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Es con el hierro, no con el oro, con lo que se libera la patria

09 oct
9 octubre 2014

Allá por el siglo IV a.C. Roma era una incipiente República, comprimida en el centro de la pení­nsula itálica, cuya única alternativa de crecimiento era absorber en su expansión a todos aquellos pueblos que la rodeaban. Etruscos, samnitas, ecuos y volcos acabaron durante aquella época bajo el yugo romano. Corrí­a el año 391 a.C. Roma mantení­a una situación tensa, y en ocasiones beligerante, con su vecino del norte, Etruria.

Pocos años atrás habí­a cruzado los Alpes una tribu gala, los senones para ser más concretos, comandada por un individuo peculiar, el rey Breno, el único jefe de tribus celtas que consiguió ceñirse una corona en la Galia antes de Vercingetorix. Se establecieron en la zona que después pasó a llamarse Galia Cisalpina (el actual valle del Po) sacando de allí­ a los umbrios que habitaban aquellas tierras. La ambición de Breno no se conformaba con aquel nuevo territorio. Ese mismo año, viendo la debilidad del vecindario y la posibilidad de agenciarse un botí­n rápido y cuantioso, los senones atacaron Etruria, asediando la ciudad de Clusium (Chiusi, en la Toscana) Los etruscos, sopesando el mal menor entre las dos temibles fuerzas que les aprisionaban, pidieron ayuda a Roma, ayuda que llegó a tiempo. El desencadenante de las hostilidades entre galos y romanos fue Quinto Fabio, uno de los enviados por Roma, el cual mató a uno de los lí­deres galos durante las negociaciones. Aquella vil intromisión romana, y la total ausencia de represalias por semejante injuria por parte del Senado, enojaron de tal modo al rey Breno que, sintiéndose insultado, levantó su campamento y se plantó frente a Roma.

Galos

La Urbe no tení­a por entonces al frente de sus legiones a ningún hombre enérgico. El único capaz de detener a Breno, Marco Furio Camilo, se encontraba ausente, exiliado voluntariamente en Ardea después de haber sido acusado por el tribuno de la plebe Lucio Apuleyo de malversar fondos del inmenso botí­n obtenido tras la rendición de la ciudad etrusca de Veyes. Según marca la tradición, el 18 de Julio del 390 a.C. los galos masacraron a las tropas romanas comandadas por Quinto Sulpicio en la batalla del rí­o Alia, muy cerca de Roma. Los flancos, ocupados por las tropas más inexpertas y peor equipadas, cedieron a la presión y la masa gala envolvió al grueso de la infanterí­a pesada. Los supervivientes de aquel desastre llegaron a Roma presos de pánico, encaramándose hacia el Palatino sin pensar en cerrar las puertas. Gracias a tamaña negligencia los galos entraron a sangre y fuego en las calles de Roma. Casi toda la documentación anterior a este dí­a se perdió para siempre devorada por el fuego y la barbarie. Tuvieron que pasar setecientos años para que pudiera repetirse agravio similar de manos de una horda bárbara…

Los restos de la milicia y los ciudadanos que pudieron escapar a los saqueadores se refugiaron en el Capitolio, la acrópolis de la antigua Roma, mientras los galos saqueaban el resto de la ciudad a conciencia. La Curia, gracias a la doble proeza de un intrépido mensajero, reclamó a Camilo su intervención pues consideraba al antiguo dictador como único militar capaz de sacar a los galos de Roma. La leyenda reza que los romanos desbarataron un ataque galo al Capitolio gracias al aviso del ganso del templo de Juno, desde aquel dí­a animal sagrado. Camilo sólo accedió a volver a la ciudad si era el pueblo quien lo solicitaba y le ratificaba de nuevo como dictador. Así­ fue como sucedió…

Camilo reorganizó a los fugitivos y a las tropas dispersas y, con la ayuda de su magister equitum Lucio Valerio, sorprendió y cercó a los confiados galos. Breno, viéndose atrapado por la resistencia del Capitolio y el ejército de Camilo, sin ví­veres después de varios meses de cerco y rodeado de destrucción y miseria, accedió a pactar un rescate para liberar la ciudad. Aquí­ la historia se mezcla con la leyenda. Supuestamente, el rey galo trucó las pesas que medirí­an el pago del rescate, mil libras de oro (aproximadamente 327 Kg.) Alguno de los parlamentarios del Capitolio debió de percatarse de ello y recriminarle su trampa. Breno, furioso, echó su espada a la balanza y le respondió con la famosa frase “Vae Victis!” (¡Ay de los vencidos!)

Vae Victis

Camilo, en nada conforme con acceder a pagar aquel rescate, como dictador plenipotenciario desautorizó el trato y le contestó a Breno con otra fase célebre: “Non aurum sed ferrum liberanda patria est” (Es con el hierro, no con el oro, con lo que se libera la patria). Marco Furio Camilo aplastó dí­as después a los galos y entró triunfal en Roma, siendo aclamado como pater patriae y conditor alter urbis (padre de la patria y segundo fundador de la ciudad)

La amarga jornada del 18 de Julio quedó marcada en la ciudadaní­a romana durante generaciones. Cada aniversario del saqueo los perros guardianes del Capitolio eran crucificados en castigo a su negligencia. Aquellas ejecuciones tení­an unos espectadores especiales. Los gansos del templo de Juno, los únicos que alertaron al pueblo del ataque galo, eran llevados frente a las cruces y aposentados en cojines de púrpura…

Poco más se sabe de aquel rey rudo y visceral. Se dice que murió de un coma etí­lico, voluntario o forzoso, después de ingerir una cantidad indecente de vino. Una muerte muy bárbara para el primer hombre que hizo temblar a Roma.

Colaboración de Gabriel Castelló
Imagen: Breno el Galo

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Simón ben Kojba, el verdadero Mesías

25 jun
25 junio 2012

Nuestro archienemigo de hoy fue un hombre religioso y patriótico, una verdadera molestia para un Imperio cada vez más helenístico. Su obstinación y sedición provocó una de las represalias más sangrientas de la Historia, además ordenada por un personaje al que el paso del tiempo lo ha catalogado como más un filósofo que un militar.

Trigésima entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló 

No se sabe con exactitud cuando nació Simón ben Kojba (שמעון בן כוסבא), también llamado ben Koziba (בן כוזיבא) en otras fuentes, quien acaudilló la gran rebelión de los judíos contra el Imperio Romano. Su nombre entró en la Historia cuando el Taná Raví Akiva ben Iosef, sabio rabínico y persona influyente del Sanedrín, le concedió el nombre de Bar Kokeba (del arameo “Hijo de una Estrella”, en referencia al versículo bíblico Números 24:17, “Descenderá una estrella de Iacob”) De esta manera, Akiva señaló a Ben Kojba como el auténtico Mesías que liberaría al pueblo judío de sus opresores.

Pero, ¿por qué el tal Akiva avivó una rebelión en toda regla contra las autoridades romanas? La explicación es sencilla: tras la toma de Jerusalén por las tropas del hijo del emperador Vespasiano, Tito, en el año 70, el delicado equilibrio entre gobierno romano y tradición judía que se había iniciado con Herodes se rompió. La ciudad fue ferozmente saqueada, el Templo incendiado y destruido y muchos de los elementos sagrados del culto judío acabaron exhibidas como botín del Flavio durante su Triunfo por las calles de Roma. A la humillación religiosa se unió el casi un centenar de millar entre muertos y esclavos que originó aquella rebelión de los sicarios. El Sanedrín no volvió a reunirse nunca más en Jerusalén, fue desplazado a Yavne y una legión, la Décima Fretensis, quedó como custodia de la provincia de Judea, con un pretor y no un prefecto como su máxima autoridad. En equivalencia a nuestros días, Roma aplicó en la zona una especie de ley marcial.

Destrucción del Templo de Jerusalén

Sesenta años después, el emperador Adriano decidió remodelar de nuevo la vieja ciudad, pero llamándola Aelia Capitolina (Aelia por su nombre, Publio Elio Adriano, Capitolina por el Gran Padre Júpiter). No contento con eso, en su línea de “civilizar” a los primitivos judíos, el emperador promulgó un decreto por el que prohibía expresamente la práctica de la circuncisión, así como el respeto del Sabbat y otras leyes religiosas. Hay que pensar que para un hombre tan “filo helénico” como fue Adriano, la circuncisión no era más que una aberrante mutilación. Nada sabían por entonces los médicos de estadísticas sobre el origen de las infecciones y su estrecha relación con la mortalidad infantil, verdadera razón por la que un prepucio limpio hacía llegar más niños a la madurez. Como último intento de llegar a un pacto, el Raví Akiva encabezó una delegación que se entrevistó con el pretor romano, Turno Rufo, pero éste desoyó la petición de los judíos. La chispa de la sedición estaba prendiendo con fuerza en la siempre díscola Judea…

Según Dión Casio, la revuelta estalló cuando Turno Rufo decidió mover la VI Ferrata a la capital de Judea para asegurarse una tranquila refundación de Jerusalén como Aelia Capitolina. Corría el año 132 cuando Akiva, indignado por la provocación romana, convocó al Sanedrín y a los elegidos para ejecutar la ansiada rebelión. En aquella reunión secreta, el Raví y sus afines decidieron como levantar la provincia entera sin caer en los errores que Simón Bar Giora cometiese en la revuelta del 60. El nuevo Simón, el presunto Mesías, fue el elegido para ejecutar los planes del Sanedrín: alzó con éxito la ciudad y provincia contra Rufo, aniquilando de paso a la X Ferrata y a la XXII Deiotariana que pretendía auxiliar al pretor desde su base en Egipto. En muy poco tiempo, Simón bar Kojba controlaba toda la Judea romana ejerciendo de caudillo militar apoyado sin condiciones por la facción más dura del sector religioso.

La noticia de la rebelión llegó pronto a Antioquía, donde casualmente se encontraba el emperador Adriano. Incapaz de reaccionar con rapidez ante aquella inesperada sedición, necesitó cerca de dos años y medio para movilizar las doce legiones que llegaron desde todo Oriente, incluso desde el Danubio, y ponerlas bajo el mando de un hombre de gran reputación en asuntos militares, Sexto Julio Severo, hasta entonces gobernador de Britania. Mientras tanto, Simón bar Kobja fue proclamado oficialmente “Nasí”, Príncipe de Israel, gobernó como un soberano toda Judea, llegando a acuñar monedas con el lema “Era de la Redención de Israel”. Con la ayuda de su aliado Akiva como líder indiscutible del Sanedrín, quien había reanudado los sacrificios y oficios del judaísmo proscritos por el gobierno de Roma, según pasaban los meses se sentía más fuerte, además de convertirse en un imán para el resto de judíos diseminados por todo el Imperio que volvían a su tierra llamados por la ilusión de su mensaje libertador.

Pero Roma nunca fue un enemigo cómodo, es más, Adriano heredó de su antecesor la mayor extensión territorial que tuvo el Imperio, por lo que no podía consentir que un sedicioso pueblo sometido desestabilizase la siempre insegura frontera oriental. Severo hizo enseña de su cognomen. Evitando siempre una batalla campal de incierto resultado, en el verano del 135 entraba a sangre y fuego en Jerusalén, con mayor crudeza y brutalidad que en el asalto de las tropas de Tito. El Raví Akiva fue apresado durante la contienda y conducido a Cesárea, base romana desde tiempos de Herodes, donde fue acusado de violar el decreto de Adriano que prohibía expresamente la enseñanza de la Torá. Los carceleros romanos en Oriente nunca se caracterizaron por su indulgencia: Akiva ben Iosef fue torturado con peines de hierro incandescentes que arrancaban la piel a tiras, llamados “uñas de gato”, hasta morir. Es uno de los diez mártires del judaísmo que se sigue venerando hoy en día.

Martirio de Akiva

Tras la caída de Jerusalén, el “Nasí” y sus más fieles huyeron a la fortaleza de Bethar (Beitar) Por órdenes directas de Adriano, Julio Severo les siguió, les rodeó y tomó Bethar al asalto sin ninguna piedad, propiciando la muerte de todos quienes allí resistían. Así lo recoge el Talmud. Además, tuvieron que pasar diecisiete años para que las autoridades romanas permitiesen enterrar los restos apilados de los rebeldes que quedaron allí como banquete para los buitres. Bar Kobja murió en Bethar, defendiendo su credo y país hasta su último aliento. Como tributo a su coraje, el primer presidente del moderno estado de Israel cambió su nombre auténtico, David Grüm, por David Ben Gurion en homenaje a uno de los aguerridos oficiales que acompañaron hasta la muerte a Simón bar Kobja. No todos los judíos secundaron aquella rebelión. Sus detractores, tanto judíos como “filo romanos”, le llamaron Simón bar Koceba (“el hijo de la mentira”), en burla a su mesiánica obstinación.

Según Dión Casio, la revuelta de Simón bar Kojba se saldó con 580.000 judíos muertos, así como el asalto de cincuenta ciudades y 985 aldeas. Como hemos visto, en el otro bando tampoco fueron pocas las bajas. Cuando el emperador envió notificación al Senado de su victoria, excluyó la frase protocolaria “Yo y las legiones estamos bien” en consideración a las defenestradas X y XXII. Además, no hubo triunfo por la gesta de Severo, siendo este el único caso conocido en el que un legado victorioso no reclamase su momento de gloria en las calles de Roma.

