Tag Archive 'Relato'

May 14 2008

Una Historia de Teruel.

Published by Javier Sanz under Colaboración, Relato

Después de un viaje a Teruel de nuestro amigo Senovilla, tenemos un post de los Amantes de Teruel. Es un placer publicar este post de mi tierra, gracias amigo.

Corría el siglo XII en la famosa localidad de Teruel y allí replicaban las campanas porque había BODA, ese era el sonido que a lo lejos escuchaba un caballero medieval, que moría por llegar pronto a tan bella villa por la cuesta de Andaquilla.

Era D. DIEGO DE MARCILLA, según los textos históricos conocido como JUAN MARTÍNEZ DE MARCILLA, que volvía a Teruel rico y famoso por haber participado en múltiples batallas.

Desde niño cuentan que estaba enamorado de ISABLE DE SEGURA, y que ésta a su amor correspondía, pero ella era hija de gente importante y él nada más que el hijo segundo de una familia modesta.

El Padre de Isabel viendo el amor que sentía su hija, dio un plazo de cinco años a D. DIEGO DE MARCILLA para que hiciese fortuna y pudiera así desposara con su hija.

Como os contaba, era el año 1.217, y el día que cumplía el plazo interpuesto por el padre de Isabel, corría exhausto a su encuentro en Teruel.

Al llegar y escuchar las campanas, sus amigos le informan de que es fiesta y que la villa de Teruel está engalanada porque ISABEL DE SEGURA acababa de casarse.

Le contaron que la presión de las familias y un pretendiente muy importante eran los causantes de este enlace.

Pasó por sentimientos de cólera, ira, pesar, rabia y tras ser calmado por sus amigos, decidió ir a  ver a su amada Isabel, para escuchar de su boca porqué se había casado con PEDRO FERNÁNDEZ DE AZAGRA, hermano del Señor de Albarracín.

Le pide un beso en este encuentro, pero ella se lo niega porque pertenece a otro hombre, D. Diego dicen que no pudo resistirse a la negativa y como si se le rompiera el corazón cayó fulminado al suelo, en esos momentos había MUERTO.

Al día siguiente, el redoblar de las campanas, no era festivo sino de duelo, se celebraba el funeral de Diego, una comitiva en silencio transportó el cadáver hacia el templo y dio comienzo el funeral, al salir del oficio el gentío, una hermosa figura de mujer con la cara velada se acerca al fallecido y destacándose se acerca al fallecido para darle el famoso beso que le negó en vida a Diego, era Isabel  que al dar ese beso cayó desplomada en el suelo falleciendo de amor según cuenta la tradición.

Por esto están enterrados juntos, ambos murieron, él  al pedir un beso en vida y ella por concedérselo en muerte.

7 responses so far

Abr 13 2008

Almanzor y sus daños colaterales.

Published by Javier Sanz under Javier Sanz, Relato

Almanzor (Muhammad ibn Abi Amir) ejerció, en la práctica, el poder absoluto sobre al-Andalus sin ser Califa. Era un hombre muy astuto y sin escrúpulos, que no dudó en eliminar a los que le ayudaron, cuando ya no le hacían falta o le estorbaban. Éstos son sus daños colaterales:

  • Subh: concubina del califa al-Hakam. Se decía en el “Tomate” del momento que era la amante de Almanzor. Ambos se necesitaban para obtener sus metas, ella que su hijo, Hisham II, fuese proclamado heredero y Almanzor ganarse su favor para adquirir riqueza y subir escalones en la corte de Córdoba.
  • al-Mushafí: el gran visir. Almanzor fue su protegido y lo introdujo en palacio (era un gran escribiente por su caligrafía y su soltura en prosa jurídica). Cuando obtuvo de él todo lo que le podía dar, tramó un plan para derrocarle; lo acusó de robo al tesoro público, de abuso de poder y de lujuría. Hisham firmó la orden de encarcelamiento y fue desposeído de todos sus bienes. Tras mucho tiempo en prisión fue asesinado.
  • Galib: el general más famoso de los ejércitos del Califa. Era su suegro, pero tampoco le tembló la mano cuando aprendió de él las artes de la guerra. Tenía muchos leales en el ejército y se enfrentó a él en batalla abierta, donde Galib falleció al derribarlo el caballo. El general que apoyó a Muhammad, Chafar ibn Alí, apareció muerto al poco tiempo.
  • Faiq y Chawdar: eran los eunucos de palacio. Controlaban todo lo que ocurría en palacio en tiempos de al-Hakam II. Sabían que si era proclamado Hisham II, Muhammad lo controlaría y obtendría todo el poder, así que ocultaron la muerte de al-Hakam II para proclamar emir a su hermano al-Mugira y manejarlo ellos a su antojo. Cometieron el error de contárselo a al-Musafi, enterado Muhammad los desterró.
  • al-Mugira: hermano de al-Hakam II. Este pobre hombre nada tuvo que ver en la conspiración de los eunucos, pero le costó la vida el que pensaran en él como heredero de su hermano. Almanzor mandó matarlo, aunque la noticia que corrió fue que se había suicidado.
  • Hisham II: califa tras la muerte de su padre al-Hakam II. Era niño muy débil (físicamente y de carácter) que fue manipulado por su madre y por Almanzor. Fue puesto y depuesto y llevó una vida contemplativa.

Seguro que hay muchos más, pero estos son los más importantes. Que nadie interprete mal este post, pues Almanzor es uno de mis personajes preferidos de la Historia. Alcanzó sus metas desde abajo, muchos de los protagonistas de este post se beneficiaban de él y de sus acciones, pero él era el más listo de la clase. Este personaje me fascina y más post tratarán sobre él.

Fuente: Córdoba de los Omeyas - Antonio Muñoz Molina, Pasajes de la Historia - Juan Antonio Cebrián, España bajo la Media Luna - Angus Macnab, Historia de España Musulmana - Anwar Chejne

4 responses so far

Mar 26 2008

Abd al-Rahman I, el príncipe errante. Personaje Histórico.

Abd al-Rahman ibn Mawiya ibn Hisham (ibn significa “hijo de”) nace en Damasco en 731, hijo del príncipe Muawiya y de una concubina bereber norteafricana. Pertenece a la familia de los Omeyas.

El centro de poder Omeya y la sede del califato era Siria, y su corte estaba en Damasco. La dinastía realizó una gran expansión de los territorios bajo el dominio árabe musulmán, controlaban los actuales Arabia, Irak, Irán, Palestina, Israel, Siria y Jordania, posteriormente se extienden por el Oeste hasta el Magreb y la península ibérica y por el Este hasta la India y Pakistán. El califa Omeya, que ostenta el poder político y religioso, extendió por todas sus conquista el Islam, pero no lo imponía a la fuerza, permitiendo a los conquistados seguir profesando su religión, a cambio de fuertes tributos, o convertirse en clientes (mawali) de los árabes. Ésto unido a la opresión a clanes rivales y el reparto de todos los puestos de poder y los botines entre los Omeyas, desemboca en 749 en una revuelta de los hashimíes (radicales y férreos seguidores del Islam) encabezados por Abh Allah. En el año 750 la revuelta llega a Damasco con el propósito de exterminar a la familia Omeya. Son perseguidos y ejecutados, incluso se llegan a profanar tumbas de antiguos califas. El actual califa, Marwan II, es decapitado en Damasco, pero el viejo califa Hisham, abuelo de Abd al-Rahman, todavía tiene tiempo de poder sacar de palacio a su nieto y al esclavo Badr y ponerlos a salvo.

