Esta es la historia de cómo la muerte de un hombre sin dejar un mecanismo de sucesión claro y aceptado por todos partió en dos una de las religiones con más seguidores del mundo y de cómo la fractura lleva catorce siglos abierta y nadie ha conseguido cerrarla.

Empecemos por el principio.

EL PROBLEMA: MAHOMA SE MURIÓ SIN DEJAR LAS COSAS CLARAS

En el año 632 de nuestra era, en Medina —lo que hoy es Arabia Saudí—, el profeta Mahoma murió de fiebre. Tenía unos sesenta y dos años, había fundado una de las religiones más poderosas de la historia humana y había unificado bajo su liderazgo a las tribus árabes de la península. Un logro extraordinario. El problema es que no dejó testamento escrito. O al menos no uno que todo el mundo reconociera. En las horas que siguieron a su muerte, mientras su cuerpo aún estaba en casa de su esposa favorita, Aisha, sus seguidores empezaron a discutir la sucesión.

¿Quién manda ahora? Había dos posiciones.

  • La primera, defendida por un grupo de los primeros y más veteranos seguidores del Profeta: el sucesor debe ser elegido por consenso entre los notables de la comunidad, siguiendo la «sunna» —las tradiciones y costumbres del Profeta—. El primer candidato de este grupo era Abu Bakr, suegro de Mahoma, uno de sus primeros conversos y hombre de confianza.
  • La segunda, la apoyaban los que creían que Mahoma sí había designado sucesor, y ese sucesor era su primo y yerno, Alí ibn Abi Talib, casado con Fátima, la hija del Profeta. Su argumento: en su último gran peregrinaje, Mahoma se había detenido en un oasis llamado Ghadir Khumm y había dicho, ante miles de testigos, algo que para los seguidores de Alí era inequívoco: «El que me tome a mí como amo, que tome también a Alí como amo.«

Los sunitas (partidarios de la sunna) discrepan de esta interpretación. Los chiitas (deriva de la palabra árabe shi’at Ali, «partido o partidarios de Alí») la consideran la más clara de las designaciones divinas. No hubo acuerdo. Abu Bakr fue proclamado primer califa mientras Alí lavaba el cadáver del Profeta. Para los chiitas fue un golpe político en toda regla. El cisma, en esencia, nació en ese mismo momento: no como disputa teológica, sino como disputa de poder.

LOS CUATRO CALIFAS Y EL CAMINO HACIA LA SANGRE

Lo que siguió fue una de esas tramas de palacio que Séneca habría sabido contar mejor que nadie. Abu Bakr murió de enfermedad a los dos años. Su sucesor, Umar, fue apuñalado por un esclavo persa en 644. El tercero, Utmán, fue asesinado por rebeldes en su propia casa de Medina en 656. Tres de los cuatro primeros califas murieron de muerte violenta, lo cual dice bastante sobre la temperatura política de aquella comunidad de creyentes supuestamente unida. Tras el asesinato de Utmán, Alí fue finalmente elegido cuarto califa. Llevaba casi veinticinco años esperando. Lo que no podía imaginar es que iba a tener un calvario por delante.

El gobernador de Siria, Muawiya, sobrino del difunto Utmán, se negó a jurar lealtad a Alí y lo acusó de haber conspirado en el asesinato de su tío. En julio de 657 ambos ejércitos se encontraron en la batalla de Siffin, en la actual Raqqa, Siria. El choque fue brutal. Las fuentes hablan de decenas de miles de muertos, aunque las cifras son muy discutidas. Acabó en un arbitraje que nadie respetó del todo y que dejó la situación peor de lo que estaba. La derrota política de Alí fue total. Y entonces aparecen los jariyíes, el tercer actor de este drama: radicales que empezaron siendo partidarios de Alí, se enfadaron con él por aceptar el arbitraje, y decidieron que ambos —Alí y Muawiya— eran unos traidores que merecían morir. Organizaron un triple atentado coordinado. Solo tuvo éxito uno.

