La política internacional siempre ha demostrado que no tiene memoria… solo intereses. Y si hay un episodio que certifica esa máxima, es la historia del átomo iraní, que tiene de todo: un padre que reniega de su invento, un par de aliados circunstanciales que hoy se apuntan con misiles, y una doctrina militar que el propio Irán ayudó a legitimar y que ahora se le ha vuelto en contra como un bumerán bien afilado. Empecemos por el principio, que es, cómo no, made in USA.
A mediados de los años 50, Estados Unidos lanzó el programa Atoms for Peace (Átomos para la Paz), con el que pretendía lavar la cara de la era nuclear —recién estrenada con dos bombas sobre Japón— repartiendo tecnología atómica civil por medio mundo como quien reparte caramelos en una fiesta infantil. Por entonces, el Sha de Persia, Mohammad Reza Pahleví, era el mejor amigo de Washington en la región: anticomunista, pro-occidental y, sobre todo, sentado encima de un océano de petróleo. En 1957 ambos países firmaron un acuerdo de cooperación civil, y diez años más tarde, en 1967, Estados Unidos le entregó a Irán su primer reactor de investigación: un cacharro de 5 megavatios alimentado con uranio enriquecido al 93%, el mismo nivel de enriquecimiento que hoy pone los pelos de punta a media inteligencia occidental. El Sha, que soñaba a lo grande, fundó en 1974 la Organización de Energía Atómica de Irán y contrató empresas occidentales para levantar una flota de centrales nucleares.
Mientras el Sha siguió en el trono, el programa nuclear iraní fue «transparente», «pacífico» y «civilizado» a ojos de la Casa Blanca. La razón no tenía nada de técnica: el dueño del juguete jugaba con las reglas que dictaba Washington. La hipocresía explotó en 1979, cuando el ayatolá Jomeini se hizo con las llaves de la casa y el mismo uranio, la misma tecnología y las mismas instalaciones pasaron, de la noche a la mañana, de «desarrollo pacífico» a «amenaza existencial para la humanidad». El nuevo régimen, en sus primeros años, ni siquiera quiso saber nada del asunto: lo consideraba un capricho occidental y decadente.
Pero antes de que Irán retomara el pulso nuclear por su cuenta, hay un episodio que pocos cuentan, y que demuestra que en Oriente Próximo los aliados de hoy son los enemigos de mañana con una facilidad pasmosa: en 1981, Irán e Israel fueron, durante un brevísimo periodo, aliados de facto contra una amenaza nuclear, la de Saddam Hussein.
Hay que rebobinar hasta la guerra Irán-Irak (1980-1988). A pesar de la retórica incendiaria de la recién nacida República Islámica, el pragmatismo se impuso a la ideología: Saddam, con su reactor Osirak —construido con tecnología francesa cerca de Bagdad bajo la excusa de la «investigación pacífica», pero con un evidente potencial para producir plutonio de grado militar—, representaba una amenaza que ni Teherán ni Jerusalén podían permitirse ignorar. Irán fue el primero en mover ficha. El 30 de septiembre de 1980, apenas ocho días después de que Saddam invadiera Irán, cuatro F-4 Phantom iraníes cruzaron la frontera en la llamada Operación Scorch Sword (la «espada abrasadora»): dos como señuelo, dos directos al reactor. Dañaron la cúpula y el sistema de refrigeración, pero no lograron neutralizar el núcleo, y el ataque solo retrasó el programa iraquí unos tres meses. Fue, en realidad, una lección de humildad tecnológica para una fuerza aérea que, tras la revolución, había perdido a buena parte de sus pilotos más experimentados y todo el apoyo logístico estadounidense.
Aquí es donde la historia se vuelve resbaladiza y conviene andarse con pies de plomo: según la versión más extendida, un Phantom de reconocimiento iraní habría sobrevolado Osirak el 30 de noviembre de 1980 para fotografiar los daños, y esas imágenes habrían acabado, por canales no del todo aclarados, en manos israelíes. Con esa información, sumada a su propio trabajo de inteligencia, Israel planificó el golpe de gracia: el 7 de junio de 1981, ocho F-16 escoltados por seis F-15 volaron a baja cota, burlaron el radar y redujeron Osirak a escombros en la Operación Ópera.
