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Los teléfonos inalámbricos de la Antigüedad clásica

07 jul
7 julio 2014

Las comunicaciones a lo largo de la historia han sido pieza clave en la evolución de las sociedades y su desarrollo ha ido parejo a los avances científicos. Si mi abuelo pudiese ver ahora a los pastores que van con su teléfono móvil… Y precisamente de la comunicación sin hilos y a distancia va esta historia, pero remontándonos a la Antigüedad clásica.

Posición de las fryctories

Posición de las fryctories

Se conoce el uso de sistemas de comunicación a distancia entre los griegos, romanos o cartagineses, y siempre vinculados a luchas, batallas y conquistas. En la obra Agamenón que forma parte de la Orestíada, la trilogía de Esquilo, se narra cómo un centinela está esperando la señal de fuego que indica la caída de Troya y el retorno de Agamenón. También los cartagineses se comunicaban con antorchas cuando atravesaron los Alpes con Aníbal para llegar a Roma. Aparte de las hogueras o antorchas, también se utilizaba humo o señales acústicas (tambores, cuernos…). Eran tremendamente sencillos pero muy limitados en lo referente al mensaje en cuestión. Así que los ingenieros griegos Kleoxenos y Demokleitos se pusieron manos a la obra para mejorar y ampliar los sistemas de comunicación y los contenidos de los mensajes. Para ello, idearon un sistema llamado Fryctoria. Este sistema de comunicación estaba compuesto por una extensa red de torres (Fryktories) situadas en lugares fácilmente visibles a una distancia de varios kilómetros. Lo que hacía este sistema diferente de los anteriores era que en cada torre se situaban dos grupos de cinco antorchas cada uno, de tal forma que el número de ellas encendidas en cada grupo determinaba una letra. Este era el sistema de codificación:

Izq.\Dcha.

1

2

3

4

5

1

α

β

γ

δ

ε

2

ζ

η

θ

ι

κ

3

λ

μ

ν

ξ

ο

4

π

ρ

σ

τ

υ

5

φ

χ

ψ

ω

 

Por ejemplo, la letra beta (β) se encendían dos antorchas en la derecha y una en la izquierda. Las cinco antorchas encendidas en la izquierday en la derecha significaba comienzo de un mensaje y fin de palabra. Por tanto, era muy preciso pero un poco farragoso.

Teléfono hidraúlico

Teléfono hidraúlico

Otro sistema anterior a la Fryctoria era el llamado telégrafo hidráulico inventado por Eneas el Táctico. Hay constancia de que se utilizó en la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.). Este procedimiento consistía en situar en puntos elevados y estratégicos unos recipientes cilíndricos llenos de agua en los que se introducía una varilla en su interior. Esta varilla llevaba grabados los mensajes, cada uno de ellos a una determinada altura. Para iniciar la comunicación, el emisor encendía una antorcha y cuando el receptor hacía lo mismo con la suya —¿dígame?—, ambos abrían a la vez una válvula situada en parte inferior del recipiente y dejaban salir el agua hasta que llegase al nivel del mensaje deseado. En ese momento, el emisor apaga la antorcha -mensaje terminado- y se cierran las válvulas. Al nivel al que se había quedado el agua en la varilla indicaba el mensaje transmitido. Se supone que entre marca y marca de la varilla —entre hemos vencido o nos han derrotado— habría un espacio suficiente para dar margen de error por abrir o cerrar.

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El líder de los pictos que se inventó un historiador para gloria de su suegro, el general Agrícola

03 jul
3 julio 2014

El protagonista de esta historia pudo ser un gran jefe tribal de los pictos o fruto de la inventiva de Publio Cornelio Tácito, historiador, político y yerno de Agrícola, el gobernador de Britania que llevó las legiones hasta los confines de la isla. Poco se sabe de su vida, pero su presunto discurso previo a la batalla del Mons Graupius es todo un alegato de libertad.

En el verano del 77  Gneo Julio Agrícola fue designado como gobernador de Britania. La isla se encontraba por entonces en una tensa calma. Los rescoldos de la revuelta de Boudica ya se habían apagado, pero la frontera norte se había vuelto inestable. Una nueva revuelta protagonizada por la tribu de los brigantes durante el mandato del anterior gobernador Quinto Petilio Cerial había insuflado aires de libertad a muchas de las tribus al norte de Eboracum (la actual York), pero Cerial conjuró la rebelión y dispersó a los sublevados, refugiándose los irredentos muy al norte de sus tierras, en las brumosas montañas de la conocida por entonces como Caledonia (actual Escocia)

Agrícola realizó seis campañas para afianzar la estabilidad del norte de Britania, en el 78 tomando de nuevo la isla de Mona (Anglesey) y sofocando las revueltas de los ordovices (hoy Gales) y entre el 79 y el 83 se adentró casi hasta territorio picto. Ningún ejército romano había llegado tan al norte desde que César desembarcase en Britania más de un siglo antes (de hecho, hasta que la flota de Agrícola no circunnavegó Britania aquel año no estaban completamente seguros de que era una isla) Fue en esta penúltima campaña, en la del 83, cuando la Legio IX Hispana entró en contacto con nuestro protagonista.

