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El negocio editorial en la Antigua Roma

17 jun
17 junio 2013

Actualmente, cuando cogemos un libro en nuestras manos, no siempre somos conscientes de que perpetuamos una tradición de más de 2000 años de historia y que tuvo su origen en los cuadernos formados por varias tablillas de cera que los romanos usaron a finales de la República. La palabra libro procede, de hecho, del latín “liber” que aludía a la corteza del árbol usada como el soporte de las tablillas de cera utilizadas para escribir cartas, notas o textos de corta extensión.

Aunque, de todos modos, la forma habitual del libro en la Roma imperial era el rollo de papiro. Los tallos de la planta se cortaban y se prensaban para obtener unas finas tiras que, posteriormente, se entrelazaban en forma horizontal y vertical para obtener unas láminas de unos siete u ocho metros de longitud dispuestas para su uso. El texto se disponía en columnas, por lo que el lector tenía que ir desenrollando el libro con una mano mientras lo iba enrollando con la otra. Pero la fragilidad del rollo de papiro, el hecho de que una sola obra precisara varios volúmenes o rollos para contenerla y el mayor costo del material hizo que a partir del siglo IV d.C. triunfara el códice de pergamino hecho con pieles de animales secas: más barato y manejable, imponiéndose al rollo. Excepto los poemas y las cartas, que normalmente se escribían por el propio autor, el resto de géneros literarios eran dictados a uno o varios copistas. Así lo hacían César, Cicerón o los dos Plinios.

El negocio editorial

Una vez el autor había acabado el manuscrito original, comenzaba el circuito del libro propiamente dicho. Algunos autores que trabajaban al dictado usaban sus propios copistas, generalmente esclavos o libertos, para producir algunas copias privadas que distribuían gratuitamente entre amigos con el doble ánimo de hacer un regalo y recabar críticas o consejos de cara a la futura edición comercial. También era usual que los autores organizaran lecturas públicas de sus manuscritos pero rara vez motivaban un interés sincero entre los invitados a escucharlas, pues eran tan habituales y de tan variado interés que Plinio cuenta que era raro el día en que no había una o dos en Roma. Cuando la lectura se llevaba a cabo antes de la edición y venta de ejemplares, los comentarios de los asistentes sí eran decisivos a la hora de animar a los editores a invertir o no en la publicación. La figura del editor en la Antigua Roma tiene en Tito Pomponio Ático a su máximo representante. Era un hombre de vasta cultura y grandes recursos económicos, que se convirtió en el editor exclusivo de las obras de Cicerón hacia la década de los años 50 a.C.

Me vais a permitir un pequeño inciso ya que hablamos de Cicerón… Marco Tulio Tirón era un esclavo de Cicerón que desempeñaba las tareas de lo que hoy sería un secretario personal. Tirón debía tomar nota de todo lo que Cicerón le ordenaba; en muchas ocasiones de todo lo que se deliberaba en el Senado. Para ello, desarrolló un sistema de escritura abreviada que le permitía transcribir fielmente los discursos y cartas a la misma velocidad a la que se hablaba. A aquel sistema se le llamó notas tironianas. El uso de estas notas, por ser útil y práctico, se extendió más tarde por todo el Imperio y a los especialistas en este sistema de escritura se les llamó notarii… origen del término notario. A las notas tironianas se las podría considerar el origen de la taquigrafía.

Tito Pomplio Ático

Tito Pomplio Ático

Volviendo a la edición… El negocio de Tito Pomponio Ático funcionaba de la siguiente manera: Cicerón entregaba sus manuscritos a Ático; éste tenía un taller de copia en el monte Quirinal con una plantilla de copistas (librarios) y de correctores (anagnostas) que producían en pocas semanas muchas copias de alta calidad caligráfica. Los librarios copiaban al dictado del editor y, posteriormente, los anagnostas corregían las copias. Se podían realizar “tiradas” de varias decenas de ejemplares en pocas semanas, aunque nunca se alcanzaban las tiradas de miles de copias como Nunca me aprendí la lista de los reyes godos o De lo humano y lo divino. Otros editores conocidos fueron los hermanos Sosios, editores de Horacio, que poseían un negocio cerca del arco de Jano; el griego Doro, editor de la monumental “Historia” de Tito Livio; o Trifón, editor de Quintiliano y Marcial.