Abh Allan traslada la capital a Bagdad y adopta el nombre de Abh al-Abbas y sus seguidores el de abbasidas (abbasis).

Abd al-Rahman y Badr (que permanecerá siempre junto a él) con ayuda de los clientes de los Omeyas huye a Palestina y desde allí al Norte de África. Se refugia en la tribu bereber Nafza (cerca de Ceuta) de donde es originaria su madre. Desde allí empieza a tomar cuerpo la venganza del último Omeya, sabe que en al-Andalus las aguas están revueltas. Envía a la península a Badr para que contacte con los sirios, clientes de los Omeyas, los yemeníes enfrentados con Yussuf, emir dependiente de Bagdad, y con los bereberes, acuartelados en las zonas más pobres y problemáticas. En agosto de 755 el príncipe errante decide cruzar el estrecho y desembarca en Nerja (Málaga). Mientras prepara el ejército, Abd al-Rahman entabla negociaciones con Yussuf. En mayo de 756, tras tomar Sevilla, decide partir hacia Córdoba, capital del emirato, para enfrentarse a Yussuf. La victoria se decanta del lado de los seguidores del príncipe, incluso Yussuf es capturado. Le perdona la vida para que se dirija a Bagdad y cuente al califa que al-Andalus es Omeya (se arrepentirá después, pues Yussuf encabezará revueltas contra él). Todo parece ir bien hasta que un grupo de yemeníes deciden entrar en Córdoba para saquearla y cobrarse botín. Abd al-Rhaman los captura y ejecuta como escarmiento; no quiere enemistarse con los andalusíes.

Capturada Córdoba y se proclama emir independiente como Abd al-Rahman I, príncipe de los creyentes. Eliminó de los rezos los abbasidas de Bagdad y acuñó moneda propia.

Al-Andalus empieza a brillar con luz propia, independiente de los abbasidas de Bagdad. Se organiza administrativamente en siete provincias, se apoyo en el hachib (primer ministro) y los visires (ministros). Al frente de las ciudades estaban los cadíes y velando por los temas religiosos y la integración de las diferentes etnias de al-Andalus (árabes, bereberes, muladíes, mozárabes, judíos) el consejo coránico .

Tuvo que enfrentarse a varias revueltas, yemeníes y bereberes, muchas de ellas tramadas y dirigidas desde Bagdad. Se apoyo en un ejército de mercenarios que obedecían directamente al emir, para que ninguna tribu lo controlase. En 778 Sulayman, gobernador de Zaragoza, se rebeló contra Abd al-Rahman I y pidió ayuda a Carlomangno, rey de los francos, éste se adentró en la península ibérica arrasando Pamplona para no ser atacado por la retaguardia, pero cuando llegó a Zaragoza Sulayman no la entregó. En su camino de retorno su retaguardia fue masacrada por los vascones y las tropas del emir en Roncesvalles (Cantar de Roldán). El emir tomó Zaragoza y Carlomagno se tuvo que conformar con la creación de la Marca Hispánica (Cataluña y norte de Aragón) para frenar el poderío musulmán.

Los musulmanes habían usado como mezquita mayor la mitad de la Basílica visigoda de San Vicente, pero como se quedaba pequeña el emir compró a los cristianos la parte que les correspondía pagándoles cien mil dinares y autorizándoles, en compensación, a que construyeran nuevas iglesias. En 785 se inicia la construcción de la mezquita aljama de Córdoba (la joya de la corona andalusí). Construyó también en las afueras de Córdoba un palacio semejante al de Damasco y le dió el mismo nombre, al-Rusafa, donde al final de sus días se recluyó.

Su última decisión importante antes de fallecer (en 788) fue elegir como heredero a su segundo hijo Hisham, en detrimento de su primogénito Sulayman, ya que consideró que Hisham era quién podía asegurar el mantenimiento del emirato.

De sus últimos días poco podemos añadir, sólo que se volvió muy huraño y despótico (incluso llegó a expulsar de Córdoba a su fiel amigo Badr).

Fuente: Pasajes de la Historia y La cruzada del Sur- Juan Antonio Cebrián, La Córdoba de los Omeyas - Antonio Muñoz Molina, Historia de España musulmana - Anwar Chejne y España bajo la media Luna - Angus Macnab.

4 responses so far

Ene 24 2008

Anibal y Roma. Enigmas de la Historia

Iniciamos aquí una nueva categoría con los enigmas de la Historia. Enigma: “¿Por qué Aníbal no tomó Roma tras la victoria de Cannas?

En el año 216 a.C. Aníbal se enfrenta en Cannas a ocho legiones romanas, caballería y tropas auxiliares (compuestas de aliados), en total más de 80.000 hombres. Por otro lado, Aníbal ofrecía unos 40.000 hombres (iberos, libios, galos y cartagineses) y 6.000 jinetes (númidas en su mayoría). La superioridad numérica de los romanos hacía presagiar el fin de Aníbal en la península Itálica, pero el resultado de la batalla (que contaremos en una nueva sección “Grandes Batallas”) fue la masacre del ejército romano. Más de 50.000 bajas por parte romana y unas 6.000 por parte cartaginesa.

El panorama que se presenta para Roma es desolador. El mayor ejército reclutado por Roma ha sido derrotado. Aníbal puede llegar hasta la propia ciudad de Roma. Pero aquí comienza el enigma, Aníbal decide no tomar Roma y acuartelarse en el Sur, incluso Mahárbal (uno de sus lugartenientes al mando de la caballería númida) llego a decirle “Aníbal sabes vencer, pero no sabes sacar provecho de tus victorias”.

Nunca sabremos la verdadera razón de por qué no marchó hacia Roma, aquí os dejamos diversas razones (cada uno que saque sus conclusiones):

  1. Aún siendo derrotada Roma todavía mantenía muchos aliados.
  2. Podía reclutar rápidamente nuevas legiones (por ejemplo bajando la edad de reclutamiento, normalmente de los 16 a 40 años)
  3. Roma era una ciudad perfectamente amurallada y Aníbal no disponía de recursos para construir armas de asedio ni mantener un largo asedio con las tropas que le quedaban.
  4. Él esperaba que los aliados de Roma se revelaran y se unieran a su causa, dejando a Roma huérfana de apoyo exterior.
  5. Ofreció a Roma la Paz pero ésta la rechazó . Roma rendida a los pies de Aníbal hubiese sido la victoria perfecta (cumpliendo así la promesa hecha a su padre Amílcar, “odio eterno a Roma”)
  6. La falta de apoyo (envio de más tropas) por parte de Cartago (controla el Senado cartaginés el gran enemigo de Aníbal, Hannon “el Grande”)

¿Acertó o se equivocó el mejor estratega de todos los tiempos?

