Cuando los militares se sublevaron contra la República en julio de 1936, el país quedó dividido en dos grandes zonas, pero aquello no significaba que cada una tuviera las ideas claras. En la zona republicana convivían anarquistas, comunistas, socialistas, republicanos y nacionalistas, unidos por su oposición a los sublevados, pero separados por profundas diferencias sobre cómo organizar la guerra y qué hacer con la revolución. En el bando franquista se habían juntado militares, falangistas, carlistas, monárquicos y católicos conservadores, una coalición que compartía enemigos, aunque no necesariamente el mismo proyecto de país. Todos tenían claro contra quién debían luchar. El problema era ponerse de acuerdo sobre quién debía mandar cuando llegara la victoria.

En la Barcelona revolucionaria del verano de 1936, los anarquistas de la CNT-FAI habían adquirido un enorme poder en las calles y en numerosos centros de trabajo. Se colectivizaron empresas, se organizaron milicias y se intentó transformar la sociedad mientras los hombres de Franco avanzaban por otros frentes. Para los anarquistas, la revolución no era un premio que se recogería al terminar la guerra, había que hacerla inmediatamente. Los comunistas, especialmente el PSUC en Cataluña, defendían reconstruir el Estado, fortalecer el Ejército y someter las milicias a una dirección centralizada. Consideraban que primero había que ganar la guerra y después ya se discutiría el resto. Los anarquistas sospechaban que ese después no llegaría nunca. Y el POUM, una organización marxista revolucionaria enfrentada al estalinismo, quedó atrapado en una disputa en la que disentir de Moscú podía convertirse en una actividad bastante peligrosa. La tensión estalló el 3 de mayo de 1937, cuando las fuerzas de orden público de la Generalitat intentaron recuperar el control de la Telefónica de Barcelona, donde los anarquistas mantenían una posición estratégica. Lo que comenzó como una operación para recuperar el control del edificio desencadenó varios días de barricadas, disparos y enfrentamientos entre organizaciones que, en teoría, estaban combatiendo al mismo enemigo. Barcelona se convirtió en un campo de batalla dentro del campo republicano. Hubo centenares de muertos y heridos, mientras los sublevados seguían teniendo un país entero que conquistar. La guerra contra Franco no se había detenido, pero algunos parecían convencidos de que era urgente resolver primero quién tenía razón en la revolución. Los sucesos de mayo reforzaron a quienes defendían la autoridad del Estado y debilitaron a los sectores revolucionarios más radicales. El POUM fue ilegalizado y sus dirigentes perseguidos. Su principal dirigente, Andreu Nin, fue detenido en junio de 1937 por agentes vinculados a los servicios soviéticos y asesinado. Su cadáver nunca apareció. La acusación de que era un agente de Franco formaba parte de la campaña que presentaba a los adversarios del estalinismo como enemigos infiltrados. La paradoja era extraordinaria: mientras miles de hombres combatían al fascismo, otros se dedicaban a perseguir a revolucionarios que también se consideraban antifascistas, pero que no aceptaban obedecer las órdenes de Stalin.

Los anarquistas tampoco eran una organización homogénea ni estaban dispuestos a aceptar sin más la subordinación al Gobierno. Los comunistas desconfiaban de su autonomía; los anarquistas sospechaban de las intenciones de los comunistas, y los militantes del POUM acabaron pagando especialmente cara su oposición a la línea estalinista. Detrás había teorías incompatibles sobre el poder, la propiedad, el Ejército y el futuro político de España. Además, una rivalidad podía convertirse en conspiración, una discrepancia en traición y un adversario político en alguien cuya desaparición parecía necesaria para salvar la revolución.

