Este 2026, Estados Unidos alcanza un cuarto de milenio. Doscientos cincuenta años o, como le gusta decir a la pompa oficial para sonar distinguida, el Semiquincentenario. La fábula edulcorada de los manuales escolares nos vende que el 4 de julio de 1776 un cónclave de semidioses bajó del Olimpo en Filadelfia para redactar la Declaración de Independencia con mentes preclaras y una caligrafía de concurso. La cruda realidad es que el nacimiento de la patria fue un parto agónico, obscenamente caro y regado con tal cantidad de alcohol que roza el milagro divino que no escribieran el nombre del nuevo país al revés. Así que, es hora de airear los trapos más sucios y ocultos de los señores de las pelucas.

El verdadero combustible de la democracia

Retrocedemos hasta 1776 en el City Tavern, el cuartel general oficioso del Congreso Continental, donde se iba a comer como si no hubiera un mañana. Y podía ser algo así como sopa de tortuga, pepper pot (una sopa de tripas de vaca cargada de pimienta negra) y ostras por doquier, que eran tan baratas que se servían por cubos. Lo de beber agua era para los cobardes y gente de la que no te puedes fiar. El motor de la libertad era el Madeira, un vino fortificado con brandy que no solo aguantaba el infernal viaje en barco desde Portugal, sino que se caramelizaba y mejoraba gracias al calor de las bodegas, pero el auténtico peligro público era el flip. Esta bomba líquida consistía en una jarra de cerveza mezclada con ron y azúcar en la que el tabernero sumergía un hierro al rojo vivo para que burbujeara con un salvaje sabor a caramelo quemado. Con tres de esos brebajes en el cuerpo, declarar la guerra al mayor imperio del planeta no solo parecía una buena idea; parecía un plan sin fisuras.

Moscas cojoneras y berrinches históricos

La Declaración de Independencia no se firmó con solemnidad el 4 de julio. El proceso real fue muchísimo más burocrático, caótico y terrenal:

  • El 2 de julio: Se votó la resolución política de la independencia (el verdadero hito jurídico).
  • El 4 de julio: Se limitaron a aprobar el borrador definitivo de Thomas Jefferson impreso en folletos.
  • El 2 de agosto: Llegó la firma oficial sobre el famoso pergamino para la mayoría de los delegados, teniendo que esperar meses para los más rezagados.

Este desajuste temporal le costó la salud mental a John Adams. El hombre estaba tan firmemente convencido de que la gran fiesta nacional debía ser el 2 de julio que pasó el resto de sus días de un humor de perros, rabiando porque el mundo entero decidió celebrar el día 4. Para colmo de males estéticos, aquel verano en Filadelfia regalaba un calor húmedo absolutamente insoportable y la sala del Congreso estaba infestada de moscas agresivas procedentes de un establo vecino. Los próceres de la patria no estamparon su firma con parsimonia patriótica; firmaron a toda prisa porque los insectos les estaban acribillando las piernas a través de las finas medias de seda.

Pasen y vean lo que sus señorías hacían cuando se quitaban la peluca.

  • Benjamin Franklin (El viejo verde de la diplomacia): El hombre que descubrió la electricidad entendía mucho de otra clase de corrientes. Consiguió el apoyo vital de Francia para la revolución jugando al despiste y a la seducción en los salones de París. Cuando llegó a Versalles a sus setenta y tantos años, calvo y con un gorro de piel de coatí, las aristócratas francesas se volvieron locas por él. Franklin se pasaba las tardes en la bañera flirteando, escribiendo cartas subidas de tono y jugando al ajedrez con damas de la alta sociedad mientras ellas se vestían. Era un defensor acérrimo de las amantes maduras —llegó a escribir un ensayo recomendándolas porque, según él, «por la noche todos los gatos son pardos» y «son mucho más agradecidas»—. Básicamente, salvó al país entre sábana y sábana, demostrando que la diplomacia internacional funciona mejor si eres un auténtico calavera con carisma.

 

  • George Washington (El destilador en jefe):El Padre de la Patria, el general impertérrito de las pinturas… y un lince de los negocios espirituosos. A Washington nos lo pintan como un bloque de granito moral, pero la logística de su ejército se sostenía con raciones diarias de ron para que las tropas no desertaran. El verdadero giro de guion llegó cuando se retiró. En su plantación de Mount Vernon, guiado por su capataz escocés, montó la destilería de whisky más grande de los nacientes Estados Unidos. Al final de sus días, el héroe nacional producía más de 40.000 litros de whisky de centeno al año, ganando muchísimo más dinero con el alcohol del que jamás obtuvo arriesgando el pellejo en batallas campales. Un patriota que sabía perfectamente cómo mantener la retaguardia bien provista y el gaznate contento.

 

  • Thomas Jefferson (El esteta hipotecado): El gran filósofo de la libertad, el redactor de la prosa idílica de la Declaración. Jefferson tenía un cerebro privilegiado para la arquitectura, la ciencia y los derechos humanos sobre el papel, pero una absoluta incapacidad para sumar y restar en su vida diaria. Tenía un gusto aristocrático exquisito: mandaba traer de Europa toneladas de vino caro, muebles de lujo, libros raros y carruajes que no se podía permitir. Construyó y reconstruyó su mansión de Monticello tantas veces que parecía que jugaba a los Legos. El defensor de la austeridad republicana terminó debiendo dinero hasta a los gatos, dejando a sus herederos una deuda tan astronómica que tuvieron que subastar hasta sus propiedades para pagar a los acreedores.