3 responses so far

Ago 13 2007

Los Reyes Católicos no fueron los primeros

Published by Javier Sanz under Javier Sanz, Relato

Aunque los Reyes Católicos, en 1492, fueron quien tras la toma de Granada terminaron la “Reconquista” y habían unificado los reinos cristianos, no fueron los primeros que lo intentaron. La idea la tuvieron muchos, pero sólo el intento de Urraca I de Castilla y León y Alfonso I de Aragón y Navarra “el Batallador” es digno de mención.
Tras la muerte de Alfonso VI de Castilla y León sin descendencia masculina, obviamos la muerte de su hijo Sancho en la batalla de Uclés fruto de su amor apasionado con la “mora” Zaida, la princesa Urraca obtiene el trono de su padre (siendo la primera ocasión en el que una mujer hereda el trono). Los nobles de ambos reinos Castilla-León y Aragón ven una ocasión propicia para unir ambos reinos con el matrimonio de Urraca, viuda de Raimundo de Borgoña, y Alfonso. Llegaron a casarse en 1109 pero rápidamente los caracteres tan dispares dieron lugar a peleas, insultos e incluso Alfonso llegó a encerrar a Urraca. Al final Alfonso repudió a su mujer y el Papa también se llevó una gran alegría, dada su consanguinidad (eran primos). Y aquí se terminó el primer intento de unificación.

3 responses so far

Jun 11 2007

Decreto de expulsión de los judíos.

Published by Javier Sanz under Relato

Los Reyes Fernando e Isabel, por la gracia de Dios, Reyes de Castilla, León, Aragón y otros dominios de la corona- al príncipe Juan, los duques, marqueses, condes, ordenes religiosas y sus Maestres,… señores de los Castillos, caballeros y a todos los judíos hombres y mujeres de cualquier edad y a quienquiera esta carta le concierna, salud y gracia para él.
Bien es sabido que en nuestros dominios, existen algunos malos cristianos que han judaizado y han cometido apostasía contra la santa fe Católica, siendo causa la mayoría por las relaciones entre judíos y cristianos. Por lo tanto, en el año de 1480, ordenamos que los judíos fueran separados de las ciudades y provincias de nuestros dominios y que les fueran adjudicados sectores separados, esperando que con esta separación la situación existente sería remediada, y nosotros ordenamos que se estableciera la Inquisición en estos dominios; y en el término de 12 años ha funcionado y la Inquisición ha encontrado muchas personas culpables además, estamos informados por la Inquisición y otros el gran daño que persiste a los cristianos al relacionarse con los judíos, y a su vez estos judíos tratan de todas maneras a subvertir la Santa Fe Católica y están tratando de obstaculizar cristianos creyentes de acercarse a sus creencias.
Estos Judíos han instruido a esos cristianos en las ceremonias y creencias de sus leyes, circuncidando a sus hijos y dándoles libros para sus rezos, y declarando a ellos los días de ayuno, y reuniéndoles para enseñarles las historias de sus leyes, informándoles cuando son las festividades de Pascua y como seguirla, dándoles el pan sin levadura y las carnes preparadas ceremonialmente, y dando instrucción de las cosas que deben abstenerse con relación a alimentos y otras cosas requiriendo el seguimiento de las leyes de Moisés, haciéndoles saber a pleno conocimiento que no existe otra ley o verdad fuera de esta. Y así lo hace claro basados en sus confesiones de estos judíos lo mismo a los cuales han pervertido que ha sido resultado en un gran daño y detrimento a la santa fe Católica, y como nosotros conocíamos el verdadero remedio de estos daños y las dificultades yacían en el interferir de toda comunicación entre los mencionados Judíos y los Cristianos y enviándolos fuera de todos nuestros dominios, nosotros nos contentamos en ordenar si ya dichos Judíos de todas las ciudades y villas y lugares de Andalucía donde aparentemente ellos habían efectuado el mayor daño, y creyendo que esto seria suficiente de modo que en esos y otras ciudades y villas y lugares en nuestros reinos y nuestras posesiones seria efectivo y cesarían a cometer lo mencionado. Y porque hemos sido informados que nada de esto, ni es el caso ni las justicias hechas para algunos de los mencionados judíos encontrándolos muy culpables por lo por los susodichos crímenes y transgresiones contra la santa fe Católica han sido un remedio completo obviar y corregir estos delitos y ofensas. Y a la fe Cristiana y religión cada día parece que los Judíos incrementan en continuar su maldad y daño objetivo a donde residan y conversen; y porque no existe lugar donde ofender de mas a nuestra santa creencia, como a los cuales Dios ha protegido hasta el día de hoy y a aquellos que han sido influenciados, deber de la Santa Madre Iglesia reparar y reducir esta situación al estado anterior, debido a lo frágil del ser humano, pudiese ocurrir que podemos sucumbir a la diabólica tentación que continuamente combate contra nosotros, de modo que, si siendo la causa principal los llamados judíos si no son convertidos deberán ser expulsados de el Reino.
Debido a que cuando un crimen detestable y poderoso es cometido por algunos miembros de algún grupo es razonable el grupo debe ser absuelto o aniquilado y los menores por los mayores serán castigados uno por el otro y aquellos que permiten a los buenos y honestos en las ciudades y en las villas y por su contacto puedan perjudicar a otros deberán ser expulsados del grupo de gentes y a pesar de menores razones serán perjudiciales a la República y los mas por la mayoría de sus crímenes seria peligroso y contagioso de modo que el Consejo de hombres eminentes y caballeros de nuestro reinado y de otras personas de conciencia y conocimiento de nuestro supremo concejo y después de muchísima deliberación se acordó en dictar que todos los Judíos y Judías deben abandonar nuestros reinados y que no sea permitido nunca regresar.
Nosotros ordenamos además en este edicto que los Judíos y Judías cualquiera edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos e hijas, sirvientes y familiares pequeños o grandes de todas las edades al fin de Julio de este año y que no se atrevan a regresar a nuestras tierras y que no tomen un paso adelante a traspasar de la manera que si algún Judío que no acepte este edicto si acaso es encontrado en estos dominios o regresa será culpado a muerte y confiscación de sus bienes.
Y hemos ordenado que ninguna persona en nuestro reinado sin importar su estado social incluyendo nobles que escondan o guarden o defiendan a un Judío o Judía ya sea públicamente o secretamente desde fines de Julio y meses subsiguientes en sus hogares o en otro sitio en nuestra región con riesgos de perder como castigo todos sus feudos y fortificaciones, privilegios y bienes hereditarios.
Hágase que los Judíos puedan deshacerse de sus hogares y todas sus pertenencias en el plazo estipulado por lo tanto nosotros proveemos nuestro compromiso de la protección y la seguridad de modo que al final del mes de Julio ellos puedan vender e intercambiar sus propiedades y muebles y cualquier otro articulo y disponer de ellos libremente a su criterio que durante este plazo nadie debe hacerles ningún daño, herirlos o injusticias a estas personas o a sus bienes lo cual seria injustificado y el que transgrediese esto incurrirá en el castigo los que violen nuestra seguridad Real.
Damos y otorgamos permiso a los anteriormente referidos Judíos y Judías a llevar consigo fuera de nuestras regiones sus bienes y pertenencias por mar o por tierra exceptuando oro y plata, o moneda acuñada u otro articulo prohibido por las leyes del reinado.
De modo que ordenamos a todos los concejales, magistrados, caballeros, guardias, oficiales, buenos hombres de la ciudad de Burgos y otras ciudades y villas de nuestro reino y dominios, y a todos nuestros vasallos y personas, que respeten y obedezcan con esta carta y con todo lo que contiene en ella, y que den la clase de asistencia y ayuda necesaria para su ejecución, sujeta a castigo por nuestra gracia soberana y por la confiscación de todos los bienes y propiedades para nuestra casa real y que esta sea notificada a todos y que ninguno pretenda ignorarla, ordenamos que este edicto sea proclamado en todas las plazas y los sitios de reunión de todas las ciudades y en las ciudades principales y villas de las diócesis, y sea hecho por el heraldo en presencia de el escribano público, y que ninguno o nadie haga lo contrario de lo que ha sido definido, sujeto al castigo de nuestra gracia soberana y la anulación de sus cargos y confiscación de sus bienes al que haga lo contrario.
Y ordenamos que se evidencie y pruebe a la corte con un testimonio firmado especificando la manera en que el edicto fue llevado a cabo.
Dado en esta ciudad de Granada el Treinta y uno día de marzo del año de nuestro señor Jesucristo de 1492.Firmado Yo, el Rey, Yo la Reina, y Juan de la Colonia secretario del Rey y la Reina quien lo ha escrito por orden de sus Majestades. Cortesía de SEFARAD

