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Marcia, la amante del emperador Cómodo que salvó a cientos de esclavos

17 feb
17 febrero 2014

Los que hayáis visto la película Gladiator (2000), dirigida por Ridley Scott, recordaréis lo malo que era el emperador Cómodo (Joaquin Phoenix) y las perrerías que le hizo a nuestro héroe Máximo Décimo Meridio (Russell Crowe). Hay un momento en la película que me parece brutal: cuando Cómodo desciende a la arena para conocer al gladiador enmascarado, Russell Crowe se quita el yelmo y le dice:

Me llamo Máximo Décimo Meridio, comandante de los Ejércitos del Norte, general de las Legiones Fénix, leal servidor del verdadero emperador Marco Aurelio [padre de Cómodo], padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada, y alcanzaré mi venganza en esta vida o en la otra.

Russell Crowe en "Gladiator"

Russell Crowe en “Gladiator”

Igual que en la película, aunque con otro guión, Cómodo tuvo que hacer frente a una conspiración para matarlo urdida por su propia hermana Lucilla. No tuvieron éxito y el emperador se tomó su cumplida venganza. Uno de los conspiradores de segundo orden logró salvar su vida pero no sus posesiones, todos sus esclavos pasaron a servir al Emperador. Entre este grupo de esclavos estaba Marcia, una joven muy bella que dejó el servicio para pasar directamente a la cama de Cómodo. Marcia había sido una niña abandonada que recogió en la calle el presbítero Jacinto. No se sabe cómo ni por qué pero el caso es que pasó a servir como esclava en la casa del conspirador. Un pequeño detalle muy importante para esta historia… Marcia era cristiana. Desde que Marcia llegó a la vida del Emperador, trató de favorecer en todo lo que pudo a los cristianos que en aquel momento, y dependiendo de la voluntad de cada uno de los emperadores, eran perseguidos en mayor o menor medida. Como pudo y a escondidas, logró reunirse con el Papa Víctor I y le pidió que confeccionase una lista con los cristianos de Roma condenados a trabajos forzados en las minas de Cerdeña. Con la lista en la mano se marchó y, después de una noche de placer, consiguió el perdón de todos. Aquel día, Cómodo mostró que tenía corazón… o que era imposible negarle nada a Marcia.

Imagen: La Odisea del cine

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Un cuerpo de bomberos y otro de pirómanos, el negocio redondo de Craso

29 nov
29 noviembre 2013

El más famoso de los incendios que devastó Roma fue el del año 64 d.C. en tiempos de Nerón. La leyenda sitúa al emperador Nerón en su palacio en el monte Palatino (unas de las siete colinas de Roma) contemplando el incendio y tocando su lira -y digo tocando que no logrando sacar de ella algo parecido a la música-. Roma ardió durante cinco días y los cristianos fueron acusados y perseguidos como responsables. Recomiendo la película Quo Vadis (1951) y la genial interpretación de Peter Ustinov en el papel Nerón.

Incendio Roma

Los incendios eran muy frecuentes en la ciudad de Roma. Una urbe densamente poblada (unos 800.000 habitantes en el siglo I), con mucho material inflamable (paja, madera, telas, etc.), iluminación con teas y lámparas de aceite, callejuelas estrechas pobladas de tenderetes… y para hacerles frente unos cuantos esclavos situados en puntos estratégicos de la ciudad para sofocar los fuegos con cubos de agua. Las consecuencias eran terribles. Así que, tras el incendio del año 6 d.C., el emperador Augusto decidió sustituir este sistema, totalmente ineficaz, creando un cuerpo de vigiles (vigilantes) que hoy podríamos llamar el primer cuerpo de bomberos profesionales de la Historia. El cuerpo de vigiles estaba formado por los aquarii (aguadores), siffonarii (manejaban las bombas de agua llamadas sipho) y los uncinarii (con lanzas provistas de ganchos hacían los derribos controlados del inmueble quemado). Pero hubo otro cuerpo de bomberos privado y poco profesional bajo las órdenes de Marco Licinio Craso.