No hubo abrazos ni cumbres secretas. Fue, simplemente, una convergencia de intereses entre dos países que, oficialmente, ya eran enemigos declarados, pero que seguían compartiendo proveedor de armas (el propio Israel, que durante los primeros años de la guerra Irán-Irak siguió vendiendo material militar a Teherán) y un enemigo común mucho más urgente que sus diferencias ideológicas.
De aquel ataque nació la Doctrina Begin, formulada por el primer ministro israelí Menájem Beguín: Israel no permitirá que ningún enemigo regional desarrolle armas de destrucción masiva, y actuará de forma preventiva si hace falta. En 1981, esa doctrina no era una amenaza para Teherán: era una herramienta de saneamiento regional que beneficiaba a ambos. El régimen de los ayatolás observó en silencio, satisfecho de ver cómo su rival se quedaba sin su activo más peligroso. Lo que Irán no calculó entonces es que, al beneficiarse de aquel ataque, estaba ayudando a sentar un precedente que acabaría apuntándole a él: el derecho de un Estado a borrar preventivamente las capacidades nucleares de su vecino.
Irán retomó el pulso nuclear a finales de los 80 y lo fue ampliando en los 90. ¿La razón? El aislamiento internacional y las lecciones aprendidas en la guerra contra Irak les convencieron de que, en este mundo, o tienes dientes atómicos o te comen. Comenzaron a trabajar en dos vías: la pública (colaborando con rusos y chinos) y la clandestina (la parte que realmente empezó a oler a chamusquina). El gran teatro llegó en agosto de 2002, cuando un grupo de oposición iraní destapó la existencia de Natanz y Arak, instalaciones que funcionaban a espaldas de la AIEA. Ahí fue cuando el mundo se despertó, indignado, ante lo que llevaba décadas gestándose. La respuesta de Teherán ante la presión fue, bajo su óptica, irrefutable:
¿Cómo que no? Si la tecnología nos la disteis vosotros hace cuarenta años, tenemos el mismo derecho a usarla que cualquier otro.
Y aquí es donde la historia, que en 1981 cabía en un solo ataque aéreo contra un único objetivo, se ha vuelto mucho más canalla. El alumno aprendió bien del maestro: Irán blindó sus instalaciones bajo toneladas de roca y dispersó su conocimiento técnico por todo el país, precisamente para que el ataque preventivo dejara de ser una opción sencilla. No lo consiguió del todo. En junio de 2025, Estados Unidos golpeó directamente Fordow, Natanz e Isfahan en lo que se conoció como la Guerra de los Doce Días; a finales de febrero de 2026, una nueva campaña conjunta israelí-estadounidense volvió a sacudir el programa, esta vez incluyendo ataques sobre Bushehr y las instalaciones de agua pesada de Khondab. El OIEA, sin acceso a los emplazamientos desde junio de 2025, sigue sin poder confirmar qué fue de los más de 400 kilos de uranio enriquecido al 60% que Irán tenía catalogados antes de los bombardeos. Es decir, lo que en 1981 fue un ataque quirúrgico contra un objetivo único, hoy es una guerra prolongada contra una red dispersa y enterrada, sin que nadie sepa con certeza si el problema se ha resuelto o solo se ha escondido mejor bajo los escombros.
La historia del átomo iraní no es, en el fondo, una historia sobre los peligros de la energía nuclear. Es una historia sobre la hipocresía de la moral política: sobre cómo Washington regaló el juguete, Israel ayudó a destruir el de un tercero usando a Irán como cómplice ocasional, y cuarenta años después la misma doctrina que Teherán celebró en silencio en 1981 es la que hoy cae, con toda su fuerza, sobre su propia cabeza.


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