Los costos de la edición corrían a cargo del editor pero si se deseaba realizar una edición más lujosa o de mayor tirada, el autor debía asumir parte del coste. También existía la edición por encargo que solía ser financiada por algún rico lector a quien el autor había dedicado su obra. Así publicó, por ejemplo, el poeta Estacio.

Colaboración de Edmundo Pérez.
Fuentes e imagen: Qué leer en el mundo antiguo – Miguel Angel Novillo López, Juan Luis Posadas. Fotoimágenes

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Orines y soda, el detergente de la Antigüedad

30 may
30 mayo 2013

[…] La pequeña fullonica de Quinto Talpicio estaba situada a espaldas de la muralla de la necrópolis. Iónica, la esclava de máxima confianza de Aula Plautia —una de las matronas más admiradas y envidiadas de toda la colonia— había acudido aquella mañana a recoger las togas y túnicas de sus amos. Talpicio tenía muy mala fama en toda la colonia. Era caro y sus métodos muy controvertidos. De todos era sabido que en su pequeña balsa de lavado se hacinaba un grupo de esclavos viejos, malnutridos y macilentos que tardaban más de lo normal en enjuagar las prendas. Pero lo peor no era eso; los orines que usaba en el proceso le llegaban de cualquier forma, recolectados en letrinas y lupanares, además de emplear esencias baratas y aguadas para quitarle ese aroma ácido a las prendas después de prensarlas. Pero no había mucho más donde elegir. De los cinco establecimientos que hubo en la colonia antes del asalto de los francos, solo quedaban dos en funcionamiento: el de Voconio y el suyo.

Iónica no estaba sola. Otras esclavas domésticas como ella aguantaban aquella desagradable espera en el vestíbulo de la fullonica, aguardando pacientemente a que les entregaran sus encargos. A pesar de ser Ianuarius, la pestilencia que emanaba desde la sala de enjuague era insoportable. Se consolaba a sí misma pensando en la pobre gente condenada a pasar sus días remojando togas en un charco de orines; en verano aquella tarea todavía sería mucho peor. Tuvo que salir a inspirar una fría bocanada de aire matutino para evitar que una arcada prosperase y la hiciese arrojar las gachas del desayuno. Era un día desapacible y plomizo. Aún había pequeñas placas de hielo entre las losas más sombrías de la calle que se resistían a fundirse y deslizarse entre las hendiduras de la calzada hacia el arbellón.
—Iónica, ¿sabes que el praeses ya está aquí? —le preguntó una de sus compañeras de vestíbulo cuando entró de nuevo en la fullonica.
—Ya me he enterado; me lo dijo mi señora ayer. Severina, son malos tiempos para nuestra fe.
—Sí, tendremos que andar con mucho cuidado mientras esté el praeses en la ciudad. Lo que se escucha en las reuniones sobre él es espeluznante. Muchos hermanos son muy pesimistas al respecto.
—Tampoco hemos de amilanarnos. Dios lo ha dispuesto así, y así hemos de aceptarlo. Cada día rezo por esos dos pobres hombres.
—¿Les has visto? —le susurró la esclava al oído, evitando con ello alguna oreja interesada y delatora.
—No, pero sé que mi señor Antonio visita al más joven de los dos y… ¿Sabes una cosa, Severina? Desde que va a verle, le noto un poco más cambiado, más tolerante.
—Tu señor Antonio siempre ha sido un hombre prudente.
—Sí, pero ahora su mirada no muestra rencor y odio, diría incluso que apatía, como mostraba años atrás. Parece que, por fin, las heridas del pasado empiezan a cicatrizar.
—Iónica, no te veo buena cara, ¿te ha pasado algo con tu señora?
—No, solo es que no he dormido bien; ayer tuve sueños muy extraños. Había un cuervo graznando en medio de un vertedero y, de repente, alzó su vuelo hacia donde yo estaba y, al girarme, me desperté. Cuando volvía a dormirme vi una piedra de molino sobre una playa de guijarros; corrí hacia ella y, cuando estaba a punto de alcanzarla, caí sobre la grava. Al levantar la vista vi el mar, pero no el nuestro, sino una costa que también me resulta conocida, con una montaña y un islote cubiertos de brumas…
—Sí que es extraño… ¿Será un mensaje del Señor?
En aquel preciso instante apareció un joven y famélico esclavo con una cesta repleta de paños, túnicas, togas y demás telas de servicio. Se quedó mirando a la clientela y con voz potente dijo:
—¡Iónica! Aquí lo tienes; no te entretengas, ya has visto cómo está esto hoy de gente… […]