Marco Licinio Craso

En 60 a.C. se constituyó una alianza política en Roma, llamada Primer Triunvirato, formada por Pompeyo, Julio César y Craso. Los dos primeros aportaban su prestigio ganado en el campo de batalla y Craso aportaba… ser el hombre más rico de Roma. Entre los múltiples negocios en los que Craso se embarcó los hubo legales, ilegales y miserables, como hacer negocio con los frecuentes incendios de la urbe. Craso creó un cuerpo de bomberos privado que, lógicamente, acudían a sofocar los incendios pero, y aquí está el negocio, sólo intervenían cuando los propietarios de los inmuebles afectados aceptaban venderle su propiedad a Craso. Claro está que a un precio irrisorio. Ante la disyuntiva de quedarse sin nada o aceptar unos cuantos sestercios y poder recuperar parte de sus bienes, firmaban la venta. Los bomberos sofocaban el incendio y Craso adquiría terrenos donde construir nuevos edificios a bajo precio. Incluso se pensó que también tenía un cuerpo de pirómanos.

Para saber el fin de Craso… ¿Qué fue de la legión perdida?

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Los peligros de utilizar las letrinas públicas en la antigua Roma

20 ago
20 agosto 2013

El agua que llegaba a la ciudad de Roma a través de los acueductos se almacenaba en grandes depósitos desde donde se distribuía a las panaderías, las casas, los baños… Parte del agua sobrante de estos usos prioritarios se destinaba a la red de alcantarillado: la Cloaca Máxima. Iniciada su construcción en el siglo VI a.C. por el rey Tarquinio y ampliada en varias ocasiones en siglos posteriores, recogía las aguas fecales de las casas -lógicamente, esta red no cubría toda Roma y mucho menos las zonas de las clases bajas- y de las letrinas públicas (latrinae publicae) para llevarlas hasta el río Tíber. El problema era cuando las aguas residuales volvían a su origen… por las crecidas del Tíber.

letrinae

En la ciudad de Roma se distribuían estratégicamente decenas de letrinas públicas (en el siglo IV había 144 con más de 4.000 plazas) para satisfacer las necesidades fisiológicas de los ciudadanos. Estas letrinas consistían en un banco de frío mármol con varios agujeros en los que sentarse a evacuar y bajo ellos la corriente de agua que arrastra la materia fecal. A modo de papel higiénico, en las letrinas públicas los romanos utilizaban un palo que llevaba en un extremo una esponja de mar (spongia). Y ahora que nos hacemos uno idea del habitáculo, veremos los peligros de utilizarlas…

  • Como no había separación entre los agujeros, tenías que compartir aquellos momentos de intimidad con desconocidos y no te digo nada si eran de los que daban conversación.
  • En teoría, después de usarse la spongia debía enjuagarse y limpiarse para el siguiente, y cada cierto tiempo cambiarse. Sentarse a aliviarse y comprobar que la spongia se debía haber cambiado hace tiempo…
  • Y la más peligrosa para la integridad física… Existía la graciosa costumbre de algunos gamberros de echar una pelota de lana ardiendo en las alcantarillas que si te pillaba con el culo en el agujero…

Y si los romanos utilizaron su arte y su talento en la canalización, distribución y uso del agua, también lo hicieron a la hora de reciclarla. En las letrinas que la alta sociedad tenían en sus casas, se reciclaba el agua usada en los baños para los retretes, y en casas no tan pudientes pero que también disponían de letrinas, se situaban cerca de las cocinas para reciclar el agua con la que lavaban los utensilios de cocina.

Fuentes: La Antigua Roma – Philip Matyszak, Ciencia y Tecnología en el Antiguo Mundo Romano – Álvaro Vitores Glez.