El 26 de enero del 661, mientras Alí oraba en la Gran Mezquita de Kufa —la ciudad iraquí donde gobernaba—, un jariyí llamado Ibn Mulyam le golpeó en la cabeza con una espada envenenada. Murió dos días después, a los sesenta y dos años. Su cuerpo fue enterrado en secreto, por miedo a que lo exhumaran y profanaran. Sobre ese lugar secreto se levantaría siglos después la ciudad sagrada de Nayaf, el principal santuario chiita del mundo. Algunas tradiciones posteriores añaden un motivo romántico, y cuentan, ironías de la vida, que Ibn Mulyam había cometido el crimen motivado en parte por amor: una mujer de quien se había enamorado había perdido a su padre y a su hermano a manos de Alí en una batalla anterior. Le prometió casarse con él si mataba al califa. El crimen fundacional del cisma islámico puede que tenga algo de telenovela.

MUAWIYA Y YAZID: LOS OMEYAS O CÓMO CONVERTIR UNA RELIGIÓN EN UNA MONARQUÍA

Muawiya se proclamó califa en Damasco estableciendo el Califato Omeya. Trasladó la capital del islam desde Medina hasta Siria, se rodeó de guardia personal, se reservó un recinto privado en la mezquita —nadie había hecho eso antes— y organizó su corte según el modelo de los emperadores bizantinos que había combatido durante años. Sus admiradores dicen que fue un estadista extraordinario. Sus detractores —que son legión en la tradición islámica— dicen que convirtió el califato en una monarquía hereditaria, exactamente lo que el islam no era. Y en eso tiene razón el segundo bando: cuando Muawiya murió en 680, el califato pasó a su hijo Yazid. Por primera vez en la historia del islam, el poder se heredaba como en cualquier dinastía mundana.

El problema era que Yazid era, según las crónicas de la época, un espécimen bastante peculiar para un califa. Los cronistas medievales lo describen como el primer gobernante islámico que bebía vino abiertamente. Uno de los compañeros del Profeta, Abdullah ibn Umar, dijo de él  algo que no tiene desperdicio: «¿Juramos lealtad a alguien que juega con monos y perros, bebe vino y comete abiertamente actos malignos?» Hasta los sunitas moderados de la época miraban a Yazid con desconfianza.

El hijo de Alí, Husayn —nieto del Profeta, hijo de Fátima—, se negó a jurarle lealtad. Los habitantes de Kufa, en Irak, le escribieron cartas prometiéndole su apoyo si se presentaba a reclamar el califato. Husayn tomó la decisión más fatídica de su vida: fue a Kufa con su familia y un pequeño grupo de seguidores, 72 combatientes en total. Cuando llegó a las afueras de la ciudad, descubrió que los kufíes, aterrados por el nuevo gobernador omeya, habían retirado su apoyo. Estaba solo, en campo abierto, con su familia —mujeres, niños, ancianos— frente a un ejército de más de treinta mil soldados.

KARBALA, 10 DE OCTUBRE DEL 680: EL DÍA QUE YA NO HUBO VUELTA ATRÁS

La llanura de Karbala, en el actual Irak, a unos cien kilómetros al suroeste de Bagdad. El ejército de Yazid rodeó a Husayn y los suyos y cortó su acceso al río Éufrates. Les dejaron sin agua varios días, bajo el sol de Irak. El enfrentamiento duró pocas horas. No fue una batalla; fue una masacre. Husayn murió con su hijo pequeño en brazos, según las crónicas. Le decapitaron. Las mujeres y los niños supervivientes fueron tomados cautivos y llevados a Damasco.

