La misión Artemis II a la Luna ha llegado a su fin con el regreso a la Tierra de sus cuatro tripulantes. Ha sido todo un éxito que ha servido para poner a prueba la tecnología más avanzada hasta la fecha y que servirá para que la humanidad pueda volver a pisar, como ocurrió hace 57 años, la superficie lunar: será previsiblemente en 2028 con la misión Artemis IV. Así que, parece acertado recuperar la historia de Robert Goddard.
En 1920, este físico de la Universidad de Clark (ojo, que no era un aficionado con tiempo libre, sino un doctor por Princeton) publicó un tratado titulado A Method of Reaching Extreme Altitudes. En él, soltó una idea que hoy no tiene nada de revolucionaria, pero que en la época sonó a delirio de manicomio: los cohetes pueden funcionar en el vacío absoluto. Al día siguiente de su publicación, el New York Times decidió que Goddard no merecía el beneficio de la duda. En un editorial, titulado Strains credulity (Pon a prueba la credulidad) y que ha pasado a los anales de la vergüenza periodística, tachaba de imposible el lanzamiento de un cohete fuera de la atmósfera porque, en ausencia de oxígeno, el propulsor dejaría de arder, acusando al físico de no conocer siquiera los fundamentos de la física que se enseña en la escuela secundaria (el editorialista estaba obviamente equivocado, porque los motores de combustible líquido llevan el ‘oxidante’, oxígeno líquido en este caso, que se mezcla con el combustible durante el funcionamiento).
Goddard, que era un tipo reservado y un pelín paranoico, no se dedicó a discutir en las cartas al director. Consiguió el apoyo de los Guggenheim y el aviador Charles Lindbergh, y se puso a trabajar en secreto. El 16 de marzo de 1926, en una granja de Massachusetts propiedad de su tía Effie, Goddard hizo historia con Nell, el primer cohete de combustible líquido de la humanidad. Voló durante poco menos de 3 segundos, ascendiendo 14 metros a unos 100 kilómetros por hora, antes de estrellarse, pero podríamos decir que fue el equivalente al vuelo de los hermanos Wright (con gasolina y oxígeno líquido). Mientras Estados Unidos se reía o lo ignoraba, en la Verein für Raumschiffahrt (Sociedad para el Viaje Espacial), asociación de cohetería alemana fundada en 1927 que jugó un papel fundamental en el desarrollo de la tecnología de cohetes reuniendo a científicos e ingenieros visionarios antes de la Segunda Guerra Mundial, devoraban sus patentes. Años más tarde, cuando preguntaron Wernher von Braun, el ingeniero aeroespacial que diseñó el Saturno V, el cohete más potente utilizado en el programa Apolo (1967-1973) para llevar al ser humano a la Luna, cómo había diseñado sus cohetes, respondió con una franqueza demoledora:
Pregúntenle a Goddard. Nosotros solo le hemos copiado.
Goddard murió en 1945, viendo cómo sus ideas se usaban para destruir Londres con las V-2 alemanas, pero sin ver a un hombre en el espacio. Sin embargo, la historia tiene un sentido del humor muy negro. El 17 de julio de 1969, mientras el Apolo 11 surcaba el vacío camino a la Luna impulsado por principios que Goddard había patentado décadas atrás, el New York Times publicó una brevísima nota de corrección:
Investigaciones y experimentos posteriores han confirmado los resultados de Isaac Newton en el siglo XVII y ahora se ha establecido definitivamente que un cohete puede funcionar en el vacío tan bien como en la atmósfera. El Times lamenta el error.
Llegaron 49 años tarde. Para entonces, Robert Goddard ya no era el «iluminado de Massachusetts», sino el dueño de 214 patentes que el gobierno de EEUU tuvo que pagar a precio de oro a su viuda en 1960 para poder seguir explorando el espacio (se dice que algo más de un millón de dólares).

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