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El negocio editorial en la Antigua Roma

17 jun
17 junio 2013

Actualmente, cuando cogemos un libro en nuestras manos, no siempre somos conscientes de que perpetuamos una tradición de más de 2000 años de historia y que tuvo su origen en los cuadernos formados por varias tablillas de cera que los romanos usaron a finales de la República. La palabra libro procede, de hecho, del latín “liber” que aludía a la corteza del árbol usada como el soporte de las tablillas de cera utilizadas para escribir cartas, notas o textos de corta extensión.

Aunque, de todos modos, la forma habitual del libro en la Roma imperial era el rollo de papiro. Los tallos de la planta se cortaban y se prensaban para obtener unas finas tiras que, posteriormente, se entrelazaban en forma horizontal y vertical para obtener unas láminas de unos siete u ocho metros de longitud dispuestas para su uso. El texto se disponía en columnas, por lo que el lector tenía que ir desenrollando el libro con una mano mientras lo iba enrollando con la otra. Pero la fragilidad del rollo de papiro, el hecho de que una sola obra precisara varios volúmenes o rollos para contenerla y el mayor costo del material hizo que a partir del siglo IV d.C. triunfara el códice de pergamino hecho con pieles de animales secas: más barato y manejable, imponiéndose al rollo. Excepto los poemas y las cartas, que normalmente se escribían por el propio autor, el resto de géneros literarios eran dictados a uno o varios copistas. Así lo hacían César, Cicerón o los dos Plinios.

El negocio editorial

Una vez el autor había acabado el manuscrito original, comenzaba el circuito del libro propiamente dicho. Algunos autores que trabajaban al dictado usaban sus propios copistas, generalmente esclavos o libertos, para producir algunas copias privadas que distribuían gratuitamente entre amigos con el doble ánimo de hacer un regalo y recabar críticas o consejos de cara a la futura edición comercial. También era usual que los autores organizaran lecturas públicas de sus manuscritos pero rara vez motivaban un interés sincero entre los invitados a escucharlas, pues eran tan habituales y de tan variado interés que Plinio cuenta que era raro el día en que no había una o dos en Roma. Cuando la lectura se llevaba a cabo antes de la edición y venta de ejemplares, los comentarios de los asistentes sí eran decisivos a la hora de animar a los editores a invertir o no en la publicación. La figura del editor en la Antigua Roma tiene en Tito Pomponio Ático a su máximo representante. Era un hombre de vasta cultura y grandes recursos económicos, que se convirtió en el editor exclusivo de las obras de Cicerón hacia la década de los años 50 a.C.

Me vais a permitir un pequeño inciso ya que hablamos de Cicerón… Marco Tulio Tirón era un esclavo de Cicerón que desempeñaba las tareas de lo que hoy sería un secretario personal. Tirón debía tomar nota de todo lo que Cicerón le ordenaba; en muchas ocasiones de todo lo que se deliberaba en el Senado. Para ello, desarrolló un sistema de escritura abreviada que le permitía transcribir fielmente los discursos y cartas a la misma velocidad a la que se hablaba. A aquel sistema se le llamó notas tironianas. El uso de estas notas, por ser útil y práctico, se extendió más tarde por todo el Imperio y a los especialistas en este sistema de escritura se les llamó notarii… origen del término notario. A las notas tironianas se las podría considerar el origen de la taquigrafía.

Tito Pomplio Ático

Tito Pomplio Ático

Volviendo a la edición… El negocio de Tito Pomponio Ático funcionaba de la siguiente manera: Cicerón entregaba sus manuscritos a Ático; éste tenía un taller de copia en el monte Quirinal con una plantilla de copistas (librarios) y de correctores (anagnostas) que producían en pocas semanas muchas copias de alta calidad caligráfica. Los librarios copiaban al dictado del editor y, posteriormente, los anagnostas corregían las copias. Se podían realizar “tiradas” de varias decenas de ejemplares en pocas semanas, aunque nunca se alcanzaban las tiradas de miles de copias como Nunca me aprendí la lista de los reyes godos o De lo humano y lo divino. Otros editores conocidos fueron los hermanos Sosios, editores de Horacio, que poseían un negocio cerca del arco de Jano; el griego Doro, editor de la monumental “Historia” de Tito Livio; o Trifón, editor de Quintiliano y Marcial.