 

  • Alexander Hamilton (El chulo de Wall Street): El arquitecto del sistema financiero estadounidense, el genio del dólar y, por encima de todo, el hombre con la bragueta más floja de todo Nueva York. Hamilton diseñó la banca del país, pero no supo gestionar sus propios fondos hormonales. En 1791, una mujer de 23 años llamada Maria Reynolds llamó a su puerta pidiendo ayuda económica porque su marido la había abandonado. Hamilton fue a su hostal a llevarle el dinero en mano y acabó en su cama esa misma noche. El marido no la había abandonado; era un chantajista profesional que extorsionó a Hamilton durante meses cobrándole «peajes» en metálico para dejarle seguir acostándose con su esposa. Cuando el escándalo financiero estalló, Hamilton, para demostrar que no había robado dinero público, publicó un folleto admitiendo detalladamente su adulterio. Genio de las finanzas, analfabeto del autocontrol.

 

  • James Madison (El genio superado): El padre de la Constitución, un cerebro político brillante metido en un cuerpo menudo. Medía apenas un metro y sesenta centímetros y pesaba poco más de cuarenta kilos, pero tenía la cabeza mejor amueblada de la Convención de Filadelfia. Madison era capaz de equilibrar los contrapesos de todo un Estado sobre el papel, pero en su vida privada era un bendito dominado por las circunstancias. Se casó con Dolley Madison, una mujer exuberante y con un magnetismo social que lo eclipsaba por completo. El drama del pobre Madison fue su hijastro, John Payne Todd, un tarambana incorregible adicto al juego, a las prostitutas y al alcohol que terminó en la cárcel varias veces por deudas de juego. Madison pasó sus últimos años vendiendo sus tierras y sus queridos libros en secreto para pagar los desmanes del chaval, incapaz de decirle que no.

 

  • John Adams (El cascarrabias puritano): Un abogado brillantísimo, pero un amargado de manual. Adams era el típico estudiante de matrícula de honor que odia que los repetidores sean los que se llevan a las chicas en la fiesta. Vivía carcomido por el resentimiento y la envidia, convencido de que la historia recordaría a Washington y a Franklin como héroes perfectos mientras que a él lo ignorarían. Le obsesionaba crónicamente que prácticamente todos sus compañeros de revolución tuvieran muchísimo más éxito sexual, social y político que él. En sus cartas se quejaba del refinamiento pecaminoso de los salones europeos, pero en el fondo se moría de rabia por no encajar en ellos. El eterno segundón del carisma, atrapado para siempre en su propio puritanismo purulento.

 

  • John Jay (El témpano de secretos): El espía gélido de la diplomacia americana. Si los demás eran el ruido y las luces, Jay era las sombras. Con una temperatura corporal que parecía sacada de un glaciar, este tipo manejó los hilos del contraespionaje revolucionario, organizando redes de informantes y cifrando mensajes para engañar a la Corona británica. Lo sabía absolutamente todo de todos: quién se acostaba con quién, quién cobraba comisiones en París y quién flaqueaba en su lealtad. Tenía los expedientes más oscuros y comprometedores del nacimiento del país y, para desgracia de los historiadores del chisme, se llevó los secretos más jugosos a la tumba sin parpadear.

El Padre Fundador con Calificación X: Gouverneur Morris

Si este circo necesita un protagonista absoluto, ese es Gouverneur Morris, el (no) Padre Fundador que merece una serie de HBO de alto presupuesto. Aristócrata de Nueva York, brillante, cínico y con una libido que ni la amputación de una pierna pudo frenar. Perdió la pierna izquierda a los 28 años por un accidente de carruaje, aunque las malas lenguas de la época aseguraban que se la partió al saltar de un balcón huyendo a toda prisa de un marido cornudo. Lejos de deprimirse o retirarse de la vida social, Morris presumía abiertamente en su diario de que el muñón de madera le otorgaba una «estabilidad envidiable» en ciertas piruetas y posturas amatorias en las que otros hombres perdían el equilibrio.

Enviado a la Francia revolucionaria como diplomático, se convirtió en amante de la condesa Adélaïde de Flahaut… ¡que al mismo tiempo se lo montaba con el mismísimo obispo Talleyrand! Los tres formaban un triángulo de lo más productivo: compartían mesa, mantel, secretos de Estado y fluidos en el mismísimo Louvre sin mayor drama ni escenas de celos. Y aun así, este calavera tenía una mente jurídica insuperable. De hecho, fue Morris quien redactó el texto definitivo de la Constitución de los EE.UU. y a quien se le ocurrió cambiar la lista de estados por el famoso «We the People» (Nosotros, el Pueblo). Quizás por eso su modelo de Estado es tan pragmático y sobrevive: porque lo pulió un tipo que sabía perfectamente que, por mucho orden que firmes sobre el papel, la naturaleza humana siempre preferirá una buena juerga y un escándalo de alcoba.

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