En febrero de 2018 el Tesoro británico (el Ministerio de Hacienda de Su Graciosa Majestad) publicó el tuit de la imagen en su cuenta oficial. Un tuit inocente, casi orgulloso: «En 2015, el gobierno británico terminó de pagar la deuda contraída para compensar a los dueños de esclavos tras la abolición de 1833«. Lo borraron enseguida, pero internet no perdona. La pregunta que todo el mundo se hacía era la misma: ¿Cómo es posible que hasta el 2015 los contribuyentes británicos siguieran pagando una deuda contraída para indemnizar a los esclavistas? La respuesta es que Gran Bretaña no abolió la esclavitud, sino que la compró. Y el precio lo pagaron los esclavos con su trabajo, y los contribuyentes con sus impuestos, durante 182 años.

El 28 de agosto de 1833, el Parlamento británico aprobó el Slavery Abolition Act. En teoría, abolía la esclavitud en todo el Imperio. En la práctica, fue un acuerdo comercial disfrazado de gesta moral. El problema era este: los esclavos no eran personas para los terratenientes, eran propiedad, y en el Reino Unido del siglo XIX la propiedad privada era sagrada. Si el gobierno quitaba a un plantador sus esclavos sin compensarle, ¿qué impedía que mañana le quitara sus tierras? ¿Sus fábricas? ¿Sus títulos nobiliarios? Así que el Parlamento decidió que habría compensación… para los dueños de esclavos. La cifra acordada fue de 20 millones de libras esterlinas. Para que os hagáis una idea, eso representaba el 40% del presupuesto anual del Tesoro británico y aproximadamente el 5% del PIB del país. En términos actuales, hablamos de unos 16.500 millones de libras. Una cantidad tan obscena que el gobierno tuvo que pedir un préstamo a los banqueros Nathan Mayer Rothschild y Moses Montefiore para poder pagarla. Eso sí, los miles de esclavos que llevaban generaciones siendo azotados, separados de sus familias y trabajando hasta la muerte en plantaciones de azúcar y algodón… no recibieron ni un chelín.

Pero espera, que esto es solo el principio. La ley no liberó a todos de inmediato, solo lo fueron los menores de 6 años. El resto, pasaron a ser «aprendices» (apprentices). ¿Y qué era eso? Pues trabajar 40 horas semanales sin sueldo para su antiguo dueño, a cambio de comida, ropa y un techo. Durante cuatro años si eran esclavo doméstico, y seis años si eras de campo. Es decir, el mismo trabajo forzado, el mismo amo, las mismas condiciones, pero ahora con un nombre bonito y una fecha de caducidad. Lógicamente, los esclavos no se lo tragaron, y en Jamaica, Trinidad, o Barbados se rebelaron. Dijeron que si el rey les había declarado libres, no iban a seguir trabajando gratis. La presión fue tal que el sistema de aprendices se acortó y terminó en 1838. Pero para entonces, los plantadores ya habían exprimido cuatro años de trabajo gratuito de gente que creía que era libre.

¿Y cómo se repartieron el botín? Pues no todo fue al Caribe, casi la mitad del dinero (10 millones) se quedó en Gran Bretaña, en manos de aristócratas, banqueros, políticos y clérigos que poseían plantaciones a distancia, como quien hoy tiene acciones en un fondo de inversión. El mayor beneficiario individual fue John Gladstone, padre de William Gladstone, que sería primer ministro cuatro veces, que recibió £106.769 (unos 83 millones de libras actuales) por los 2.508 esclavos que poseía en nueve plantaciones. Otros afortunados fueron: Sir James Duff, antepasado del ex primer ministro británico David Cameron, £4.101 por 202 esclavos en Jamaica; Charles Blair, tatarabuelo de George Orwell, £4.442 por 218 esclavos… un estudio de la University College London calculó que una de cada cinco familias adineradas de la era victoriana había obtenido parte de su fortuna de la economía esclavista. Y no solo familias, también la Iglesia anglicana recibió compensación por esclavos que poseía en sus plantaciones.

El gobierno británico no tenía 20 millones en efectivo. Así que pidió un préstamo. Parte se pagó en metálico y parte se convirtió en rentas vitalicias del Estado (bonos) que los esclavistas podían vender o cobrar año tras año. Esos bonos pasaron de mano en mano. Se consolidaron, se refundieron, se mezclaron con otras deudas públicas. Y ahí siguieron, como una deuda fantasma en los libros del Tesoro, durante generaciones. Hasta que en 2015 el gobierno británico atajar esta deuda de bonos sin fecha de vencimiento. Fue entonces cuando, técnicamente, se extinguió la última parte de la deuda contraída en 1835 para pagar a los esclavistas. Los contribuyentes británicos del siglo XXI habían estado pagando, con sus impuestos, la indemnización que el gobierno de 1833 dio a los dueños de seres humanos. Y los descendientes de esos seres humanos, los afrocaribenos y afrobritánicos que trabajan y pagan impuestos en el Reino Unido, descubrieron con que habían contribuido a saldar la deuda que se creó para compensar a quienes esclavizaron a sus bisabuelos.

En 2020, una petición al Parlamento exigió que se devolvieran esos impuestos a los descendientes de esclavos. No llegó a los 100.000 firmas necesarias para ser debatida. Y mientras tanto, las familias que cobraron esos 20 millones —los Gladstone, los Blair, los Cameron, los Lascelles, la Corona misma— siguen siendo ricas, siguen siendo poderosas, y siguen sentadas en sus mansiones de campo construidas con el sudor de gente que nunca fue compensada.

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