Los costos de la edición corrían a cargo del editor pero si se deseaba realizar una edición más lujosa o de mayor tirada, el autor debía asumir parte del coste. También existía la edición por encargo que solía ser financiada por algún rico lector a quien el autor había dedicado su obra. Así publicó, por ejemplo, el poeta Estacio.

Colaboración de Edmundo Pérez.
Fuentes e imagen: Qué leer en el mundo antiguo – Miguel Angel Novillo López, Juan Luis Posadas. Fotoimágenes

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Orines y soda, el detergente de la Antigüedad

30 may
30 mayo 2013

[…] La pequeña fullonica de Quinto Talpicio estaba situada a espaldas de la muralla de la necrópolis. Iónica, la esclava de máxima confianza de Aula Plautia —una de las matronas más admiradas y envidiadas de toda la colonia— había acudido aquella mañana a recoger las togas y túnicas de sus amos. Talpicio tenía muy mala fama en toda la colonia. Era caro y sus métodos muy controvertidos. De todos era sabido que en su pequeña balsa de lavado se hacinaba un grupo de esclavos viejos, malnutridos y macilentos que tardaban más de lo normal en enjuagar las prendas. Pero lo peor no era eso; los orines que usaba en el proceso le llegaban de cualquier forma, recolectados en letrinas y lupanares, además de emplear esencias baratas y aguadas para quitarle ese aroma ácido a las prendas después de prensarlas. Pero no había mucho más donde elegir. De los cinco establecimientos que hubo en la colonia antes del asalto de los francos, solo quedaban dos en funcionamiento: el de Voconio y el suyo.

Iónica no estaba sola. Otras esclavas domésticas como ella aguantaban aquella desagradable espera en el vestíbulo de la fullonica, aguardando pacientemente a que les entregaran sus encargos. A pesar de ser Ianuarius, la pestilencia que emanaba desde la sala de enjuague era insoportable. Se consolaba a sí misma pensando en la pobre gente condenada a pasar sus días remojando togas en un charco de orines; en verano aquella tarea todavía sería mucho peor. Tuvo que salir a inspirar una fría bocanada de aire matutino para evitar que una arcada prosperase y la hiciese arrojar las gachas del desayuno. Era un día desapacible y plomizo. Aún había pequeñas placas de hielo entre las losas más sombrías de la calle que se resistían a fundirse y deslizarse entre las hendiduras de la calzada hacia el arbellón.
—Iónica, ¿sabes que el praeses ya está aquí? —le preguntó una de sus compañeras de vestíbulo cuando entró de nuevo en la fullonica.
—Ya me he enterado; me lo dijo mi señora ayer. Severina, son malos tiempos para nuestra fe.
—Sí, tendremos que andar con mucho cuidado mientras esté el praeses en la ciudad. Lo que se escucha en las reuniones sobre él es espeluznante. Muchos hermanos son muy pesimistas al respecto.
—Tampoco hemos de amilanarnos. Dios lo ha dispuesto así, y así hemos de aceptarlo. Cada día rezo por esos dos pobres hombres.
—¿Les has visto? —le susurró la esclava al oído, evitando con ello alguna oreja interesada y delatora.
—No, pero sé que mi señor Antonio visita al más joven de los dos y… ¿Sabes una cosa, Severina? Desde que va a verle, le noto un poco más cambiado, más tolerante.
—Tu señor Antonio siempre ha sido un hombre prudente.
—Sí, pero ahora su mirada no muestra rencor y odio, diría incluso que apatía, como mostraba años atrás. Parece que, por fin, las heridas del pasado empiezan a cicatrizar.
—Iónica, no te veo buena cara, ¿te ha pasado algo con tu señora?
—No, solo es que no he dormido bien; ayer tuve sueños muy extraños. Había un cuervo graznando en medio de un vertedero y, de repente, alzó su vuelo hacia donde yo estaba y, al girarme, me desperté. Cuando volvía a dormirme vi una piedra de molino sobre una playa de guijarros; corrí hacia ella y, cuando estaba a punto de alcanzarla, caí sobre la grava. Al levantar la vista vi el mar, pero no el nuestro, sino una costa que también me resulta conocida, con una montaña y un islote cubiertos de brumas…
—Sí que es extraño… ¿Será un mensaje del Señor?
En aquel preciso instante apareció un joven y famélico esclavo con una cesta repleta de paños, túnicas, togas y demás telas de servicio. Se quedó mirando a la clientela y con voz potente dijo:
—¡Iónica! Aquí lo tienes; no te entretengas, ya has visto cómo está esto hoy de gente… […]