One response so far

May 29 2007

Juan Sebastián Elcano.

Published by Javier Sanz under Relato

El 8 de septiembre de 1522, miles de años de polémica sobre si la Tierra era plana o no quedaron zanjados en un muelle del puerto de Sevilla. Juan Sebastián Elcano y 17 hombres más, harapientos y exhaustos, descendieron con parsimonia de la nao Victoria. Habían pasado tres años desde su partida. Tres años de navegación, tempestades, calmas chichas, costas ignotas habitadas por tribus de salvajes y penurias sin cuento. El precio pagado por la gesta era elevado, pero ese grupo de hombres acababa de completar la primera vuelta al mundo.

La expedición se había fraguado unos años antes, en la bulliciosa Sevilla de principios del siglo XVI. Atraídos por el deseo de enriquecerse y por un innegable espíritu de aventura, marineros, comerciantes y trotamundos de media Europa se dieron cita a orillas del Guadalquivir. América estaba recién descubierta, y las expediciones desbordaban optimismo. Los primeros capitanes, dispuestos a comerse el mundo, bajaban orgullosos por el río al mando de sus carabelas. Era un lugar de promisión, la ciudad de los prodigios.

Fernando de Magallanes, un marino portugués que había navegado por los mares de Oriente, viajó hasta Sevilla para ofrecer al jovencísimo rey de España un ambicioso proyecto que en la corte lisboeta no había cosechado demasiado éxito. Se trataba de llegar a las islas de las especias navegando hacia el Oeste y no hacia el Este, como se venía haciendo desde que Vasco da Gama arribase a la India, años antes. Magallanes estaba convencido de dos cosas: de que la Tierra era esférica –y, por tanto, circunnavegable– y de que la especiería se encontraba en el lado español de la línea de demarcación acordada con Portugal en Tordesillas.

La cosa no era para tomársela en broma. Si era cierto lo que decía el portugués, España podía convertirse en la primera suministradora de pimienta, clavo, nuez moscada y otras bagatelas que, en Europa, tenían precios astronómicos. Magallanes se puso en contacto con Juan de Aranda, factor de la Casa de Contratación, que le consiguió una entrevista con el rey en persona. Carlos I estaba aún muy verde y apenas hablaba español, pero alguien debió de recordarle que lo de Colón empezó del mismo modo. El monarca se avino a capitular y financió de su bolsillo buena parte del coste del viaje.

Se armaron cinco naves: la Trinidad, la San Antonio, la Santiago, la Concepción y la Victoria. Por el puerto de Sevilla se reclutaron 240 tripulantes, y se cargaron provisiones y otras vituallas para dos años de travesía.

Es aquí donde aparece el hombre que pondría el broche final a la aventura, Juan Sebastián Elcano. Había nacido en un pueblecito de Guipúzcoa, Guetaria, que pronto se le quedó pequeño. Anduvo guerreando en Italia con el Gran Capitán, y se apuntó entusiasta a la expedición militar que en 1509 el cardenal Cisneros había armado contra Argel. Conquistada la gloria, regresó a España y se afincó en Sevilla, que era donde se cortaba el bacalao. Allí conoció a Magallanes y, engolosinado con las riquezas que le aguardaban al otro lado del mundo, consiguió el puesto de contramaestre de la Concepción.

La flota partió de Sevilla a cañonazo limpio en agosto de 1519, y se hizo a la mar desde Sanlúcar al mes siguiente. Las cinco naves, con las velas hinchadas por la corriente de las Canarias, se dejaron caer hasta Tenerife, donde hicieron aguada. La idea de Magallanes era navegar pegado a la costa africana hasta poco antes del ecuador. En ese punto, y para evitar la temida zona de calmas chichas que tantas vidas se cobraba, tomaría rumbo oeste, para que el viento llevase sus barcos hasta la costa americana. Para bregados marinheiros como Magallanes, eso era coser y cantar.

Ya en Brasil había que seguir la ruta que, años antes, había trazado Juan Díaz de Solís, un desdichado que, tras descubrir y cartografiar el Río de la Plata, terminó en la olla de los indios charrúas. Se dieron un festín, porque a Díaz de Solís le acompañaban 60 hombres. Magallanes ya sabía algo: ahí no debía fondear. A partir de ese punto todo lo tendría que descubrir él solito. No había mapas, ni testimonios: estaba tan lejos de la civilización que ni siquiera tenía leyendas a las que agarrarse.

El primer invierno se les echó encima frente a las costas de la Patagonia. Fondearon y establecieron contacto con sus habitantes, unos indios de un tamaño descomunal a los que llamaron “patagones”. El paraje era frío e inhóspito, y las mujeres, tal y como precisa el cronista de la expedición, Antonio Pigafetta, eran tan altas como los hombres; “pero, en compensación, son más gordas […] Nos parecieron bastante feas; sin embargo, sus maridos parecían muy celosos”.