Pictos

Las tribus pictas, alentadas por los brigantes huidos del sur, decidieron enfrentarse a la amenaza que suponía un ejército romano acampado tan cerca de sus tierras. Por ello, y según Tácito, eligieron a un hombre que les acaudillara. Según el historiador romano, ese honor cayó en Calgaco, cuyo nombre en celta podría ser interpretado como calg-ac-os, “el hombre de la espada”. El erudito romano lo describió como “el más distinguido de nacimiento y el valor entre los jefes“. Teniendo en cuenta que todo lo que sabemos de este hombre y las campañas pictas se basa en el De Vita Iulii Agricolae, la crónica de la vida y hazañas de su admirado suegro, bien puede tratarse de un bárbaro idealizado para mayor gloria de Agrícola. El caso es que, en un ataque nocturno, los pictos asaltaron el campamento de la IX cerca del lago Ore. El asalto fue un fiasco, pero el peligro latente que la hostilidad picta representaba para la frontera britana hizo que Agrícola se embarcase en una sexta campaña llevando sus tropas mucho más al norte en busca de los indígenas que se habían atrevido a desafiar el poder de Roma.

En la primavera del 84, Gneo Julio Agrícola movilizó a la IX y a la XX Valeria Vitrix. Se cree que sus efectivos rondarían los 20.000 hombres, dos legiones a las que se sumarían cerca de 8.000 auxiliares britanos y 2.000 jinetes bátavos que se trajo desde Germania, mientras que la coalición de tribus pictas bajo el mando de Calgaco ascendería a unos 30.000 combatientes (y digo combatientes porque los pictos acudían al combate con sus familias, así pues eran hombres y mujeres). Los pictos eran gentes bravas e indómitas. Al estar dentro de la esfera de influencia celta, la literatura y el cine nos han dejado bastantes guiños sobre su apariencia, costumbres y modos. Pelirrojos, desgarbados, desnudos y pintarrajeados de azul, acudían al combate en familia. Sus carros de guerra suponían un importante desafío para un ejército eminentemente de infantería como el romano. La palabra griega Πικτοί (picti en latín) aparece por primera vez en el siglo III a.C. y puede traducirse como “los pintados” o “los tatuados”, pero también podría referirse a una etimología popular indígena, quizá procedente del celta Pehta o Peihta (luchador)

picto

Calgaco evitó en varias ocasiones un enfrentamiento directo con el ejército de Agrícola, que se adentró en territorio enemigo hasta llegar a un punto indeterminado de los Montes Grampianos, al norte de la actual Perth, una colina a la que Tácito llamó Mons Graupius. Allí fue donde, rompiendo con la táctica de acoso y fuga que había llevado durante toda la campaña, la coalición picta le presentó batalla al gobernador romano. Quizá Agrícola forzase a Calgaco a enfrentarse al cortarle su cadena de suministros, quizá el consejo tribal – guerrero y no estratega – se cansó de acosar y huir y prefirió entablar combate en terreno conocido.  Agrícola dispuso en lo alto de una colina rocosa a sus tropas, estirando las líneas todo lo que pudo para paliar la superioridad numérica enemiga. Los auxiliares britanos conformaron la primera línea, reservándose en retaguardia a la XX Valeria Vitrix y colocando a la caballería bátava en las alas. Los zapadores de la legión dispusieron de zanjas y empalizadas que estorbasen una posible carga de carros de guerra. Por el contrario, Calgaco colocó a todos sus efectivos frente a Agrícola, concentrando la infantería en un bloque y colocando a su caballería en vanguardia. Tras el clásico intercambio de proyectiles, venablos y flechas de las dos avanzadas, se produjo el ataque de la caballería picta en el flanco derecho romano, incursión que hizo estirarse aún más la línea romana para evitar cualquier brecha.

Calgaco entendió que su oportunidad estaba en aprovechar esta maniobra para quebrar el centro y lanzó el grueso de su ejército contra la línea romana. El gran problema picto fue no intuir que la disciplina y la pala eran las verdaderas armas de Roma. Las zanjas y el terreno pedregoso conjuraron la carga de carros, mientras que las turmae de caballería bátava espantaron a sus oponentes, produciendo su desbandada un efecto dominó en el resto de tropas. Agrícola fue uno de los militares más avezados de su tiempo, y reaccionó como tal. Había reforzado su primera línea con cinco cohortes bátavas, a las que siguieron las tropas veteranas y frescas de la XX Valeria Vitrix. La desmoralización se convirtió en fuga desordenada, desatándose una persecución que se tornó en matanza y sólo la caída de la noche evitó que las tropas romanas sacasen del bosque a todo picto armado. Ante la inmensa cantidad de prisioneros que caían en manos romanas se dio la orden de matar a todo enemigo… Tácito habla de 360 romanos muertos frente a 10.000 pictos. Puede que la cifra estuviese hinchada en exceso para allanarle el triunfo a su suegro, pero no sería el primer caso de unas cifras de bajas tan dispares entre vencedor y vencido en la historia del ejército romano republicano (Lúculo en Tigranocerta, César en Pharsalia o    entre Londinium y Viroconium, por ejemplo).

