Sexto mes del calendario romano consagrado a la diosa cazadora, Diana. Su obvio nombre ordinal perduró hasta que, como ya había sucedido con su predecesor Cayo Julio César, un decreto del Senado dictaminó cambiar el nombre del mes por el del incuestionable princeps de la república, salvador del estado e hijo adoptivo del dictador vitalicio asesinado, Cayo Julio César Augusto.

Las causas que adujeron los padres de Roma para dicho nombramiento han llegado con claridad hasta nuestros días:

Mientras que el emperador Augustus Caesar, en el mes de Sextilis, primero fue admitido al consulado, y tres veces entró en la ciudad en triunfo, y en el mismo mes las legiones, del Ianiculum, se colocó bajo sus auspicios, y en el mismo mes Egipto fue traído bajo autoridad de la gente romana, y en el mismo mes un extremo fue puesto a las guerras civiles; y mientras que por estas razones el mes dicho está, y ha sido, el más afortunado a este imperio, él es decretado por este medio por el senado que el mes dicho será llamado Augustus

Cierto es que la vida y hechos del princeps y Sextilis estuvieron íntimamente ligados: fue el mes en que se le invistió por primera vez como cónsul, el mes en el que celebró tres triunfos, el mes en que incorporó Egipto a la república y, con ello, acabaron las guerras civiles que asolaron la vieja Roma desde tiempos de Sila y Mario hasta Marco Antonio y Cleopatra… y también fue el mes en el que Augusto murió. Se dijo tiempo después que fue Augusto quien equiparó el mismo número de días en su mes que en Iulius para no desmerecer a su antecesor, pero lo cierto es que en la reforma del calendario realizada por el sabio alejandrino Sosígenes por orden de César en el 45 a.C. el mes de Sextilis ya tenía 31 días.

El segundo día de las Kalendas de Sextilis era festivo pues conmemoraba las campañas de César en la Hispania Citerior cuando fue propretor de la provincia y se dedicó a saquear la Gallecia para recuperar fondos con los que saldar sus deudas astronómicas. Esta festividad coincidía con los Juegos Píticos en honor a Apolo Pitio. Se celebraban cada cuatro años, sin coincidir con los Olímpicos.

El día 12 estaba consagrado a Hércules. Se sacrificaba un toro al semidiós por la mañana, se le ofrendaba por la tarde y, a la luz de las antorchas, se realizaba una procesión cuyo final incluía un banquete en el que se consumía la carne y piel de la víctima. Puede ser éste el inicio de las festividades taurinas veraniegas.

El día siguiente comenzaban las Vertumnales, las festividades mayores de Vertumno, dios de origen etrusco garante del tránsito de las estaciones y los cambios, protector de los sembrados y patrón del comercio. La noche del 13 era considerada la más calurosa del año, por ello tenían lugar en ella ritos sagrados en honor a Diana en el que las devotas de la diosa acudían al bosque engalanadas con guirnaldas, las vestales portaban su fuego sagrado a la diosa, que blandía aquella noche una antorcha en su templo provisional, y se realizaban sacrificios y exvotos en su honor. Las fiestas se prolongaban hasta el día 15, donde la juventud era purificada en las aguas y se realizaba un banquete a base de cabrito asado, vino y tortas humeadas sobre ramas de manzano repletas de fruta de temporada.

El día 17 se rendían dos cultos menores; Portuno, divinidad de las puertas y puertos cuya única aportación a nuestros tiempos es el adjetivo “inoportuno”, y Tiberino Silvio, uno de los reyes legendarios de Alba Longa en los tiempos oscuros que transcurrieron entre Eneas y Rómulo que murió luchando en el río. Sus vasallos rebautizaron aquel cauce con su nombre; el río Tíber.

El día 19 tenía lugar la Vinalia, una festividad en honor al gran padre Júpiter en la que se clamaba su protección de las viñas ante las tormentas veraniegas que podían arruinar la cosecha. Augusto murió el día 19 del 14 d.C.

El día 21 se celebraba las Consuales, las fiestas del dios Conso, protector de los silos y el grano. Este día se ofrecían al dios las primeras espigas y se realizaban competiciones de tiro a caballo, engalanados y liberados de sus tareas comunes, como aún se hace en muchas localidades de la provincia de Valencia con el tradicional “Tiro y Arrastre”.

En línea con la protección de las cosechas, el día 23 se celebraba la Vulcanalia, las fiestas del dios del fuego, Vulcano, implorando su protección ante los incendios estivales que podían devorar los trigales en un suspiro. Es curioso que antes de existir la especulación inmobiliaria los romanos ya temían a los pirómanos…

El mes concluía con dos festividades menores, las Opiconsives el día 25 y las Volturnales el día 27. Las primeras estaban dedicadas a Ops Consiva, divinidad subterránea de la abundancia agrícola, mientras que las segundas lo eran a Volturno, divinidad arcaica de los ríos y responsable de las temidas crecidas otoñales.

Colaboración de Gabriel Castelló autor de Valentia

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