños de 2,3 millones de kilómetros cuadrados (77 veces más grande que Bélgica) por parte de 14 señores sentados a una mesa en Berlín, a 6.000 kilómetros de distancia, que decidieron que tu río, tu aldea y el árbol de eran ahora propiedad privada de un tipo al que jamás verás la cara. Eso, amigos, es la Conferencia de Berlín. El mayor reparto de botín de la historia moderna y, además, dijeron que lo hacían por el bien de todos. O eso dijeron.
La Conferencia de Berlín se inauguró el 15 de noviembre de 1884 en la residencia del canciller alemán Otto von Bismarck. Allí estuvieron representados Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Dinamarca, España, Estados Unidos, Francia, Italia, el Reino Unido, los Países Bajos, Portugal, Rusia, Suecia y Noruega, y el Imperio Otomano. ¿Y los africanos? Ninguno. Los dueños del continente no estaban invitados a la reunión donde se repartiría su continente. En ese momento, el 80% de África seguía bajo control indígena. Los europeos solo dominaban costas, enclaves comerciales y algunas rutas del interior. El resto, seguía siendo africano. Pero eso no importaba. Porque en Berlín no se discutía si África debía ser colonizada. Se discutía «cómo» colonizarla sin que los europeos se mataran entre sí en el intento.
Bismarck, que organizó la conferencia, no lo hizo por amor a África. Lo hizo porque Alemania, recién unificada, llegaba tarde al reparto y quería su trozo antes de que los británicos y los franceses se lo zamparan todo. Así que, crearon una regla: para que una potencia reclamara un territorio, debía demostrar «ocupación efectiva» (presencia administrativa, control militar, infraestructura). Y, la verdad, es que suena razonable, pero en la práctica nadie cumplió la regla. Los europeos dibujaron fronteras en mapas sin pisar el terreno. Superpusieron líneas rectas sobre desiertos, selvas y ríos que no conocían. Dividieron etnias que compartían idioma y mezclaron pueblos que se odiaban desde antes de que existiera París. El Congo, por ejemplo, se lo regalaron a Leopoldo II de Bélgica como «posesión personal», no como colonia de Bélgica. Nigeria quedó partida entre británicos y franceses. Los «somali» fueron divididos entre cuatro potencias: Gran Bretaña, Francia, Italia y Etiopía. Los «bengalíes» de África Occidental acabaron en tres colonias distintas. Los «tutsi y hutu», que luego se matarían en Ruanda, fueron mezclados en fronteras que no habían elegido. Pero el verdadero genocidio no fue la conferencia en sí. Fue lo que vino después: la «ocupación efectiva» que se convirtió en conquista militar. Los europeos necesitaban cumplir la regla que ellos mismos habían inventado, así que enviaron ejércitos a someter a pueblos que no sabían que habían sido «repartidos».
Y cuando llegó la independencia, entre los años 50 y 60, los africanos heredaron esas fronteras absurdas. No pudieron cambiarlas porque la ONU, en su sabiduría, decidió que las fronteras coloniales eran intangibles para evitar guerras. El resultado: guerras civiles que duran décadas. Conflictos étnicos que no existían antes de Berlín. Estados fallidos donde la identidad nacional es una imposición cartográfica. Todo porque unos señores en Berlín, en 1884, decidieron que una línea recta era más elegante que una frontera natural.
Bismarck, el anfitrión de la conferencia, no era un africanista, organizó la conferencia no para repartir África con justicia, sino para evitar una guerra entre potencias europeas por África. Le importaba más que los franceses y los británicos no se pelearan por el Níger que el destino de los pueblos que vivían a orillas del Níger. África era el tablero donde los europeos jugaban a no matarse entre sí. Y los africanos eran las fichas. Cuando la conferencia terminó, los periódicos europeos celebraron el éxito diplomático. Habían evitado la guerra. Habían establecido reglas. Habían «civilizado» el proceso de colonización. Ninguno mencionó que habían condenado a un continente a siglos de explotación, violencia y fronteras imposibles.
Hoy, cuando miramos África y vemos guerras civiles, piratería en Somalia, conflictos en el Sahel, separatismos en Nigeria, genocidios en Darfur, no podemos ignorar el origen. No son conflictos «tribales» inherentes a los africanos. Son el resultado directo de un reparto que no les consultó, fronteras que no eligieron, y estados que no tienen sentido histórico ni cultural.
La Conferenciad de Berlín fue el mayor robo organizado de la era moderna. Con acta notarial, champán francés y canapés. Y todavía hay quien se pregunta por qué África no funciona.


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