picto-romanos

Nada más se supo de Calgaco; no fue hecho prisionero, ni se sabe si murió junto a sus hombres o pudo huir al interior de Caledonia, lo que sí sabemos es lo efímero y fútil que fue aquel esfuerzo militar. Sin una fuerza armada que se opusiese a Roma, todo parecía abocado a que las tierras de los pictos pasasen a formar parte de la Britania romana, pero quizá los celos evitaron que la actual Escocia se convirtiera en parte del Imperio. Poco después de la victoria en el Mons Graupius, Cneo Julio Agrícola fue llamado a Roma. El emperador Domiciano, un psicópata envidioso y despótico, molesto por los logros militares de Agrícola, le ofreció el puesto de gobernador de la pacífica provincia de África, cargo que aquel rehusó por dos veces. Su insistente negativa, sumado a los rumores de frontera de que Agrícola era el único legado capaz de solucionar el problema germano, pudo alentar a Domiciano a ordenar su muerte por envenenamiento. El caso es que Agrícola falleció durante su exilio velado en su casa de la Galia en el 93; Tácito dejó entrever que la mano de Domiciano estuvo detrás y Dion Casio afirmó sin dudas que fue asesinado por orden del emperador.

Discurso de Calgaco

Discurso de Calgaco

El discurso de Calgaco

Es muy poco probable que Calgaco soltase esta arenga a sus tropas antes del enfrentamiento que les llevaría a la muerte o el cautiverio, parecen más propias de alguien como Tácito, un erudito que ensalza a los enemigos de Roma para hacer así más gloriosas las victorias de sus legados, poniendo además en boca de un bárbaro muchos de los pensamientos que habrían servido para el guion de “Braveheart”. Este es un extracto del discurso que forma parte del De Vita Iulii Agricolae:

Cada vez que examino las causas de la guerra y las dificultades que nos ocasiona, tengo la gran esperanza en que en este día vuestra unión dará lugar a la independencia para toda Britania. Las batallas anteriores, donde hemos luchado contra los romanos con diversa fortuna, nos dejaban esperanza y reserva, porque para nosotros, que no hemos sido esclavizados a ninguna de las orillas, la mancha de la opresión no enturbiaba nuestras miradas. Situados en los confines del mundo y de la libertad, este alejamiento y lejanía nos ha defendido y cubierto nuestro nombre. Pero hoy Britania está abierta al enemigo…los romanos, cuya insolencia intentaremos evitar en vano con la sumisión y la reserva. Salteadores del mundo que, tras devastar todo, ya no tienen tierras que saquear y buscan en el mar; ávidos de poseer, si el enemigo es rico, de dominar si es pobre, ni Oriente ni Occidente les ha saciado… Robar, masacrar, arrebatar, esto es lo que llaman autoridad, y vacían territorios para establecer la paz.

Por cortesía de Ediciones B, se sorteará un pack con la trilogía de Roma de Santiago Posteguillo (“Las legiones malditas“, “Africanus. El hijo del Cónsul” y “La traición de Roma“) entre todos los que comenten o compartan este artículo en las redes.

Pack Santiago Posteguillo

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¿Cómo curaban en la Antigüedad el dolor de migrañas?

16 jun
16 junio 2014

Lo que hoy llamamos migrañas, y por extensión terrible dolor de cabeza, para los antiguos egipcios, griegos o romanos sería algún castigo de los dioses por olvidar alguna ofrenda o haber racaneado en el último sacrificio. Pues ellos ya tenían un remedio para este “mal de dioses” que nosotros ahora hemos recuperado.

Hace unos días leía la noticia del lanzamiento de Cefaly, un dispositivo electroterapéutico craneal que utiliza impulsos eléctricos para estimular el nervio trigémino (controla la sensibilidad en la cara y el cerebro) y, de esta forma, reducir el dolor y prevenir las migrañas. En resumen, recurre a una terapia ya utilizada en la Antigüedad: las descargas eléctricas.

El filósofo griego Tales de Mileto, que vivió hacia el año 600 a.C., observó que al frotar el ámbar, una sustancia resinosa amarillenta, con un paño o piel de animal, adquiría la extraña propiedad de atraer objetos livianos. E incluso parece que en algunos lugares utilizaban el ámbar para quitar las hojas o hierbas secas que quedaban pegadas a la ropa. Y de aquel ámbar, en griego elektron, tenemos la electricidad. Aunque no sabían explicar aquel extraño fenómeno, sí supieron darle uso a las descargas eléctricas generadas por determinados animales fluviales y marinos para “atontar” a sus víctimas y cazarlas cómodamente: los egipcios el pez gato eléctrico del Nilo; griegos y romanos el pez raya que en muchas ocasiones eran criado en cautividad (igual que las piscifactorias de morenas).

Torpedo negro

Torpedo negro

Plinio dejó escrito…

Peces eléctricos se utilizan con fines medicinales para aliviar el dolor de cabeza y la gota.

Escribonio Largo, médico del siglo I que sirvió en la corte del emperador Claudio, compiló en De Compositione Medicamentorum una de las primeras farmacopeas con 271 prescripciones. Una de ellas…

Para eliminar inmediatamente y curar un dolor de cabeza, duradero e insoportable [migraña], un torpedo negro [raya] vivo se pone en el lugar que está el dolor, hasta que el dolor cesa y la zona se queda entumecida.