En el bando sublevado tampoco reinaba precisamente la armonía. Franco había conseguido reunir bajo una misma bandera a militares, falangistas y carlistas, pero aquellos grupos no tenían las mismas aspiraciones. Los falangistas soñaban con una revolución nacional-sindicalista; los carlistas defendían su tradición monárquica y católica, y buena parte de los militares quería restaurar el orden social y político que consideraba amenazado. Todos combatían a la República, pero eso no convertía sus proyectos en idénticos. Franco comprendió que, además de dirigir los ejércitos, debía evitar que sus aliados acabaran disputándole el poder. El 19 de abril de 1937 promulgó el Decreto de Unificación, que fusionó Falange y los tradicionalistas carlistas en una sola organización política: Falange Española Tradicionalista y de las JONS. La operación se realizó desde arriba, sin que los dirigentes de ambas corrientes pudieran decidir libremente las condiciones de la unión. Manuel Hedilla, dirigente falangista que se resistió a aceptar la nueva situación, fue detenido, juzgado y condenado a muerte. La pena fue conmutada, pero pasó años encarcelado. Franco había dejado claro que podía utilizar a sus aliados para ganar la guerra, pero no pensaba permitir que ninguno de ellos decidiera por su cuenta cómo debía ser el régimen resultante.

Y mientras los dirigentes discutían quién debía controlar la revolución o la futura España, la violencia se extendía mucho más allá de las disputas entre organizaciones. En la zona republicana se produjeron asesinatos, persecuciones y detenciones arbitrarias, especialmente durante los primeros meses, cuando el poder estatal se descompuso en numerosos lugares. En la zona sublevada, la represión adquirió un carácter sistemático contra quienes eran considerados enemigos del nuevo orden, con ejecuciones, depuraciones y castigos que continuaron después de la guerra. No fueron procesos idénticos en su organización, alcance ni duración, y meterlos en el mismo saco sería falsear la historia. Pero en ambas zonas la identificación del adversario político con una amenaza absoluta contribuyó a justificar una violencia que podía alcanzar también a quienes resultaban incómodos dentro del propio campo.

La última gran pelea interna de la República llegó cuando la derrota ya parecía inevitable. En marzo de 1939, con el Ejército republicano desmoronándose y Franco a punto de imponerse, el coronel Segismundo Casado se sublevó contra el Gobierno de Juan Negrín. Casado y sus aliados, entre los que había sectores socialistas y anarquistas, pretendían negociar una paz que evitara las consecuencias de una rendición incondicional. Los comunistas se opusieron al golpe, y Madrid volvió a llenarse de disparos entre hombres que hasta entonces habían compartido la lucha contra Franco. Durante varios días, los republicanos combatieron entre sí en una capital agotada, con la guerra prácticamente perdida y el enemigo acercándose a la victoria. Casado esperaba obtener unas condiciones de rendición más favorables, pero Franco no estaba dispuesto a concederlas. Exigió la rendición incondicional. A finales de marzo, las tropas franquistas entraron en Madrid y la República se derrumbó.

Golpe del coronel Casado

Golpe del coronel Casado

No se puede afirmar que la unidad republicana hubiera garantizado la victoria, porque la guerra dependía de muchos otros factores, entre ellos la ayuda militar extranjera, los recursos disponibles y la evolución de los frentes, pero aquellas luchas internas agravaron la descomposición de un bando que ya se encontraba en una situación desesperada. Cuando llegó el momento de la derrota, no todos estaban de acuerdo ni siquiera en cómo rendirse.

Quizá la lección más amarga de aquella tragedia sea que una guerra civil no necesita únicamente odio hacia el enemigo. También necesita la convicción de que el compañero que discrepa constituye una amenaza mayor que el hombre armado que tienes enfrente. En España hubo quienes lucharon por defender la República, quienes combatieron por la revolución, quienes quisieron imponer un Estado autoritario y quienes aprovecharon el caos para saldar cuentas personales. No todos perseguían los mismos objetivos ni fueron responsables de los mismos crímenes. Al final, mientras unos se mataban por decidir quién debía dirigir la revolución y otros se disputaban el control de la España que querían construir, Franco ganó la guerra.

Comparte