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Cuando la cerveza Guinness salvó a Irlanda durante la Segunda Guerra Mundial

13 ago
13 agosto 2014

A los beneficios ya conocidos del consumo moderado de cerveza, hoy vamos a añadir el de ser la responsable de que Irlanda pudiese mantener su neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial.

Arthur Guinness, fundador de la cerveza Guinness en Dublín (Irlanda) en 1759, fue un empresario atípico para la época -incluso lo sería hoy en día-. Además de preocuparse de que su negocio fuese rentable, también se preocupó del bienestar de sus trabajadores y de los más necesitados de la sociedad: fundó organizaciones benéficas, construyó viviendas sociales para los más pobres… Sus herederos mantuvieron la política del fundador: todos los trabajadores que lucharon en la Primera Guerra Mundial recuperaron sus puestos de trabajo cuando regresaron a casa y, durante este tiempo, sus familias recibieron la mitad del salario habitual de estos trabajadores; a finales de los años 20, su salario era un 20% mayor que en la competencia, disponían de becas para la educación de los hijos, tenían cubiertos los gastos médicos… algo así como los trabajadores del tío Google en la actualidad. Durante la Segunda Guerra Mundial, Guinness prometió a todos los soldados británicos que tendrían una botella de su cerveza negra el día de Navidad. Incluso trabajadores ya jubilados se presentaron como voluntarios en las fábricas para ayudar a cumplir aquella promesa.

St._James's_Gate_Brewery,_Dublin,_Ireland

En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial, el Primer Ministro Eamon De Valera declaró la neutralidad de Irlanda. Aquella decisión nos gustó nada en Londres y provocó el enfado de Winston Churchill, en aquel momento Primer Lord del Almirantazgo. A pesar de todo, Irlanda mantenía su independencia política y nada se podía hacer desde Londres… o eso creía De Valera. En 1940, y ya como Primer Ministro, Churchill comienza su jugada maestra para obligar a Irlanda a romper su neutralidad y poder utilizar los estratégicos puertos irlandeses.

Churchill-Karsh1

Su macabro plan consistía en estrangular la economía irlandesa, con escasos recursos naturales y peligrosamente dependiente de los suministros británicos. Para ello, Churchill ordenó cortar los suministros de fertilizantes, gasolina, carbón… e incluso cereales. La economía irlandesa se derrumbó y el hambre comenzó a instalarse entre sus habitantes. En 1941 la situación de Irlanda era desesperada y De Valera comenzaba ya a plantearse ceder ante la pretensiones de Churchill, cuando apareció en escena Guinness. En marzo de 1942, en un esfuerzo por preservar el cereal para el pan, el gobierno irlandés impuso restricciones y prohibió la exportación de cerveza. Algo que en teoría poco o nada afectaba al plan de Churchill, dio un giro de 180º cuando las tropas británicas comenzaron a protestar por la escasez de Guinness (incluso hubo disturbios callejeros en Belfast). Por aquello de mantener la moral alta de los soldados, el gobierno británico volvió a suministrar cereal para mantener las exportaciones de cerveza. De Valera entendió que la Guinness era su baza para recuperar los suministros y su economía. Al poco tiempo, volvieron a prohibir la exportación alegando que no tenía suficiente carbón para seguir manteniendo la producción. Los británicos volvieron a suministrar carbón. Poco a poco, y manteniendo este patrón de intercambio, Irlanda consiguió recuperar los suministros, su economía y mantenerse neutral… a pesar de Churchill.

lovely_day_guinness_

Fuentes: IrishCentral, IrishAmericaDrink like a man

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Cuando se pagaban cinco libras por la captura de un aborigen en Tasmania

25 jul
25 julio 2014

Aunque los británicos la llamaron Black War (Guerra Negra), no se declaró ninguna guerra. De esta forma, denominan los ingleses al exterminio de los aborígenes de Tasmania promovido directamente por el Imperio británico.