Y siguiendo con los remedios de Escribonio Largo, también se utilizaban para curar la gota del pie: meter los pies descalzos en aguas poco profundas entre torpedos negros hasta que se adormeciese el pie. En otros escritos, también se aconseja utilizar estas descargas eléctricas de animales para curar la artritis o la epilepsia. Y por último, recordad que no es bueno automedicarse…

ultimosueñocleopatra-u1401Y hablando de Egipto, ¿qué os parece terminar con Cleopatra? La majestuosa reina del Nilo. La mujer cuya extraordinaria belleza envuelta en oro y piedras preciosas ocultaba una inteligencia y ambición única. La seductora infatigable que enloquecía a los hombres. La hábil estratega que supo jugar sus cartas y liberó a Egipto del yugo romano. El gran amor de César. La leyenda personificada. Además, una nueva película sobre este gran personaje histórico está en camino de la mano de Sony Pictures. Se baraja el nombre de Angelina Jolie como Cleopatra y Ang Lee como director.

Entre todos los que comentéis este artículo o lo compartáis por las redes, se sorteará un ejemplar de El último sueño de Cleopatra de Christian Jacq

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Marcia, la amante del emperador Cómodo que salvó a cientos de esclavos

17 feb
17 febrero 2014

Los que hayáis visto la película Gladiator (2000), dirigida por Ridley Scott, recordaréis lo malo que era el emperador Cómodo (Joaquin Phoenix) y las perrerías que le hizo a nuestro héroe Máximo Décimo Meridio (Russell Crowe). Hay un momento en la película que me parece brutal: cuando Cómodo desciende a la arena para conocer al gladiador enmascarado, Russell Crowe se quita el yelmo y le dice:

Me llamo Máximo Décimo Meridio, comandante de los Ejércitos del Norte, general de las Legiones Fénix, leal servidor del verdadero emperador Marco Aurelio [padre de Cómodo], padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada, y alcanzaré mi venganza en esta vida o en la otra.

Russell Crowe en "Gladiator"

Russell Crowe en “Gladiator”

Igual que en la película, aunque con otro guión, Cómodo tuvo que hacer frente a una conspiración para matarlo urdida por su propia hermana Lucilla. No tuvieron éxito y el emperador se tomó su cumplida venganza. Uno de los conspiradores de segundo orden logró salvar su vida pero no sus posesiones, todos sus esclavos pasaron a servir al Emperador. Entre este grupo de esclavos estaba Marcia, una joven muy bella que dejó el servicio para pasar directamente a la cama de Cómodo. Marcia había sido una niña abandonada que recogió en la calle el presbítero Jacinto. No se sabe cómo ni por qué pero el caso es que pasó a servir como esclava en la casa del conspirador. Un pequeño detalle muy importante para esta historia… Marcia era cristiana. Desde que Marcia llegó a la vida del Emperador, trató de favorecer en todo lo que pudo a los cristianos que en aquel momento, y dependiendo de la voluntad de cada uno de los emperadores, eran perseguidos en mayor o menor medida. Como pudo y a escondidas, logró reunirse con el Papa Víctor I y le pidió que confeccionase una lista con los cristianos de Roma condenados a trabajos forzados en las minas de Cerdeña. Con la lista en la mano se marchó y, después de una noche de placer, consiguió el perdón de todos. Aquel día, Cómodo mostró que tenía corazón… o que era imposible negarle nada a Marcia.

Imagen: La Odisea del cine

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Un cuerpo de bomberos y otro de pirómanos, el negocio redondo de Craso

29 nov
29 noviembre 2013

El más famoso de los incendios que devastó Roma fue el del año 64 d.C. en tiempos de Nerón. La leyenda sitúa al emperador Nerón en su palacio en el monte Palatino (unas de las siete colinas de Roma) contemplando el incendio y tocando su lira -y digo tocando que no logrando sacar de ella algo parecido a la música-. Roma ardió durante cinco días y los cristianos fueron acusados y perseguidos como responsables. Recomiendo la película Quo Vadis (1951) y la genial interpretación de Peter Ustinov en el papel Nerón.

Incendio Roma

Los incendios eran muy frecuentes en la ciudad de Roma. Una urbe densamente poblada (unos 800.000 habitantes en el siglo I), con mucho material inflamable (paja, madera, telas, etc.), iluminación con teas y lámparas de aceite, callejuelas estrechas pobladas de tenderetes… y para hacerles frente unos cuantos esclavos situados en puntos estratégicos de la ciudad para sofocar los fuegos con cubos de agua. Las consecuencias eran terribles. Así que, tras el incendio del año 6 d.C., el emperador Augusto decidió sustituir este sistema, totalmente ineficaz, creando un cuerpo de vigiles (vigilantes) que hoy podríamos llamar el primer cuerpo de bomberos profesionales de la Historia. El cuerpo de vigiles estaba formado por los aquarii (aguadores), siffonarii (manejaban las bombas de agua llamadas sipho) y los uncinarii (con lanzas provistas de ganchos hacían los derribos controlados del inmueble quemado). Pero hubo otro cuerpo de bomberos privado y poco profesional bajo las órdenes de Marco Licinio Craso.