Fullonica de Stephanus

Colaboración de Gabriel Castelló

Sirva este sencillo pasaje extraído de mi novela Devotio para introducir el negocio que vamos a abordar hoy. Toda ciudad o colonia romana disponía de una o más fullonica, nuestra actual lavandería y tintorería. Se han hallado restos de estos negocios en Ostia, Barcino y Herculano, alguno de ellos como la de Stephanus en Pompeya en un excelente estado de conservación. Consistía en una tienda de lavado de ropa de hogar y vestimenta, algo nada relevante excepto por el modo en que se realizaba dicha limpieza antes del uso de sustancias químicas artificiales. El orín humano era la materia prima principal que se usaba en la balsa de enjuague (saltus fullonici), pues el amoniaco que contiene, conjugado con cal y cenizas como blanqueantes, conseguía extraer las manchas de las túnicas, togas y manteles de lana. Su obtención era curiosa, desde importado en ánforas de remotos lugares (el hispano era considerado como del mejor calidad) o recogido en las letrinas públicas e incluso, como en los actuales urinarios de un centro comercial, directamente desde las paredes de la fullonica donde había dispuestas medias ánforas perforadas en su base para que los transeúntes pudiesen aliviar sus vejigas paseando por el pórtico. En Pompeya pueden leerse letreros en las paredes que invitan a hacerlo. Estos orines se mezclaban en las ánforas con las cenizas y la cal y se vertían después en las balsas donde los esclavos se encargarían de enjuagar las telas como si de un lagar se tratase, pisando las prendas e impregnándolas con la pestilente pero detergente emulsión de soda y orines.

El proceso era muy sencillo: tras una breve inspección de las prendas y realizados los remiendos y composturas pertinentes, eran echadas a la balsa para el intenso pisoteo de los esclavos. Una vez las manchas habían desaparecido, las prendas eran llevadas a una balsa exterior más grande, llamada lacuna fullonica, donde se enjuagaban con agua de lluvia recogida en el impluvio, se escurrían y después se tendían al sol, perfumándolas con esencias herbales y florales una vez secas por unas pocas monedas más para los clientes más acomodados. En el afán de la administración pública de recaudar por todo, algo que hoy en día nos suena mucho, el emperador Vespasiano decretó un impuesto sobre los orines recogidos en las propias fullonicae a través de las donaciones gratuitas de la ciudadanía. Dice Suetonio que Tito, el hijo del emperador, le recriminó a su padre dicho impuesto y que aquel extrajo de su bolsa un áureo, se lo puso en la mano y le preguntó si le molestaba su olor. Tito lo negó, y su padre le respondió: “y sin embargo, procede de la orina”. PECVNIA NON OLET… El dinero no huele.

saltus fullonici

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¿Por qué en Roma se prohibía plantar semillas de menta durante la guerra?

07 abr
7 abril 2013

El uso de las plantas aromáticas en la cocina y en la medicina ha sido una constante a lo largo de la historia. La menta, concretamente, ha sido utilizada para condimentar múltiples platos y en la medicina para facilitar la digestión, como refrescante bucal y por sus propiedades estimulantes. Algunos, entre los que me incluyo, creímos las leyendas urbanas que también le atribuían propiedades afrodisíacas… sobre todo en las mujeres. Y digo que me incluyo, porque en la época en la que los adolescentes dejamos de ver a las chicas como el enemigo y comenzamos a interesarnos por ellas -y sus cuerpos-, los mayores (los que ya habían desabrochado un sujetador) nos contaban que la menta en las mujeres tenía propiedades afrodisíacas -ellos decían que era calientaburras-. Así que, aprovechábamos cualquier ocasión -sobre todo en las fiestas del pueblo- para ofrecerles bebidas con menta (recuerdo la mezcla de Pipermint con batido de vainilla). Los efectos… lo dejaré aquí.