Adriano

Para evitar nuevas tentaciones, Adriano ordenó la quema de los libros sagrados de los judíos en la colina del Templo, se prohibió la Torá y el calendario judío. En el solar del Templo se erigieron dos estatuas, una de Júpiter y otra suya. La provincia romana de Judea desapareció, integrándose en Syria Palaestina, nombre inspirado en los filisteos, enemigos seculares del pueblo judío. Como humillación final, se prohibió a todo judío entrar en Aelia Capitolina… ¿Quizá fue un hispano, Adriano, quien inició en aquel sangriento verano del 135 la diáspora de los judíos?

Además, me congratula anunciar que nuestro amigo José Carlos Lopez Martín (Costampla) ha publicado su primer libro Compendio de Relatos, dentro de la Colección Entropía.
José Carlos consigue con un lenguaje sutil y llano encandilar desde el primer párrafo. Te atraviesa, te llega directo, no le faltan adjetivos ni riqueza en su vocabulario para recrear situaciones perfectamente comparables al “Disputado voto del señor Don Cayo” o a “Los santos inocentes” ambos del inigualable Miguel Delibes, o a la emotividad pendiente de un hilo que desprende Pío Baroja en su “El árbol de la ciencia”.
Te acercará la meseta, sus sierras y dehesas, los rigores de sus gentes y sus climas. Se abrirá paso con vivencias de generaciones que no pueden esconder lo ocurrido y te envolverán con su apasionante lectura desde el primer momento. Relatos de invierno, para disfrutar entre el calor de las mantas, o a la vera de una alimentada chimenea, resguardada a través de una ventana por la que sentirse protegido de uno mismo y de lo gélido que yace fuera.”

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Simón bar Giora, el edomita rebelde

19 jun
19 junio 2012

Nuestro archienemigo de hoy fue uno de los líderes judíos que se rebelaron contra Roma a finales del principado de Nerón, provocando el mayor desastre físico, humano y espiritual que sufrió Jerusalén en toda la Antigüedad clásica. Su obstinación y fe ciega en su Dios llevó al pueblo de Israel a uno de los episodios más sangrientos de su agitada Historia.

Vigésimo novena entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló 

En el año 66 de nuestra era, siendo por entonces emperador Nerón, Jerusalén, y toda Judea, se alzó contra Roma. Pero, ¿por qué una provincia hasta entonces anodina y tranquila osó desafiar al estado más poderoso de su época? Entendamos las causas: Judea entró en la órbita romana en una de las exitosas campañas de Pompeyo el Grande, en el 63 a.C. Tras la reordenación del Oriente romano, varios regentes títere al gusto de la República, estilo Herodes el Grande y su inoperante descendencia, gobernaron la provincia bajo la supervisión de un prefecto romano, dejando a los judíos un presunto autogobierno que mantuviese sus tradiciones, siempre y cuando se aportasen regularmente los tributos fijados para la provincia. Aquel tenso equilibrio entre tolerancia religiosa y aceptación política se truncó en la Pascua del año 66. Según nos ha dejado en sus crónicas Flavio Josefo, historiador judeo-romano partícipe en este relato, los motivos de la revuelta fueron la realización de un sacrificio a los dioses ante la Sinagoga de Cesárea, importante ciudad portuaria de Judea con numerosa población de origen griego, el latrocinio de diecisiete talentos de oro destinados al Templo por parte del procurador Gesio Floro y, quizá por ello, la decisión del mantenedor de éste, el hijo del Sumo Sacerdote llamado Eleazar ben Hanania, de no realizar ningún sacrificio más en él en honor al emperador.

Jerusalén en el siglo I

Ante la inminencia del estallido de la revuelta, el timorato Herodes Agripa II y su hermana Berenice huyeron de Judea, buscando refugio en Siria, bien pertrechada con los efectivos que Gayo Cestio Galo, legado del emperador en dicha provincia, estaba reuniendo en la costa dispuesto a atajar la sublevación. Tras unos tempranos éxitos militares de Galo en el valle de Jezreel, se vio incapacitado para tomar Jerusalén con solo la XII Fulminata. Mientras se retiraba para afianzar posiciones, fue sorprendido por Eleazar ben Simón en Beth-Horon. La matanza fue importante, pues prácticamente Galo perdió todos sus efectivos, unos 6.000 hombres más su impedimenta, teniendo que huir ignominiosamente entre cerros y barrancos hasta llegar a Antioquía. Los dioses le privaron de rendir cuentas a Nerón por aquel desastre, pues murió en Siria muy poco después, siendo sustituido en el cargo por Gayo Licinio Muciano.

Cuando las noticias de aquel descalabro llegaron a Roma, Nerón optó por encargarle el asunto a uno de sus más eficientes legados, Tito Flavio Vespasiano, el futuro emperador, quien aglutinó bajo su mando a los restos de la XII Fulminata más la V Macedonica, X Fretensis y la XV Apolinaris. Entre regulares y auxiliares, Vespasiano movilizó un montante de cerca de 60.000 hombres. Entrando en la provincia por el norte, pronto eliminó toda resistencia con semejante rodillo humano. Su avance arrollador forzó que dos hombres reñidos por asuntos internos judíos, Yohanan ben Levi, más conocido como Juan de Giscala, líder de los zelotes, y Simón bar Giora, líder de los sicarios, se replegaran hacia Jerusalén, confiando en resistir en su ciudad santa hasta el aliento final. Ambos eran unos auténticos fanáticos. Juan de Giscala encabezaba a los zelotes, enemigos acérrimos de todo lo extranjero y, por tanto, enemigos públicos del pretorio romano. Por su parte, Simón bar Giora lideraba a los sicarios junto a otros asesinos conjurados como Eleazar ben Jair, el posterior héroe de Masada, dispuestos a matar a todo judío que no se adhiriese voluntariamente a sur revuelta. Incluso el propio Talmud recoge como bloquearon los suministros de la ciudad para forzar a la población a sumarse a su revolución en vez de negociar la paz con los romanos.

Lo que no podían imaginarse Simón bar Giora y los suyos era que el estallido de una guerra civil en Roma paralizaría la campaña de Vespasiano. Tras la muerte violenta de Nerón, se sucedieron disturbios importantes en la ciudad, llegando a ocupar brevemente la púrpura hombres oscuros y de pocos escrúpulos como Otón y Vitelio hasta que, en el 69, fue Vespasiano quien prevaleció entre todo aquel embrollo de intrigas e intereses. Por dicha causa, el nuevo emperador dejó a su hijo Tito en Judea a cargo de sofocar la revuelta. Una ardua tarea para un joven de veintinueve años…

Ante la imposibilidad de tomar al asalto una ciudad tan grande y bien defendida, Tito optó por cercarla, colocando sus cuatro legiones alrededor de ella e impidiendo a los centenares de peregrinos circunstanciales que se encontraban allí durante la Pascua poder salir de la ciudad. Pensó que así habría más bocas intramuros que forzasen una rendición pactada. No salió así. El dios vengativo de los judíos no entendía de misericordia. Miles de personas murieron en Jerusalén víctima del hambre y las enfermedades, mientras Simón Bar Giora y los suyos mantenían a raya tanto a los romanos como a sus paisanos que asistían petrificados a cada represalia de los zelotes, llegando a echar desde los muros a toda persona que se mostrase propensa de llegar a un acuerdo con los romanos. El terror se apoderó de la ciudad. Mataban tanto los fanáticos como la inanición, como le sucedió al codicioso sumo sacerdote Ananías, proclive a pactar un armisticio en el que no peligrase su fortuna. Sacándole de su escondrijo, fue ajusticiado por los zelotes sin el mayor miramiento. Tito seguía esperando; la guarnición de Jerusalén rondaba las 25.000 personas, una parte bajo la autoridad del zelote Eleazar ben Simón ocupando la Torre Antonia, otra parte bajo el sicario Simón bar Giora y una tercera parte de corte idumeo bajo el control directo de Juan de Giscala. Todo intento de asalto pasaría siempre por tomar primero la torre Antonia: era una fortaleza imponente, levantada por Herodes el Grande en honor de su benefactor, Marco Antonio, de ahí su nombre. Mientras los judíos se descomponían en sus cuitas internas, Tito sacaba a sus cuatro legiones a formar ante los muros, atemorizando con su poderío a los centinelas.

Tratando de buscar una solución incruenta a la situación, el joven legado recurrió a los servicios de Yosef bar Mattityahu, quien adoptó posteriormente el nombre de Flavio Josefo en honor al nomen de sus protectores. Era éste un judío pro-romano, muy odiado por los elementos más radicales de la revuelta por su colaboración con Vespasiano tras la toma de Galilea, donde salvó su vida al predecirle que sería emperador. El caso es que Josefo entró como parlamentario en Jerusalén y les dijo a Simón bar Giora y Eleazar bar Simón:

«Que se salven ellos y el pueblo, que salven a su patria y al templo» (Guerra de los judíos V, 362); «Dios, que hace pasar el imperio de una nación a otra, está ahora con Roma» (Guerra V, 367); «Nuestro pueblo no ha recibido nunca el don de las armas, y para él hacer la guerra acarreará forzosamente ser vencido en ella» (Guerra V, 399); «¿Creéis que Dios permanece aún entre los suyos convertidos en perversos?»

Un exaltado le disparó un flechazo como respuesta a su ofrecimiento de rendición, y tuvo que ser atendido de la herida de vuelta al campamento romano. Viendo lo inútil de tratar de llegar a un acuerdo con los judíos, y más después de un contraataque que por poco no le costó la vida a él mismo, Tito pasó a la acción. En el verano del 70 desplegó un asedio proactivo de tal magnitud que llegó a derrumbar la Torre Antonia mediante zapas. Simón bar Giora y sus acólitos defendieron como lobos calle a calle, palmo a palmo, en una lucha lenta y cruenta.

Maqueta del Templo Salomon

Primero cayó la ciudadela y, poco después, el Templo fue engullido por las llamas a causa de un tizón que un legionario echó allí por casualidad. El incendio del Templo de Salomón supuso el punto sin retorno del asalto. Era un tórrido día de finales de Agosto, fecha todavía recordada amargamente por todos los judíos. Las llamas se propagaron a otras barriadas de la ciudad y las legiones tuvieron paso expedito para eliminar los focos de resistencia encabezados por Eleazar ben Simón, quien murió matando, y controlar toda la ciudad. Se considera el 7 de Septiembre como fecha en la que Jerusalén quedó completamente pacificada.

El Senado quiso otorgarle al joven Tito una corona por su victoria, pero éste la rechazó diciendo: “no hay mérito en derrotar un pueblo abandonado por su propio Dios“. El resultado de la revuelta fue devastador. Según citó Josefo, cerca de 1.100.000 judíos murieron en los cuatro años de guerra, además de los 97.000 que acabaron como esclavos. Todos los elementos sagrados del judaísmo, como la Mesa de Salomón o el Candelabro de los Siete Brazos acabaron en el desfile triunfal del futuro emperador, comenzando una ruta legendaria cuya pista se perdió tras la conquista árabe de Hispania. No solo se exhibieron tesoros, Juan de Giscala y Simón bar Giora también desfilaron en el Triunfo; el primero murió en las mazmorras, mientras que su compañero de revuelta tuvo un final más rápido y sencillo. Al final del pasacalle, lo despeñaron desde la Roca Tarpeya, el lugar ancestral desde el que se ajusticiaba a los peores enemigos de Roma.

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Retógenes, el símbolo de la resistencia numantina

15 jun
15 junio 2012

Nuestro archienemigo de hoy no fue un gran caudillo militar, o un héroe admirado y loado, fue un joven guerrero, un elemento más dentro de la feroz resistencia que una sola ciudad opuso a la máquina militar mejor engrasada del mundo antiguo: Numancia. Sirva este artículo como homenaje no solo al joven Retógenes, sino a los dos mil quinientos numantinos que, todos a una como la posterior Fuenteovejuna, no dieron su brazo a torcer ante el invasor romano.

Vigésimo octava entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló

Entremos en contexto. Numancia. Solo mentar aquella pequeña y terca ciudad en el foro de Roma provocaba sarpullido. Los hijos de los grandes hombres, en vez de alistarse para ganar fama y prestigio en su cursus honorum, trataban de eludir sus compromisos militares con tal de no acabar enrolados en el siguiente ejército que partiría hacia la indómita frontera hispana. Durante casi veinte años, las tribus celtíberas y arévacas se mantuvieron en clara hostilidad frente a Roma, desafiándola y ocasionándoles a los cónsules encargados del asunto derrotas y humillaciones como la de G. Hostilio Mancino que, como castigo por haber pactado con el enemigo, acabó desnudo ante los muros de Numancia.

Victoria sobre Roma

Aquel cúmulo de desastres perduró hasta que el Senado se hartó de aquella situación estancada y decidió encargarle al más prestigioso militar del momento, el flamante conquistador de Cartago, que atajase el problema hispano definitivamente. En el 134 a.C., Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto adoptivo del Escipión el Africano que tan bien nos ha recreado últimamente Santiago Posteguillo, tomó las riendas del asunto. Una vez ratificado en su cargo, y modificado el calendario para poder acometer el proyecto dentro del año que duraba el mismo, equipó 4.000 voluntarios con su propia pecunia, formando su “cohorte de amigos” con los más afines de ellos. El Senado le negó fondos para tan arriesgado proyecto, pero Escipión, con desprecio según nos dejó Plutarco, les dijo que “le bastaba el suyo y el de sus amigos”. Cuando llegó a Numancia no entró de inmediato en combate con los obstinados numantinos. Tenía mucho trabajo por delante que hacer con sus propios hombres, cuya disciplina brillaba por su ausencia tras años y años de falta de liderazgo. Empezando por expulsar del campamento a las concubinas, rameras, adivinos, buhoneros y demás parásitos del ejército que convivían con los legionarios, les aplicó marchas y maniobras con severidad, devolviéndoles a las legiones su condición de ejército. Uno de los tribunos destinados en Hispania mostró tanta entrega en recuperar la moral de las tropas que Escipión le condecoró. Se llamaba Gayo Mario. Estando en aquellas cuitas, llegó su aliado númida, el rey Yugurta, con 15.000 hombres y 20 elefantes. Aun así, sabía que no era suficiente.

