En el complejo tablero de la geopolítica global, Pakistán ha perfeccionado un papel que desafía sus constantes crisis internas: el de actor puente. Esta capacidad de actuar como un mediador indispensable no es un casualidad, sino el resultado de una estrategia para la supervivencia mediante la utilidad externa. El estamento militar, que no las instituciones civiles, ha institucionalizado una diplomacia transaccional que permite al país sentar a enemigos irreconciliables a la misma mesa. De hecho, la intervención de Pakistán en la crisis de 2026 no es un fenómeno nuevo, sino la evolución de una doctrina de mediación de alto impacto. Aquí tenéis los precedentes clave de esa «diplomacia de funambulista» que Pakistán ha perfeccionado a lo largo de las décadas:

  • El deshielo entre EE. UU. y China (1971). En plena Guerra Fría, cuando Nixon quería abrirse a Pekín pero no sabía cómo hacerlo sin que los soviéticos se enteraran, el presidente paquistaní Yahya Khan montó un «teatrillo» magistral. Henry Kissinger estaba de visita oficial en Pakistán cuando, supuestamente, sufrió una «indisposición gástrica» que le obligó a retirarse a una estación de montaña para descansar. En realidad, bajo el mayor de los secretos, fue escoltado hasta un avión de la aerolínea nacional paquistaní que lo llevó directamente a Pekín para verse con Zhou Enlai; aquel engaño gástrico cambió el mapa geopolítico del siglo XX.
  • La mediación en la Guerra Irán-Irak (años 80). Durante la sangrienta década de los 80, Pakistán no se quedó mirando cómo Irán e Irak se desangraban. El general Zia-ul-Haq, utilizando su posición dentro de la Organización para la Cooperación Islámica (OCI), lideró misiones de paz constantes entre Bagdad y Teherán. Aunque Sadam Huseín y Jomeini no eran precisamente fáciles de convencer, Islamabad se consolidó en esos años como la sede neutral donde los países musulmanes podían intentar arreglar sus diferencias sin la intervención directa de las superpotencias, ganándose la reputación de ser el «hermano mayor» que intenta poner orden en el patio.
  • Acuerdos de Ginebra de 1988. Pakistán se marcó un «baile de máscaras» magistral bajo la supervisión de la ONU para finiquitar la aventura soviética en Afganistán. Actuando como el interlocutor imprescindible que reconducía a unos muyahidines poco dados a la diplomacia, Islamabad firmó ante el mediador Diego Cordovez compromisos oficiales de no injerencia con el régimen comunista de Kabul —al que, con mucha sorna, ni siquiera reconocía como legítimo—. Fue una jugada maestra de doble fondo: mientras en los despachos suizos se vendía la paz internacional, en la frontera paquistaní se seguía engrasando la maquinaria de guerra y el flujo de misiles para asegurar que la URSS se marchara derrotada, convirtiendo la mediación de la ONU en el elegante contrato de mudanza que dejó a Pakistán como el verdadero dueño de las llaves del avispero afgano.
  • Los Acuerdos de Doha entre EE. UU. y los Talibanes (2018-2021). Pakistán siempre ha tenido una relación «complicada» (por no decir de hermanos que se pelean) con los talibanes, y Washington lo sabía perfectamente. Cuando la administración Trump decidió que ya era hora de salir del avispero afgano, Pakistán fue el pastor necesario para llevar a las ovejas al corral: presionaron a la cúpula talibán, liberaron a figuras clave como el mulá Baradar (que acabó siendo el negociador principal) y organizaron los puentes logísticos para que se sentaran a firmar en Qatar. Sin la «persuasión» de Islamabad, el acuerdo de 2020 que permitió la salida de las tropas de la OTAN habría sido, directamente, imposible de gestar.
  • La contención entre Arabia Saudí e Irán (2016 y 2019). Hacer de árbitro entre Riad y Teherán es como intentar mediar en una pelea de bar donde ambos tienen cuchillos y tú eres amigo de los dos. En 2016, tras la ejecución del clérigo Nimr al-Nimr, y de nuevo en 2019, tras los ataques a las refinerías de Aramco, el entonces primer ministro Imran Khan se convirtió en el mensajero de lujo. Pakistán se volcó en una «diplomacia de lanzadera», volando entre ambas capitales para evitar que la tensión religiosa y política terminara en una guerra abierta que habría incendiado todo el Golfo Pérsico; básicamente, Pakistán actuó como el extintor de incendios regional para evitar que sus dos grandes socios se mataran.

