La ciencia suele presentarse como un mundo pulcro: batas blancas, protocolos estrictos, comités de ética y experimentos cuidadosamente controlados. Pero si uno se adentra un poco en la historia descubre algo bastante más humano. Impaciencia, intuición, obsesión… y, en algunos casos, una valentía que roza la temeridad. Durante siglos, cuando una hipótesis se atascaba y no había voluntarios disponibles, algunos científicos decidían que el sujeto experimental más accesible era el que tenían más a mano: ellos mismos. No es una metáfora. Se infectaron, se intoxicaron, se perforaron o se metieron sustancias en el cuerpo para comprobar si su teoría era correcta. Y lo más curioso es que algunos no solo sobrevivieron, sino que terminaron recibiendo premios Nobel. Bienvenidos a uno de los capítulos más peculiares de la historia de la ciencia: el de los investigadores que decidieron que las cobayas estaban demasiado caras.
Uno de los ejemplos más famosos es el del médico australiano Barry Marshall. Durante décadas la medicina había dado por sentado que las úlceras de estómago eran consecuencia del estrés, la mala alimentación o la vida agitada. Marshall sospechaba que el culpable era otro: una bacteria llamada Helicobacter pylori. El problema es que nadie le creía. En los años ochenta la idea de que una bacteria pudiera sobrevivir en el ambiente ácido del estómago parecía absurda para muchos especialistas. Sin pruebas directas en humanos, su teoría no avanzaba. Así que Marshall decidió resolver el problema de la forma más directa posible. En 1984 se bebió un cultivo lleno de Helicobacter pylori que había aislado de un paciente. Tres días después estaba enfermo, con náuseas, vómitos y una gastritis aguda. Una endoscopia confirmó que su estómago estaba colonizado por la bacteria. El experimento había funcionado. Su teoría terminó revolucionando el tratamiento de las úlceras y, dos décadas más tarde, Marshall recibió el Premio Nobel de Medicina junto a Robin Warren. A veces la ciencia avanza con sofisticados laboratorios; otras veces, con un brindis bacteriano.
Si el experimento de Marshall fue audaz, el del médico alemán Werner Forssmann fue directamente temerario. En 1929 este joven cardiólogo estaba convencido de que era posible llegar al corazón introduciendo un catéter por una vena del brazo. Hoy la idea parece evidente, pero en aquella época muchos médicos pensaban que algo así provocaría la muerte inmediata del paciente. Sus superiores le prohibieron intentar el procedimiento. Forssmann decidió ignorarlos. Engañó a una enfermera para conseguir el material, se aplicó anestesia local en el brazo y comenzó a introducir una sonda urinaria de unos sesenta y cinco centímetros a través de su propia vena. La fue empujando poco a poco hasta alcanzar la aurícula derecha de su corazón. Y como todo científico necesita pruebas, bajó caminando al departamento de rayos X para hacerse una radiografía con el tubo dentro del pecho. La imagen demostraba que la técnica era viable. Sus jefes, sin embargo, no quedaron impresionados: lo despidieron por irresponsable. Años después, cuando el cateterismo cardíaco se convirtió en una herramienta fundamental de la medicina moderna, Forssmann recibió el Premio Nobel. La moraleja histórica es sencilla: si vas a saltarte todas las reglas, procura que la radiografía salga bien enfocada.
Mucho menos elegante fue el experimento de Stubbins Ffirth, un estudiante de medicina estadounidense de principios del siglo XIX que merece un lugar destacado en cualquier lista de científicos con estómago de hierro. Ffirth estaba convencido de que la fiebre amarilla no era contagiosa. Para demostrarlo decidió experimentar consigo mismo. Y lo hizo de una manera que hoy provoca una mezcla de incredulidad y náusea. Recogía vómitos de pacientes infectados —el famoso “vómito negro” característico de la enfermedad— y realizaba con ellos una serie de pruebas. Se lo bebía, lo inhalaba, se lo aplicaba en los ojos e incluso lo frotaba en heridas que él mismo se hacía en los brazos. El objetivo era ver si desarrollaba la enfermedad. No enfermó, lo que le llevó a concluir que la fiebre amarilla no se transmitía de persona a persona. La conclusión era incorrecta. Hoy sabemos que la enfermedad se propaga a través de mosquitos del género Aedes, algo que en su época todavía no se conocía. Así que el experimento de Ffirth no demostraba gran cosa… salvo una capacidad digestiva difícil de igualar. Si la historia de la ciencia tuviera un premio al experimento más desagradable, probablemente ya tendría su nombre grabado.