Sitio de Numnacia

Siempre he sostenido que el arma letal del ejército romano no fue el pilum, sino la pala, así como que sus mejores generales fueron verdaderos artistas en el diseño de fortificaciones y asedios, como demostró Escipión en Numancia y replicaría un siglo después César en Alesia. Escipión, contando ya con cerca de 60.000 hombres frente a los 2.500 insurgentes, decidió no probar fortuna en un asalto de incierto resultado y cercar férreamente Numancia y reducirla por hambre y sed. Para ello se valió de una alta empalizada, fosos, un dique en el Duero y siete campamentos fortificados alrededor del collado en el que se levantaba la ciudad, muchos de ellos descubiertos por el hispanista alemán Adolf Schulten durante sus campañas arqueológicas realizadas entre 1905 y 1914.

Durante el largo sitio de Numancia es cuando el joven arévaco aparece en la Historia. Según nos dejó Apiano, el hambre ya apretaba y, quizá por orden del Consejo, un pequeño grupo de cinco guerreros capitaneado por el tal Retógenes burló el cerco romano valiéndose de unas ingeniosas escalas y buscó entre las ciudades vecinas apoyos para poder mantener las espadas en alto. Apiano habla de que huyeron a caballo, pero dudo que cinco jinetes hubiesen saltado la empalizada romana, y menos que no se los hubiesen comido tras muchos meses de cerco a base de una jugosa dieta de pan de bellotas y cuero hervido.

Los Consejos de Termes (Montejo de Tiermes) y Uxama (Burgo de Osma) le dieron calabazas y solo la juventud guerrera de Lutia (quizá Luzaga) les acogió como héroes y les prometió ayuda. Uno de los errores más comunes heredados de la educación de otros tiempos, y que sobrevive en algunos esperpentos televisivos ambientados en los nuestros, es pensar en una Iberia unida frente al invasor romano. Esa imagen idealizada del indígena confederado ante la potencia extranjera es completamente falsa. Ninguna ciudad apoyaba a la vecina per se, pues cada etnia o ciudad de la vieja Iberia velaba por sus propios intereses, con o contra Roma. Sirva este macabro ejemplo como prueba de ello: el propio Consejo de los Ancianos de Lutia, temeroso de las represalias del inflexible Escipión en cuanto se supiese la insurrección de los jóvenes, decidió anticiparse a los hechos y avisar a los romanos de las intenciones de sus impetuosos guerreros. La reacción de Escipión fue implacable. Las tropas romanas entraron en Lutia por sorpresa, antes de que la leva se movilizase, capturando a los jóvenes numantinos y sus nuevos aliados lutiakos. El castigo fue tan explícito como ignominioso: 400 jóvenes guerreros perdieron aquel día su mano derecha, inhabilitándolos para levantar su espada contra Roma… y poder morir en un combate honroso. No se sabe si Retógenes fue uno de aquellos 400 mutilados, pero es muy probable de que así fuese. Nada más se supo de él.

Guerreros numantinos – detalle en cerámica

Numancia cayó el 133 a.C. Tras la infructuosa y postrera embajada del consejero Avaros, en la que Escipión no aceptó ningún trato de favor en caso de pactar la rendición, sus indómitos habitantes prefirieron el efecto del tejo, el fuego o el hierro antes de acabar comiéndose unos a otros o cargados de cadenas arrodillados frente a aquel arrogante legado romano. Solo unos pocos desfilaron en el triunfo de Escipión Emiliano por las calles de Roma, desde entonces también llamado Numantino, y el resto fueron vendidos como esclavos. Tras la caída de Numancia, toda la Celtiberia se mantuvo en paz hasta que, setenta años después, un caballero tuerto e idealista incendiase Hispania en su rebelión contra la tiranía de Sila: hablamos de mi querido Quinto Sertorio.

Dedicado a Adrián… nadie nos pregunta cuando venimos  ni tampoco cuando nos vamos .

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Cniva, el emperadoricida

08 may
8 mayo 2012

Nuestro archienemigo de hoy es otro bravo bárbaro del norte olvidado intencionadamente por la propaganda imperial de su época, pues suyo fue el terrible honor de haber sido el primero en derrotar y dar muerte a un emperador romano en el campo de batalla. Poco más nos ha llegado sobre el resto de su vida y obra, pero sí mucho del turbio contexto histórico que abocó en su rotunda victoria.

Vigésimo séptima entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló

Prácticamente nada se sabe del origen de Cniva; su nombre le evidencia su origen godo (Kniwa, significa en esa lengua cuchillo, de ahí procede el anglosajón knife), y su aparición en la Historia viene derivada de la primera vez que su pueblo cruzó el limes danubiano dispuesto a saquear la provincia romana de Moesia. Procedentes del Báltico, probablemente del sur de Suecia, este pueblo germánico llegó a ocupar buena parte de la Dacia romana antes de atreverse con aquel objetivo tan suculento. Las fuentes históricas de origen griego nos hablan de que Cniva acaudillaba una coalición “escita”, afirmación entendible en su contexto pues este rey godo estaba a la cabeza de una soberbia migración multiétnica en la que, a buen seguro, también había vándalos asdingos, sármatas, bastarnas e incluso algunos desertores romanos, quienes serían sus guías en tierras desconocidas. El término escita no es estrictamente correcto para definir a todos estos bárbaros del noreste; se debe a que, para muchos historiadores del momento, todos aquellos pueblos más allá de los Cárpatos eran considerados como escitas, aludiendo a los legendarios jinetes arqueros de las estepas euroasiáticas.

Traianus Decius

De quien sí que sabemos mucho más es del que fue su adversario. Gayo Mesio Quinto Decio, nacido en Budalia, Iliria (Martinci, Serbia) en el 201, llegó a la más alta dignidad imperial en el 249 de nuestra era. Gran admirador del primer emperador hispano desde sus años como gobernador de la Tarraconense, adoptó el nombre de Decio Trajano en cuanto fue investido como emperador por el Senado. Claramente dispuesto a recuperar la maltrecha situación del Imperio, se dispuso a reformar el estado para sacarlo de la profunda crisis en la que estaba sumido. Persiguió a los cristianos con encono, siendo considerado por la Iglesia como “un feroz tirano”. De mentalidad parecida a Trajano, y a los posteriores Aureliano y Juliano, estaba convencido de que el cristianismo era un cáncer para el Imperio y de la absoluta necesidad de volver al culto de los dioses patrios. Pero, por desgracia, Roma no sólo tenía problemas internos. Su antecesor en el trono, el débil Marco Julio Filipo, Filipo el Árabe, había resuelto el problema godo pagando ingentes tributos a cambio de paz. Cniva y los suyos entendieron que dicho tratado expiró con su valedor, pues éste murió en Verona en el 249 en combate frente al nuevo césar proclamado por las legiones, Decio, así que en la primavera del 250 los godos cruzaron el Danubio en Novae (Svishtov, Bulgaria), tomándola al asalto y asolando después media Moesia a su paso. Esta situación tan complicada obligó al nuevo regente del Imperio a dejar aparcado su programa reformista, ponerse al frente de las legiones y marchar hacia el Danubio dispuesto a atajar el problema godo.

Nikopolis ad Istrum

Los bárbaros tenían Nicopolis ad Istrum (Nikyup, Bulgaria) cercada cuando las enseñas imperiales aparecieron en lontananza, sorprendiendo a los sitiadores. Cniva, no dispuesto a presentarle batalla al emperador en aquel terreno desfavorable, levantó el sitio de forma atropellada y se replegó hacia Philipolis (Plovdiv, Bulgaria) rodeando el monte Haemus. La treta de Cniva fue digna de un gran estratega, pues fue Decio el sorprendido unos días después en Augusta Traiana (también conocida por Beroë, es la actual Stara Zagora, Bulgaria) cuando los godos asaltaron su campamento, lo saquearon y dispersaron a las legiones. Era la primera vez que un emperador romano huía de un caudillo bárbaro, un peligroso precedente que empeoraría durante aquella misma campaña.
El desconcierto en las filas romanas fue utilizado simultáneamente tanto por el enemigo bárbaro como por el adversario político de Decio. Al inicio del verano del 251, Cniva ordenó tomar al asalto Philipolis con suma crueldad. Miles de ciudadanos fueron violentados y esclavizados o asesinados durante el severo pillaje. Mientras tanto, el hermano de Filipo el Árabe, Gayo Julio Prisco, se hizo proclamar emperador en la vecina Tracia. El problema de aquel inoportuno usurpador se resolvió solo, pues Prisco fue asesinado poco después, pero el feo asunto godo no parecía tener tan fácil solución.

Decio, horrorizado y encorajinado por los testimonios de los pocos supervivientes que pudieron escapar del horror de Philipolis, reagrupó sus tropas frente aquella ciudad, tratando de envolver a Cniva. El caudillo godo, sabedor de la dificultad de mantener un asedio con hombres cansados dentro de una población masacrada y sin víveres, optó por retirarse con el ingente botín de guerra y los nobles cautivos hacia un lugar que le permitiese tener camino expedito al Danubio, dividiendo su ejército en pequeños grupos difíciles de apresar por su gran movilidad. Decio les siguió, metiéndose él mismo si ser consciente de ello en una trampa letal. El lugar en el que Cniva decidió que había llegado el momento de reunirse y combatir fue un paraje cenagoso en la Ludogorie (“la región de los bosques salvajes”, en la mesera de Dobruja, actual Bulgaria nororiental), cerca de la pequeña población de Abrittus, también conocida como Forum Terebronii (a un kilómetro de la actual Razgrad) El rey godo conocía muy bien el terreno, aventajando en ello a su adversario. Este lugar insignificante próximo a un espeso pantano de Moesia estaba a punto de pasar a la Historia.

Guerreros godos

Hay disparidad de fechas según las fuentes consultadas, desde la segunda semana de Junio a mediados de Agosto, aunque la más referida es el primero de Julio del 251. Fuese cuando fuese, los hombres de Cniva, muy probablemente hambrientos y desesperados, se enfrentaron con las legiones comandadas por el emperador Decio en aquella inmensa ciénaga de Abrittus. Cniva dividió su ejército en tres partes, ocultando la más numerosa de ellas en el pantano. Según Jordanes, al inicio de la batalla, Herenio Etrusco, el hijo del emperador, fue alcanzado por una flecha, con tan mala fortuna que le causó la muerte. Como gesto de entereza para alentar a sus hombres, se dijo que su propio padre exclamó:

Que nadie llore; la muerte de un soldado no es gran pérdida para la República

Quizá alentados por el coraje del emperador, quizá obcecados en una lucha atípica para la férrea disciplina militar romana, o quizá atraídos por la artimaña de Cniva de aparentar debilidad cuando el grueso de su ejército permanecía esperando agazapado en aquel lodazal, el ejército imperial se fue empantanando más y más en aquella charca de Abrittus, engañado por su temprano éxito, y acabó combatiendo entre el barro hasta que la treta del godo invirtió el equilibrio. El ejército romano fue totalmente aniquilado. El emperador Decio murió junto a sus hombres en aquella desastrosa batalla. Con estas palabras lo reflejó el historiador Sexto Aurelio Víctor:

… Decio, mientras perseguía a los bárbaros al otro lado del Danubio, murió por traición en Abrito después de reinar dos años… Muchos cuentan que su hijo cayó en batalla mientras dirigía un ataque demasiado audazmente; el padre, en cambio, había afirmado enérgicamente que la pérdida de un soldado parecía demasiado insignificante para preocuparse. Y así siguió con la guerra, y murió de manera parecida mientras peleaba enérgicamente…

Y así lo describió años después Lucio Celio Lactancio, historiador cristiano y, por lo tanto, enemigo de la memoria y valentía del emperador pagano:

…fue repentinamente rodeado por los bárbaros, y le mataron, junto con gran parte de su ejército; no pudo ser honrado con los ritos de la sepultura, sino que, despojado y desnudo, yació para ser devorado por las fieras salvajes y las aves, un final adecuado para el enemigo de Dios…

La presunta traición que mentaron Aurelio Víctor o Zósimo en sus crónicas de este infame episodio de la Historia de Roma se basó en rumores malintencionados que atribuían la muerte de Decio a una conspiración secreta entre su legado Gayo Vivio Treboniano Galo y los godos, felonía que nunca se pudo demostrar. Su inmediata adopción de Gayo Valente Hostiliano, el segundo hijo de Decio, de apenas un año de vida y heredero tácito de la púrpura imperial, pone en contradicción semejantes y aviesos planes, así como que los mismos legionarios supervivientes encumbrasen como nuevo emperador al autor de tamaña catástrofe si era sospechoso de haber causado tantas muertes entre los suyos. De todos modos, la peste bubónica que asoló Roma un año después se llevó al chico, y con él las sospechas de una posible usurpación.