La cabeza de Husayn, nieto del Profeta, fue enviada como trofeo al califa Yazid. Este hecho —la brutalidad, la humillación, el martirio del hombre que encarnaba la legitimidad de la familia del Profeta— sacudió al mundo islámico como ningún otro acontecimiento en su historia. El destino trágico de Husayn convirtió a sus seguidores en algo más que una facción política: los transformó en una comunidad de mártires, forjada en el dolor y en la sensación de haber sido traicionados por los poderosos. Cada año, el décimo día de Muharram (primer mes del año lunar islámico), millones de chiitas en todo el mundo conmemoran la muerte de Husayn (el día de Ashura). Hay procesiones, lamentos, en algunos lugares autoflagelaciones rituales. Para un chiita devoto, Karbala no es historia: es una herida que nunca se cierra y que se renueva cada año. Es un poco como si los católicos no solo conmemorasen la crucifixión de Cristo, sino que sintieran que ellos personalmente estaban allí, que fallaron, que dejaron morir a su guía sin defenderlo. Esta cultura del martirio —ausente en el sunismo— explica muchas cosas del mundo islámico que Occidente nunca ha terminado de entender.

NUEVE SIGLOS DE DOMINIO SUNITA: LA HISTORIA LA ESCRIBEN LOS QUE GANAN

Tras Karbala, los omeyas consolidaron su poder. Y comenzó un ciclo que se repetiría durante siglos: los chiitas, como minoría, perseguidos, marginados, tolerados cuando convenía y aplastados cuando se volvían incómodos.

Los omeyas gobernaron hasta el 750. Les sucedieron los abasíes, que llegaron al poder apoyándose en parte en el descontento chiita —promesas de restaurar la legitimidad de la familia del Profeta— y luego, una vez instalados en el poder en Bagdad, gobernaron como una nueva dinastía sunita. La historia del islam está llena de este tipo de traiciones de guion.

Los chiitas, mientras tanto, fueron desarrollando su propia arquitectura religiosa e intelectual. A diferencia de los sunitas —que no tienen una jerarquía clerical centralizada, donde cualquier hombre formado puede ser imam de una mezquita—, los chiitas construyeron una estructura de autoridad religiosa cada vez más sofisticada, con sus propios juristas, sus propios ayatolás, sus propias escuelas de derecho. La figura del ayatolá —literalmente «señal de Dios»— como autoridad suprema que interpreta la voluntad divina y puede dictar normas para los creyentes no tiene equivalente sunita. Existe una jerarquía religiosa más estructurada que en el sunismo, aunque sin una autoridad única.

Y luego llegaron los mongoles, que destruyeron Bagdad en 1258, mataron al último califa abasí y arrasaron con todo. Paradójicamente, la destrucción mongola del califato sunita creó espacio para que el chiismo floreciera.

EL GIRO QUE NADIE ESPERABA: CÓMO IRÁN SE CONVIRTIÓ EN CHIITA A PUNTA DE ESPADA

Aquí viene uno de esos episodios que  merece contarse con más detalle. En 1501, un joven de unos catorce años llamado Ismail entró a caballo en Tabriz al frente de un ejército de guerreros turcomanos con turbantes rojos, los Qizilbash —»cabezas rojas»—. Se proclamó Sha de Azerbaiyán y luego de Persia entera. Y declaró el chiismo religión oficial del Estado. El detalle que importa: Irán era mayoritariamente sunita en ese momento. Durante nueve siglos, los persas habían sido sunitas. El chiismo era minoría, aunque una minoría con profundas raíces culturales en el territorio. Ismail I, el fundador de la dinastía safávida, convirtió Irán al chiismo de la manera más expeditiva posible (lo dejo a vuestra imaginación). Los ulemas sunitas fueron ejecutados o expulsados. Los santuarios sunitas, destruidos. Se trajo a eruditos chiitas de Irak y Siria para que ocuparan su lugar y enseñaran a la población la nueva doctrina.