Fullonica de Stephanus

Colaboración de Gabriel Castelló

Sirva este sencillo pasaje extraído de mi novela Devotio para introducir el negocio que vamos a abordar hoy. Toda ciudad o colonia romana disponía de una o más fullonica, nuestra actual lavandería y tintorería. Se han hallado restos de estos negocios en Ostia, Barcino y Herculano, alguno de ellos como la de Stephanus en Pompeya en un excelente estado de conservación. Consistía en una tienda de lavado de ropa de hogar y vestimenta, algo nada relevante excepto por el modo en que se realizaba dicha limpieza antes del uso de sustancias químicas artificiales. El orín humano era la materia prima principal que se usaba en la balsa de enjuague (saltus fullonici), pues el amoniaco que contiene, conjugado con cal y cenizas como blanqueantes, conseguía extraer las manchas de las túnicas, togas y manteles de lana. Su obtención era curiosa, desde importado en ánforas de remotos lugares (el hispano era considerado como del mejor calidad) o recogido en las letrinas públicas e incluso, como en los actuales urinarios de un centro comercial, directamente desde las paredes de la fullonica donde había dispuestas medias ánforas perforadas en su base para que los transeúntes pudiesen aliviar sus vejigas paseando por el pórtico. En Pompeya pueden leerse letreros en las paredes que invitan a hacerlo. Estos orines se mezclaban en las ánforas con las cenizas y la cal y se vertían después en las balsas donde los esclavos se encargarían de enjuagar las telas como si de un lagar se tratase, pisando las prendas e impregnándolas con la pestilente pero detergente emulsión de soda y orines.

El proceso era muy sencillo: tras una breve inspección de las prendas y realizados los remiendos y composturas pertinentes, eran echadas a la balsa para el intenso pisoteo de los esclavos. Una vez las manchas habían desaparecido, las prendas eran llevadas a una balsa exterior más grande, llamada lacuna fullonica, donde se enjuagaban con agua de lluvia recogida en el impluvio, se escurrían y después se tendían al sol, perfumándolas con esencias herbales y florales una vez secas por unas pocas monedas más para los clientes más acomodados. En el afán de la administración pública de recaudar por todo, algo que hoy en día nos suena mucho, el emperador Vespasiano decretó un impuesto sobre los orines recogidos en las propias fullonicae a través de las donaciones gratuitas de la ciudadanía. Dice Suetonio que Tito, el hijo del emperador, le recriminó a su padre dicho impuesto y que aquel extrajo de su bolsa un áureo, se lo puso en la mano y le preguntó si le molestaba su olor. Tito lo negó, y su padre le respondió: “y sin embargo, procede de la orina”. PECVNIA NON OLET… El dinero no huele.

saltus fullonici

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¿Por qué en Roma se prohibía plantar semillas de menta durante la guerra?

