La historia la escriben los vencedores, pero sobre todo, la escriben los blancos. Durante décadas nos han vendido la Segunda Guerra Mundial como un tablero de ajedrez donde impecables oficiales aliados salvaban al mundo del fascismo. Lo que la letra pequeña de los manuales siempre olvida es el color de «la carne de cañón».

En 1939, Sudáfrica se sumó al esfuerzo bélico aliado contra el Eje. Unos 77.000 sudafricanos negros se alistaron voluntariamente en el frente a través del Native Military Corps. ¿Por qué demonios un hombre negro se jugaría el pellejo por un imperio británico que ya lo asfixiaba? Pues porque la alternativa en las zonas rurales del país era morirse de asco y de hambre. Además, existía esa conmovedora e ingenua idea de que, si demostrabas tu lealtad sangrando en la trinchera, a la vuelta te tratarían como a un ciudadano. Creían que el patriotismo se pagaba con derechos civiles. ¡Qué ingenuos!


La bofetada de realidad llegó antes de pisar el barro. Alistados por pura necesidad de mano de obra, las autoridades coloniales les aplicaron el primer filtro del racismo institucional: les prohibieron portar armas de fuego. No fuera a ser que a los nativos les diera por aprender a disparar, le perdieran el miedo al hombre blanco y se entusiasmaran demasiado. El colmo del cinismo de la Unión Sudafricana fue enviarlos a vigilar puertos y bases en el frente equipados con assegais (lanzas tradicionales) y porras de madera. Armas del siglo XIX para una guerra tecnológica del siglo XX. Así que los convirtieron en camilleros, porteadores y mecánicos; salvo cuando la pura supervivencia en el desierto les obligaba a arrebatarle un fusil a un cadáver. Unos 3.400 terminaron en campos de prisioneros alemanes e italianos tras la caída de Tobruk, sufriendo trabajos forzados y palizas brutales en condiciones deplorables.

Pero el verdadero insulto no llegó del enemigo, sino de los suyos. Al terminar la guerra en 1945, las delegaciones regresaron a casa. A los soldados blancos los recibieron con desfiles, fanfarrias y el programa oficial de desmovilización: jugosas pensiones, créditos preferenciales, formación laboral y concesiones de tierras. ¿Y a los combatientes negros? A ellos el Gobierno sudafricano, que ya estaba cocinando los ingredientes del apartheid que estallaría oficialmente en 1948, les entregó un traje civil de segunda categoría, una palmadita en la espalda y una gratificación económica miserable que apenas equivalía a una fracción de lo que recibían sus compañeros blancos. En las zonas rurales, donde el transporte era nulo, el colmo de la «caridad» estatal o de los fondos benéficos fue facilitarles una bicicleta barata o botas de desecho para que regresaran a sus chozas. La bicicleta y las alpargatas se convirtieron, con justa razón, en el símbolo de una humillación histórica.


Incluso héroes legendarios como Job Maseko, un prisionero de guerra negro que logró hundir un barco alemán en Tobruk usando una bomba casera fabricada con una lata de leche condensada y pólvora, terminaron muriendo en la más absoluta miseria. A Maseko le negaron la Cruz Victoria por el color de su piel. Ni las tumbas respetaron: por presiones racistas locales, los caídos negros fueron privados de lápidas individuales o directamente segregados en los registros militares británicos y sudafricanos.

Ochenta años después, la digestión de esta infamia sigue atascada. Un reciente documental sudafricano titulado Variations on a Theme (2026), ha venido a levantar las alfombras de este olvido. Y lo que han encontrado las nuevas generaciones no es solo el dolor del recuerdo, sino una paradoja miserable: la desesperación de los descendientes por rascar algo de justicia histórica ha provocado una oleada de estafas masivas. Falsos oficiales del Gobierno llevan tiempo cobrando «tasas de tramitación» a familias pobres a cambio de indemnizaciones de guerra que nunca llegan. Les roban dos veces: primero la dignidad, luego los ahorros.

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