Pigafetta era un italiano culto y refinado que se había embarcado buscando aventuras y emociones fuertes. Gracias a él conocemos todos los detalles de la expedición. Como un reportero de la National Geographic, fue anotándolo todo: las plantas, las gentes, sus costumbres, las lenguas que hablaban, las constelaciones del cielo. No escatimó ni los arreglos comerciales con los indios. En Brasil, por ejemplo, comenta con sorna: “Cambiamos también a buen precio las figuras de los naipes: por un rey de oros me dieron seis gallinas, y aún se imaginaban haber hecho un magnífico negocio”. Los indígenas de Filipinas resultaron ser aún más desprendidos: “Nuestras joyas y bagatelas se convertían en arroz, en cerdos, en cabras […] por catorce libras de hierro nos daban diez piezas de oro”. El paraíso de un negociante.

Las diferencias entre Magallanes y los capitanes de las otros barcos, que eran españoles, no tardaron en aflorar durante el invierno patagón. Se produjo un motín. El portugués lo sofocó a tiempo y ajustició a sus instigadores. A uno de ellos, Gaspar de Quesada, le castigó abandonándole en la costa con un sacerdote. Es de suponer que para darle la extremaunción, llegado el momento. Elcano estaba envuelto en el complot, pero supo hacerlo de tal manera que, pasado lo peor, se ganó la estima de Magallanes.

Superado el motín, el capitán general dio orden de proseguir hacia el sur. Hacía frío, y el mar era difícil de navegar. Estaban ya en el paralelo 50, pero Magallanes tenía intención de seguir hasta el 75 buscando el deseado paso que condujese su flota hasta el mar del sur, el mismo que había descubierto Núñez de Balboa en Panamá. El 21 de octubre dieron con él. Le llamaron “Estrecho de las Once Mil Vírgenes”, aunque ha pasado a la historia como Estrecho de Magallanes. A la salida se encontraron con el océano más grande del planeta, la mayor masa de agua del sistema solar. Y tenían que cruzarlo.

Un suave viento del sur infló sus velas. Muy a diferencia del Atlántico, el nuevo mar estaba plano como un plato, razón por la cual lo bautizaron “Océano Pacífico”, denominación que ha llegado hasta nuestros días. Fue por pura casualidad, porque, en esa latitud, lo normal es que el Pacífico esté tan picado como su temperamental vecino.

A partir de ahí comenzaría la verdadera odisea. Magallanes no sabía que el Pacífico era tan grande, por lo que se pasaron más de tres meses sin avistar tierra. Ningún europeo había navegado antes por esas aguas, que, en cierto modo, eran tan desconocidas para Magallanes como la cara oculta de la Luna para los primeros astrónomos.

La travesía del Pacífico fue agotadora y se cobró muchas vidas a causa del escorbuto. “La galleta que comíamos no era ya pan sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda su sustancia, y que tenía un hedor insoportable por estar empapado en orines de rata”, precisa Pigafetta en su diario. Acabadas las provisiones, terminaron comiendo serrín y el cuero del palo mayor, previamente remojado y cocido. En cuanto a las ratas de a bordo, todas desfilaron por la cazuela.

En marzo de 1521 avistaron las primeras islas: el archipiélago de las Marianas, que llamaron “de los Ladrones” porque los indígenas les birlaron una chalupa que habían dejado en la playa mientras se avituallaban. Tras comprobar que el buen salvaje no lo es tanto cuando ve algo que le gusta, prosiguieron viaje hasta que se tropezaron con un vasto grupo de islas, las Filipinas, que llamaron “de San Lázaro” porque, siguiendo el santoral al pie de la letra, las avistaron el 16 de marzo. Los portugueses, que trasteaban por la zona, aún no habían dado con ellas, por lo que Magallanes tomó posesión de las mismas en nombre del rey de España.

Allí el capitán se buscaría la ruina. Se alejó del objetivo del viaje, que era llegar a las Molucas, y le dio por la política. Se dedicó a trabar alianzas con los jefes locales. Se alió con una tribu en contra de otra y pereció en una escaramuza entre ambas. Muertos Magallanes y su sucesor, Juan Serrano, a quien los indios asesinaron tras invitarle a cenar, se planteó el problema de volver a España y de nombrar nuevo jefe. Juan Sebastián Elcano fue el elegido.

De los cinco navíos que habían partido de Sevilla quedaban tres a flote, pero no había tripulación suficiente. Incendiaron la Concepción y, ya al mando de Elcano, se encaminaron a las Molucas. El desánimo cundía. “Estábamos tan hambrientos y tan mal aprovisionados que estuvimos muchas veces a punto de abandonar los navíos y establecernos en cualquier tierra para terminar en ella nuestros días”, anota Pigafetta.

El problema de Elcano es que sabía que las Molucas existían, pero desconocía el lugar exacto donde se encontraban. Los portugueses, que conocían su posición, guardaban a buen recaudo el secreto. Propagaron incluso el falso rumor de que sus costas estaban infestadas de arrecifes y eran innavegables. Vagaron durante meses por el mar de las Celebes, recalaron en Borneo y, al final, una tribu de Mindanao les indicó cómo llegar hasta la codiciada especiería.

El 8 de noviembre de 1521 llegaron a destino. Habían pasado dos años desde su partida. Elcano fondeó a la entrada de Tidur e hizo disparar toda la artillería. La ocasión merecía el dispendio. No había tiempo que perder: a los cuatro días ordenó comprar clavo a los indígenas. Les salió muy económico: algunos espejos, tijeras, cuchillos, gorros y paño de color rojo, que hacía furor entre las gentes de aquellas islas. Pigafetta, no obstante, se lamenta de haber sacado tan poco beneficio en el cambalache: “Hicimos, como se ve, un comercio muy ventajoso, aunque no sacamos todo el provecho que hubiéramos podido, pues deseábamos apresurar en lo posible el regreso a España”.

Gracias a un portugués que habían encontrado en Tidur, Elcano se enteró de que el rey de Portugal andaba pisándole los talones. Ordenó carenar las naves y poner nuevas velas, sobre las que hizo pintar la cruz de Santiago y la leyenda “Esta es la figura de nuestra buena aventura”. El vasco estaba dispuesto a volver a España a cualquier precio, costase lo que costase.

Abandonaron las Molucas a finales de diciembre y tomaron rumbo sur. El capitán dividió la flota: la Trinidad regresaría por el Pacífico; la Victoria, con Elcano abordo, por el Índico. No podía hacer una sola escala. El Índico pertenecía a Portugal, por lo que un encontronazo con cualquiera de sus barcos supondría el fin del viaje. Hizo aguada en Timor y, sospechando que los portugueses le esperarían junto a las costas de Bengala, trazó una arriesgada singladura: ir desde Timor hasta el cabo de Buena Esperanza, cruzando el océano por el paralelo 40, los rugientes 40, a miles de kilómetros de las costas de Asia. Era casi un suicidio, pero el de Guetaria, que a cabezón no le ganaba nadie, se salió con la suya.