La isla de Tasmania —topónimo conocido por los dibujos animados de la Warner cuyo protagonista es el Diablo de Tasmania— está situada a doscientos cuarenta kilómetros al sureste de Australia. La isla estaba poblada por aborígenes de tez negra, pelo rizado, baja estatura (hombres 1,60 metros y las mujeres 1,48 metros) y de complexión delgada, dedicados a la caza y recolección con medios muy rudimentarios. Tuvieron la mala suerte de que el navegante holandés Abel Tasman Jansen arribase a sus costas en 1642. Hasta que en 1855 comenzó a denominarse Tasmania por su descubridor, se llamaba Tierra de Van Diemen por Anthony Van Diemen, gobernador general de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en aquella época. Más tarde pasaron por allí franceses y británicos que comenzaron a esclavizar a muchos aborígenes. En 1803, los británicos establecieron una colonia penal en Tasmania y la isla comenzó a recibir lo mejor de cada casa. Con estos indeseables también llegaron colonos dispuestos a conseguir terrenos donde establecerse sin respetar los territorios de caza de los aborígenes. Poco tardaron en llegar los primeros enfrentamientos entre los colonos, apoyados por el ejército británico, y los nativos del lugar que siempre llevaron las de perder: asesinatos, violaciones o secuestros se repetían sin castigo alguno para los europeos. A pesar de todo, los aborígenes tasmanos trataron de defenderse, pero poco podían hacer con piedras y lanzas contra las armas de fuego.

Genocidio Tasmania

Entre 1803 y 1830, se pasó de una población estimada de cinco mil tasmanos a unos doscientos. En 1826, el Tasmania Colonial Times lo justificaba como autodefensa (¿?):

No estamos aquí por nuestra labor filantrópica. La autodefensa es la primera ley de la naturaleza. Si el gobierno no elimina a los nativos [se planteó reubicarlos en otra isla], serán cazados como fieras.

Para acabar con aquel problema por la vía rápida, en 1828 se autorizó la caza de aborígenes estableciendo una recompensa de cinco libras por la captura de un adulto y dos libras por un niño. En 1860 murió el último hombre tasmano y, como recuerdo, el miserable George Stokell, de la Royal Society of Tasmania, ordenó que desollasen su cuerpo para hacerse una cartera. La última mujer tasmana, Truganini, murió en 1876… El genocidio había terminado.

Trugannini

Trugannini

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El hombre que se inventó un país

11 jun
11 junio 2013

A fines del siglo XIX, el dominio del extremo sudoriental de África estaba dividido entre la Corona Británica y los bóers o afrikáners, colonos de origen holandés sucesores de los primeros europeos que habían colonizado la región en el siglo XVII. En 1886, la reina Victoria –después de sucesivas conquistas, exacciones y una guerra con los bóers– regía sobre las colonias del El Cabo, al sur, y Natal, al sureste. Los afrikáners, por su parte, aún gobernaban dos repúblicas limítrofes entre sí: el Estado Libre de Orange y Transvaal, ambas ubicadas al noreste de la Colonia de El Cabo.

El descubrimiento del fabuloso yacimiento de oro en la región de Witwatersrand (la Tierra del Agua Blanca, en idioma afrikáner), en tierras de Transvaal, generó un desplazamiento masivo de colonos británicos a la región… los llamados uitlanders (extranjeros) por los bóers. Temerosos de aquella “invasión” -ya habían sufrido durante ochenta años sus afrentas y robo de tierras- y en defensa de los ciudadanos bóers, el gobierno del Transvaal, encabezado por Paul Kruger -un afrikáner duro y decidido, de proverbial fuerza física y gran ascendiente sobre su pueblo– dictó una serie de leyes proteccionistas y de exclusión en cuanto a la actividad de los ciudadanos británicos dentro de sus fronteras: no tenían derecho a voto, les requerían varios años de residencia antes de poder acceder a una franquicia minera y gravaban con pesados impuestos a las ganancias que pudieran obtener de la misma. A pesar de estas limitaciones, la población uitlander pronto superó a la de los bóers en Witwatersrand: 60.000 frente a 30.000 varones adultos en el año 1895. Las protestas de la mayoría británica se extendieron y se radicalizaron.

Cecil Rhodes

Cecil Rhodes

El catalizador de esa situación inestable fue Cecil John Rhodes. Este británico que había llegado a África a los 17 años, con dinero prestado, en busca de un clima más beneficioso para su salud y se convirtió, en menos de dos décadas, en uno de los hombres más ricos del planeta. Amasó su fortuna en los campos de diamantes de New Rush (posteriormente llamada Kimberley), comprando a precios irrisorios pequeñas concesiones a los mineros que ya no podían hacer frente a los costos de explotación. En 1888 fundó la célebre De Beers Company en sociedad con otros propietarios de concesiones mineras como Barney Barnato y Charles Rudd. En 1890, Rhodes fue elegido Primer Ministro de la colonia de El Cabo y a partir de ese momento dispuso, además de su riqueza personal, del poder político necesario para impulsar su sueño: que el dominio británico en África se extendiera desde El Cabo, en el sur, hasta El Cairo, en el norte. En ese sentido, impulsa la expansión hacia el Norte, hacia Matabelelandia, llamada así por los nativos que poblaban la zona. Esa campaña cubría los dos aspectos más importantes de su visión: la expansión de los dominios de la reina Victoria y la búsqueda de réditos económicos a través de la obtención de concesiones mineras de parte de los reyes nativos. La compañía que obtuvo la concesión del gobierno británico para esa “colonización” fue la British South Africa Company, cuyo principal accionista era Cecil Rhodes. Los territorios ocupados por los británicos recibieron el nombre de Rhodesia… Él mismo llamaba a los colonos de esa región: mis rhodesianos. Una frase resume su filosofía de vida…