07 abr
7 abril 2013

El uso de las plantas aromáticas en la cocina y en la medicina ha sido una constante a lo largo de la historia. La menta, concretamente, ha sido utilizada para condimentar múltiples platos y en la medicina para facilitar la digestión, como refrescante bucal y por sus propiedades estimulantes. Algunos, entre los que me incluyo, creímos las leyendas urbanas que también le atribuían propiedades afrodisíacas… sobre todo en las mujeres. Y digo que me incluyo, porque en la época en la que los adolescentes dejamos de ver a las chicas como el enemigo y comenzamos a interesarnos por ellas -y sus cuerpos-, los mayores (los que ya habían desabrochado un sujetador) nos contaban que la menta en las mujeres tenía propiedades afrodisíacas -ellos decían que era calientaburras-. Así que, aprovechábamos cualquier ocasión -sobre todo en las fiestas del pueblo- para ofrecerles bebidas con menta (recuerdo la mezcla de Pipermint con batido de vainilla). Los efectos… lo dejaré aquí.

El caso es que en la antigua Roma se pensaba que así era. De hecho, los judíos llenaban la cama de los recién casados con hojas de menta y entre las brujas o hechiceras de la urbe se utilizaba la menta como ingrediente en sus elixires del amor. Por ello, en tiempos de guerra se prohibía plantar semillas de menta y hacer brebajes con ella. Los hombres debían centrarse en “hacer la guerra y no el amor“.

Valeria Mesalina

Valeria Mesalina

Una de las mujeres de Roma, de la que ya hemos hablado, y a la que no le hacía falta tomar ningún tipo de afrodisíaco fue Valeria Mesalina, esposa del emperador Claudio. En palabras del poeta Juvenal…

Vuelve tu vista a los émulos de los dioses, escucha lo que soportó Claudio. Cuando su esposa se percataba de que su marido dormía, la augusta meretriz osaba tomar su capucha de noche y, prefiriendo la ester a la alcoba del Palatino, lo abandonaba acompañada por no más de una esclava.
Y ocultando su pelo moreno con una peluca rubia entraba en el caliente lupanar de gastadas tapicerías, en un cuartito vacío que era suyo; entonces se prostituía con sus áureas tetas al desnudo, usurpando el nombre de Licisca, y exhibía el vientre de donde naciste, noble Británico. Recibía cariñosamente a los que entraban y les exigía dinero.
Luego, cuando el dueño del burdel despedía a sus chicas, se marchaba triste, y hacía lo que podía: cerrar la última el cuarto, todavía ardiendo con la erección de su tieso clítoris, y se retiraba, cansada de tíos pero aún no saciada, y afeada por el humo del candil y las mejillas oscuras llevaba el olor del lupanar a su almohada.

Fuentes e imagen: Valeria Mesalina, Historias de la Historia – Carlos Fisas, Roma de los Césares – Juan Eslava Galán

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¿Para qué servían en Roma las monedas en las que se representaban posiciones sexuales?

31 ene
31 enero 2013

Igual que hace poco descubrimos una moneda de Roma con la forma de un jamón, ahora tenemos las spintriae, monedas o fichas en las que se representaban distintas posiciones sexuales en el anverso y una numeración en el reverso…

spintriae

¿Para qué se utilizaban este tipo de monedas?

Las versiones más conservadoras, y menos originales, establecen que las spintriae (acuñadas en la época de César Augusto y su hijo adoptivo Tiberio) se acuñaron como burla a la campaña de moralidad que implantó César Augusto. Según Suetonio, por tener alguna de estas monedas en las que se representase al emperador en un burdel o letrina, te podían acusar de alta traición. También se dice que podrían ser fichas de algún tipo de juego.