Doblado el cabo, ya sólo restaba remontar el Atlántico Sur sin aproximarse a la costa y tomar los alisios de vuelta a casa. Pero a Elcano y a su mermada tripulación le quedaba por vivir la última aventura, la traca de fin de fiesta. En julio avistaron Cabo Verde; no les quedaba agua ni comida, y el escorbuto visitaba de nuevo la cubierta, por lo que se arriesgaron a fondear en un archipiélago que era el cruce de caminos de todas las derrotas portuguesas, la mismísima boca del lobo.

Elcano elaboró un ardid. Mintió a los portugueses asegurando que, en realidad, venían de América y que la rotura del trinquete les había desviado de la ruta. Los portugueses tragaron, pero al día siguiente advirtieron el engaño. El gobernador mandó un esquife para prender al español, pero era demasiado tarde: Elcano ya había largado velas.

La maniobra fue magistral: se dirigió al Caribe y, antes de llegar, enfiló el alisio que condujo la Victoria al golfo de Cádiz, frente a la desembocadura del Guadalquivir. Sólo restaba un pequeño esfuerzo más, remontar el río, y estaban en casa.

El 8 de septiembre entraron en el puerto de Sevilla, dispararon los pocos cañones que les quedaban y amarraron la Victoria. Sólo regresaban 18 hombres: 13 españoles, tres italianos, un portugués y un alemán, el leal cañonero Hans, de Aquisgrán. Lo desconocían, pero eran, después de Dios, los que más sabían del verdadero tamaño y complejidad del ancho mundo que empezaba, tímidamente, a abrirse a los ojos de Europa.

Carlos I, ya convertido en emperador, recibió a Elcano en Valladolid. Le colmó de honores y le concedió un escudo de armas, cuya cimera era un globo terráqueo con la leyenda Primus circumdedisti me (El primero en rodearme). El escudo luce hoy en el buque escuela de la Armada Española, que lleva por nombre, precisamente, Juan Sebastián Elcano.

El marino moriría años después en el Pacífico, durante otra expedición a las Molucas. Sus hombres arrojaron el cadáver en alta mar: bello final para el más grande de nuestros navegantes, para el hombre que llegó hasta el fin del mundo… y regresó. Fernado Díaz Villanueva