Estos precedentes otorgan a Islamabad la «autoridad de mediador» necesaria para intervenir en el actual enfrentamiento entre Washington y Teherán.

¿Y por qué lo hace? Como decíamos al comienzo, no es casual, sino que responde a una combinación de factores geográficos, económicos y estratégicos:

  • Pakistán comparte frontera con Irán, lo que le otorga una posición única como vecino directo en un momento en que la comunicación entre Washington y Teherán está restringida.
  • Pakistán depende casi por completo del petróleo y gas del Golfo Pérsico. El cierre del Estrecho de Ormuz y el aumento en los precios del combustible debilitan su economía.
  • Alrededor de 5 millones de trabajadores pakistaníes en el mundo árabe envían remesas que equivalen a la totalidad de los ingresos por exportaciones del país, lo que hace que la estabilidad regional sea una cuestión de supervivencia económica nacional.
  • Aun siendo de mayoría sunita, Pakistán alberga la segunda población chiíta más grande del mundo (15-20%), lo que le otorga una conexión orgánica con Teherán. De hecho, la muerte del líder supremo iraní al inicio del conflicto provocó protestas violentas en el país, incluyendo ataques mortales cerca del consulado de EE.UU. en Karachi, lo que obliga al gobierno a buscar la paz para evitar un desbordamiento del conflicto en su propio territorio. Simultáneamente, mantiene pactos de defensa con potencias suníes como Arabia Saudita, lo que les permite moverse en el sempiterno conflicto entre suníes y chiíes con una agilidad de cintura que pocos pueden permitirse sin acabar en el fango..
Y para cerrar el círculo, habría que ver por qué las partes lo aceptan como mediador.
  • Aceptación por parte de Estados Unidos:
    • El presidente Donald Trump ha desarrollado una relación cordial con el jefe del ejército pakistaní, el mariscal de campo Asim Munir, a quien se ha referido como su «mariscal de campo favorito». El catalizador real de esta relación fue la crisis fronteriza entre India y Pakistán de mayo de 2025 . Mientras el primer ministro indio Narendra Modi rechazó tajantemente la mediación de Trump, calificándola de «asunto bilateral», Munir la acogió abiertamente. Esta validación alimentó el ego del mandatario estadounidense. 
    • Pakistán entregó discretamente a un líder del ISIS implicado en un ataque contra tropas estadounidenses en Afganistán y se unió al Consejo de Paz de Trump para Gaza.
    • Tras un periodo de distanciamiento durante la administración Biden, Pakistán ha reconstruido hábilmente su relación con la segunda administración Trump.
  • Aceptación por parte de Irán:
    • Países como Omán y Qatar, que solían actuar como puentes, se vieron bajo el fuego o ataques de Irán durante este conflicto, lo que dejó a Pakistán como una de las pocas opciones viables y cercanas.
    • A pesar de sus fuertes lazos de defensa con Arabia Saudita, Pakistán ha mantenido una comunicación «discreta y útil» con Teherán, transmitiendo propuestas estadounidenses y recibiendo las contrapropuestas iraníes

Pero claro, todo esto tiene una ironía bastante amarga. Mientras Pakistán evita que medio mundo se desangre, no consigue controlar su propio patio trasero. Los talibanes afganos, a los que durante años utilizó como peones, ahora dan cobijo a grupos que atacan dentro de Pakistán. Es como criar un perro guardián que un día decide morderte a ti. Y por si fuera poco, la solución de deportar a millones de refugiados afganos es una bomba de relojería humanitaria. Gente que nació en Pakistán y no ha pisado Afganistán es enviada a un país que no reconoce como suyo. Pan para hoy, resentimiento para décadas.

Así que aquí está la paradoja: un país capaz de sentar a enemigos irreconciliables en una mesa… pero incapaz de cerrar la puerta de su propia casa.

 

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