Como artífice de la masacre de Abrittus, Cniva entró en la Historia como el primer rey godo en enfrentarse a las legiones dentro del limes, vencerlas y ser verdugo de un emperador de Roma. Decio fue el primer emperador en morir al frente de sus tropas durante una batalla, algo tan deplorable para un Imperio que comenzaba a agotarse moral y económicamente que, quizá a causa de esta ignominia, o a raíz de otras calamidades que sobrevinieron después, sobre los Decii cayó una damnatio memoriae. Treboniano Galo no tuvo más remedio que pactar con Cniva un enorme tributo compensatorio antes de tener que cederles territorio romano. Nada más se supo de él. A su muerte siete años después de la batalla de Abrittus, su pueblo se dividió en dos grandes grupos, los godos del Este (Ostrogodos) y los del Oeste (Visigodos)

El intrépido rey Cniva había abierto un camino sin retorno para otros caudillos bárbaros venideros: Roma no era invencible, sus emperadores también podían morir en combate y las provincias del Imperio quizá pudiesen ser sus nuevas tierras…

Todos los seguidores del blog sabéis que el autor de las series Archienemigos y Costumbres de Roma es el magister Gabriel Castelló que acaba de lanzar, y yo recomiendo encarecidamente, Devotio, los enemigos de César (lo podéis adquirir en la tienda Amazon en formato ebook por 2,84€)

¿A qué extremo te pueden llevar tus convicciones? ¿Matarías o morirías por un ideal? DEVOTIO es la epopeya de dos hombres, separados por el tiempo, pero unidos en su lealtad extrema a sus creencias. Recorriendo estas dos historias paralelas, la de Eutiquio de Osca en tiempos de Diocleciano, y la de Lucio Antonio durante la Guerra Civil, el lector conocerá la turbulenta Hispania romana en dos momentos muy diferentes, la República y el Imperio, la creación del estado más grande de su tiempo y la corrosión interna de un mundo decadente.

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Tacfarinas, el rebelde del Sahara que no se doblegó ante Roma

18 abr
18 abril 2012

Nuestro archienemigo de hoy fue un hombre indomable, un apasionado defensor de la libertad de sus tierras agrestes frente al codicioso invasor, un líder nato que mantuvo en jaque a las guarniciones romanas hasta que el mismo emperador Tiberio ordenó que fuese eliminado para siempre. En el largo tiempo que duró el mundo romano, no recuerdo a ningún otro caudillo tribal que acaparase la atención de cuatro diferentes procónsules, y menos que tres de ellos celebrasen su triunfo en las calles de Roma por vencer a un enemigo al que, en realidad, no habían vencido.

Vigésimo sexta entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló

Comencemos por el principio… ¿Quién fue Tacfarinas? Su nombre latinizado procede del original en bereber, Tikfarin. Por las escasas fuentes clásicas que abordan su rebelión, principalmente Tácito en sus Anales, se deduce que no procedía de familia noble o acaudalada. Como muchos otros jóvenes musulani, una de las tribus nómadas de la Numidia pre-sahariana, acabó enrolándose como un jinete auxilia más de las legiones. Ya en tiempos de los Barca, la mejor caballería ligera de la Antigüedad procedía de las estepas norteafricanas: getulos, númidas y garamantes nutrían las alas de las legiones desde la Segunda Guerra Púnica.

Jinetes númidas

Pero… ¿Cómo este hombre anodino levantó durante años en contra de Roma tan vasto territorio? Desde la caída de Cartago, el norte de África siempre fue un bocado muy apetitoso para Roma, tan codiciado como posteriormente explotado. Nuestro subconsciente nos lleva a pensar en el sur de Marruecos, Argelia, Túnez y Libia como lugares desolados, semidesérticos, parajes olvidados por el hombre y los dioses, pero en tiempos de los Escipiones, o de Augusto en este caso, no fueron así. Lo que Roma llamó África Proconsular o Nova, que hoy correspondería más o menos con Túnez y el este de Argelia, fue el principal granero del Mediterráneo occidental. El territorio tenía más población que Britania por aquel tiempo, rondando el millón y medio de habitantes. Entre Sicilia, Egipto y África producían suficiente trigo para mantener a todo el Imperio. La desertización severa de estas tierras proviene de la baja Edad Media. El mundo sufrió un empeoramiento climático muy serio en aquellos tiempos, el norte se enfrió tanto que forzó a los pueblos germanos del Báltico a buscar el calor de las tierras meridionales, mientras que un calor extremo en África acabó desecando las estepas de Libia y Argelia. Las descripciones de los geógrafos griegos y romanos de estos territorios nos hablan de regadíos, olivos y trigales, donde hoy solo encontramos oasis y arena.

Quizá la falta de una presión sistemática en la indeterminada frontera del sur hizo que, después de la exitosa expedición de L. Cornelio Balbo, gaditano y procónsul de África, contra los garamantes en el 19 a.C., sólo una legión controlase tan vasta zona, la III Augusta, acampada cerca de Theveste (Tébessa, Argelia) Las explotaciones latifundistas de finales de la República se expandieron inexorablemente por las tierras de pastoreo que sostenían a los nómadas, obligándoles a replegarse cada vez más al seco sur. Esta sumisión a los terratenientes o desplazamiento forzoso provocó innumerables pequeños conflictos, como el solventado por Balbo, que se saldaron con más de cinco mil victimas indígenas tras las sucesivas represiones romanas.

Theveste

La codicia y crueldad de los diversos gobernadores ayudaron a gestar el escenario perfecto para una rebelión a gran escala. La chispa saltó desde las propias filas de los auxilia. Después de pasar años de servicio a Roma, Tacfarinas desertó. Quizá fue por una decisión impulsiva ante alguna injusticia, quizá porque su plan de insurgencia estaba ya maduro. Esto sucedió en el 15 d.C.; Tiberio llevaba solo un año como sucesor del largo y “pacífico” mandato de Augusto y, según mi hipótesis personal, estoy seguro de que hasta África habrían llegado las noticias del desastre de Teutoburgo y la muerte de Varo sus tres legiones a manos del germano Arminio, otro auxiliar nativo como él que había decidido cambiar de lealtades y vengarse de las afrentas de Roma, hecho sucedido tan solo seis años antes de su deserción. El caso es que pronto sus paisanos musulami le dieron pleno apoyo, creando con su experiencia de combate bajo las Águilas una banda de salteadores profesionales que comenzó a hostigar los intereses de Roma en la región. No estaba solo en aquellos páramos. Otro caudillo local, el mauro Mazippa, juntó fuerzas con él, pues éste régulo tribal mantenía su disputa personal con el rey títere de Mauritania, Juba II, amigo personal de Augusto y regente de aquel reino cliente. Mientras Tacfarinas organizó a su infantería al estilo romano, Mazippa se encargó de crear un cuerpo de caballería formidable con el que dar cobertura a su colega y mil quebrantos de cabeza al procónsul de África.

El gobernador en cuestión, Marco Furio Camilo, harto de las airadas protestas de los latifundistas cuyos campos eran saqueados en las recurrentes razias de Mazippa, movilizó en la primavera del 17 a la III Augusta y sus cuerpos auxiliares, en total cerca de 10.000 hombres, dispuesto a presentarle batalla al númida rebelde. El enfrentamiento se saldó a su favor, huyendo Tacfarinas hacia el desierto tras ser derrotado por la férrea infantería pesada de las legiones. Camilo se ganó un triunfo, pero el problema no se conjuró, tan solo se aplazó.
Poco después de que el tal Camilo celebrase su victoria entre vítores y aplausos, Tacfarinas volvió a la carga, continuando con su estrategia de guerrillas, tan típica en tierras africanas e hispanas. Las protestas continuaron y el siguiente procónsul para el 18, Lucio Apronio, se vio forzado a remprender la campaña contra los insurgentes. Tacfarinas se envalentonó tras realizar varias incursiones relámpago con mucho éxito, tanto como para poner sitio a un campamento junto al río Pagyda en el que una cohorte de la III Augusta permanecía fortificada. Un centurión llamado Decrio era el primus pilus al mando de aquel contingente y, según nos lega Tácito, “consideró vergonzoso que los legionarios romanos se sintiesen asediados por una chusma de desertores y vagos”. Decrio dirigió una salida dispuesto a romper el cerco, acción que fracasó debido a la superioridad numérica de los númidas. El valiente centurión, herido de flecha en un ojo y varias partes más de su cuerpo, les ordenó a gritos a sus hombres seguir avanzando, pero aquellos, atemorizados por la fiereza de los indígenas, le dejaron morir solo y se retiraron al resguardo de los muros de su fortín. Tacfarinas, apremiado por la llegada de Apronio y los refuerzos, levantaron el cerco, pero el procónsul, cuando liberó el fuerte y supo de la conducta ignominiosa y cobarde de aquella cohorte, ordenó que se aplicase el peor castigo disciplinario del ejército romano: el diezmo. Uno de cada diez hombres murió apaleado por sus propios compañeros…

Reinos en el Norte de África

El escarmiento del río Pagyda resultó un estímulo implacable para las tropas romanas. Poco después, la III Augusta se enfrentó a Tacfarinas en Thala (Túnez, el mismo lugar donde fue vencido 120 años antes otro númida memorable, Yugurta), derrotando de nuevo a las tribus indígenas a campo abierto. Esta victoria romana le hizo confirmar a Tacfarinas su enorme dificultad de vencer según las normas de la guerra convencional a una legión romana, obligándole a seguir insistiendo en su plan de guerrillas que tan buen resultado le había dado hasta aquel momento. Para mayor cúmulo de desgracias, durante su repliegue hacia la costa fue sorprendido por un destacamento comandando por el hijo del procónsul, L. Apronio Cesanio, escaramuza de la consiguió escapar y refugiarse en los Montes Aurès, pero a costa de que el joven tribuno se apoderase de todo el botín de guerra que había amasado tras tres años de correrías. Apronio padre lo exhibió por las calles de Roma en el triunfo que el Senado le concedió por semejante hazaña. De nuevo, el problema estaba parcialmente resuelto… pero solo parcialmente.

Poco después de dicho triunfo, Tacfarinas envió un embajador a Roma, dispuesto a entrevistarse con el mismísimo Tiberio y reclamarle tierras para él y los suyos dentro de la provincia a cambio de un armisticio total. La misiva, más que una oferta de paz, era un chantaje, pues Tacfarinas advertía al emperador de que, de no aceptar dicho acuerdo, mantendría sus hostilidades de forma permanente en una guerra sin fin contra Roma. La oferta del númida era seria, pero Tiberio estalló en cólera cuando la escuchó. Tácito recoge en sus Anales que el emperador, cuya cordura y estabilidad emocional empeoró, y mucho, con la edad, dijo:

Ni siquiera Espartaco se atrevió a enviar mensajeros

El enfado de Tiberio, ultrajado de que un apestoso desertor de las legiones, para él un infame bandido, le tratase como a un igual, proponiéndole pactos de estado, le hizo no escatimar recursos para aniquilar a semejante energúmeno de una vez por todas. Obviamente, la oferta fue rechazada y el emperador encargó al Senado la elección de un comandante capaz que solventara tan feo asunto. El elegido fue el tío de Lucio Aelio Sejano, la “siniestra” mano derecha de Tiberio, llamado Quinto Junio Bleso, un veterano de las legiones con experiencia en gobernar provincias conflictivas como Panonia. Además de la III Augusta instalada en África, Bleso se llevó consigo la IX Hispana y la XV Cohors Voluntariorum desde el limes del Danubio. Entre las dos legiones, la cohorte y sus auxilia, Bleso aunó cerca de 20.000 hombres en su aventura africana. Su primera disposición fue sencilla: el perdón indiscriminado para quien desertara de la revuelta, para todos menos para uno: Tacfarinas. El nuevo procónsul, contando con el doble de efectivos que sus dos antecesores, cambió de estrategia. No buscó un combate campal en el que vencer sin exterminar a los rebeldes, sino que partió sus fuerzas en tres columnas que se adentraron en tierras númidas por tres lugares diferentes, creando un enjambre de fortines permanentes con el que cortarles los movimientos a los insurgentes. La táctica de acoso y cerco dio su fruto. En el 22 hubo nuevos enfrentamientos, el hermano de Tacfarinas fue apresado y la disidencia popular se disolvió como una tempestad de arena. Después de retirar sus tropas durante el invierno, Bleso volvió a Roma en la primavera del 23 y tuvo su triunfo, el último otorgado a alguien no perteneciente a la familia imperial; Tiberio quedó satisfecho pero, de nuevo, el problema quedó sin resolver.

El nuevo procónsul del 24, Publio Cornelio Dolabela, se encontró con la triste realidad. Tacfarinas seguía pululando por el vasto territorio fronterizo que se extendía en el límite sur de la provincia, arropado por un ejército de disidentes, y los saqueos y correrías se seguían produciendo con absoluta impunidad. Tiberio y Bleso habían pecado de optimistas y no se habían detenido a pensar que la gran fuerza del líder rebelde residía en la inmensidad del desierto y sus correosos moradores. No sólo contaba entre sus filas a los prófugos libios, númidas o africanos, sino también colaboraban con él grupos de getulos y garamantes del árido sur, etnias antepasadas de los actuales tuaregs. Hasta los mauros descontentos con el servilismo del joven y filo-romano rey Ptolomeo, el heredero de Juba II, se pasaron a la causa númida. Atacaban y desaparecían en las arenas antes de que las guarniciones romanas pudiesen reaccionar. Las cohortes todavía no usaban camellos en aquella época y adentrarse en el inhóspito interior de Libia suponía una aventura fuera del alcance de un procónsul, por muy intrépido que fuese. Para mayor impulso de la revuelta, la salida de la IX Hispana de África fue usada por la propaganda númida como acicate para sumar efectivos, argumentando que los graves problemas del Imperio en el lejano norte les obligaban a sacar sus tropas de África. Había llegado el momento de liberar Numidia del yugo romano.

