Te invitamos a trasladarte en el tiempo y presenciar una actuación en el teatro de Sicilia:

Llegamos a la abarrotada entrada del teatro, una sobria construcción semicircular de poroso granito gris que recubría una suave colina frente al mar. El complejo me dejó anonadado, pudiendo comprobar que los siracusanos sí que valoraban el teatro como lo que era, algo grande, mágico y fabuloso. No negaré que quedé un tanto perplejo debido a que había visto pocas o ninguna de aquellas maravillas arquitectónicas en mis tiempos de juventud, y mucho menos repletas de gentes tan variopintas y tan ricamente ataviadas.

Alcanzamos la entrada del vomitorio principal donde seguimos viendo decenas de damas luciendo sus altos y complicados peinados muy elaborados con tirabuzones, lazos y pinzas, arriesgados artificios postizos, a veces de diversas tonalidades, con el que pretendían desbancarse entre ellas a ver cuál más innovador, joyas que centelleaban con el día luminoso, esclavos vestidos como oligarcas oretanos y acaudalados potentados de toda la isla, todos ellos luciendo túnicas, estolas, clámides y togas de tan diversos colores, con estilo y sin él, pugnando por conseguir un buen sitio en las primeras localidades de la cavea.

Varios esclavos estaban afanados en ayudar a la plebe, menos afortunada a la hora de poder escoger asiento, a colocarse correctamente en el graderío alto mientras que los vendedores de fruslerías, jarras de refrescos de granadina y entrantes fríos hacían negocio con los espectadores más hambrientos.

Pharos, que era como se llamaba nuestro compañero sículo, nos había reservado una sorpresa. Al presentar sus credenciales, visiblemente marcadas con el sello de la Curia, a uno de los operarios que distribuían el aforo por los vomitorios secundarios el funcionario en cuestión, rápidamente, movilizó a un par de subordinados que nos acompañaron hacia el centro de la platea. Pasamos frente a la imponente escena frontal, ricamente decorada con estatuas de eruditos, poetas, literatos y todo tipo de genios y divinidades entre columnas de pulido mármol de tono rosáceo. Teníamos reservadas cinco envidiables e inaccesibles localidades en la zona de las autoridades, en el centro de la orquesta frente al púlpito […]

[…] Fue una experiencia inolvidable. Desde aquel momento supe que el mundo civilizado se diferenciaba de la barbarie por su capacidad de producir arte y arquitectura civil, no por la de producir armas y devastación. Recuerdo muy bien aquella primera y única función que he presenciado en mi vida. Me impresionó el silencio sepulcral de los más de tres mil espectadores siguiendo con atención los lánguidos movimientos de los actores y sus declamaciones en la propia lengua de Sócrates, que curiosamente sus bizarras máscaras de grotescos gestos no distorsionaban gracias a la nítida propagación del sonido en aquel inmenso recinto.

Aquel monumento tenía una acústica propia de la morada de los dioses. Los actores que representaban los personajes del sexo opuesto, un tanto afeminados y exageradamente caracterizados como actrices, revoloteaban por la escena, de izquierda a derecha del púlpito cuales ninfas acosadas por el obseso Pan, pero, a pesar de su masculinidad tan gráciles como si se deslizaran por una mullida superficie, cubriendo sus bellos, magros y musculados cuerpos con oscuras gasas y transparencias que despertaban los instintos elementales de damas y varones mientras el resto de actores se retorcían sobre si mismos en pasajes emotivos de la obra.

Grandes piezas de tela pintadas para potenciar la ambientación, e incluso partes móviles del decorado, se modificaron durante la representación ante el asombro de los allí presentes. Cuando la tragedia concluyó una rotunda ovación recompensó el esfuerzo de aquellos artistas que tan bien interpretaron los sentimientos cruzados de sus personajes. Qué lástima que esté tan devaluada socialmente una profesión tan bonita…

  • ¿Os ha gustado, Naso? – me preguntó el magistrado romano cuando el aforo en pleno se alzó para aplaudir a los artistas –
  • Mucho más de lo que mi escaso vocabulario puede expresar. Ha sido una experiencia fabulosa, Dómine. Cada ciudad debería de construir un recinto como este para poder gozar de momentos tan intensos como los que hemos disfrutado. Ardua tarea, la generación de mi padre no entiende de estos refinamientos – le contesté –
  • Pues ya sabéis, cuando se retire vuestro padre de la vida pública y pertenezcáis de pleno derecho a la Curia del Consejo de vuestra ciudad ya tenéis vuestro primer alegato. Un flamante nuevo teatro de piedra para Valentia – intervino Pharos con cierta hilaridad –
  • Dudo que tuviese éxito, querido amigo. Antes se nos anticiparán en construirlo nuestros vecinos arsetanos. Allí son mucho más dados a lo heleno y menos a lo nativo […] – les expliqué pausadamente a Unibelos, Pharos, Artemio y el gobernador, pues todos ellos estaban siguiendo la conversación –
  • Arsetanos… ¿Arse? ¿Es una región o una ciudad?
  • Os sonará más el nombre latino, Saguntum.
  • ¡Claro! Por Júpiter, Saguntum es una antigua e importante ciudad, hispano, y, como bien decís, denodadamente fiel a la República y parte esencial del entramado comercial al oeste del Tirreno que tantos beneficios aporta al estado. Es lícito que su consejo invierta buena parte de sus pingues tributos y aranceles fruto de ese intenso comercio en ingeniería civil que mejore la calidad de vida de sus habitantes. Acueductos, cloacas, calzadas, templos, foros, puentes y teatros son los prácticos juguetes con los que Roma premia a sus hijos más obedientes y avezados.
  • ¿Y a los díscolos, Dómine? – le preguntó retóricamente el sutil Artemio al gobernador –
  • La pérfida Corinto, la avariciosa Cartago o vuestra indomable Numantia pagaron caro el alto precio de su falta de visión. Y cuando las trompetas de Roma suenan, el diálogo cesa. Sólo hay un presente y un futuro, y se llama Roma […]

VALENTIA, Las Memorias de Cayo Antonio Naso

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