No responses yet

Abr 25 2007

Tratado de Tordesillas

Published by Javier Sanz under Relato

Aunque hoy parezca mentira, hubo un día en que españoles y portugueses nos repartimos el mundo, al menos sobre el papel. Como buenos hermanos, la mitad para cada uno. Fue en Tordesillas, hace más de quinientos años. El estupor que semejante acuerdo provocó en Europa fue sonado. En París, el rey Carlos VIII exclamó, indignado: “Antes de aceptar el reparto, quiero que me muestren en qué cláusula del testamento de Adán se estipula que el mundo pertenezca a los españoles y a los portugueses”. No existía esa cláusula, claro, pero sí un puñado de capitanes valientes que, al frente de sus carabelas, habían llegado donde nadie lo había hecho antes y, lo más importante, habían regresado para contarlo. Esto, a nuestros entrañables vecinos del norte, aún les escuece. España y Portugal o, mejor dicho, Castilla y Portugal no se llevaban bien. Compartían una larga y permeable frontera, hablaban casi el mismo idioma y a los dos se les había acabado el poderoso estímulo de la Reconquista. Los portugueses terminaron antes. Al llegar a las playas del Algarve se encontraron frente a un inmenso océano que, a diferencia del Mediterráneo, estaba sin explorar. El Atlántico era un misterio: peligrosas criaturas lo poblaban y los navíos que se aventuraban en sus aguas no volvían jamás a puerto. Como los lusos son gente perseverante y venían muy motivados después de guerrear cinco siglos contra los moros, se pusieron manos a la obra. Dieron el salto a África y comenzaron a bajar lentamente por sus costas, sin alejarse demasiado de ellas, que luego no sabían como volver. Para ponerle remedio, sus marinos descubrieron cómo funcionan los vientos, trazaron los primeros mapas de navegación oceánica, cartografiaron la costa africana y fundaron factorías comerciales, de las que traían oro, marfil y esclavos. Durante el siglo XV, Lisboa fue la Florencia del mar. El pastel era demasiado apetitoso como para dejar que sólo lo degustasen los portugueses. Castellanos, catalanes, mallorquines e italianos, que siempre están en todos los guisos, se aprestaron a hacerse con su porción. El problema es que, a excepción de Castilla, el resto se encontraba demasiado lejos del Atlántico. Los reyes, además, desconfiaban de aventuras mercantiles de incierto desenlace, y más teniendo a mano un Mediterráneo cruzado por mil rutas comerciales, por mucho que los piratas berberiscos las esquilmasen. Ya se sabe: más vale malo conocido que bueno por conocer. Castilla se incorporó tarde y sin demasiado entusiasmo a la carrera atlántica, pero se llevó la parte del león: las Canarias, el único archipiélago poblado y de cierto fuste de cuantos se hallaban a una distancia prudencial del continente. Y aquí surgió el conflicto. A los portugueses no les sentaba nada bien que, después de un siglo jugándose el pellejo, llegasen los de al lado y se quedasen con lo mejor. Las cosas de casa, es decir, las dinásticas, se complicaron y Castilla, partida en dos, llegó a las manos con Portugal. Al final, el rey Alfonso V por un lado y los Reyes Católicos por otro alcanzaron un acuerdo entre caballeros, el de Alcaçovas, firmado en 1479. Alcaçovas dividía el Atlántico en dos. Al norte de las Canarias los castellanos podían seguir buscando tesoros, si es que quedaba alguno, porque Madeira y las Azores se las reservaba el astuto Alfonso. Al sur, todo para Portugal, hasta donde fuesen capaces de llegar sus intrépidos marinheiros. No estaba mal del todo. Los portugueses se quitaban a un incómodo competidor en su camino a la India, y los castellanos podrían finalizar la conquista de las Canarias sin más contratiempos que los que los aguerridos guanches pusiesen a sus soldados. Entonces sucedió lo que nadie esperaba. Colón volvió del Caribe asegurando que había llegado a la India o, al menos, a sus inmediaciones. Esto echaba por tierra el arreglo de Alcaçovas. Por si colaba, Lisboa reclamó para sí los territorios descubiertos por Colón, esgrimiendo el tratado de 1479. No coló, naturalmente. Para no volver a armarla recurrieron al Papa, que era, en última instancia, el dueño del mundo en su calidad de vicario de Cristo. Y es aquí donde Fernando el Católico estaba esperando al portugués con la daga detrás de la espalda; la jugada tenía truco. En 1492 ascendió al solio pontificio Alejandro VI, un valenciano de armas tomar cuyo nombre de civil era Rodrigo de Borja; o sea, un Borgia. No es necesaria mucha más presentación. Sin dudarlo un instante, se apresuró a satisfacer a su antiguo señor, el rey de Aragón. En la primavera de 1493, con Colón deshaciendo el equipaje, extendió una bula, la Inter Caetera, en virtud de la cual todo lo que había descubierto el genovés pertenecía a los reyes de Castilla y Aragón. El único requisito para formalizar la donación era que los monarcas se comprometiesen a evangelizar a las gentes que se encontrasen en aquellas tierras, para que “la fe católica y la religión cristiana sean exaltadas, y que se amplíen y dilaten por todas partes, y que se procure la salvación de las almas, y que las naciones bárbaras sean abatidas y reducidas a dicha fe”. Casi nada. Juan II de Portugal, viendo que el combate estaba amañado, protestó enérgicamente ante la curia, que no le hizo ni caso. Meses más tarde Alejandro VI dio un nuevo apretón de tuercas a Lisboa. En otra bula delimitó las áreas de influencia de España y Portugal, o, acercándonos al alambicado lenguaje vaticano, fijó qué tierras habrían de evangelizar los españoles y a cuáles llevarían la buena nueva los capellanes de las carabelas portuguesas. Porque, claro, el Papa no sabía de imperios, y mucho menos del oro y las especias que los pizpiretos marinos ibéricos andaban buscando como locos. El problema es que ni el Santo Padre, por muy vicario de Cristo que fuese, ni nadie sabían a ciencia cierta qué era lo qué había más allá del océano, por lo que el Pontífice, hombre práctico por encima de todo, trazó una línea imaginaria de polo a polo que quedaba a unas cien leguas de las Azores y Cabo Verde. A la izquierda de la raya los españoles podrían navegar, colonizar y, sobre todo, bautizar a los infieles, que, a juicio de Alejandro VI, “parecen suficientemente aptos para abrazar la fe católica y para ser imbuidos en las buenas costumbres”. Si lo sabría él. A la derecha los portugueses tenían franquicia para hacer lo propio. El caso es que en el lado español no se sabía lo que había, pero en el portugués sí: agua salada y tempestades. Esto colmó la paciencia de Juan II, y le puso de uñas contra sus tramposos e intrigantes vizinhos. La disyuntiva era o callar y tragarse lo que había dicho el Papa –un Papa, dicho sea de paso, muy casero– o liarse la manta a la cabeza y declarar la guerra a Fernando, que era quien andaba detrás de todo el enredo. Si lo primero era malo, lo segundo era aún peor. A esas alturas los portugueses no podían ya ni soñar con medir sus armas con las de castellanos y aragoneses. A Fernando tampoco le venía bien una guerra con Portugal. Estaba ocupado en echar de Nápoles a los franceses y no quería verse envuelto en una reyerta peninsular. Portugal ya caería por su propio peso, o por algún matrimonio afortunado, que de esto los Reyes Católicos sabían un rato. La única solución factible para remendar el entuerto era sentarse a negociar y pactar una nueva línea de demarcación. Una vez conseguido el acuerdo, se lo presentarían al Papa y asunto zanjado: cada uno en su casa y Dios en la de todos. Las dos delegaciones decidieron reunirse en Tordesillas, una próspera ciudad a orillas del Duero, no muy lejos de Valladolid. El documento de partida fue la bula papal que establecía la línea en mitad del Atlántico, o lo que hoy sabemos es la mitad del Atlántico, porque en 1494 sólo se conocía de América las cuatro islas en que había recalado la expedición colombina. La primera idea de los portugueses era volver al orden de Alcaçovas, definiendo un paralelo y no un meridiano, como había hecho el Papa, y que Portugal se quedase con toda la parte austral y España con la boreal. Parecía atractiva la propuesta, pero a los castellanos no les convenció. Para llegar a América había que tomar los alisios del nordeste, que soplan hacia el sur, y regresar a Europa con los vientos que impulsan la corriente del Golfo de México. Esa fue la derrota de todas las travesías atlánticas hasta la irrupción de la navegación a vapor, en el siglo XIX. Esto obligaba a Fernando a entregar el Caribe a Portugal, y hurtaba a los navegantes españoles la posibilidad de explorar el sur, que era lo más interesante, condenándoles a internarse en las traicioneras aguas del norte. Rechazada de plano la opción del paralelo, los delegados portugueses se concentraron en mover el meridiano papal hacia el oeste. Era su obsesión, y durante toda la negociación no cejaron en su empeño. Los castellanos, representados por el mayordomo real Enríquez de Guzmán, accedieron a ampliarla 150 leguas, luego 250, pero no era suficiente para el delegado de Juan II, Ruy de Sousa: la raya tenía que ir más allá, siempre un poco más allá. Semejante testarudez en trasladar una simple línea unas cuantas leguas a poniente en medio de lo que, supuestamente, no era más que una enorme masa de agua da que pensar. ¿Acaso para entonces Juan II ya sabía, gracias a un viaje secreto, que Brasil está donde está? Oficialmente, Brasil se descubrió seis años más tarde, en 1500, en el viaje de Pedro Alvares Cabral, que tomó posesión de aquella tierra por encontrarse, precisamente y por muy poco, en el lado portugués de la línea de demarcación pactada en Tordesillas. No se sabe ni se sabrá nunca; el hecho es que, gracias a la terquedad de Sousa, el plenipotenciario castellano consintió mover la dichosa línea 270 leguas desde el punto fijado en las bulas alejandrinas, ni un palmo más. Entonces los portugueses esbozaron una lusitana sonrisa y aceptaron. El tratado se firmó el 7 de junio de 1494, y se enviaron sendas copias a los reyes de España y Portugal. Los primeros lo ratificaron en Arévalo un mes más tarde. El segundo puso su real sello en Setúbal a finales del verano. El mundo quedaba, por vez primera en la historia, dividido en dos. Buena parte de la Creación tenía, por fin, dueño y señor. La línea de Tordesillas sirvió para que, sin pelearse, los marinos ibéricos largasen velas a placer durante dos generaciones. Sirvió también para delimitar las áreas de conquista y colonización. Treinta años más tarde hubo que revisarlo, porque tanto habían progresado que unos y otros se encontraron de nuevo cara a cara en los antípodas. El contrameridiano del Pacífico se fijó en Zaragoza, en 1529. Para entonces América ya era América, y la India se había convertido en un emporio portugués. Los efectos del tratado de Tordesillas se dejaron sentir durante siglos, y aún hoy marcan las fronteras entre la Hispanidad y la Lusofonía, entre el castellano y el portugués, dos lenguas hermanas que, con 600 millones de hablantes en cuatro continentes, conforman la primera comunidad lingüística de ámbito global. Pocos acuerdos han logrado tanto con tan poco. (Fernando Díaz Villanueva)

One response so far

Abr 09 2007

Amantes de Teruel.