Númidas

Toda esta coyuntura hizo que Tacfarinas se entusiasmara mucho más y pusiese sitio a la plaza de Thubuscum (Khamisa, Argelia), pero la rápida intervención de Dolabela desarticuló el asedio, provocando una nueva derrota indígena ante la disciplinada infantería de la III Augusta. El procónsul, más hábil que sus antecesores, no dio su sencilla victoria como definitiva hasta no capturar al líder rebelde y emprendió en persona su persecución. Valiéndose del apoyo de su aliado Ptolomeo, en cuyo territorio se había refugiado el númida, montó cuatro cuerpos de ejército bien nutridos de jinetes mauros cedidos por éste y peinó el sur de la provincia valle a valle. Un informador local avisó al procónsul de que Tacfarinas se encontraba escondido en las ruinas de un lugar llamado Auzea (Sour el-Ghozlane, Argelia) La zona era boscosa y ondulada, ideal para acercarse sin ser visto con una pequeña expedición. Así lo hizo Dolabela. Llegó hasta allí, esperó toda la noche en silencio y, antes de que rompiera el alba, los confiados númidas se despertaron de súbito con las bocinas y los gritos de la legión. Fue una carnicería. La infantería romana, tan efectiva como despiadada, mató como conejos a los insurgentes, aún medio dormidos o medio desnudos, desmontados y mal armados. Los hombres de la III Augusta no tuvieron misericordia: el rencor acumulado tras ocho ingratos años de guerra se desató aquel sangriento amanecer. Siguiendo órdenes estrictas del procónsul, los centuriones dirigieron a sus hombres hacia Tacfarinas. Primero cayeron sus guardaespaldas, después su hijo y, al final, solo y acorralado, él mismo se ensartó en la astas de los legionarios que pretendían apresarle.

Con la muerte de Tacfarinas se desvaneció el último aliento de independencia de las tierras de los musulami, quedando integradas hasta la llegada de los vándalos dentro de la provincia de África. P. Cornelio Dolabela, el verdadero vencedor del insurgente númida, reclamó su triunfo al Senado, pero su proposición fue desestimada por orden de Tiberio. Tácito intuyó la alargada sombra de Sejano tras aquella injusta decisión, pues si hubo alguien merecedor del triunfo sobre Tacfarinas, ese era Dolabela, aunque ello hubiese supuesto la vergüenza de Bleso, y peor aún, del propio Tiberio.

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Indíbil el indomable

16 mar
16 marzo 2012

Nuestro archienemigo de hoy es uno de esos héroes de otros tiempos, símbolo junto a Numancia o Sagunto del orgullo que sentíamos por la terquedad hispana. La tozudez de Indíbil, junto a la de otro régulo indígena llamado Mandonio, formaba parte del temario en los colegios para acicate del espíritu patrio…

Vigésimo quinta entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló

Pero… ¿Quién fue realmente Indíbil? No se sabe con certeza quienes fueron sus padres, pero sí de dónde era. Según los historiadores romanos Indíbil era el régulo de los ilergetes, por lo que podríamos ubicar su nacimiento sobre el 258 a.C. en la ciudad de Ilerda o contornada (actual Lleida) Es Tito Livio quien habla de él como Indíbilis, mientras que el griego Polibio, el cronista de Escipión Emiliano, le llama Andóbales. Tanto los nombres Indi como Ando, así como el sufijo -beles, son claramente ibéricos, contingencia que cuestiona la teoría de un posible origen celta de este correoso individuo.

¿Y quiénes eran los ilergetes? Era la etnia ibera que ocupaba buena parte de las actuales provincias de Lleida y Huesca. Los historiadores antiguos hablaron de una ciudad llamada Atanagrum como su capital, pero se desconoce aún su ubicación exacta. La gran ciudad de los ilergetes fue Ilerda, quizá la población ibera más importante al norte de Arse (Sagunto) Su posición estratégica entre el valle medio del Ebro y el mar, así como los recursos agrícolas y ganaderos del territorio, provocó que los dos grandes gallos que se alzaron en el Mare Internum codiciasen sus recursos.

guerrero ilergete

Aquí es donde entra Indíbil en la Historia. Muy poco sabemos de su apariencia y carácter, pues no hay descripciones ni físicas ni psicológicas del personaje, pero sí que sabemos como mudó de alianzas con cartagineses y romanos tratando de mantener al margen sus tierras de la sangrienta disputa que mantenían las dos potencias. Su búsqueda de un equilibrio beneficioso le hizo cambiar de lealtades según soplasen los vientos. Hoy consideraríamos deshonrosa una conducta así, pero para la sociedad ibera y celtibera del momento era completamente normal cambiar de parecer y bando a media contienda. Casos así, y peores, sucedieron pocos años después en la guerra de Viriato, el asedio numantino o durante la revuelta de Quinto Sertorio.

El caso es que, quizá antes o a raíz de la toma de Sagunto, claro ejemplo de la pasividad del Senado de Roma ante un ataque a una ciudad aliada, Indíbil optó por apoyar a los púnicos. Su pacto con Cartago le obligó a ponerse bajo el mando de Hannón, el comandante púnico que Aníbal Barca dejó para controlar Hispania mientras él emprendía su legendaria campaña italiana. Lo que no calculó Indíbil fue que la guerra entre Roma y Cartago se extendiese tan pronto a Hispania, y menos que un experto militar, Gneo Cornelio Escipión, recién desembarcado en Emporion (Ampurias, Girona), le plantase batalla a Hannón al frente de sus dos legiones y le derrotase frente a Cissa, un lugar muy próximo a la actual Tarragona. El revés púnico fue considerable: seis mil muertos y dos mil capturados, incluidos el propio Hannón e Indíbil. Asdrúbal Barca, que llegó tarde a la batalla con sus refuerzos, no pudo más que hostigar a la flota romana y mantener el Ebro como límite natural entre ambas potencias.

La liberación de Indíbil supuso la entrega de tributos y rehenes ilergetes a Roma, siendo expulsados de buena parte de los territorios que hasta el momento regía. Al año siguiente reanudó sus operaciones pro-púnicas hostigando a varias tribus celtíberas afines a los intereses de Roma. Su renovada alianza con Asdrúbal le dio rienda suelta para expandir su poder entre otros régulos vecinos menos belicosos, y más tras la derrota y muerte de los dos Escipiones en Kastulo e Ilorci (alto Guadalquivir, Jaén). La amistad cartaginesa no fue gratuita para el oligarca ilergete. Tuvo que entregar una buena cantidad de plata y a su propia esposa como rehén. Quizá cansado de la infinita codicia del Barca, o quizá atento al cambio de vientos que se estaba produciendo en Hispania, en el 209 a.C. Indíbil pactó con Publio Cornelio Escipión, hijo de uno de los Escipiones y nuevo legado enviado por el Senado de Roma para atajar el problema púnico. El romano aglutinaba bajo su mando a muchos iberos deslumbrados por su buena fortuna, algo que quizá decantase a Indíbil a cambiar de lealtades. La ayuda ilergete llegaría a cambio de la devolución de los rehenes que seguían en manos de Asdrúbal y la confirmación de su condición de rey vasallo de la República una vez Cartago fuese expulsada de Iberia.

Indibil y Mandonio

No se saben con certeza las causas, puede que los iberos viesen que Roma era un león vestido de cordero, o quizá los agentes bárcidas sobornasen a los régulos indígenas, pero el caso es que sólo un año mantuvo su nuevo pacto de fidelidad a Roma, pues en el 208 a.C. de nuevo Indíbil forma junto a los aliados iberos en las filas de Asdrúbal. La batalla de Baécula (quizá en Santo Tomé, Jaén) se saldó como la de Cissa para los intereses de Cartago. Asdrúbal consiguió huir, los púnicos fueron derrotados, otra vez Indíbil fue capturado y liberado a cambio de grandes tributos.

A la tercera no fue la vencida. El año siguiente Indíbil secundó una nueva revuelta hispana contra Roma fomentada por el cartaginés Magón. Otro régulo ibero, Mandonio de los ausetanos, que quizá era su cuñado, también acudió a la batalla que se libró en el 206 a.C. y que supuso el afianzamiento definitivo de Roma en la península. Escipión y su fiel Gayo Lelio masacraron a 20.000 sublevados en un angosto valle indeterminado de la Sedetania. Indíbil y Mandonio consiguieron huir.

La salida de Escipión a África dio alas de nuevo a la terquedad del régulo ilergete. De nuevo se alzaron los descontentos contra Roma, y de nuevo fueron derrotados, pero el manto de Lug no le cubrió en aquella ocasión: Indíbil cayó en combate y Mandonio fue entregado a los romanos como parte de la rendición incondicional, muriendo ejecutado poco después.

Muerte de Indíbil

Así fue la muerte de Indíbil según Tito Livio:

Una vez que cayeron acribillados por los dardos los que peleaban en torno al rey, que se mantenía en pie medio muerto y después quedó clavado al suelo por una jabalina

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Gundahario, el rey de los burgundios

17 feb
17 febrero 2012

Nuestro archienemigo de hoy fue un personaje poco relevante para los historiadores romanos coetáneos, pero sus gestas y tejemanejes familiares se recogieron en una de las epopeyas germánicas más relevantes de la temprana Edad Media, El Cantar de los Nibelungos.

Vigésimo cuarta entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló

La primera pregunta es… ¿Quién fue realmente Gunther? Precisamente, a este rey legendario de los burgundios se le conoció por diversos nombres dependiendo de la procedencia de las fuentes: Gundahar para los germanos, Gúðere en nórdico antiguo, Gundaharius para los romanos o Gunnar para Anglos y Sajones. Gundahario nació sobre el 385 de nuestra era en algún lugar indeterminado del lado norte del Rin en el seno de una de las tribus germánicas menos conocidas, pero que, a diferencia de otras más reseñadas, perduraron en la memoria y topografía medieval de Europa. Los burgundios procedían del Báltico, muy probablemente de la isla danesa de Bornholm (quizá por ello los vikingos noruegos la llamaron Burgundarholmr, la isla de los burgundios), pasando sobre el año 200 al norte de la actual Alemania e integrándose junto a otros pueblos germanos en su lento camino hacia tierras más fértiles y cálidas, hacia el Imperio romano.

Gundahario

Su entrada en la Historia fue tan dramática como los terribles años en que le tocó vivir. En el crudo invierno del 405/406, una enorme confederación de pueblos germánicos aguardaba al otro lado del Rin a la espera de que se diesen las condiciones óptimas para cruzarlo y establecerse en las fértiles tierras del Imperio. Parece ser que aquel invierno fue uno de los más severos de la década y el río se heló a la altura de Mongotiacum (hoy Maguncia), lugar por el que miles de alanos, suevos, vándalos y burgundios penetraron en el limes, saqueando todo cuanto cayó a su paso entre Borbetomagus (hoy Worms) y Augusta Treverorum (hoy Trier). Este terrible momento se puede rememorar a lo grande en la estupenda novela “El Águila en la Nieve” del británico Wallace Breem.

El rey de los burgundios, en colaboración con Goar, su homólogo alano, colocó un emperador romano de su gusto en la Galia, un tal Jovino, el cual le concedió “oficialmente” en el 411 toda la ribera del Rin entre el Lauter y el Nahe, ocupada “extraoficialmente” desde el 406, quedando en manos burgundias ciudades importantes de la frontera norte como Argentoratum (Estrasburgo) o la citada Borbetomagus, ciudad donde estableció su trono permanente.

Jovino fue un manipulable senador al que proclamó emperador la nobleza galorromana y que, durante los dos breves años que duró su conato de usurpación, fue un mero títere de los dos caudillos bárbaros. Les concedió más privilegios, ciudades y tierras a cambio de su pleitesía nominal y su promesa de ayuda en caso de enfrentarse al verdadero emperador de Roma, Flavio Honorio. Aquella extraña alianza fue quebrantada por Gundahario todas las veces que quiso, realizando razzias de extremo a extremo de la antigua Galia Bélgica sin que las enérgicas protestas de la maltratada población galorromana surtiesen ningún efecto.

burgundios

La salida de los godos de Italia a mediados del 411 provocó un desequilibrio de poderes que acabó con el ataque de Ataulfo al césar usurpador, la captura de Jovino en Valentia (la Valence francesa) y su ajusticiamiento en Narbo por parte del gobernador de la Galia, fiel al melifluo emperador Honorio. Roma no estaba en condiciones de sacar a los invasores germanos de la Galia, por lo que la cancillería del emperador no tuvo más opción que ratificar el pacto de cesión firmado por Jovino, además de concederle el título de foederati. De aquella manera, en su función de aliado del Imperio, Gundahario quedó como amo y señor de un vasto territorio que acabaría siendo conocido como la tierra de los burgundios, hoy Borgoña.

