Así se llamaba el quinto mes del calendario republicano hasta que Marco Antonio durante su consulado propuso al Senado cambiar de Quintilis a Iulius en honor a su idolatrado mentor el dictador Cayo Julio César.

Era el mes consagrado a Minerva, divinidad de la sabiduría asociada a la Atenea griega y una de las tres divinidades superiores del panteón romano, la tríada capitolina, junto a Júpiter y Juno.

El mes se representaba en el calendario como un mancebo bronceado cuyos cabellos asemejaban espigas debido a que era el mes en que los labradores comenzaban a segar sus campos de farro (trigo antiguo), avena y centeno.

Las Kalendas de Quintilis era día nefasto. Nada bueno podía hacerse hasta el día 4: Sirva de ejemplo que en las calendas de Iulius del 31 fue nombrado cónsul un joven llamado C. César Augusto Germánico. La historia lo recordará por el apodo que le dieron los legionarios de su padre durante su infancia en Germania: Calígula (botitas)

El día 5 tenía lugar una celebración imprecisa en honor a Júpiter llamada Publifuges. También comenzaban los Ludi Apollinares, del 5 al 12, consagrados a Apolo e instaurados durante la Segunda Guerra Púnica para entretener a la ciudadanía y conjurar los peligros que azotaban la república. Era una especie de “Acción de Gracias” al ejército romano en el que tenían lugar banquetes, juegos y procesiones de las matronas hasta los templos donde realizaban un curioso ritual: Barrían los altares con su pelo suelto.

El día 7 se rendía homenaje a la muerte de Rómulo, acaecida en el 715 a.C. Era una jornada licenciosa que también coincidía con una celebración curiosa, las Nonas Caprotinas, o fiesta del higo, un ritual en honor a Juno en el que las esclavas jugaban un papel predominante.

El día después de los Idus tenía lugar la celebración de la Stella Maris, vinculada a Isis en tiempos del Imperio. Se veneraba a Sirio, la estrella más brillante del firmamento y guía de los navegantes del Mediterráneo Oriental.

Según la tradición Cayo Julio César nació el día 11 de este mes. Por ello Marco Antonio eligió este mes, y no otro, para cambiar su nombre en honor del dictador.
Pero los agasajos para César no acabaron aquí. El 18 de Iulius del 29 a.C. (fecha curiosa, no elegida al azar años después), su hijo adoptivo, Augusto, consagró un templo en dedicado al culto del Divino César, el dictador garante del bienestar del Imperio. Cada año, desde el día 20 hasta finales de mes, tenían lugar en todo el Imperio los Juegos en su honor.


El día 20 era el día grande de Minerva. Se celebraban las Panateneas, herencia directa de las grandes fiestas atenienses en honor a Atenea. Consistían en una celebración cívica y multitudinaria en la que las damas más nobles de la ciudad ofrendaban a la diosa una túnica exquisita que se llamaba paladio y que les había llevado nueve meses confeccionarlo. Esta lujosa prenda se colocaba sobre la imagen de Minerva en un ritual solemne y, posteriormente, se realizaba una procesión por las calles para que el pueblo pudiese acariciarlo o, incluso, llevarse un trozo de él. Sacerdotes con ramas de olivo, jóvenes danzantes, música y color acompañaban a la diosa. Minerva era la protectora de las ciudades y su halo de protección descendía a toda la ciudadanía. Cada cuatro años tenían lugar unas festividades mayores llamadas Grandes Panateneas. Quien haya podido ver o asistir a la procesión de la Mare de Deu dels Desamparats saliendo de la Basílica de la Virgen en Valencia no necesita más palabras para describir esta festividad.

Entre el 19 y el 21 se celebraba la Lucaria, la festividad de los bosques sagrados asociada a la diosa agrícola Dea Dia.

El día 23 tenía lugar la última gran festividad del mes: la Neptunalia. Eran unas fiestas cuyo objeto era conjurar la sequía en honor a Neptuno, dios de las aguas y protector de los pescadores y navegantes. Estas festividades se realizaban cerca del mar, preferiblemente en un cabo, donde se llevaba a un buey para sacrificarlo en honor al dios y que servía de vianda para el banquete ceremonial. Los asistentes decoraban sus túnicas con elementos vegetales, se bebía a raudales y se realizaban competiciones náuticas.

Colaboración de Gabriel Castelló autor de Valentia

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