El objetivo estratégico era claro aunque no se dijera en voz alta: diferenciarse del poderoso Imperio otomano sunita que amenazaba desde el oeste. Si Irán era chiita y el Imperio otomano era sunita, había una frontera religiosa que justificaba también una frontera política. La conversión masiva al chiismo fue, en buena medida, un proyecto de identidad nacional. Ismail I y sus sucesores pasaron el siglo siguiente en guerra intermitente con los otomanos. Fue en esas guerras donde quedaron trazadas, aproximadamente, las fronteras actuales de Irán y Turquía. Las batallas de los siglos XVI y XVII entre estos dos imperios definieron el mapa religioso del Oriente Medio que conocemos hoy.

El legado safávida pervive: el 89% de la población de Irán es chiita. Es el único país del mundo donde el chiismo es no solo mayoritario sino constitutivo de la identidad nacional.

EL IMÁN OCULTO: EL MESÍAS QUE NO HA LLEGADO TODAVÍA

Hay una creencia chiita que los sunitas no comparten y que resulta fundamental para entender cómo piensa el mundo chiita. Los chiitas duodecimanos —la rama mayoritaria del chiismo, seguida en Irán, Irak y gran parte del Líbano— creen en una sucesión de doce imanes legítimos desde Alí en adelante. El duodécimo, Mohammad al-Mahdi, tenía cinco años cuando su padre murió en 874. No dejó herederos visibles. No murió: simplemente desapareció. Para los chiitas duodecimanos, este imán no está muerto, está oculto. Vive en algún lugar fuera del alcance humano, esperando el momento indicado para regresar, restablecer la justicia en el mundo y guiar a la humanidad. Algo así como una figura mesiánica, comparable en estructura teológica al retorno de Cristo en el cristianismo.

Esta espera del Imán Oculto tiene consecuencias políticas enormes. Si el verdadero guía espiritual y político está ausente, ¿quién gobierna en su nombre? De ahí nació el concepto de velayat-e faqih («el gobierno del jurista»), la doctrina política chiita, popularizada por el ayatolá Jomeini en 1979, que otorga a un clérigo experto en derecho islámico la autoridad suprema para gobernar un estado en ausencia del Duodécimo Imán. Una idea que, dicho sea de paso, muchos chiitas fuera de Irán rechazan, porque convierte a un hombre mortal en sustituto del Imán divino, lo cual les parece una osadía considerable.

1979: EL AÑO QUE LO CAMBIÓ TODO (OTRA VEZ)

Durante el siglo XX, la rivalidad sunita-chiita había existido pero languidecía. El panarabismo, el baazismo, el nacionalismo laico —movimientos que ponían la identidad árabe o nacional por encima de la religiosa— habían aparcado el sectarismo en el cuarto de los trastos. Siria tenía un gobierno baazista secular. Irak también. Egipto miraba hacia otro lado. Luego llegó 1979 y todo saltó por los aires.

El ayatolá Jomeini derrocó al Sha de Irán, respaldado por los americanos, e instauró la primera república islámica chiita de la historia. Y en el mismo año, en Arabia Saudí, un grupo de extremistas sunitas tomó la Gran Mezquita de La Meca y la mantuvieron durante semanas. Dos sacudidas religiosas en el mismo año en el corazón del mundo islámico. El pánico de las monarquías del Golfo fue mayúsculo. Bahréin tiene mayoría chiita gobernada por una élite sunita. Arabia Saudí tiene una importante minoría chiita en su provincia oriental —donde casualmente están los pozos de petróleo-. Kuwait, Emiratos, Jordania: en todos lados había chiitas que de repente miraban a Irán con nuevos ojos.