Aquel ventajoso pacto con el débil Honorio no hizo más que alentar a la nobleza guerrera burgundia. Las correrías por toda la provincia se multiplicaron durante los años siguientes, creando una situación de desgobierno y terror que alarmó al más brillante y postrero de los legados de Roma. Muerto Honorio, la púrpura recayó sobre otro inútil, Valentiniano, el hijo de su hermanastra Gala Placidia. Mientras aquel regente incapaz vivía encerrado en su guarida de Rávena, Flavio Aecio tomó el control del Imperio de Occidente, manejándolo con puño de hierro. Para muchos historiadores fue el mejor militar romano de todo el siglo V. Criado como rehén en las cortes del godo Alarico y el huno Rugila, donde pasó 9 años, conocía y mantenía buenos contactos con ambas etnias. En el 433, el emperador le concedió el cargo de Magíster Militum, equivalente a una capitanía general de los ejércitos de Roma. Desde aquel año, quien pasaría a la Historia con el sobrenombre de “el último de los romanos” se dedicó a recuperar la autoridad que Roma había perdido durante el desastroso mandato de Honorio. Maestro de la estrategia, y tras frenar las pretensiones de los visigodos en la Galia usando sus intrigas, en el 436 Aecio alentó una expedición de sus auxilia hunos destinada a desmantelar el reino de Gundahario.

La campaña fue un éxito, según narraron los historiadores Prospero e Hidacio; Gundahario cayó en combate, así como miles de los suyos. Su hijo, el príncipe Gondioc, y los burgundios supervivientes fueron asentados en la región de los abetos, Sapaudia (hoy conocida como Saboya) y, años después, aquellos mismos burgundios participaron bajo las órdenes de Flavio Aecio en la última gran batalla del Imperio Romano de Occidente, los Campos Cataláunicos, derrotando a Atila y sus federados y vengándose así de aquellos otros hunos que arrasaron su reino y mataron al gran rey que los condujo desde las frías tierras del norte hasta las feraces vegas de la Galia.

hunos

Hasta aquí la Historia, pues la mitología nórdica nos aporta más detalles sobre Gunther (Gundahario). Las leyendas que forjaron el Cantar de los Nibelungos nos cuentan la tortuosa relación entre su esposa Brunilda y su hermana Krimilda, como ésta fue esposa del héroe Sigurd (Sigfrido) y de la muerte de éste por las intrigas de su cuñada. Asimismo, esta obra legendaria nos aporta una versión diferente del final de Gundahario: el rey y sus nobles fueron invitados a cenar a la corte del rey Etzel (Atila), y éste, codicioso del tesoro de los nibelungos, pues sólo aquellos conocían su preciso paradero en el fondo del Rin, ordenó que fuesen asesinados.

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Espartaco, la rebelión de los esclavos

29 ene
29 enero 2012

Nuestro archienemigo de hoy no fue un caudillo tribal germano ni un reyezuelo helenístico, sino un bárbaro sencillo – un auxiliar convertido en esclavo – cuya denodada lucha por la libertad sobrepasó su tiempo y sirvió de inspiración durante cientos de generaciones hasta convertirse en un icono de la lucha contra la opresión.

Vigésimo tercera entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló.

Espartaco (Σπάρτακος en griego) nació sobre el 113 a.C. en las tierras de los maedi, una etnia de la antigua Tracia (probablemente en las inmediaciones de la ciudad de Sandanski, en el suroeste de Bulgaria) Plutarco, Floro y Apiano son parcos en detalles sobre su persona antes de su ingreso forzoso en la escuela de gladiadores de G. Cornelio Léntulo Batiato (o Vatia) en Capua. Las tres fuentes coinciden en que fue auxiliar de las legiones, que desertó del ejército romano y que, cuando fue apresado, lo vendieron y acabó en una mina de yeso hasta que el afamado lanista lo adquirió para su negocio gladiatorio. Sólo Plutarco añade que su esposa, una especie de sacerdotisa de los maedi, también fue apresada junto a él; nada más se supo de ella. A pesar de la animadversión que provocó durante muchos años, los tres historiadores lo consideraron como un hombre cultivado y justo en sus juicios y pareceres. Su nombre fue común en las tierras ribereñas del Ponto Euxino (el Mar Negro) y se sabe de algunos reyes y caudillos tracios y cimerios que se llamaron Spardakoros o Spardacus.

Gladiadores

Tracia era una región casi autónoma, podríamos decir un reino cliente, cuando Espartaco se alistó como auxiliar, pues sólo la franja costera mantenía una ocupación permanente romana. Seguramente no fue el único en enrolarse, pues desde la Tercera Guerra Macedónica hasta la Guerra Civil entre Pompeyo y César (49-45 a.C.) Tracia suministró auxiliares de forma permanente a las legiones. Este detalle debería de quitarnos de la cabeza a un Espartaco pastor nómada o labriego esclavizado, pues más bien sería un profesional del combate disidente de las Águilas de Roma. Se sabe que el rey tracio Rhascuporis le envió tropas a Pompeyo en el 48 a.C., (cuando estaba acampado en Dirraquio, hoy Durazzo, Albania), por lo que no sería muy descabellado conjeturar que en el 74 ó 75 a.C. Espartaco hubiese entrado en una de las levas destinadas a reforzar las legiones gubernamentales inmersas en los conflictos de la República en el Ponto, Asia o Hispania.

Espartaco entró en la historia cuando en el 73 a.C. encabezó junto a los galos Crixo y Enomao un motín en la escuela de gladiadores del mentado lanista Léntulo Batiato. De los 200 gladiadores allí entrenados, cerca de 70 hombres consiguieron escapar de aquel ludus, apoderarse de un vagón de armamento y material de combate y desarticular una pequeña fuerza enviada desde la vecina Capua para atraparles. Viéndose libres y con más impedimenta y equipo con el que pertrecharse, el pequeño ejército de esclavos saqueó la campiña colindante, refugiándose después en el tupido bosque que por entonces cercaba las laderas del Vesubio.

La respuesta de Roma desencadenó la Tercera Guerra Servil (73-71 a.C.) La situación resultaba harto embarazosa. En ambos extremos de la República se estaban librando dos largas guerras, una a cargo de L. Licinio Lúculo contra Mitrídates del Ponto en Oriente, mientras que G. Pompeyo trataba de conjurar la revuelta de Quinto Sertorio en Hispania. Este fue uno de los dos factores que se sumaron para garantizar un descalabro: no había legiones en Italia y el asunto de los esclavos no era para nada honorífico ni meritorio, más bien un trabajo sucio; por ello, el pretor G. Claudio Glabro salió al frente de las cohortes urbanas dispuesto a resolver dicho asunto sin despeinarse, subestimando las capacidades de los sublevados. Su ineptitud le llevó a acampar sin fortificarse frente a la guarida de Espartaco y sus hombres en el Vesubio, quienes, en una acción nocturna no carente de audacia, precisión y disciplina, se descolgaron desde su campamento con sogas, sorprendieron y masacraron a las confiadas tropas de Glabro. El pretor consiguió escapar de forma ignominiosa, siendo motivo de escarnio en el Senado su conducta temeraria e imprudente. El pretor P. Varinio, el sustituto de Glabro, cosechó similar resultado con mayores efectivos, saliendo tan escaldado como su antecesor.

La falta de tropas veteranas en toda Campania propició que durante el invierno del 73/72 a.C. Espartaco pudiese afianzar su posición, saquear más villas, alargar su sombra a las ciudades de Metaponto, Nuceria o Nola, liberar miles de esclavos y formarlos marcialmente (algo que certifica su conocimiento de las tácticas militares de la época), llegando a juntar bajo su mando, o quizá compartiéndolo con su compañero de armas Crixo, cerca de 70.000 personas. El Senado comenzó a preocuparse en serio según los esclavos se hacían con más efectivos, riquezas y territorio, pues el sur de Italia suponía el granero y el parque de latifundios de la aristocracia romana. Así pues, los dos cónsules del 72 a.C., L. Gelio Publícola y G. Cornelio Léntulo Clodiano, movilizaron en primavera dos de las legiones de la frontera norte para erradicar la molesta revuelta servil. A partir de este momento hay contradicciones en los escritos de Apiano y Plutarco, por lo que los hechos bien pudieron ser distintos a como aquí los resumo: La campaña fue agridulce para los rebeldes, pues mientras que la fuerza principal de Espartaco consiguió derrotar a Clodiano en los Apeninos, el pretor de Publícola, Arrio, se enfrentó y derrotó al potente ejército comandado por Crixo en Apulia, batalla en la que el gladiador cayó abatido junto a dos tercios de sus hombres. El tracio consiguió derrotar después a ambos cónsules en el Piceno, y cosechó una nueva victoria frente al G. Casio Longino, gobernador de la Galia Cisalpina, en Mutina (Módena), pero de nuevo fue una victoria casi pírrica que sólo hizo que enardecer a los suyos, envalentonarlos más y volver sus ambiciones hacia un hipotético saqueo de Roma, el destino más anhelado para todos ellos.

Como antiguo soldado que era, Espartaco bien sabía que era sólo cuestión de tiempo que las legiones les derrotasen, por lo que debía de procurarle a los suyos una salida urgente de territorio romano. Según Salustio, Crixo no pensaba como él; era un hombre impulsivo que se dejaba llevar por sus compañeros galos y germanos más pendencieros, incluso consideraba en serio tomar Roma y saquear Italia hasta que no quedase villa y aldea indemne, y quizá esa divergencia de puntos de vista les separó y condicionó sus destinos.

El Senado, horrorizado de ver a Espartaco tan cerca de Roma sin que ninguna fuerza pudiese retenerlo, le encomendó en el 71 a.C. a Marco Licinio Craso, el hombre más rico, insaciable y arrogante de Roma, que se hiciese cargo de las operaciones y liquidase el problema definitivamente. Le fue concedido mando sobre ocho legiones y no fue parco en aplicar severa disciplina a unas tropas atemorizadas y desmoralizadas, llegando a diezmar a una cohorte acusada de cobardía. Tan dura medida consiguió que ya nadie más huyese abandonando armas y equipo a merced del enemigo, como había sucedido justo antes de tomar el mando.

Laurence Olivier como Marco Licinio Craso

Como decidiese Aníbal en su momento, Espartaco convenció a los suyos de la imposibilidad de tomar los muros de Roma al asalto, levantaron tiendas y retornaron hacia Campania. Fue por entonces cuando, probablemente, el tracio entró en contacto con los piratas cilicios, con quienes pactó el envío de una flota que les sacase de Italia desde Rhegium (Reggio di Calabria) Los piratas traicionaron a Espartaco, quizá sobornados por Verres, el polémico gobernador de Sicilia. Craso persiguió a los rebeldes hasta tenerlos acorralados cerca de Rhegium y encerrarlos en la península calabresa construyendo un muro de 65 km. Espartaco, sabedor de que Craso no tardaría en recibir refuerzos, intentó pactar con él una salida negociada del conflicto sin ningún éxito. Vista la negativa, consiguió burlar el cerco de Craso valiéndose de una treta aprendida del tuerto cartaginés, lanzando una estampida nocturna de ganado contra una sección del muro mientras él y sus hombres lo rebasaban por el extremo opuesto. Las reses, que portaban antorchas en sus cervices, distrajeron lo suficiente a las tropas de Craso para que Espartaco llegase a Lucania.

La extraordinaria fuga de Espartaco colmó la paciencia del Senado a la vez que enrojeció la cara de Craso. Lúculo recibió órdenes de desembarcar sus legiones de Asia en Brundisium (Bríndisi) mientras que Pompeyo hacía lo propio con las suyas de Hispania en el Bruttio. La suma de los tres ejércitos suponía un montante de 20 legiones (cerca de 120.000 hombres), muchos de ellas formadas con veteranos curtidos en las guerras contra Mitrídates y Sertorio. Acorralados y acuciados, una nueva disensión se produjo entre los esclavos, esta vez protagonizada por dos de sus líderes, Gaunico y Casto, los cuales escindieron una fuerza de 30.000 hombres que fue derrotada por Craso. Este nuevo contratiempo obligó a Espartaco a marchar hacia el Adriático, pero cuando ya estaba cerca de Brundisium fue avisado de que Lúculo acababa de desembarcar allí, por lo que dio media vuelta en busca de un impaciente Craso que no estaba dispuesto a compartir con el recién llegado Pompeyo la gloria del triunfo.

El enfrentamiento final tuvo lugar en el valle del Río Sele (Silario), en el territorio actual de Senerchia cerca del pueblo de Quaglietta, en el Alto Valle del Sele (región de Lucania) En ese valle se vieron frente a frente los 80.000 esclavos de Espartaco y los 40.000 legionarios de Craso. Cuando ambas formaciones estuvieron dispuestas le llevaron su caballo a Espartaco, y éste, decidido a combatir como uno más, lo mató con su espada, diciendo después: “la victoria me dará bastantes caballos de entre los enemigos, y si soy derrotado, ya no lo necesitaré“. Aquella vez la disciplina y la superioridad táctica se impusieron al ímpetu y el ardor de los rebeldes. Cerca de 60.000 hombres cayeron aquella mañana en las riberas del Sele, incluido el propio Espartaco. Los 6.000 hombres que Craso capturó fueron crucificados en la Vía Apia desde Capua a Roma como macabra advertencia a todo esclavo que pensase que podía volver a desafiar el poder de la República. Casi 2.000 hombres consiguieron unirse a los piratas cilicios, mientras que los 5.000 supervivientes que lograron escapar de los gladios de Craso se toparon con los de Pompeyo pocos días después. Craso, después de todos los esfuerzos y disgustos, tuvo que disputarse con el de Piceno el honor de haber erradicado la revuelta, pues fue Pompeyo el primero en llegar a la Urbe y reclamarlo para sí mismo.

