En muchas ocasiones se piensa que la cerveza tiene su origen en los pueblos germánicos, y que, debido al Imperio Romano y la popularidad del vino, la cerveza no comenzó a elaborarse y a extenderse hasta poco después de las invasiones de los llamados bárbaros. La cerveza ya era conocida muchísimos años antes por civilizaciones tan antiguas como las de los sumerios o los egipcios. Tanto en el Alto como en el Bajo Egipto, esta bebida era conocida y fue en el Antiguo Egipto donde comenzó a existir una industria dedicada al cultivo de la cebada a orillas del Nilo y a la elaboración de la cerveza para su posterior consumo. El “invento” se atribuye al mismísimo dios Osiris, hijo de Nut, señor de Abidos y Busiris, dios del inframundo y juez de los muertos (el equivalente griego de Hades), es así Osiris el “espíritu regenerador”, el que hace germinar y regenerar cada año las cosechas gracias a las crecidas del Nilo. La cerveza pues, era muy preciada tanto por sus aplicaciones medicinales como por su valor alimenticio, según se refleja en fuentes clásicas y con más de 4.000 años, tales como papiros, jeroglíficos, estelas y autores como Cicerón o Diodoro de Sicilia, dan fe de la existencia de la cerveza en esos tiempos.

Cerveza Egipto

Antes que nada, hay que puntualizar que la cerveza en el Antiguo Egipto no era tal y como la conocemos hoy en día; su composición no era 100% cebada, tenía distintos ingredientes según el tipo de cerveza. Por lo general, estaba compuesta en gran parte por espelta (una variedad de trigo importado posiblemente de Palestina, Chipre o Turquía, ya que la cebada era mucho más cara) y luego existía cierta variedad de cervezas. La cerveza “corriente” solía ser espesa, turbia y de color rojizo, mientras que otras variedades como la cerveza para ofrendas a los dioses, la cerveza dulce o la salada, tenían otra composición. La cerveza dulce, por ejemplo, adquiría ese sabor al añadir dátiles o miel, ya que los antiguos egipcios desconocían la caña de azúcar y el azúcar de remolacha. Otro dato curioso es que esta cerveza “corriente” en ocasiones era tan espesa que no se bebía, se comía. Se podía filtrar y beberse después o tomarse con una pajita, pero también se comía, como el que hoy en día se come un puré, gazpacho, natillas o salmorejo.

Según un papiro del alquimista Zósimo de Panópolis, este era el proceso de elaboración que todos los cerveceros debían seguir…

Los granos germinados de cebada y espelta se trituran en un mortero, y con su harina se logra una pasta que se endurece con los pies en una cuba. Con esta masa se hacen los panes de cerveza, que se hornean, quedando algo húmedos en el interior. Una vez fríos, se parten e introducen en jarras con agua endulzada. Tras la adición de levadura, y terminada la fermentación, se trasiega a una cuba, diluyéndose y tamizándose varias veces la masa estrujada. El líquido final se guarda y se almacena en cuevas frescas.

Este método debía seguirse a rajatabla en todos los nomos (provincias), y el nomo (gobernador de provincia) era el responsable ante el faraón de que así fuese. Una vez elaborada, se procedía a sellar el recipiente con arcilla cocida para evitar mezclas y, a modo de lo que hoy conocemos como “denominación de origen”, se inscribía un jeroglífico en la tapa de dicho recipiente para certificar la calidad y procedencia de la cerveza.

La cerveza se usó también con fines medicinales e incluso como medio de pago en algunas ocasiones. Respecto a sus apliaciones medicinales, hay muchos remedios curiosos que se han rescatado procedentes de médicos y de las casas de la vida (Centros de la salud de la época). Algunos médicos como Hesy-Ra que vivieron en el 3.000 a.C o papiros como el de Ebers, Lahun o Hearst dan fe de la medicina egipcia. En lo que respecta a la cerveza, entre otros muchos remedios se utilizaba como diurético o para evitar resfriados tomar la cerveza en la que se ha dejado macerar una cebolla. Y como curiosidad, también tenían un remedio para los que abusaban de la cerveza y al día siguiente sufrían sus consecuencias en forma de resaca (“la fatiga que da el vino“, lo llamaba Plinio el Viejo): se recomendaba ponerse alrededor del cuello un collar de hojas de “ruscus racemosus“. Si alguien lo prueba, que avise de cómo le ha ido.

Colaboración de Pedro Sanmartín