Y luego estaba Irak.  Saddam Husein, dictador sunita que gobernaba un país con mayoría chiita, veía la revolución iraní como una amenaza existencial. En 1980, un año después de la revolución, lanzó su ejército contra Irán. Con el entusiasta apoyo económico y diplomático de Arabia Saudí, Kuwait y Estados Unidos. Ocho años de guerra. Un millón de muertos, o más. Gases venenosos contra las trincheras iraníes y contra los kurdos del norte de Irak. El mayor conflicto armado desde la Segunda Guerra Mundial durante décadas… hasta que Saddam, hinchado de arrogancia, cavó su propia tumba el invadir Kuwait en 1990. Y comenzó la primera Guerra del Golfo.

En 2003, Bush hijo derrocó a Saddam, disolvió el ejército iraquí —mayoritariamente sunita— y entregó el poder a una coalición chiita con fuertes vínculos con Irán. El resultado fue predecible: los oficiales del ejército sunita disuelto, humillados y sin trabajo, se reagruparon en las milicias que acabarían convirtiéndose en Al Qaeda en Iraq y, más tarde, en el Estado Islámico.

LA GUERRA FRÍA ISLÁMICA QUE NADIE LLAMA GUERRA FRÍA

Antes de que a Trump y a Netanyahu se les ocurriera bombardear Irán, el mundo árabe e islámico vivía lo que muchos analistas llaman una guerra fría entre dos polos: Irán como potencia chiita, y Arabia Saudí como bastión sunita. Ambos financian conflictos por delegación en varios países. Ambos exportan su versión del islam con generosidad y sin escrúpulos.

  • El Líbano es el laboratorio más evidente. Hizbulá —»partido de Dios»— es un movimiento político y militar chiita financiado por Irán que ha construido un Estado dentro del Estado libanés, con su propio ejército, sus hospitales, sus escuelas. Los sunitas libaneses reciben apoyo saudí. El resultado es un país que lleva décadas al borde del colapso.
  • Yemen: una guerra civil en la que los hutíes chiitas —apoyados por Irán— combaten contra una coalición liderada por Arabia Saudí y los Emiratos. Más de 150.000 muertos directos y una de las mayores crisis humanitarias del planeta. El petróleo no tiene nada que ver con esta guerra, dicen. El petróleo siempre tiene que ver.
  • Siria: el régimen de los Assad, alauita —una rama del chiismo que representa el 10% de la población siria—, mantuvo su poder sobre una mayoría sunita durante décadas con el apoyo de Irán y Rusia, frente a rebeldes sunitas apoyados por Arabia Saudí, Qatar y Turquía.
  • Irak: el más sangriento de todos. Después de 2003, años de guerra sectaria entre comunidades chiitas y sunitas que dejaron barrios de Bagdad completamente divididos por muros de hormigón.

EPÍLOGO: EL INTERROGANTE QUE LLEVA CATORCE SIGLOS SIN RESPUESTA

¿Es el conflicto sunita-chiita una causa o una consecuencia?

1.- ¿Llevan 1.400 años matándose por una disputa teológica genuina sobre la sucesión del Profeta?

2.- ¿Llevan 1.400 años usando esa disputa como cobertura para conflictos que en realidad son de territorio, de petróleo, de hegemonía regional, de identidad étnica árabe versus persa?

La respuesta honesta es: las dos cosas a la vez. La fe mueve montañas y mueve ejércitos, y sería arrogante e ignorante reducirlo todo a un cálculo frío de intereses. Pero la fe también puede ser instrumentalizada, y las élites políticas —de cualquier civilización, en cualquier época— son muy hábiles instrumentalizándola. Lo que sí es cierto, y merece decirse con claridad, es esto: los dos países que más energía invierten en mantener viva la brecha —Arabia Saudí e Irán— son también los dos países cuyos regímenes tienen más que ganar manteniendo a sus poblaciones divididas por razones religiosas en lugar de unidas por demandas de justicia, libertad o dignidad.

El cisma que nació en el año 632 sigue tan vivo como el primer día. La diferencia es que hoy hay misiles, drones y oleoductos en el tablero. La esencia es la misma: alguien quiere el poder, y necesita que otros mueran por él.

 

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