Espartaco siempre será fuente de inspiración atemporal para quienes luchan contra la opresión. De todas las obras que conozco, me quedo con la estupenda novela de Howart Fast que le sirvió de motivación a Kirk Douglas para que Stanley Kubrick rodase una obra maestra. Sobre el Spartacus, Blood and Sand que hemos visto en TV, todo parecido con la realidad es pura casualidad.

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Calgaco, el primer “Braveheart”

20 ene
20 enero 2012

Nuestro archienemigo de hoy pudo ser un gran jefe tribal de los pictos o sólo fruto de la inventiva de Publio Cornelio Tácito, historiador, político y yerno de Agrícola, el gobernador de Britania que llevó las legiones hasta los confines de la isla. Poco se sabe de su vida, pero su presunto discurso previo a la batalla del Mons Graupius es todo un alegato de libertad.

Vigésimo segunda entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló.

En el verano del 77 d.C. Cneo Julio Agrícola fue designado como gobernador de Britania. La isla se encontraba por entonces en una tensa calma. Los rescoldos de la revuelta de Boudica ya se habían apagado, pero la frontera norte se había vuelto inestable. Una nueva revuelta protagonizada por la tribu de los brigantesdurante el mandato del anterior gobernador Quinto Petillo Cerealis había insuflado aires de libertad a muchas de las tribus al norte de Eboracum (la actual York), pero Cerealis conjuró la rebelión y dispersó a los sublevados, refugiándose los irredentos muy al norte de sus tierras, en las brumosas montañas de la conocida por entonces como Caledonia (actual Escocia)

Agrícola realizó seis campañas para afianzar la estabilidad del norte de Britania, en el 78 tomando de nuevo la isla de Mona (Anglesey) y sofocando las revueltas de los ordovices (hoy Gales) y entre el 79 y el 83 se adentró casi hasta territorio picto. Ningún ejército romano había llegado tan al norte desde que César desembarcase en Britania más de un siglo antes (de hecho, hasta que la flota de Agrícola no circunnavegó Britania aquel año no estaban completamente seguros de que era una isla) Fue en esta penúltima campaña, en la del 83, cuando la Legio IX Hispana entró en contacto con nuestro protagonista de hoy.

Las tribus pictas, alentadas por los brigantes huidos del sur, decidieron enfrentarse a la amenaza que suponía un ejército romano acampado tan cerca de sus tierras. Por ello, y según Tácito, eligieron a un hombre que les acaudillara. Según el historiador romano, ese honor cayó en Calgaco, cuyo nombre en celta podría ser interpretado como calg-ac-os, “el que posee una hoja” o “el hombre de la espada”. El erudito romano lo describió como “el más distinguido de nacimiento y el valor entre los jefes“. Teniendo en cuenta que todo lo que sabemos de este hombre y las campañas pictas se basa en el De Vita Iulii Agricolae, la crónica de la vida y hazañas de su admirado suegro, bien puede tratarse de un bárbaro idealizado para mayor gloria de Agrícola. El caso es que, en un ataque nocturno, los pictos asaltaron el campamento de la IX cerca del lago Ore. El asalto fue un fiasco, pero el peligro latente que la hostilidad picta representaba para la frontera britana hizo que Agrícola se embarcase en una sexta campaña llevando sus tropas mucho más al norte en busca de los indígenas que se habían atrevido a desafiar el poder de Roma.

En la primavera del 84, Cneo Julio Agrícola movilizó a la IX y a la XX Valeria Vitrix. Se cree que sus efectivos rondarían los 20.000 hombres, dos legiones a las que se sumarían cerca de 8.000 auxiliares britanos y 2.000 jinetes bátavosque se trajo desde Germania, mientras que la coalición de tribus pictas bajo el mando de Calgaco ascendería a unos 30.000 combatientes (y digo combatientes porque los pictos acudían al combate con sus familias, así pues eran hombres y mujeres). Los pictos eran gentes bravas e indómitas. Al estar dentro de la esfera de influencia celta, la literatura y el cine nos han dejado bastantes guiños sobre su apariencia, costumbres y modos. Pelirrojos, desgarbados, desnudos y pintarrajeados de azul, acudían al combate en familia. Sus carros de guerra suponían un importante desafío para un ejército eminentemente de infantería como el romano. La palabra griega Πικτοί (picti en latín) aparece por primera vez en el siglo III a.C. y puede traducirse como “los pintados” o “los tatuados”, pero también podría referirse a una etimología popular indígena, quizá procedente del celta Pehta o Peihta (luchador)

Calgaco evitó en varias ocasiones un enfrentamiento directo con el ejército de Agrícola, que se adentró en territorio enemigo hasta llegar a un punto indeterminado de los Montes Grampianos, al norte de la actual Perth, una colina a la que Tácito llamó Mons Graupius. Allí fue donde, rompiendo con la táctica de acoso y fuga que había llevado durante toda la campaña, la coalición picta le presentó batalla al gobernador romano. Quizá Agrícola forzase a Calgaco a enfrentarse al cortarle su cadena de suministros, quizá el consejo tribal – guerrero y no estratega – se cansó de acosar y huir y prefirió entablar combate en terreno conocido. Agrícola dispuso en lo alto de una colina rocosa a sus tropas, estirando las líneas todo lo que pudo para paliar la superioridad numérica enemiga. Los auxiliares britanos conformaron la primera línea, reservándose en retaguardia a la XX Valeria Vitrix y colocando a la caballería bátava en las alas. Los zapadores de la legión dispusieron de zanjas y empalizadas que estorbasen una posible carga de carros de guerra. Por el contrario, Calgaco colocó a todos sus efectivos frente a Agrícola, concentrando la infantería en un bloque y colocando a su caballería en vanguardia. Tras el clásico intercambio de proyectiles, venablos y flechas de las dos avanzadas, se produjo el ataque de la caballería picta en el flanco derecho romano, incursión que hizo estirarse aún más la línea romana para evitar cualquier brecha.

Calgaco entendió que su oportunidad estaba en aprovechar esta maniobra para quebrar el centro y lanzó el grueso de su ejército contra la línea romana. El gran problema picto fue no intuir que la disciplina y la pala eran las verdaderas armas de Roma. Las zanjas y el terreno pedregoso conjuraron la carga de carros, mientras que las turmae de caballería bátava espantaron a sus oponentes, produciendo su desbandada un efecto dominó en el resto de tropas. Agrícola fue uno de los militares más avezados de su tiempo, y reaccionó como tal. Había reforzado su primera línea con cinco cohortes bátavas, a las que siguieron las tropas veteranas y frescas de la XX Valeria Vitrix. La desmoralización se convirtió en fuga desordenada, desatándose una persecución que se tornó en matanza y sólo la caída de la noche evitó que las tropas romanas sacasen del bosque a todo picto armado. Ante la inmensa cantidad de prisioneros que caían en manos romanas se dio la orden de matar a todo enemigo… Tácito habla de 360 romanos muertos frente a 10.000 pictos. Puede que la cifra estuviese hinchada en exceso para allanarle el triunfo a su suegro, pero no sería el primer caso de unas cifras de bajas tan dispares entre vencedor y vencido en la historia del ejército romano republicano (Lúculo en Tigranocerta, César en Pharsalia o Paulino entre Londinium y Viroconium, por ejemplo).

Nada más se supo de Calgaco; no fue hecho prisionero, ni se sabe si murió junto a sus hombres o pudo huir al interior de Caledonia, lo que sí sabemos es lo efímero y fútil que fue aquel esfuerzo militar. Sin una fuerza armada que se opusiese a Roma, todo parecía abocado a que las tierras de los pictos pasasen a formar parte de la Britania romana, pero quizá los celos evitaron que la actual Escocia se convirtiera en parte del Imperio. Poco después de la victoria en el Mons Graupius, Cneo Julio Agrícola fue llamado a Roma. El emperador Domiciano, un psicópata envidioso y despótico, molesto por los logros militares de Agrícola, le ofreció el puesto de gobernador de la pacífica provincia de África, cargo que aquel rehusó por dos veces. Su insistente negativa, sumado a los rumores de frontera de que Agrícola era el único legado capaz de solucionar el problema germano, pudo alentar a Domiciano a ordenar su muerte por envenenamiento. El caso es que Agrícola falleció durante su exilio velado en su casa de la Galia en el 93; Tácito dejó entrever que la mano de Domiciano estuvo detrás y Dion Casio afirmó sin dudas que fue asesinado por orden del emperador.

La salida de Agrícola de Britania supuso el final de las operaciones más allá de Eboracum y de las aspiraciones a llevar la frontera más allá de lo que poco después sería el Muro de Adriano. Personalmente, pienso que Escocia no fue romana por un ataque de envidia.

El discurso de Calgaco
Es muy poco probable que Calgaco soltase esta arenga a sus tropas antes del enfrentamiento que les llevaría a la muerte o el cautiverio, parecen más propias de alguien como Tácito, un erudito que ensalza a los enemigos de Roma para hacer así más gloriosas las victorias de sus legados, poniendo además en boca de un bárbaro muchos de los pensamientos que habrían servido para el guion de “Braveheart”. Señalo en negrita la frase inmortal extraída de este discurso, la frase con la que comienza mi novela Valentia y que explica la expansión romana:

Auferre, trucidare, rapere falsis nominibus imperium, atque ubi solitudinem faciunt, pacem appellant
A la rapiña, el asesinato y el robo los llaman por mal nombre gobernar y dónde crean un desierto, lo llaman paz

Este es un extracto del discurso que forma parte del De Vita Iulii Agricolae:

“Cada vez que examino las causas de la guerra y las dificultades que nos ocasiona, tengo la gran esperanza en que en este día vuestra unión dará lugar a la independencia para toda Britania. Las batallas anteriores, donde hemos luchado contra los romanos con diversa fortuna, nos dejaban esperanza y reserva, porque para nosotros, que no hemos sido esclavizados a ninguna de las orillas, la mancha de la opresión no enturbiaba nuestras miradas. Situados en los confines del mundo y de la libertad, este alejamiento y lejanía nos ha defendido y cubierto nuestro nombre. Pero hoy Britania está abierta al enemigo…los romanos, cuya insolencia intentaremos evitar en vano con la sumisión y la reserva. Salteadores del mundo que, tras devastar todo, ya no tienen tierras que saquear y buscan en el mar; ávidos de poseer, si el enemigo es rico, de dominar si es pobre, ni Oriente ni Occidente les ha saciado…Robar, masacrar, arrebatar, esto es lo que llaman autoridad, y vacían territorios para establecer la paz.

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Archienemigos de Roma: Surena, el demonio de las arenas

06 dic
6 diciembre 2011

Vigésimo primera entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló.

Nuestro nuevo archienemigo es un perfecto desconocido, pero su innegable capacidad militar propició uno de los mayores desastres militares de la república de Roma en el siglo I a.C. Una de las consecuencias de la batalla de Carrhae fue la aceleración del fin de la República, así como el germen de una leyenda tan inmortal como aquella batalla: La legión perdida.

Se supone que Surena nació sobre el 82 a.C. en el seno de la Casa de Suren, una de las familias aristocráticas más influyentes del antiguo Imperio Parto. Surena es la versión grecolatina del original Sûren, que fue un nombre bastante común en su época y entorno, incluso aún en la actual Armenia, pues en parto significa “el héroe”. Marcelino indicó que, además de un nombre, pudiese ser también un título hereditario: “La más alta dignidad en el Reino, al lado de la Corona, fue la de Surena, o Gran Comandante, y esta posición era hereditaria en una familia en particular”.

Surena

Fuese su verdadero nombre o sólo un título honorífico, Surena fue un hombre extraordinario. Así nos lo describió Plutarco en su “Vida de Craso”:

“Surena fue un hombre muy distinguido. En la riqueza, el nacimiento y en el honor tributado a él, se clasificó junto al rey, en valor y la capacidad fue el parto más importante de su tiempo, y en la estatura y la belleza personal que no tenía igual”

“…era el más alto y el mejor hombre, pero la delicadeza de sus gestos y afeminamiento de su vestido no prometía la hombría tanto como en realidad tenía, o su cara pintada, y su cabello peinado con raya a la manera de los medos”

Como detalle adicional para agrandar su persona, el historiador nos relata que Surena poseía una cantidad ingente de esclavos enrolados en su ejército personal que eran mantenidos por sus propios medios. Otras fuentes hacen a la Casa de Sûren señores del Sakastán, entre Arachosia y Drangiana, hoy el suroeste de Afganistán, siendo su padres Arakhsh y Massis.

Su aparición en la Historia tuvo lugar en el asedio de Seleucia del Tigris, fechada en el 54 a.C., donde Surena actuó como lugarteniente del rey Orodes II en su enfrentamiento familiar con Mitrídates III, hermano del rey y su adversario político. Las guerras y asesinatos entre la realeza irania fue común desde tiempos de los Aqueménidas, por lo que era del todo normal encontrarnos con reyes que debían su trono a la muerte de padres o hermanos. La situación geopolítica del Oriente Medio en aquellos años estaba poniéndose muy complicada. Roma estaba controlada por un pacto privado que hoy conocemos como triunvirato: Pompeyo, César y Craso eran los auténticos dueños de la República, estableciendo cada uno de ellos un área de influencia y enriquecimiento. Mientras César conquistaba las Galias y Pompeyo desde Roma delegaba en Afranio y Petreyo su control de Hispania, Craso, inmensamente rico pero carente del talento militar de sus socios, decidió que su gloria estaría en Oriente.