El caso es que en la antigua Roma se pensaba que así era. De hecho, los judíos llenaban la cama de los recién casados con hojas de menta y entre las brujas o hechiceras de la urbe se utilizaba la menta como ingrediente en sus elixires del amor. Por ello, en tiempos de guerra se prohibía plantar semillas de menta y hacer brebajes con ella. Los hombres debían centrarse en “hacer la guerra y no el amor“.

Valeria Mesalina

Valeria Mesalina

Una de las mujeres de Roma, de la que ya hemos hablado, y a la que no le hacía falta tomar ningún tipo de afrodisíaco fue Valeria Mesalina, esposa del emperador Claudio. En palabras del poeta Juvenal…

Vuelve tu vista a los émulos de los dioses, escucha lo que soportó Claudio. Cuando su esposa se percataba de que su marido dormía, la augusta meretriz osaba tomar su capucha de noche y, prefiriendo la ester a la alcoba del Palatino, lo abandonaba acompañada por no más de una esclava.
Y ocultando su pelo moreno con una peluca rubia entraba en el caliente lupanar de gastadas tapicerías, en un cuartito vacío que era suyo; entonces se prostituía con sus áureas tetas al desnudo, usurpando el nombre de Licisca, y exhibía el vientre de donde naciste, noble Británico. Recibía cariñosamente a los que entraban y les exigía dinero.
Luego, cuando el dueño del burdel despedía a sus chicas, se marchaba triste, y hacía lo que podía: cerrar la última el cuarto, todavía ardiendo con la erección de su tieso clítoris, y se retiraba, cansada de tíos pero aún no saciada, y afeada por el humo del candil y las mejillas oscuras llevaba el olor del lupanar a su almohada.

Fuentes e imagen: Valeria Mesalina, Historias de la Historia – Carlos Fisas, Roma de los Césares – Juan Eslava Galán

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¿Para qué servían en Roma las monedas en las que se representaban posiciones sexuales?

31 ene
31 enero 2013

Igual que hace poco descubrimos una moneda de Roma con la forma de un jamón, ahora tenemos las spintriae, monedas o fichas en las que se representaban distintas posiciones sexuales en el anverso y una numeración en el reverso…

spintriae

¿Para qué se utilizaban este tipo de monedas?

Las versiones más conservadoras, y menos originales, establecen que las spintriae (acuñadas en la época de César Augusto y su hijo adoptivo Tiberio) se acuñaron como burla a la campaña de moralidad que implantó César Augusto. Según Suetonio, por tener alguna de estas monedas en las que se representase al emperador en un burdel o letrina, te podían acusar de alta traición. También se dice que podrían ser fichas de algún tipo de juego.

Pero yo me voy a quedar con otras versiones mucho más originales…

Sabiendo que en Roma tenían todo perfectamente organizado -la prostitución estaba regulada por la licentia Stupri- no me extrañaría nada que hubiesen sido utilizadas como fichas en los lupanares. Al entrar al lupanar, se pagaba al leno -el propietario- el servicio contratado, éste te entregaba la spintriae que representaba dicho servicio y en la que el número del reverso indicaba el habitáculo donde serías atendido. Sobre la puerta del habitáculo estaba pintado el número y en su interior tenían una cama de mortero sobre la que se colocaba un colchón de paja o plumón; unas lucernas y una palangana para asearse eran el único mobiliario. En el de Pompeya, todavía pueden verse los arañazos en sus paredes, idénticos a las que hoy pueblan los aseos de medio mundo, mostrando frases tipo “Varinia ama a Marcelo”, “el hornero es un felón”, “Craso la tiene de un palmo” o “Cato se tira a Lucila”…

Y puestos a darles utilidades -ésta rayando lo cómico-, se dice que las spintriae también podrían haber sido utilizadas por los legionarios. En sus conquistas por medio mundo, los legionarios tenían que tratar con gentes de diferentes lenguas que eran desconocidas para ellos, así que utilizando las spintriae le decían a los prostitutas locales el servicio que querían…

spintria1

spintria2

spintria7

Fuentes e imágenes: Coins Weekly, Historia del arte erótico, The Straight Dope

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Los cuernos que provocaron una guerra civil en Roma