Marco Licinio Craso

En 60 a.C. se constituyó una alianza política en Roma, llamada Primer Triunvirato, formada por Pompeyo, Julio César y Craso. Los dos primeros aportaban su prestigio ganado en el campo de batalla y Craso aportaba… ser el hombre más rico de Roma. Entre los múltiples negocios en los que Craso se embarcó los hubo legales, ilegales y miserables, como hacer negocio con los frecuentes incendios de la urbe. Craso creó un cuerpo de bomberos privado que, lógicamente, acudían a sofocar los incendios pero, y aquí está el negocio, sólo intervenían cuando los propietarios de los inmuebles afectados aceptaban venderle su propiedad a Craso. Claro está que a un precio irrisorio. Ante la disyuntiva de quedarse sin nada o aceptar unos cuantos sestercios y poder recuperar parte de sus bienes, firmaban la venta. Los bomberos sofocaban el incendio y Craso adquiría terrenos donde construir nuevos edificios a bajo precio. Incluso se pensó que también tenía un cuerpo de pirómanos.

Para saber el fin de Craso… ¿Qué fue de la legión perdida?

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Los peligros de utilizar las letrinas públicas en la antigua Roma

20 ago
20 agosto 2013

El agua que llegaba a la ciudad de Roma a través de los acueductos se almacenaba en grandes depósitos desde donde se distribuía a las panaderías, las casas, los baños… Parte del agua sobrante de estos usos prioritarios se destinaba a la red de alcantarillado: la Cloaca Máxima. Iniciada su construcción en el siglo VI a.C. por el rey Tarquinio y ampliada en varias ocasiones en siglos posteriores, recogía las aguas fecales de las casas -lógicamente, esta red no cubría toda Roma y mucho menos las zonas de las clases bajas- y de las letrinas públicas (latrinae publicae) para llevarlas hasta el río Tíber. El problema era cuando las aguas residuales volvían a su origen… por las crecidas del Tíber.

letrinae

En la ciudad de Roma se distribuían estratégicamente decenas de letrinas públicas (en el siglo IV había 144 con más de 4.000 plazas) para satisfacer las necesidades fisiológicas de los ciudadanos. Estas letrinas consistían en un banco de frío mármol con varios agujeros en los que sentarse a evacuar y bajo ellos la corriente de agua que arrastra la materia fecal. A modo de papel higiénico, en las letrinas públicas los romanos utilizaban un palo que llevaba en un extremo una esponja de mar (spongia). Y ahora que nos hacemos uno idea del habitáculo, veremos los peligros de utilizarlas…

  • Como no había separación entre los agujeros, tenías que compartir aquellos momentos de intimidad con desconocidos y no te digo nada si eran de los que daban conversación.
  • En teoría, después de usarse la spongia debía enjuagarse y limpiarse para el siguiente, y cada cierto tiempo cambiarse. Sentarse a aliviarse y comprobar que la spongia se debía haber cambiado hace tiempo…
  • Y la más peligrosa para la integridad física… Existía la graciosa costumbre de algunos gamberros de echar una pelota de lana ardiendo en las alcantarillas que si te pillaba con el culo en el agujero…

Y si los romanos utilizaron su arte y su talento en la canalización, distribución y uso del agua, también lo hicieron a la hora de reciclarla. En las letrinas que la alta sociedad tenían en sus casas, se reciclaba el agua usada en los baños para los retretes, y en casas no tan pudientes pero que también disponían de letrinas, se situaban cerca de las cocinas para reciclar el agua con la que lavaban los utensilios de cocina.

Fuentes: La Antigua Roma – Philip Matyszak, Ciencia y Tecnología en el Antiguo Mundo Romano – Álvaro Vitores Glez.

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El negocio editorial en la Antigua Roma

17 jun
17 junio 2013

Actualmente, cuando cogemos un libro en nuestras manos, no siempre somos conscientes de que perpetuamos una tradición de más de 2000 años de historia y que tuvo su origen en los cuadernos formados por varias tablillas de cera que los romanos usaron a finales de la República. La palabra libro procede, de hecho, del latín “liber” que aludía a la corteza del árbol usada como el soporte de las tablillas de cera utilizadas para escribir cartas, notas o textos de corta extensión.

Aunque, de todos modos, la forma habitual del libro en la Roma imperial era el rollo de papiro. Los tallos de la planta se cortaban y se prensaban para obtener unas finas tiras que, posteriormente, se entrelazaban en forma horizontal y vertical para obtener unas láminas de unos siete u ocho metros de longitud dispuestas para su uso. El texto se disponía en columnas, por lo que el lector tenía que ir desenrollando el libro con una mano mientras lo iba enrollando con la otra. Pero la fragilidad del rollo de papiro, el hecho de que una sola obra precisara varios volúmenes o rollos para contenerla y el mayor costo del material hizo que a partir del siglo IV d.C. triunfara el códice de pergamino hecho con pieles de animales secas: más barato y manejable, imponiéndose al rollo. Excepto los poemas y las cartas, que normalmente se escribían por el propio autor, el resto de géneros literarios eran dictados a uno o varios copistas. Así lo hacían César, Cicerón o los dos Plinios.

