Hay ideas que nacen modestamente, casi de pasada, en una carta de un monje medio olvidado, y con el tiempo terminan convertidas en herramientas de legitimación de primera categoría. La de «Moscú, la Tercera Roma» es una de ellas.
En 1453, los otomanos conquistaron Constantinopla, la capital del Imperio romano de Oriente. Para el mundo ortodoxo fue un cataclismo. La «Nueva Roma», heredera de la tradición imperial romana y centro de la cristiandad oriental, había caído en manos musulmanas. La antigua Roma, por su parte, llevaba siglos separada de la Iglesia oriental. Desde la perspectiva ortodoxa, los latinos se habían apartado de la verdadera fe y habían abrazado doctrinas consideradas heréticas. La pregunta era inevitable: si Roma se había desviado y Constantinopla había caído, ¿quién ocupaba ahora el lugar de la cristiandad ortodoxa?
Moscú tenía algunos argumentos para presentarse como candidata. Iván III, conocido como Iván el Grande, estaba unificando los territorios rusos bajo la autoridad de Moscú. En 1480, en el enfrentamiento del río Ugrá puso fin, en la práctica, a la dependencia moscovita de la Horda de Oro. Uno de los primeros antecedentes importantes de esta construcción aparece en 1492, en un texto del metropolitano Zósima. En él presentó a Iván III como un nuevo Constantino y habló de Moscú como una nueva Constantinopla. Aquello no era todavía la formulación completa de la doctrina de la Tercera Roma, pero el terreno estaba abonado. Moscú podía presentarse como heredera de la tradición imperial cristiana y como último gran centro de la ortodoxia. La formulación clásica llegó unas décadas más tarde, de la mano de Filoféi, monje del monasterio de Yelizarov, cerca de Pskov. Hacia 1523-1524 escribió varias cartas, una de ellas dirigida al diácono Mijaíl Misiur-Munejin y otra al gran príncipe Basilio III. En una de aquellas cartas aparece la frase que acabaría dando la vuelta al mundo:
Dos Romas han caído, la tercera permanece en pie y no habrá una cuarta
Parece el lema perfecto para una potencia convencida de haber recibido una misión histórica. El príncipe no recibía carta blanca; recibía una responsabilidad religiosa de las que dan miedito. Si Moscú era el último bastión de la ortodoxia, también podía convertirse en el último responsable de su caída. La idea ofrecía, eso sí, un lenguaje muy útil para presentar a Moscú como heredera de una tradición imperial y defensora de la ortodoxia. Podía sacralizar la autoridad del soberano, reforzar la independencia de la Iglesia moscovita y alimentar la sensación de que el zarato no era un Estado cualquiera, sino una potencia con una misión especial. En determinadas coyunturas, también podía revestir de misión religiosa la expansión política. La idea adquirió una relevancia institucional más visible en 1589, cuando se creó el Patriarcado de Moscú. Este episodio es importante porque demuestra que la idea había dejado de ser una reflexión aislada de un monje y había entrado en el lenguaje oficial de la Iglesia. Podía utilizarse para reforzar el prestigio de Moscú y su posición frente a las demás Iglesias ortodoxas.
La transformación decisiva llegó mucho después. A mediados del siglo XIX, historiadores rusos publicaron y difundieron varios textos del siglo XVI relacionados con la idea de la Tercera Roma. Muchos interpretaron aquellas fuentes como la prueba de que Rusia había poseído desde antiguo una misión imperial y una vocación de expansión permanente. Algunos (interesados) encontraron un argumento para presentar a Rusia como una civilización distinta de Occidente y como la principal protectora de los pueblos ortodoxos y eslavos. El pasado, convenientemente editado, siempre ha sido un excelente funcionario de propaganda.
La ironía del asunto es que una idea nacida para recordar al poder sus deberes religiosos acabó sirviendo, en determinados momentos, para reforzar el poder casi sin límites. Nada nuevo: un texto religioso se separa de su contexto, se convierte en símbolo y termina siendo utilizado para fines nuevos. Y cuando una potencia empieza a considerarse la última defensa de la verdad, sus guerras dejan de parecer conquistas: se presentan como deberes. Una idea nacida como sermón terminó convertida en eslogan imperial y fue la principal justificación ideológica para el expansionismo imperial, la autocracia y, en tiempos modernos, el mesianismo político del Kremlin. Aunque la Unión Soviética interrumpió el relato religioso, mantuvo el mesianismo (Moscú como el faro del comunismo mundial). Hoy en día, el gobierno de Vladímir Putin y la Iglesia Ortodoxa Rusa han revivido esta retórica bajo el concepto de Russkiy Mir (el Mundo Ruso), justificando la confrontación con Occidente y la intervención en países como Ucrania para defender «valores tradicionales» frente a la supuesta degradación occidental.


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