Estamos en la Alemania de 1900, un país que construye acorazados, compone sinfonías y fabrica filosofía al por mayor. Un país que, sin embargo, tiene un problema técnico con las mujeres: no puede imaginar que una de ellas sepa más química que todos sus catedráticos juntos. Clara Immerwahr estaba a punto de demostrarles que se equivocaban. Y ellos iban a pasarse el resto de la historia intentando que nadie se enterase.
Clara Immerwahr nació en 1870 en Polkendorf, antiguo nombre alemán de Wojczyce, en la Baja Silesia, donde su padre cultivaba la tierra y, cosa rara para la época, también cultivaba la inteligencia de su hija. Clara leía todo lo que caía en sus manos, preguntaba por qué a todo lo que se movía, y a los doce años ya era la pesadilla de cualquier maestro de pueblo que se conformase con lo habitual. La química la atrapó pronto, con esa crueldad con que los grandes amores atrapan a la gente sin pedirles permiso. El problema era que en el Imperio Alemán de finales del XIX, las universidades no admitían mujeres. Así, sin más. El conocimiento era cosa de hombres, como la guerra, el voto y sentarse en primera fila. Clara tuvo que pelearse durante años con las instituciones, convencer a catedráticos escépticos de que aquella señorita con cerebro de científica no era un fenómeno de feria, y ganarse cada centímetro de suelo académico con las uñas.

En 1900 lo consiguió. Primera doctora en Química de toda Alemania. Con matrícula de honor. El tribunal de examinadores, todos hombres, todos con barba, todos convencidos de que aquello era una anomalía pasajera, tuvo que reconocer que la señorita Immerwahr sabía más que la mayoría de sus colegas con pantalón. El discurso que pronunció aquel día fue elegante, preciso y lleno de una esperanza que la historia se encargaría de hacer trizas.
El matrimonio como trampa con mantel de encaje
El Nobel que lo cambió todo
En 1909, Fritz Haber logró sintetizar amoniaco a partir del nitrógeno del aire. Un logro monumental. El proceso que hoy alimenta a la mitad de la humanidad. Clara entendió perfectamente lo que aquello significaba —lo entendía mejor que nadie porque había trabajado junto a él durante años— y se alegró con la sinceridad de quien ama la ciencia por encima de los celos conyugales. Lo que no imaginaba es que aquel mismo cerebro prodigioso, capaz de arrancarle el pan al vacío, iba a ponerse a continuación al servicio del Estado alemán para fabricar maneras más eficaces de matar personas.
Cuando estalló la guerra en 1914, Haber se ofreció al ejército con el entusiasmo de un converso. Su idea era simple y atroz: usar gases tóxicos como arma de guerra. Cloro, fosgeno, gas mostaza. Matar desde lejos, sin balas, con la eficiencia de la química industrial aplicada a la carne humana. Clara se puso delante. Las conversaciones que tuvieron durante esos meses nadie las grabó, pero sus cartas y los testimonios de la época dejan bastante claro el tono: ella le decía que aquello era una perversión, que estaban ensuciando la ciencia, que había una diferencia moral abismal entre usar el conocimiento para dar de comer a la gente y usarlo para asfixiarla en una trinchera. Él le respondía que era la guerra, que todos los países hacían lo mismo, que el que ganase primero salvaría más vidas a largo plazo. El argumento favorito de todos los que hacen algo monstruoso: que en el fondo es por el bien común.
Ypres. El jardín. La pistola.
El 22 de abril de 1915, Fritz Haber supervisó en persona el primer gran ataque con gas cloro de la historia en Ypres, Bélgica. Ciento sesenta y ocho toneladas de veneno amarillo-verdoso barrieron las posiciones aliadas. Los soldados morían con los pulmones disueltos, convulsionando en el barro, sin entender qué cosa invisible los mataba. Haber regresó a Berlín satisfecho. Aquella noche hubo una fiesta en su casa para celebrar el éxito. Clara no celebró nada.
En la madrugada del 1 al 2 de mayo de 1915, en el jardín de su casa de Berlín, Clara Immerwahr cogió la pistola de servicio de su marido y se disparó en el pecho. Tenía cuarenta y cinco años. La encontró su hijo Hermann, de doce años, que salió corriendo al oír el disparo. Murió en sus brazos. Algunos historiadores han debatido si fue un suicidio de protesta o simplemente el colapso de una mujer destrozada por años de invisibilidad, frustración y horror moral. Probablemente fue las dos cosas. La línea que separa el gesto político de la desesperación personal es, en los casos extremos, una línea que no existe.
Al día siguiente, Fritz Haber cogió el tren hacia el frente oriental para supervisar otro ataque con gas. Tenía órdenes. Tenía compromisos. Tenía, por lo visto, una capacidad para compartimentar la vida privada y la vida profesional que habría dejado con la boca abierta a cualquier psicólogo.
Lo que Alemania prefirió no recordar
Durante décadas, Clara Immerwahr fue poco más que una nota a pie de página en la biografía de su marido. La esposa de Haber. La que se suicidó. Su doctorado, su trabajo, sus cartas, su valentía intelectual: archivados en algún cajón húmedo de la historia oficial, que tiene una habilidad prodigiosa para recordar a los hombres que hacen cosas grandes y olvidar a las mujeres que les hacen posibles. No fue hasta los años ochenta y noventa cuando investigadoras feministas empezaron a desenterrar su figura con la obstinación de quien sabe que debajo del olvido hay algo que merece la luz. Hoy tiene calles con su nombre en Alemania, premios universitarios, obras de teatro, documentales. El reconocimiento póstumo que la historia concede cuando ya no puede hacer nada por la persona que lo merecía en vida.
Su hijo Hermann, el que la encontró aquella noche en el jardín, nunca se recuperó del todo. Emigró a Estados Unidos, se alejó de la ciencia, y se suicidó en 1946. La sombra de aquella madrugada de mayo lo acompañó durante treinta años.
Qué habría sido Clara Immerwahr si…
Es la pregunta que queda flotando cuando uno cierra los libros y apaga la luz. Si hubiera nacido cincuenta años después. Si la universidad no hubiera sido un club de señores con barba. Si el matrimonio no la hubiera devorado. Si su marido hubiera tenido la decencia de escucharla.
Habría sido, con toda probabilidad, una científica de primera línea. Tenía el cerebro para ello. Tenía la tenacidad. Tenía, sobre todo, algo que Fritz Haber no tenía en cantidad suficiente: la capacidad de preguntarse si lo que estaba haciendo era correcto. Esa pregunta incómoda que los grandes científicos a veces se saltan porque les estorba en el camino hacia la gloria. Clara Immerwahr no se la saltó. Y eso, en el mundo en que le tocó vivir, le costó todo.
La ciencia que no se pregunta a dónde va no es ciencia: es una navaja en manos de un ciego. Clara lo sabía. Lástima que nadie la escuchase.

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