17 ene
17 enero 2013

Fulvia, esposa de Marco Antonio, fue una mujer que se rebeló contra el rol que le atribuía la sociedad de Roma -el de mera comparsa- y que jugó un papel importante en las decisiones de su propio marido -igual que en sus dos anteriores matrimonios- y, por tanto, del segundo triunvirato que gobernó Roma (Marco Antonio, Octavio y Marco Emilio Lépido). Mientras Marco Antonio estaba en Egipto -concretamente en la cama de Cleopatra-, Octavio se estaba ganando el favor de los romanos y, lo que es peor, de las legiones que habían combatido con Antonio, pero Fulvia no se iba a quedar de brazos cruzados… utilizando sus armas de mujer -en este caso de mujer mala- consiguió que el hermano pequeño de su marido, Lucio Antonio, reclutase 8 legiones para enfrentarse a Octavio. Sus intenciones: llamar la atención de Marco Antonio obligándole a regresar a Roma -”arrancarlo de los brazos de aquella zorra“- y recuperar el poder perdido.

La 1ª mujer no mitológica en aparecer en una moneda

La 1ª mujer no mitológica en aparecer en una moneda

En el 41 a.C, y tras la ofensiva de Octavio, Lucio Antonio se replegó a la ciudad de Perusia (actual Perugia) esperando el regreso de su hermano y las negociaciones de Fulvia con las legiones acantonadas en la Galia… pero nadie llegó en su auxilio. Las tropas de Octavio sitiaron la ciudad y ante la dificultad de tomarla decidió rendirla por hambre. Durante los dos meses que duró el asedio, se produjo una batalla de SMS de época… los honderos -famosos eran los baleares- estuvieron lanzando proyectiles (de piedra o plomo) en los que grababan frases: “pete culum Octaviani” (para el culo de Octavio), “Luci Antoni calve, Fulvia, culum pandite” (Lucio Antonio calvo, Fulvia muéstranos tu culo)… y otras menos jocosas “Esureis et me celas” (aunque lo ocultéis os estáis muriendo de hambre).

proyectiles

Tras dos meses de asedio, en la llamada hambruna perusina, Lucio rindió la ciudad. Fluvia huyó a Grecia y Lucio fue exiliado con el compromiso de no volver a Roma. Cuando Marco Antonio regresó a Roma, culpó a su mujer de la guerra y se casó con la hermana de Octavio, Octavia la Menor, para demostrar públicamente su reconciliación con Octavio.

Fuentes: The New York Times, History of Information

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El mejor dentífrico de la antigua Roma era de Hispania

16 dic
16 diciembre 2012

Aunque el cepillo de dientes, tal y como hoy lo conocemos, lo inventó William Addis en la cárcel de Newgate (Inglaterra), el hecho de limpiarse los dientes debe ser tan antiguo como el comer… imaginad lo molesto que debía ser llevar un paluego de mamut entre los dientes todo el día. Dejando a un lado la herramienta utilizada, nos centraremos en el dentífrico.

Dentista en la Antigua Roma

Los egipcios hacían una pasta dental resultado de mezclar pezuñas de buey quemadas y trituradas, mirra, cáscara de huevo en polvo y piedra pómez. Se desconoce las cantidades de cada uno de estos ingredientes, pero sí que con ella se frotaban los dientes con los dedos o con un palito. También se sabe que los chinos utilizaban alguna mezcla de diversos ingredientes para limpiarse los dientes. Y llegando hasta Roma vemos cómo allí se perfeccionó la mezcla. Las pasta de dientes de los romanos tenía como producto abrasivo – el que sirve para arrancar los restos de comida – conchas igualmente quemadas y trituradas, además añadieron miel, vino y plantas aromáticas para refrescar la boca y combatir el mal aliento. Con ésto, tendríamos solucionada la parte higiénica pero los romanos no dejaron de lado la parte estética. Recordemos que en Roma la orina se utilizaba en las fullonicas (lavanderías) para blanquear la ropa, gracias al amoniaco que forma parte de su composición. Así que, decidieron añadir la orina para blanquear lo dientes. Y aquí es donde entra en juego Hispania. No sé si sería por nuestra alimentación privilegiada (garum, aceite, jamón serrano…), pero el caso es que las clases pudientes de Roma exigían que la orina de su dentífrico fuese de Hispania.