El negocio editorial

Una vez el autor había acabado el manuscrito original, comenzaba el circuito del libro propiamente dicho. Algunos autores que trabajaban al dictado usaban sus propios copistas, generalmente esclavos o libertos, para producir algunas copias privadas que distribuían gratuitamente entre amigos con el doble ánimo de hacer un regalo y recabar críticas o consejos de cara a la futura edición comercial. También era usual que los autores organizaran lecturas públicas de sus manuscritos pero rara vez motivaban un interés sincero entre los invitados a escucharlas, pues eran tan habituales y de tan variado interés que Plinio cuenta que era raro el día en que no había una o dos en Roma. Cuando la lectura se llevaba a cabo antes de la edición y venta de ejemplares, los comentarios de los asistentes sí eran decisivos a la hora de animar a los editores a invertir o no en la publicación. La figura del editor en la Antigua Roma tiene en Tito Pomponio Ático a su máximo representante. Era un hombre de vasta cultura y grandes recursos económicos, que se convirtió en el editor exclusivo de las obras de Cicerón hacia la década de los años 50 a.C.

Me vais a permitir un pequeño inciso ya que hablamos de Cicerón… Marco Tulio Tirón era un esclavo de Cicerón que desempeñaba las tareas de lo que hoy sería un secretario personal. Tirón debía tomar nota de todo lo que Cicerón le ordenaba; en muchas ocasiones de todo lo que se deliberaba en el Senado. Para ello, desarrolló un sistema de escritura abreviada que le permitía transcribir fielmente los discursos y cartas a la misma velocidad a la que se hablaba. A aquel sistema se le llamó notas tironianas. El uso de estas notas, por ser útil y práctico, se extendió más tarde por todo el Imperio y a los especialistas en este sistema de escritura se les llamó notarii… origen del término notario. A las notas tironianas se las podría considerar el origen de la taquigrafía.

Tito Pomplio Ático

Tito Pomplio Ático

Volviendo a la edición… El negocio de Tito Pomponio Ático funcionaba de la siguiente manera: Cicerón entregaba sus manuscritos a Ático; éste tenía un taller de copia en el monte Quirinal con una plantilla de copistas (librarios) y de correctores (anagnostas) que producían en pocas semanas muchas copias de alta calidad caligráfica. Los librarios copiaban al dictado del editor y, posteriormente, los anagnostas corregían las copias. Se podían realizar “tiradas” de varias decenas de ejemplares en pocas semanas, aunque nunca se alcanzaban las tiradas de miles de copias como Nunca me aprendí la lista de los reyes godos o De lo humano y lo divino. Otros editores conocidos fueron los hermanos Sosios, editores de Horacio, que poseían un negocio cerca del arco de Jano; el griego Doro, editor de la monumental “Historia” de Tito Livio; o Trifón, editor de Quintiliano y Marcial.

Los costos de la edición corrían a cargo del editor pero si se deseaba realizar una edición más lujosa o de mayor tirada, el autor debía asumir parte del coste. También existía la edición por encargo que solía ser financiada por algún rico lector a quien el autor había dedicado su obra. Así publicó, por ejemplo, el poeta Estacio.

Colaboración de Edmundo Pérez.
Fuentes e imagen: Qué leer en el mundo antiguo – Miguel Angel Novillo López, Juan Luis Posadas. Fotoimágenes

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Orines y soda, el detergente de la Antigüedad

30 may
30 mayo 2013

[…] La pequeña fullonica de Quinto Talpicio estaba situada a espaldas de la muralla de la necrópolis. Iónica, la esclava de máxima confianza de Aula Plautia —una de las matronas más admiradas y envidiadas de toda la colonia— había acudido aquella mañana a recoger las togas y túnicas de sus amos. Talpicio tenía muy mala fama en toda la colonia. Era caro y sus métodos muy controvertidos. De todos era sabido que en su pequeña balsa de lavado se hacinaba un grupo de esclavos viejos, malnutridos y macilentos que tardaban más de lo normal en enjuagar las prendas. Pero lo peor no era eso; los orines que usaba en el proceso le llegaban de cualquier forma, recolectados en letrinas y lupanares, además de emplear esencias baratas y aguadas para quitarle ese aroma ácido a las prendas después de prensarlas. Pero no había mucho más donde elegir. De los cinco establecimientos que hubo en la colonia antes del asalto de los francos, solo quedaban dos en funcionamiento: el de Voconio y el suyo.

