Si en las películas de Tarzán, las de Johnny Weissmüller, los elefantes moribundos abandonaban la manada para dirigirse al cementerio de elefantes, el ataúd de Charles Francis Coghlan supo recorrer el camino, más de 5.000 Km por mar, para regresar a casa y ser enterrado.
El actor canadiense Charles Francis Coghlan, nacido en la isla Prince Edward, tuvo cierto éxito representando papeles de obras de Shakespeare, lo que le llevó a un gira por EEUU. En la ciudad de Galveston (Texas), su nombre se debe al explorador militar español Bernardo de Gálvez, se encontró indispuesto y aquella noche tuvo que actuar su suplente. A los pocos días, el 27 de noviembre de 1899, fallecía por una insuficiencia cardíaca. Su mujer, que lo acompañaba en el gira, no pudo cumplir su última voluntad… aquella ciudad no disponía de crematorio. Además, su hija había enfermado gravemente y tuvo que regresar a Canadá. Ordenó que su marido fuese enterrado en Galveston hasta poder repatriarlo a su hogar.
Unos meses más tarde, un terrible huracán arrasó la isla de Galveston y el cementerio se inundó. Cuando pudieron acceder al cementerio, comprobaron que algunos ataúdes habían sido arrancados de sus tumbas… y el de Coghlan había desaparecido. Los buscaron durante varios días pero ni rastro. El ataúd había sido arrastrado hacia el mar hasta el golfo de México.
Los años dieron para muchas versiones sobre dónde había ido a parar el ataúd pero la más espectacular fue la que dio Robert LeRoy Ripley, en 1929, en su columna del Evening Post, Believe it or not! (¡Lo creas o no!), en la que contaba hechos extraños y que, debido a su éxito, tuvo su continuidad en radio, TV y la publicación de varios libros y cómics. Según la versión de Ripley, el ataúd fue arrastrado por la corriente del Golfo hacia el Norte donde unos pescadores lo habrían encontrado, 8 años después, cerca de la isla Prince Edward donde fue enterrado. El ataúd había vuelto a casa.
Fuentes e imagen: Texas Excapes, eNotes, Picture History
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