Decimosegunda entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló.

Nuestra archienemiga de hoy es una mujer poco conocida, pero una auténtica heroína de la Antigüedad, la legendaria reina Zenobia de Palmira, mujer culta de fuerte temperamento y visión de estado que fue capaz de cubrir el vacío de poder en Oriente Medio durante la convulsa segunda mitad del siglo III. No es posible hablar de Zenobia sin hablar de su amada patria, Palmira (hoy cerca de Tadmor, Siria), por aquellos tiempos una de las ciudades más ricas y esplendorosas del Oriente romano. “La ciudad de los árboles de dátil”, traducido del arameo, estaba situada en el Oasis de Afqa y era paso obligado para las rutas de caravanas que unían Persia con las ciudades del oriente helenístico. Esa posición privilegiada hizo que las tribus nabateas que la habitaban prosperasen con el comercio, sirviendo de bisagra entre las dos grandes potencias de la época. Llegó a contar con 200.000 habitantes, una cifra espectacular para aquellos tiempos (en el 260 Emérita Augusta no contaba con más de 20.000 almas y Valentia o Saguntum no superaban las 8.000)

Septimia Bathzabbai Zainib, conocida hoy como Zenobia por la latinización de su nombre, nació en Palmira en el 23 de Diciembre del 245. Hija de un influyente ciudadano, Zabaii Ben Selim (Julio Aurelio Zenobio en las crónicas romanas), fue desposada con un príncipe local vasallo del Imperio y ciudadano romano desde tiempos de los Severos, Odainath, hijo de Hairán de Tadmor (más conocido como Septimio Odenato) No sabemos con certeza en qué fecha Odenato ascendió a la regencia de Palmira, pero se sabe por una inscripción que en el 258 ya ejercía el control de la ciudad.

Disfrutaron de una regencia tranquila hasta la gran crisis que estalló en el 260. El emperador Valeriano fue capturado por el rey persa Sapor I en Edesa (Siria) y conducido después como reo a Persépolis. Cuentan algunas fuentes que allí le hicieron beber oro fundido, le desollaron y con su piel hicieron un trofeo. Al margen una muerte tan ignominiosa, lo verdaderamente importante fue el vacío político y militar en que se sumió todo el Oriente romano tras la tragedia de Edesa. La sombra de una posible traición por parte de Macrino, el prefecto del pretorio, sumada a la falta de una clara dirección en las operaciones propició que los persas sasánidas saquearan buena parte de Siria, Cilicia y Capadocia.

Odenato, nada contento con el auge de su vecino Sapor y la nueva hegemonía persa en su área de influencia, intentó sobornarlo, pero el rey persa le devolvió sus regalos. Aquel desprecio provocó la ira de Odenato, obligándole a tomar parte en un conflicto del que ya no podía escabullirse. Desde tiempos de Adriano, Palmira era una ciudad libre, pero una guerra abierta entre persas y romanos era lo peor para el comercio, única fuente de ingresos de su ciudad-estado. Por sorpresa, decidió atacar a las tropas persas que volvían del saqueo de Antioquia en la ribera del Éufrates, abriendo las hostilidades con Persia.

No sólo tuvo Odenato que decantarse por un bando, sino también por un pretendiente al trono imperial. El elegido fue Galieno, hijo del difunto emperador. En una acción táctica de suma precisión, atacó y mató al otro aspirante a la púrpura, consiguiendo con ello una posición muy ventajosa y obteniendo el título honorífico de Totius Orientis Imperator. Desde el 262 hasta el 266 se dedicó a recuperar los territorios perdidos ante la ofensiva persa, incluso alguno más allá como Edesa, Carras y Nínive. Sus exitosas campañas reestablecieron el dominio romano en Oriente, aunque resultaba obvio que Odenato estaba supliendo la autoridad romana por su propio proyecto personal. Quizá por ello, o por simple envidia, cuando estaba a punto de lanzar una ofensiva contra los godos fue asesinado junto a su hijo mayor, Hairán (Herodes) por su sobrino Maconio. No se ha podido probar que la oscura mano de Roma estuviese tras aquel magnicidio, aunque fuese del todo apropiado para la débil administración imperial.

La muerte de su esposo y su hijo mayor dejó desconsolada y furiosa a la reina Zenobia. Su hijo Vabalato era aún menor de edad, por lo que el consejo de la ciudad le concedió la regencia de Palmira hasta que pudiese tomar el cargo de su difunto padre. Quizá por la sospecha de que Roma había orquestado aquel asesinato, o por ver realizado el gran sueño de su marido, Zenobia se declaró en rebeldía. La reina vio la oportunidad de ocupar el vacío de poder sasánida aprovechándose de la inestabilidad romana y formar un nuevo estado que mediase entre ambas potencias. Durante un tiempo lo consiguió. Llegó a ocupar grandes territorios en Asia Menor y deponer a un nuevo pretendiente romano en Egipto, incorporándolo a sus nuevos territorios. Zenobia era una mujer políglota, culta y refinada, formada en retórica, en cuya corte residían hombres de ciencias y probada sabiduría, como Pablo de Samosata, un teólogo cuya doctrina sería aplicada por su discípulo Arrio, el creador del arrianismo, una corriente cristiana que provocó multitud de problemas. No podemos afirmar si llegó a ser cristiana, es más probable que se acercase más al zoroastrismo.

Aquella sedición política y religiosa se tornó molesta y peligrosa para Roma. Una sucesión de emperadores endebles permitió que Zenobia expandiese y consolidase su poder, un sueño de independencia que se truncó cuando el Lucio Domicio Aureliano, nuevo emperador desde el 270, hombre fiero y curtido procedente de las legiones, entró en escena. En el 272, después de haber conjurado exitosamente una invasión de tribus alamanes en Italia y derrotado a los godos en Dacia, puso su vista sobre el problema oriental. El “Imperio de Palmira” reconocía a Aureliano como emperador, aunque reservaba el título de rex para Vabalato. Aquel formalismo que era del todo irrelevante en la práctica no era convincente para el emperador, así que cuando Aureliano se sintió fuerte lanzó una ofensiva contra los territorios controlados por Zenobia.

Fue una campaña rápida. Tras varios asaltos y destrucciones por parte de las legiones, el resto de ciudades de Asia Menor depusieron su sedición, así como Egipto y Siria. Tres batallas tuvieron lugar, Inmae y Emesa, en Siria, y la última que concluyó con el asedio de Palmira. Zenobia intentó huir con sus hijos de la ciudad y refugiarse en Persia, pero las tropas romanas la apresaron y la entregaron al emperador. Al conocerse su captura, la ciudad depuso su beligerancia y se firmó la paz.

La reina fue llevada a Roma y exhibida con cadenas de oro en el triunfo que el emperador celebró a su llegada. Cuenta la leyenda que Aureliano quedó tan prendado del porte y la belleza de la reina depuesta que le concedió un exilio digno, liberándola y asignándole una lujosa villa en Tibur (Tívoli, Italia) Es posible que acabara sus días allí, como esposa de algún senador.

Su retiro forzoso le salvó de ver como Palmira fue saqueada y destruida por las tropas romanas sólo un año después de su rendición. Desde la captura de la reina se habían producido varios enfrentamientos menores en la zona que Aureliano atajó con contundencia. El triste final de Palmira lo provocó una cadena de combates contra los persas en Egipto y Siria que desembocaron en su asalto y destrucción.

Palmira es a día de hoy un centro turístico de primer nivel en Siria, la Pompeya del desierto. Para leer una buena novela ambientada en esta época tan turbulenta, os recomiendo la magnífica “Puertas de Seda”, de Olalla García.

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