Iónica no estaba sola. Otras esclavas domésticas como ella aguantaban aquella desagradable espera en el vestíbulo de la fullonica, aguardando pacientemente a que les entregaran sus encargos. A pesar de ser Ianuarius, la pestilencia que emanaba desde la sala de enjuague era insoportable. Se consolaba a sí misma pensando en la pobre gente condenada a pasar sus días remojando togas en un charco de orines; en verano aquella tarea todavía sería mucho peor. Tuvo que salir a inspirar una fría bocanada de aire matutino para evitar que una arcada prosperase y la hiciese arrojar las gachas del desayuno. Era un día desapacible y plomizo. Aún había pequeñas placas de hielo entre las losas más sombrías de la calle que se resistían a fundirse y deslizarse entre las hendiduras de la calzada hacia el arbellón.
—Iónica, ¿sabes que el praeses ya está aquí? —le preguntó una de sus compañeras de vestíbulo cuando entró de nuevo en la fullonica.
—Ya me he enterado; me lo dijo mi señora ayer. Severina, son malos tiempos para nuestra fe.
—Sí, tendremos que andar con mucho cuidado mientras esté el praeses en la ciudad. Lo que se escucha en las reuniones sobre él es espeluznante. Muchos hermanos son muy pesimistas al respecto.
—Tampoco hemos de amilanarnos. Dios lo ha dispuesto así, y así hemos de aceptarlo. Cada día rezo por esos dos pobres hombres.
—¿Les has visto? —le susurró la esclava al oído, evitando con ello alguna oreja interesada y delatora.
—No, pero sé que mi señor Antonio visita al más joven de los dos y… ¿Sabes una cosa, Severina? Desde que va a verle, le noto un poco más cambiado, más tolerante.
—Tu señor Antonio siempre ha sido un hombre prudente.
—Sí, pero ahora su mirada no muestra rencor y odio, diría incluso que apatía, como mostraba años atrás. Parece que, por fin, las heridas del pasado empiezan a cicatrizar.
—Iónica, no te veo buena cara, ¿te ha pasado algo con tu señora?
—No, solo es que no he dormido bien; ayer tuve sueños muy extraños. Había un cuervo graznando en medio de un vertedero y, de repente, alzó su vuelo hacia donde yo estaba y, al girarme, me desperté. Cuando volvía a dormirme vi una piedra de molino sobre una playa de guijarros; corrí hacia ella y, cuando estaba a punto de alcanzarla, caí sobre la grava. Al levantar la vista vi el mar, pero no el nuestro, sino una costa que también me resulta conocida, con una montaña y un islote cubiertos de brumas…
—Sí que es extraño… ¿Será un mensaje del Señor?
En aquel preciso instante apareció un joven y famélico esclavo con una cesta repleta de paños, túnicas, togas y demás telas de servicio. Se quedó mirando a la clientela y con voz potente dijo:
—¡Iónica! Aquí lo tienes; no te entretengas, ya has visto cómo está esto hoy de gente… […]

Fullonica de Stephanus

Colaboración de Gabriel Castelló

Sirva este sencillo pasaje extraído de mi novela Devotio para introducir el negocio que vamos a abordar hoy. Toda ciudad o colonia romana disponía de una o más fullonica, nuestra actual lavandería y tintorería. Se han hallado restos de estos negocios en Ostia, Barcino y Herculano, alguno de ellos como la de Stephanus en Pompeya en un excelente estado de conservación. Consistía en una tienda de lavado de ropa de hogar y vestimenta, algo nada relevante excepto por el modo en que se realizaba dicha limpieza antes del uso de sustancias químicas artificiales. El orín humano era la materia prima principal que se usaba en la balsa de enjuague (saltus fullonici), pues el amoniaco que contiene, conjugado con cal y cenizas como blanqueantes, conseguía extraer las manchas de las túnicas, togas y manteles de lana. Su obtención era curiosa, desde importado en ánforas de remotos lugares (el hispano era considerado como del mejor calidad) o recogido en las letrinas públicas e incluso, como en los actuales urinarios de un centro comercial, directamente desde las paredes de la fullonica donde había dispuestas medias ánforas perforadas en su base para que los transeúntes pudiesen aliviar sus vejigas paseando por el pórtico. En Pompeya pueden leerse letreros en las paredes que invitan a hacerlo. Estos orines se mezclaban en las ánforas con las cenizas y la cal y se vertían después en las balsas donde los esclavos se encargarían de enjuagar las telas como si de un lagar se tratase, pisando las prendas e impregnándolas con la pestilente pero detergente emulsión de soda y orines.

El proceso era muy sencillo: tras una breve inspección de las prendas y realizados los remiendos y composturas pertinentes, eran echadas a la balsa para el intenso pisoteo de los esclavos. Una vez las manchas habían desaparecido, las prendas eran llevadas a una balsa exterior más grande, llamada lacuna fullonica, donde se enjuagaban con agua de lluvia recogida en el impluvio, se escurrían y después se tendían al sol, perfumándolas con esencias herbales y florales una vez secas por unas pocas monedas más para los clientes más acomodados. En el afán de la administración pública de recaudar por todo, algo que hoy en día nos suena mucho, el emperador Vespasiano decretó un impuesto sobre los orines recogidos en las propias fullonicae a través de las donaciones gratuitas de la ciudadanía. Dice Suetonio que Tito, el hijo del emperador, le recriminó a su padre dicho impuesto y que aquel extrajo de su bolsa un áureo, se lo puso en la mano y le preguntó si le molestaba su olor. Tito lo negó, y su padre le respondió: “y sin embargo, procede de la orina”. PECVNIA NON OLET… El dinero no huele.

saltus fullonici

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¿Por qué en Roma se prohibía plantar semillas de menta durante la guerra?

