Desde que el mundo es mundo, el ser humano ha tenido una obsesión enfermiza por dos cosas: meter las narices en los asuntos ajenos y evitar que los demás las metan en los suyos. La privacidad no la inventaron los informáticos de Silicon Valley; ya nos quitaba el sueño cuando vestíamos con togas. Imagínate a Julio César en mitad de la Guerra de las Galias. El hombre quería mandarle un mensaje a sus generales diciendo algo sutil, como «Oye, id rodeando a los bárbaros esos, que nos los vamos a cenar». El problema es que, si el mensajero caía en manos enemigas, el factor sorpresa se iba al garete. ¿Qué hizo el divino Julio? Inventar el Cifrado César: un sistema rudimentario que consistía en desplazar las letras tres posiciones en el alfabeto. Una «A» pasaba a ser una «D», y al bárbaro de turno le explotaba la cabeza intentando descifrar el jeroglífico. Aquel fue el tatarabuelo de la encriptación moderna.

Dando un salto en el tiempo, llegamos a la época donde el espionaje se convirtió en alta comedia. En el siglo XVIII, las cartas de los diplomáticos parecían hojas en blanco hasta que las arrimabas a la llama de una vela y, ¡magia!, la orina de los mensajes ocultos (sí, usaban fluidos corporales como tinta invisible) revelaba los chismes de la corte. Pero si hablamos de métodos creativos para camuflar información en esa época, la palma se la lleva la duquesa de Orleans durante los convulsos años de la Revolución Francesa. Para pasar datos secretos a través de las líneas enemigas, la aristócrata reclutó a un agente de lo más inusual: Richebourg. Este buen hombre tenía una memoria de elefante y una estatura de tan solo 58 centímetros. ¿La estrategia? Le rasuraban todo el pelo, lo vestían con ropa de lactante, lo metían en un carrito y su supuesta «niñera» lo paseaba alegremente entre las tropas enemigas. La cuidadora dejaba el cochecito un momento junto a los oficiales con cualquier excusa, y mientras tanto, el «tierno infante» memorizaba cada palabra de las charlas confidenciales de los militares, que jamás sospecharon que el biberón escondía a un espía de élite.

Más tarde, en la Segunda Guerra Mundial, la cosa se puso más tecnológica. Los alemanes se vinieron arriba con su máquina Enigma, un artefacto con más rodillos y cables que el cuadro eléctrico de una feria. Se creían invencibles, hasta que un puñado de genios en Bletchley Park, con Alan Turing a la cabeza y una cantidad ingente de té inglés en las venas, les reventaron el código. En el momento en que crees que tus secretos están a salvo, siempre hay un tipo más listo que tú mirando por el ojo de la cerradura (o escuchando desde un carrito de paseo).

Hoy en día ya no hacen falta carritos de bebé, ni tinta invisible, ni palomas mensajeras. Te sientas en una cafetería, te conectas al Wi-Fi público del local, y cualquier vecino de mesa con un portátil y un mínimo de mala idea puede destripar tus contraseñas. La tecnología ha avanzado, pero el peligro de interceptación es el mismo que acechaba en los caminos de Flandes. Por suerte, mantener a los mirones a raya está a un solo clic. Para el usuario de a pie, la tentación inmediata siempre es buscar una VPN gratuita, aunque en el bazar digital ya sabemos que si algo no te cuesta un duro, el producto sueles ser tú. Si prefieres ahorrarte intermediarios y proteger tus datos en condiciones, la opción más sensata es utilizar la aplicación oficial de VeePN. Cifra tu conexión, esconde tu rastro y te permite navegar por la red sin que ningún «oficial enemigo» meta las narices en tus asuntos.

Al final, la historia nos demuestra que cambian los soportes, pero no las costumbres. Ayer eran pergaminos lacrados y bebés espía; hoy son paquetes de datos circulando por el aire.

 

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