El caso del químico suizo Albert Hofmann es distinto porque comenzó como un accidente. En 1943 trabajaba en los laboratorios Sandoz investigando compuestos derivados del cornezuelo del centeno. Uno de ellos era el LSD-25. Al principio parecía una molécula más dentro de una larga serie de experimentos farmacológicos. Pero un día Hofmann absorbió accidentalmente una pequeña cantidad de la sustancia a través de la piel. Poco después empezó a percibir colores intensos, formas geométricas y una sensación de irrealidad que no sabía explicar. Cualquier persona prudente habría decidido no repetir la experiencia. Hofmann hizo justo lo contrario. Tres días más tarde ingirió voluntariamente 250 microgramos del compuesto, convencido de que era una dosis muy pequeña. En realidad era una cantidad considerable. Lo que siguió fue el primer viaje psicodélico documentado de la historia. Mientras regresaba a su casa en bicicleta, en plena Suiza de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se transformaba ante sus ojos en un espectáculo caleidoscópico de colores y sensaciones. Hoy ese trayecto se recuerda como el Bicycle Day, una especie de fecha fundacional para la cultura psicodélica. Hofmann vivió hasta los 102 años, lo que demuestra que algunos descubrimientos te encuentran a ti incluso cuando no los estás buscando demasiado.
Y si alguien piensa que las excentricidades científicas son cosa del siglo XX, conviene recordar a Isaac Newton. El gran arquitecto de la física moderna también tuvo su etapa de investigador extremo cuando estudiaba la naturaleza de la visión. Para entender cómo percibimos la luz y los colores decidió experimentar directamente con sus propios ojos. Utilizó un instrumento llamado bodkin, una especie de aguja gruesa o punzón, y lo introdujo entre el globo ocular y el hueso de la cuenca. Después empezó a presionar ligeramente para observar qué patrones luminosos aparecían en su campo visual. El resultado fue que comprobó cómo la presión física sobre la retina podía producir sensaciones de luz y color. El hecho de que no se quedara ciego es uno de esos pequeños milagros que de vez en cuando aparecen en la historia de la ciencia. Pero también sirve para recordar que muchos avances del pasado se lograron en una época en la que la frontera entre la investigación y la temeridad era bastante difusa.
Ahora bien, los científicos no solo han sido peculiares en el laboratorio. Fuera de él también han dejado una colección de comportamientos que harían sudar a cualquier departamento moderno de recursos humanos. El ejemplo clásico es Henry Cavendish, uno de los grandes físicos del siglo XVIII, famoso por descubrir el hidrógeno y por calcular con notable precisión la masa de la Tierra. Su problema no era la ciencia, sino las personas. Era tan tímido que evitaba cualquier interacción social. En su casa mandó construir una escalera trasera para no cruzarse con su ama de llaves. Cuando quería cenar dejaba una nota en la mesa y se retiraba a otra habitación hasta que la comida estuviera servida. Si hubiera vivido en la era digital, probablemente habría sido el campeón mundial del ghosting.
Newton tampoco se quedaba corto en lo que a excentricidades cotidianas se refiere. Cuando estaba concentrado en un problema matemático podía olvidarse de comer, dormir o cambiarse de ropa durante días. Algunos testimonios cuentan que a veces salía a caminar y seguía andando durante horas sin darse cuenta de dónde estaba, completamente absorbido por sus cálculos. La gravedad podía esperar; la higiene, también.
El físico Paul Dirac llevó la economía de palabras a niveles casi artísticos. Sus colegas de Cambridge inventaron una unidad humorística llamada “un dirac”, que equivalía a pronunciar una palabra por hora. Dirac era famoso por responder de forma tan literal que descolocaba a cualquiera. Si alguien le preguntaba si sabía qué hora era, respondía simplemente “sí”… y daba por terminada la conversación.
Y luego está Nikola Tesla, uno de los ingenieros más brillantes del cambio de siglo, que también acumulaba una colección notable de manías. Sentía una fuerte aversión al contacto con el cabello humano, le incomodaban profundamente los pendientes de perlas y tenía una obsesión casi ritual con el número tres. Antes de entrar en un edificio podía dar tres vueltas completas alrededor. También desarrolló una relación muy peculiar con las palomas de Nueva York, a las que cuidaba y alimentaba con más afecto que a la mayoría de los humanos que lo rodeaban.
Todo esto recuerda algo importante. La historia de la ciencia no está escrita por robots que trabajan siempre de forma impecable. Está escrita por personas obsesivas, brillantes, testarudas, a veces excéntricas y, en más de una ocasión, dispuestas a poner su propio cuerpo en la línea de fuego para demostrar que tenían razón. La próxima vez que alguien te diga que tu trabajo es duro, piensa en Stubbins Ffirth bebiendo vómito para probar una teoría o en Forssmann paseando por el hospital con un tubo que llegaba hasta su corazón. La ciencia puede ser maravillosa, pero para abrir camino en lo desconocido hace falta algo más que inteligencia: hace falta una dosis bastante seria de locura. Y gracias a eso, hoy sabemos un poco más sobre cómo funciona el mundo.


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