07 abr
7 abril 2013

El uso de las plantas aromáticas en la cocina y en la medicina ha sido una constante a lo largo de la historia. La menta, concretamente, ha sido utilizada para condimentar múltiples platos y en la medicina para facilitar la digestión, como refrescante bucal y por sus propiedades estimulantes. Algunos, entre los que me incluyo, creímos las leyendas urbanas que también le atribuían propiedades afrodisíacas… sobre todo en las mujeres. Y digo que me incluyo, porque en la época en la que los adolescentes dejamos de ver a las chicas como el enemigo y comenzamos a interesarnos por ellas -y sus cuerpos-, los mayores (los que ya habían desabrochado un sujetador) nos contaban que la menta en las mujeres tenía propiedades afrodisíacas -ellos decían que era calientaburras-. Así que, aprovechábamos cualquier ocasión -sobre todo en las fiestas del pueblo- para ofrecerles bebidas con menta (recuerdo la mezcla de Pipermint con batido de vainilla). Los efectos… lo dejaré aquí.

El caso es que en la antigua Roma se pensaba que así era. De hecho, los judíos llenaban la cama de los recién casados con hojas de menta y entre las brujas o hechiceras de la urbe se utilizaba la menta como ingrediente en sus elixires del amor. Por ello, en tiempos de guerra se prohibía plantar semillas de menta y hacer brebajes con ella. Los hombres debían centrarse en “hacer la guerra y no el amor“.

Valeria Mesalina

Valeria Mesalina

Una de las mujeres de Roma, de la que ya hemos hablado, y a la que no le hacía falta tomar ningún tipo de afrodisíaco fue Valeria Mesalina, esposa del emperador Claudio. En palabras del poeta Juvenal…

Vuelve tu vista a los émulos de los dioses, escucha lo que soportó Claudio. Cuando su esposa se percataba de que su marido dormía, la augusta meretriz osaba tomar su capucha de noche y, prefiriendo la ester a la alcoba del Palatino, lo abandonaba acompañada por no más de una esclava.
Y ocultando su pelo moreno con una peluca rubia entraba en el caliente lupanar de gastadas tapicerías, en un cuartito vacío que era suyo; entonces se prostituía con sus áureas tetas al desnudo, usurpando el nombre de Licisca, y exhibía el vientre de donde naciste, noble Británico. Recibía cariñosamente a los que entraban y les exigía dinero.
Luego, cuando el dueño del burdel despedía a sus chicas, se marchaba triste, y hacía lo que podía: cerrar la última el cuarto, todavía ardiendo con la erección de su tieso clítoris, y se retiraba, cansada de tíos pero aún no saciada, y afeada por el humo del candil y las mejillas oscuras llevaba el olor del lupanar a su almohada.

Fuentes e imagen: Valeria Mesalina, Historias de la Historia – Carlos Fisas, Roma de los Césares – Juan Eslava Galán

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¿Para qué servían en Roma las monedas en las que se representaban posiciones sexuales?

31 ene
31 enero 2013

Igual que hace poco descubrimos una moneda de Roma con la forma de un jamón, ahora tenemos las spintriae, monedas o fichas en las que se representaban distintas posiciones sexuales en el anverso y una numeración en el reverso…

spintriae

¿Para qué se utilizaban este tipo de monedas?

Las versiones más conservadoras, y menos originales, establecen que las spintriae (acuñadas en la época de César Augusto y su hijo adoptivo Tiberio) se acuñaron como burla a la campaña de moralidad que implantó César Augusto. Según Suetonio, por tener alguna de estas monedas en las que se representase al emperador en un burdel o letrina, te podían acusar de alta traición. También se dice que podrían ser fichas de algún tipo de juego.

Pero yo me voy a quedar con otras versiones mucho más originales…

Sabiendo que en Roma tenían todo perfectamente organizado -la prostitución estaba regulada por la licentia Stupri- no me extrañaría nada que hubiesen sido utilizadas como fichas en los lupanares. Al entrar al lupanar, se pagaba al leno -el propietario- el servicio contratado, éste te entregaba la spintriae que representaba dicho servicio y en la que el número del reverso indicaba el habitáculo donde serías atendido. Sobre la puerta del habitáculo estaba pintado el número y en su interior tenían una cama de mortero sobre la que se colocaba un colchón de paja o plumón; unas lucernas y una palangana para asearse eran el único mobiliario. En el de Pompeya, todavía pueden verse los arañazos en sus paredes, idénticos a las que hoy pueblan los aseos de medio mundo, mostrando frases tipo “Varinia ama a Marcelo”, “el hornero es un felón”, “Craso la tiene de un palmo” o “Cato se tira a Lucila”…

Y puestos a darles utilidades -ésta rayando lo cómico-, se dice que las spintriae también podrían haber sido utilizadas por los legionarios. En sus conquistas por medio mundo, los legionarios tenían que tratar con gentes de diferentes lenguas que eran desconocidas para ellos, así que utilizando las spintriae le decían a los prostitutas locales el servicio que querían…

spintria1

spintria2

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Fuentes e imágenes: Coins Weekly, Historia del arte erótico, The Straight Dope

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