Poema de Cayo Valerio Catulo:

[...] en el país de Celtiberia,
lo que cada hombre mea, lo acostumbra utilizar para cepillar
sus dientes y sus rojas encías, cada mañana,
de modo que el hecho de que tus dientes están tan pulidos
solo muestra que estás más lleno de pis.

Pero como no todos podían tener acceso a esta pasta de dientes tipo gourmet, también se utilizaban otras dentífricos más accesibles y más… bueno que cada uno decida:

cerebros de ratón en polvo.

Fuentes: BBC, The History of Teeth Cleaning, Teeth White

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Roma se llevó de Hispania el garum, el aceite, las puellae gaditanae… y el jamón serrano

01 nov
1 noviembre 2012

Lo que se inició a finales del siglo III a. C. como una invasión estratégica para cortar las líneas de abastecimiento cartaginesas que sostenían la invasión de Roma por Aníbal durante la Segunda Guerra Púnica, pronto pasó a ser una labor de conquista que en unos doce años había expulsado por completo a las fuerzas cartaginesas de la Península. Sin embargo, Roma aún tardaría dos siglos en dominar la totalidad de la Península Ibérica, debido principalmente a la fuerte resistencia que los celtíberos, lusitanos, astures, cántabros… ofrecieron a los romanos. Algo debía tener nuestra Hispania por lo que mereció la pena luchar dos siglos… el garum, el aceite, las puellae gaditanae (muchachas bailarinas y cantoras de Gades que obtuvieron una gran fama en aquella época, fama que llegó hasta Roma)… y el jamón serrano.

Los romanos ya eran consumidores de jamón, el llamado prosciutto. Catón el Censor (234-149 aC) escribió el primer documento sobre la conservación de jamones de cerdo: se dejaban unos días en salazón, después se les untaba con aceite de oliva y se colgaban a secar. Menciona que pernae (jamón) y petasones (patas delanteras) se produjeron en la llanura emiliana – era y es famoso el de Parma – como provisiones para el ejército así como para banquetes en Roma. También sabemos que, después de su victoria sobre los romanos en Trebbia en el 217 aC, Aníbal entró en Parma y confiscó a los habitantes como botín de guerra los jamones almacenados en barriles de madera. Un siglo más tarde en su De re rustica el historiador Varrón (116-27 aC) y el geógrafo Estrabón (63 aC-24 dC), confirman la fama del prosciutto de Parma.

Antes de la llegada de los romanos, los pueblos prerromanos ya se deleitaban con los manjares que generosamente les regalaban los cerdos: chacinas, embutidos… y, sobre todo, jamones – en la antigua Tarraco se encontró un fósil de jamón con más de 2.000 años -. Si los romanos ya conocían el jamón, para qué querían los nuestros… por su calidad y su sabor más intenso.

Estrabón en su Geographica menciona la gran calidad de los jamones cántabros y cerretanos, ya que los cerdos eran alimentados de bellota, y los compara con los ceretanos pirenaicos, cuyos perniles fueron muy codiciados después de la Pax Romana.

Marcial en un epigrama:

Del país de los cerretanos o de los manapianos (pueblo celta del área del Rhin) traedme un jamón, y los golosos que se ahíten de filetes.

Pero el jamón hispano no se lo podía permitir cualquiera, se convirtió en un artículo de lujo. De hecho, en el Edicto de Precios Máximos o Edicto de Diocleciano del 301 se fijaba un precio de 20 denarios para una libra (326 gramos) de jamón cerritano. Para hacernos una idea de su precio, los 20 denarios era el sueldo diario de un arriero o un campesino. Tal fama llegó a adquirir que incluso se acuñaron monedas temáticas

Fuentes e imágenes: Departamento de Historia de la Universidad de Huelva, El jamón y sus orígenes, El jamón en la gastronomía,

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Frases y expresiones útiles para viajar… a la Antigua Roma

23 oct
23 octubre 2012

Hace unos años, antes de emprender un viaje al extranjero, era casi una normal habitual la compra de una guía de viajes del destino en cuestión que, además, incluía algunas frases o expresiones útiles para desenvolverse en lugares de habla no hispana. Hoy en día, estas guías van quedando relegadas en favor de internet o de aplicaciones de los smartphones, pero si alguna vez tenéis la suerte de poder viajar hasta la Antigua Roma, vía teletransportación en el tiempo, seguro que esta guía os será muy útil.