Published by Javier Sanz under Relato

En la ciudad de Teruel vivían Diego Marcilla e Isabel de Segura. Se conocieron desde muy niños, él era de pobre ascendencia y ella pertenecía a una de las familias más ricas de la localidad, con el paso de los años, la amistad se convirtió en amor… Un día Diego tuvo que partir a la guerra, se alistó como soldado en los tercios del emperador. Pero el destino les estaba tejiendo una telaraña de desdichas. Isabel tenía una prima con la que había hecho vida familiar, Elena. Un día vio a Diego y al instante quedó prendada de él, aún sabiendo los lazos que unían al mancebo con su prima, llena de pesadumbre, urdió un medio para que el muchacho quedase libre y pudiera ser suyo. Había en la ciudad un noble caballero, don Fernando de Gamboa que, si bien amaba a Isabel, no se sentía muy seguro de ser correspondido. Un día Elena contrahizo la escritura de Isabel en una misiva y, llamando a una vieja criada, la envió con dicho papel a casa de don Fernando. Éste, sorprendido, vio una luz de esperanza y en lugar de partir de la ciudad como tenía previsto, pensó quedarse. Durante varios días rondó la casa de Isabel. De nuevo Elena envió recado en nombre de Isabel, que ignoraba los turbios manejos de su prima. Así fue pasando el tiempo y los padres de Isabel juzgaron que ya era hora de dar en matrimonio a su hija. Sabían del cariño que existía entre la joven y Diego, pero considerando lo humilde de su origen, vacilaron. Don Fernando de Gamboa había manifestado al padre el amor que sentía por su hija y, en cierta ocasión se presentaron al mismo tiempo Diego y don Fernando a solicitar la mano de la doncella. Hablaron los dos, exponiendo don Fernando lo noble de su apellido y las riquezas de su hacienda. Diego habló así: - “No tengo riquezas ni noblezas; más desde niño me habéis tenido en vuestra casa y sabéis que amo a Isabel y que ella me corresponde”. Respondiéndole el padre de la doncella: - “No puedo concederte la mano de Isabel pues sería cambiar lo dudoso por lo cierto, la buena casa y la estirpe de don Fernando por la de un joven sin nombre ni fortuna” - “No es justo, noble Segura, respondió Diego, que neguéis a quien os ama como un hijo una oportunidad para ganar con el brazo lo que la fortuna le negó por su nacimiento. Dadme un plazo, aunque sea corto, y yo os demostraré lo que valgo” El padre de Isabel quedó pensativo y le respondió: - “Bien, de acuerdo, esperaré un plazo de tres años con tres días. Si en ese tiempo vuelves con nombre y riquezas, o con nombre tan solo, Isabel será tuya. Pero ni una hora más esperaré” Diego aceptó lleno de alegría. Cuando Isabel y Diego se encontraron, anunció Diego - “Sé que antes de que haya transcurrido el plazo he de volver, y entonces serás mi esposa y nada habremos de temer” Y Diego partió a Barcelona, que entonces estaba llena de soldados. Se alistó en uno de los Tercios y embarcó hacia Cartagena. Allí salió con su compañía para las tierras de África, demostrando prontamente el valor que le animaba. Viaje tras viaje, logró que el César le otorgase la banda de alférez y una Orden que ennoblecía su nombre. Entretanto, en Teruel, la prima Elena no había cejado en su tarea de separar a Isabel de Diego. Un día comunicó al padre de ésta que le habían llegado noticias de la muerte de Diego. Mucho dolor sintió el anciano y, tomando precauciones, se lo comunicó a Isabel, quien no podía creer la noticia de esa muerte, algo en su interior le decía que no era cierto. Y le pidió a su padre que aplazara la boda hasta el último momento, lo cual le concedió. El día que expiraba el plazo y se celebraron las bodas, Isabel ya estaba resignada y aceptó de buen grado la mano de don Fernando. Dos horas después del vencimiento del plazo, entraba en Teruel a todo galope Diego Marcilla… había llegado a toda prisa, reventando caballos, pero demasiado tarde. Esperaba que el noble Segura no hubiera sido rígido en el cumplimiento del pacto, y cuando llegó y vio las paredes alhajadas con ricas colgaduras y la servidumbre de gala, comprendió que su desdicha estaba consumada. Entonces penetró en la mansión subiendo a los aposentos de Isabel, ya preparados como cámara nupcial. Se ocultó debajo del lecho esperando a que llegara el matrimonio, que una vez despedidos por los familiares se dispusieron a acostarse. Cuando lo hubieron hecho, Diego, para impedir que se consumara la unión, tomó una mano de Isabel, la cual sintió un gran sobresalto, dando un grito. El marido preguntó si le ocurría algo y ella, turbadísima y reconociendo la mano de Diego, pidió al marido que bajase a buscar un frasco de sales. Cuando ella quedó a solas con Diego, el cual, cayendo de rodillas ante ella, le recordó su amor, reprochándole su poca constancia, ya que debía haber esperado a su vuelta. Ella, aún sintiendo gran alegría de verle, le dijo: - “Ha sido la voluntad de Dios y no la fortuna la que ha hecho que te retrasaras en la llegada. Te he esperado hasta el último momento, ahora, desgraciadamente ya nada puedes obtener de mi. Casada estoy ante el Señor y no puedo faltar a mi honor partiendo contigo. Él insistió, y al levantarse para marchar, se desplomó como herido por un rayo. Terrible fue para Isabel ver morir tan repentinamente a su amado y más fuerte todavía la sorpresa de don Fernando al encontrarse con un hombre muerto en su cámara nupcial y a Isabel pálida y pronta a desvanecerse. Ella le explicó lo sucedido, jurándole por lo más sagrado su inocencia. Entonces él, creyéndola, determinó sacar de allí el cuerpo del infeliz Diego y, aprovechando las horas de la noche, dejarlo en la puerta de su casa. Así lo hizo, siendo ayudado por la propia Isabel. Al día siguiente, horrible fue la sorpresa de los padres del infortunado joven. Por la ciudad corrió la noticia como un reguero de pólvora siendo los comentarios numerosos y diversos. Los funerales se celebraron con gran concurrencia de personas que comentaban la infausta suerte de don Diego. De pronto se presentó Isabel y un rumor acogió su llegada. Venía pálida, vestida con sus más lujosos trajes y adornos. Durante la misa permaneció arrodillada con el rostro entre las manos. Al finalizar el oficio de difuntos se aproximó al catafalco y, ante el asombro de todos, inclinándose sobre el cadáver de Diego, depositó un apasionado beso en sus labios. Cuando don Fernando y sus criados acudieron, advirtieron que Isabel estaba echada de bruces sobre el difunto y, queriéndola levantar, advirtieron con espanto que también había muerto de repente. Todos los asistentes se sintieron ganados por la lástima y don Fernando, transido de dolor, dijo: - “Fue la voluntad de Dios que Diego e Isabel no se uniesen en vida. Pero su mano ha conducido al ángel de la muerte para unirlos en el otro mundo. Que se entierre juntos a los esposos que lo fueron en la condición hasta que yo me atravesé en su camino.” Y así, juntos, se dio sepultura a los cuerpos de Diego Marcilla e Isabel de Segura, a los que la leyenda llamó desde entonces “Los amantes de Teruel”.

No responses yet

[X] Cerrar