En el 53 a.C., Marco Licinio Craso, actuando como gobernador de Siria, se puso al frente de un ejército espectacular de siete legiones, además de 5.000 jinetes galos y 5.000 auxiliares, un montante de 44.000 hombres. Puede que dicho afán de gloria viniese por el consejo ponzoñoso de Ariamnes, un árabe que ayudó en su día a Pompeyo, pero que por entonces estaba a sueldo de Orodes II de Partia. Quizá fue él quien suscitó en Craso la idea de una victoria fácil cuando, en verdad, estaba enviando al triunviro y sus hombres a uno de los puntos más desolados de todo Oriente Medio. Su propio hijo Publio le acompañaba, dispuesto a llevar la frontera de Siria hasta más allá del Tigris y desestimando la ayuda militar que Artavasdes, rey de Armenia y aliado de la república, le ofrecía en su campaña parta. Orodes II pronto vio el peligro que podía suponer para su reino la irreflexiva ambición de Craso, pero también fue consciente de su ignorancia del terreno que pretendía conquistar. En vez de movilizar un gran ejército que frenase al romano, le encargó a su fiel jefe de la caballería, Surena, que fuese él quien se enfrentase a las legiones. El Rey Orodes movilizó a su ejército invadiendo Armenia, mientras que Surena partió al encuentro de Craso con 1.000 catafractos (caballería pesada) y 9.000 jinetes.

Catafracto

El 9 de Junio del 53 a.C. ambos ejércitos se toparon en la tórrida llanura de Carrhae (hoy Harrán, en Turquía) Surena sabía muy bien que no podía plantearle una batalla campal a Craso, donde la disciplina y superioridad numérica romana sería ventajosa para su adversario, por lo que utilizó a la perfección las mejores cualidades de sus hombres: su movilidad y eficacia con el arco parto, mucho más eficaz que el asirio y cuya curvatura imprimía mayor velocidad y potencia a las flechas, capaces de atravesar una hamata romana (cota de malla) a media distancia. Eran capaces de disparar sus flechas hasta en plena fuga…

Así fue como los jinetes partos comenzaron a hostigar a las legiones, llegando incluso a utilizar camellos para mantener el acoso mientras las monturas descansaban. Esta persistencia obligó a que Craso destacase a su hijo del grueso del ejército al frente de la caballería gala, enviándole a perseguir un presunto repliegue parto que resultó ser una carga de catafractos que acabó envolviendo a las tropas romanas en una inmensa polvareda hasta su exterminio. El coraje de los jinetes galos nada pudo hacer frete a verdaderos caballeros cubiertos de hierro hasta las cejas. La cabeza de Publio Licinio Craso acabó en la punta de un asta a la vista de las legiones.

Batalla de Carrhae

Desarticulada la caballería romana, Surena lanzó a todas sus tropas contra las legiones y el único alivio de Craso fue la llegada de la noche y la tregua forzosa que ello supuso. El triunviro se replegó hacia la ciudad de Carrhae, dejándose en el polvo a 4.000 heridos que los partos remataron en su persecución implacable. La noche siguiente, Craso hizo caso del consejo de un guía local que le propuso un camino seguro de vuelta a Siria. Su cuestor, Cayo Casio Longino, desconfió de aquel guía y sacó de allí en dirección contraria y por su propia cuenta y riesgo a 5.000 legionarios y 500 jinetes. Fueron los únicos que pudieron contar lo sucedido. A la mañana siguiente, el guía traidor condujo a las legiones de Craso a un terreno de difícil acceso sin más salida que el ejército de Surena, quien le propuso un pacto. Sin agua, sin refuerzos y sin suministros, presionado por sus hombres, Craso accedió a parlamentar. Durante aquel encuentro, Marco Licinio Craso fue ajusticiado, así como el resto de los legados que le acompañaban. Después de muerto, presuntamente Surena ordenó que le vertiesen oro derretido en la garganta, en un gesto simbólico de burla por la renombrada codicia de Craso. Según las fuentes clásicas, como Plutarco, 20.000 hombres fueron pasados a cuchillo en la polvorienta estepa de Carrhae y 10.000 acabaron como prisioneros del rey Orodes II, dando lugar a la fabulosa leyenda de la legión perdida. Las siete águilas de las legiones y la cabeza de Craso fueron enviadas al rey como macabros trofeos.

La aplastante victoria de Surena supuso su inmediata caída en desgracia ante el rey Orodes, temeroso del poder e influencia que había obtenido su súbdito gracias a tan extraordinaria empresa. El rey, sintiéndose amenazado por una posible traición de Surena, ordenó su muerte en el 52 a.C. La batalla de Carrhae no produjo un cambio fronterizo relevante (el cuestor Casio reorganizó Siria y conjuró las siguientes ofensivas partas) pero sí que supuso la ruptura del equilibrio de la República. Con la muerte de Craso, Pompeyo y César eran dos gallos en un mismo corral. La cruenta guerra civil que transformó la agónica República en el Principado tardaría sólo cuatro años en desatarse.

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Archienemigos de Roma: Frigiterno, el verdugo de Adrianópolis.

18 nov
18 noviembre 2011

Vigésima entrega de “Archienemigos de Roma“. Colaboración de Gabriel Castelló.

Nuestro archienemigo de hoy es un ilustre ninguneado cuyo gran mérito fue infringirle la mayor derrota militar al Imperio Romano de Oriente. La batalla de Adrianópolis supuso un antes y un después en la actitud de Roma frente a los bárbaros.

No sabemos con exactitud qué año nació Frigiterno, cuyo nombre original en godo, Frithugarnis, significa “Deseando la Paz”. Caudillo de los tervingios, su nombre aparece en la Historia cuando le solicitó al emperador Valente que su pueblo pudiese instalarse en el lado romano del Danubio. La pregunta es obvia, ¿Por qué Frigiterno no se contentó con mantenerse en la Dacia, en manos de los godos desde que se la cediese el emperador Aureliano muchos años antes? La respuesta tenía los ojos rasgados, era de pequeña estatura y manejaba muy bien el arco a caballo. Los hunos masacraron en el 376 a los ostrogodos (Ost Goths, godos del Oeste), continuando su camino de pillaje y destrucción hacia el Imperio Romano de Oriente. Los pocos supervivientes alertaron a los visigodos (Wiss Goths, godos del Este) del peligro que arrostraban y Frigiterno, su caudillo por entonces, vio clara la conveniencia de cruzar el Danubio en calidad de foederati del Imperio. En aquel momento el César de Oriente era Flavio Julio Valente, quien ya se había enfrentado a los godos con éxito entre el 367 y el 369, conminándolos en la Escitia occidental (hoy Moravia y Valaquia). Valente accedió a la propuesta de Frigiterno, que era arriano como él; para el emperador, una alianza estratégica con los visigodos supondría un buen muro de contención ante el peligro común que podían representar los hunos. Los visigodos fueron asentados en Moesia, en aquellos momentos una provincia pobre y despoblada, concediéndoles la ciudadanía romana a cambio de su servicio militar y el consecuente pago de los impuestos imperiales. No todos los bárbaros cruzaron el río. Atanarico, adversario tribal de Frigiterno, se quedó en la Dacia a su suerte, quizá porque aún era pagano y se oponía a la política “filorromana” del caudillo visigodo.

Equite y legionario de Valente

Los problemas de Frigiterno no vinieron por sus desavenencias internas. La Iglesia y la aristocracia más conservadora pronto se mostraron opuestas a la decisión imperial. A su vez, la codicia desmedida de la administración local acabó por soliviantar a los nuevos aliados. Según los últimos estudios – quizá menos propagandísticos y apocalípticos que los relatos de Marcelino u Orosio, ambos historiadores romanos contemporáneos de estos hechos – la cifra de bárbaros que se establecieron en Moesia estaría cercana a los 75.000, siendo sólo unos 15.000 los hombres en edad de guerrear. A éstos habría que sumar los cerca de 4.000 jinetes ostrogodos y alanos que escaparon de los hunos y que se enrolaron en el contingente visigodo.

La situación en el 377 se hizo insostenible. A las malas cosechas se sumó la avaricia desmedida del comes (conde) de Moesia, Lucipino, quien se hizo rico inflando los precios de los suministros que la administración imperial destinaba a sus foederati. También se sabe que aquel año el pagano Atanarico cruzó el río para unirse a sus paisanos, soliviantando a la Iglesia que veía en el la piel del demonio. Frigiterno, alertado del complot que había urdido Lucipino para asesinarle, le mató durante un banquete en el que éste tenía planeado eliminarle.

Habiendo roto relaciones con el Imperio, y con su pueblo exigiéndole sustento, Frigiterno se dirigió a Tracia, saqueando ciudades y campiña para obtener los suministros que su pueblo necesitaba para subsistir. Dos pequeños ejércitos romanos fueron liquidados sin excesivos problemas, alarmando con ello a la corte de Constantinopla. Valente reaccionó rápido. Salió de Antioquía (Siria) donde estaba enzarzado con los persas, para llegar a los Balcanes al frente de un ejército considerable, siete legiones, cerca de 21.000 hombres, además de un número aún mayor de auxiliares. Levantó su campamento junto a una ciudad que pasaría a la Historia por lo que tenía que ocurrir frente a ella: Adrianópolis (hoy Edirne, en la Turquía europea)

Adrianópolis

Valente, apoyado por sus legados Víctor y Ricimero (un vándalo encumbrado a magister militum tiempo después), formó ante el campamento visigodo una fuerza imponente. Sus siete legiones contaban con las tropas de élite, la legión palatinae, así como una pequeña fuerza de caballería también destacable. Sólo había una diferencia con otros enfrentamientos anteriores en la zona de gran magnitud, como los acaecidos durante la guerra dacia de Trajano. Las legiones del siglo IV tenían como tal el nombre. El legionario del año 378 en nada tenía que ver con el de Marco Aurelio o Trajano. Con una larga spatha en vez de gladio, un scutum redondo en vez del cuadrado clásico y una cota de malla en vez de la lorica segmentata, era un cuerpo de ejército peor dispuesto, disciplinado y pertrechado.
En cambio, los godos habían recibido instrucción romana como foederati que eran, además de usar todo tipo de armas de contacto o arrojadizas, ganando contundencia sin padecer la rigidez estructural de las líneas romanas. Pero su ventaja principal no fue esa movilidad, sino el peso de la caballería en la estrategia.

El 9 de Agosto del 378, Valente sacó a sus tropas del campamento de Adrianápolis, dejando allí su impedimenta y el tesoro de guerra, y formó en una llanura próxima ante Frigiterno. El corregente de Occidente, su sobrino Graciano, se había mostrado diligente y venía en ayuda de su tío, pero éste pensó que no podía esperar, quizá espoleado por su legado Sebastián o por otros motivos que se desconocen. No me extenderé con el relato pormenorizado de esta impresionante batalla, me centraré en las consecuencias de la misma. Alateo, el comandante de la caballería goda, destrozó a la débil caballería romana, atosigando después a las legiones por los flancos mientras que Frigiterno empujaba a las tropas de Valente por el centro hasta que la batalla se tornó en matanza. Dos terceras partes del ejército romano no salieron nunca de la llanura de Adrianópolis, incluido el emperador Valente. Según los testimonios coetáneos, era difícil avanzar entre tanta sangre, heces, orines y cuerpos mutilados. Dado lo cruento de la batalla, donde secciones enteras de la línea romana murieron matando ante la evidencia de no tener posible fuga, es lógico pensar que las bajas godas serían también considerables.
El fin de Valente es controvertido, según nos dejó Amiano Marcelino en sus Historias, pudieron pasar dos cosas:

“fue herido mortalmente por una flecha, y expiró”, (XXXI.12)
Valente fue herido y llevado a una pequeña choza de madera. La choza fue rodeada por los godos que le prendieron fuego, sin saber quién estaba dentro (XXXI.13.14-6)

Valente

Lo cierto es que no se recuperó el cadáver del emperador, por lo que fue tratado como cualquier otro legionario. Víctor y Ricimero condujeron a los supervivientes a Adrianópolis, quizá en busca de unos muros que sirviesen de freno a la marea goda. Toda la parte europea del Imperio de Oriente quedó a merced de Frigiterno, conmocionado y sin su César, quien saqueó a conciencia campos y ciudades con la excepción de Atenas, la cercada Adrianápolis y la capital, Constantinopla, a causa de la ausencia de máquinas de asedio con las que derruir los muros de estas grandes ciudades fortificadas.

Frigiterno murió como rey absoluto de los visigodos en el 380. Le sucedió su antiguo adversario, Atanarico. Éste sólo pudo reinar un año, pero antes de su muerte en el 381 consiguió que el nuevo regente de Oriente, un legado de origen hispano llamado Teodosio, les concediese la condición irrevocable de foederati del Imperio. Adrianápolis fue la tumba de las legiones. Desde aquel desastre inmortal, Teodosio favoreció la figura del dux (duque) al mando de un ejército fronterizo, limitanei, que sería apoyado por un ejército libre de frontera, comitatense, que se desplazase allá donde surgiesen los problemas. Acababa de nacer el feudalismo.

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