Pero yo me voy a quedar con otras versiones mucho más originales…

Sabiendo que en Roma tenían todo perfectamente organizado -la prostitución estaba regulada por la licentia Stupri- no me extrañaría nada que hubiesen sido utilizadas como fichas en los lupanares. Al entrar al lupanar, se pagaba al leno -el propietario- el servicio contratado, éste te entregaba la spintriae que representaba dicho servicio y en la que el número del reverso indicaba el habitáculo donde serías atendido. Sobre la puerta del habitáculo estaba pintado el número y en su interior tenían una cama de mortero sobre la que se colocaba un colchón de paja o plumón; unas lucernas y una palangana para asearse eran el único mobiliario. En el de Pompeya, todavía pueden verse los arañazos en sus paredes, idénticos a las que hoy pueblan los aseos de medio mundo, mostrando frases tipo “Varinia ama a Marcelo”, “el hornero es un felón”, “Craso la tiene de un palmo” o “Cato se tira a Lucila”…

Y puestos a darles utilidades -ésta rayando lo cómico-, se dice que las spintriae también podrían haber sido utilizadas por los legionarios. En sus conquistas por medio mundo, los legionarios tenían que tratar con gentes de diferentes lenguas que eran desconocidas para ellos, así que utilizando las spintriae le decían a los prostitutas locales el servicio que querían…

spintria1

spintria2

spintria7

Fuentes e imágenes: Coins Weekly, Historia del arte erótico, The Straight Dope

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Los cuernos que provocaron una guerra civil en Roma

17 ene
17 enero 2013

Fulvia, esposa de Marco Antonio, fue una mujer que se rebeló contra el rol que le atribuía la sociedad de Roma -el de mera comparsa- y que jugó un papel importante en las decisiones de su propio marido -igual que en sus dos anteriores matrimonios- y, por tanto, del segundo triunvirato que gobernó Roma (Marco Antonio, Octavio y Marco Emilio Lépido). Mientras Marco Antonio estaba en Egipto -concretamente en la cama de Cleopatra-, Octavio se estaba ganando el favor de los romanos y, lo que es peor, de las legiones que habían combatido con Antonio, pero Fulvia no se iba a quedar de brazos cruzados… utilizando sus armas de mujer -en este caso de mujer mala- consiguió que el hermano pequeño de su marido, Lucio Antonio, reclutase 8 legiones para enfrentarse a Octavio. Sus intenciones: llamar la atención de Marco Antonio obligándole a regresar a Roma -”arrancarlo de los brazos de aquella zorra“- y recuperar el poder perdido.

La 1ª mujer no mitológica en aparecer en una moneda

La 1ª mujer no mitológica en aparecer en una moneda

En el 41 a.C, y tras la ofensiva de Octavio, Lucio Antonio se replegó a la ciudad de Perusia (actual Perugia) esperando el regreso de su hermano y las negociaciones de Fulvia con las legiones acantonadas en la Galia… pero nadie llegó en su auxilio. Las tropas de Octavio sitiaron la ciudad y ante la dificultad de tomarla decidió rendirla por hambre. Durante los dos meses que duró el asedio, se produjo una batalla de SMS de época… los honderos -famosos eran los baleares- estuvieron lanzando proyectiles (de piedra o plomo) en los que grababan frases: “pete culum Octaviani” (para el culo de Octavio), “Luci Antoni calve, Fulvia, culum pandite” (Lucio Antonio calvo, Fulvia muéstranos tu culo)… y otras menos jocosas “Esureis et me celas” (aunque lo ocultéis os estáis muriendo de hambre).

proyectiles

Tras dos meses de asedio, en la llamada hambruna perusina, Lucio rindió la ciudad. Fluvia huyó a Grecia y Lucio fue exiliado con el compromiso de no volver a Roma. Cuando Marco Antonio regresó a Roma, culpó a su mujer de la guerra y se casó con la hermana de Octavio, Octavia la Menor, para demostrar públicamente su reconciliación con Octavio.

Fuentes: The New York Times, History of Information

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