Si tienes la suerte de entablar amistad – o lo que sea – con una bella romana.
Nomen mihi est Javier. Salve! – ¡Hola! Me llamo Javier
Magna cum voluptate – Con mucho gusto
Estne pugio in tunica, an tibi libet me videre? – ¿Tienes una daga en tu túnica o es que te alegras de verme?
Noli me vocare, ego te vocabo – No me llames, yo te llamo a ti
Hora et triginta minuta in mora es – Llegas una hora y media tarde
Lapsus linguae erat – Ha sido un error
Noli me tangere – Quítame las manos de encima
Volo, non valeo – Me encantaría, pero no puedo
Sirem improba – Maldita tentadora
Spero nos familiares – Espero que aún podamos ser amigos.
Vade retro! – ¡Vete!
Haec omnia? – ¿Eso es todo?
Nocte quater – Cuatro veces por noche
Ursus perpauli cerebri sum – Soy un oso con muy poco cerebro
In flagrante delicto – Con las manos en la masa
Fabricare diem – Alégrame el día
Re vera, cara mea, mihi nihil refert – Francamente querida, eso no me importa
Anguis es – Eres una serpiente

Por las calles de Roma
Quo vadis? – ¿Dónde vas?
Mihi ignosce – Perdone
Ubi sum? – ¿Dónde estoy?
Auxilium mihi, si placet? – ¿Puede ayudarme, por favor?
Noli me necare, cape omnem pecuniam meam – No me mate, aquí tiene todo mi dinero
Pace tua – Con su permiso
Manus manum lavat – Le ayudo si usted me ayuda a mi
Yankee ite domum – Yankis, ¡fuera!(Yankee, go home)
Quod in abysso dices? – ¿Qué puñetas dices?
Necios quid dicas – No sé de qué me habla
Estne juxtim caupona/mansio? – ¿Hay un bar/hotel por aquí?
Cave canem – Cuidado con el perro
Vade in pace – Vaya en paz
Utinam tuus currus deleatur! – ¡Ojalá tengas un accidente de carro!
Pedicabo te! – ¡Que te den!

Comprar en un mercado..
Pecuniam mihi monstra – Enséñeme el dinero
Quantum est? – ¿Cuánto cuesta?
Hoc est nimis! – Es muy caro
Pecuniam mihi redde – Devuélvame mi dinero
Hoc affer tecum – Lléveselo
In hac tunica obesa videbor? – ¿Me hace gorda esta túnica?
Pistrix rapax – Tiburón avaricioso
Vinum/fermentum bellum iucundumque est – No está mal este vino/cerveza

Cuando volváis a casa… Domus propia domus optima (hogar dulce hogar) y Deliranti isti Romani (están locos estos romanos). Y si aprovechando vuestro viaje de vuelta en la máquina del tiempo os acompaña algún ciudadano de la Antigua Roma, podéis ayudarle a integrarse  echando mano del diccionario para la traducción de los términos actuales, Lexicorum Vocabolarum quae difficilius latine redditur, escrito por el cardenal Bacci en 1963…

salivaria gummis (goma de mascar), vinolentiam propensio (alcoholismo), lucis horror (fotofobia), fulminea verticularum occlusio (cremallera), curatio per chimica medicamenta (quimioretapia), stomachi ac tenuis crassisque intestini inflammatio (gastroenteritis), absurda symphonia (jazz), homo machina (robot), inflatio venarum ani (hemorroides), follius pedunque ludus (fútbol), rotula moderatrix (volante), medicus ocularis (oftalmólogo), arium, narium gutturisque medicus (otorrinolaringólogo), nicotianum fumun sugere (prohibido fumar), latrina defluente aquae profluvio instructa (retretre)

Fuentes: Guía de la Roma Antigua – Georges Hacquard, La Antigua Roma por cinco denarios al día – Philip Matyszak

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