Tenemos que encontrar nuevas tierras a partir de las cuales podamos obtener fácilmente materias primas y al mismo tiempo explotar la mano de obra barata que suponen los nativos de las colonias. Las colonias también proporcionarían una salida para los bienes excedentarios producidos en nuestras fábricas

En 1895, la situación de los colonos británicos en la zona minera de Witwatersrand había alcanzado un nivel intolerable para ellos y se comienza a hablar de sublevación. Rhodes ve la oportunidad de, mediante un audaz golpe de mano, hacerse con el control de los yacimientos auríferos y anexar el Transvaal al Imperio británico. Junto con su hombre de confianza, el Administrador General de Matabelelandia, Leander Starr Jameson, urden un plan para invadir el Transvaal con una fuerza armada que se uniría a los sublevados en la ciudad de Johannesburgo y derrocar al gobierno bóer. Jameson prepara la fuerza invasora en la frontera del Transvaal con Matabelelandia: 600 hombres armados con rifles y ametralladoras Maxim a la espera de la señal para intervenir. Pero ese aviso se demora debido a diferencias entre los dirigentes que debían encabezar la sublevación dentro de Transvaal. Frustrado por la espera, preocupado por que todo el plan se descubra y convencido de que la incursión forzaría a los rebeldes a actuar, el 29 de diciembre de 1895 Jameson da la orden de avanzar sin contar con el visto bueno de Rhodes. Joseph Chamberlain, el Secretario Colonial británico, que teme que esa acción no sea aprobada por la Corona, decide cubrirse las espaldas y sabotearla: envía telegramas a los colonos ingleses del Transvaal advirtiéndoles que no presten apoyo a la columna invasora y advierte a Rhodes que su posición puede verse seriamente comprometida si se descubre su participación en la incursión. Así que Jameson, de la noche a la mañana, se convirtió en un paria, en un individuo que estaba actuando por su propia cuenta sin el más mínimo apoyo oficial.

La fuerza invasora de Jameson se interna en el Transvaal pero no logra concretar una acción fundamental: cortar las líneas de telégrafo que van a Pretoria, la capital bóer. Eso permite que sus movimientos sean rastreados desde el preciso momento en que cruzaron la frontera permitiendo que las fuerzas bóers los embosquen y mermen sus filas. El 2 de enero de 1896, después de tres días de combates, Jameson y sus tropas se rinden al general Piet Cronje y son conducidos a Pretoria. Más tarde, el gobierno bóer los devolverá al Gobierno británico para ser juzgados. En cuanto a los uitlanders que supuestamente encabezarían la rebelión desde dentro, fueron condenados a morir en la horca aunque la sentencia fue luego conmutada por 15 años de prisión.

A pesar de no poder obtener el botín deseado, la incursión de Jameson provocó consecuencias que a la larga fueron favorables a los intereses de la Corona. En primer lugar, los hombres que tomaron parte en la incursión habían salido del cuerpo de la recién creada Policía de Matabelelandia. Ante esta sangría de efectivos, los nativos matabeles, de estirpe guerrera, aprovecharon la ocasión para rebelarse contra los ocupantes blancos. Las tropas británicas tardaron más de un año en sofocar la rebelión que costó miles de vidas en ambos bandos pero les sirvió de excusa para establecer un férreo y brutal dominio. En segundo lugar, las disputas entre los colonos británicos del Transvaal y el gobierno de Paul Kruger se intensificaron y en 1899 las repúblicas bóers declaran la guerra al Imperio, comenzando así la Segunda Guerra Anglo-Bóer que culminaría con la victoria británica y la anexión de ambos estados al dominio inglés.

Debido a las sospechas sobre su apoyo a la incursión, Rhodes debió renunciar a su cargo de Primer Ministro de la Colonia de El Cabo. A partir de entonces, dedicó sus últimos años de vida a “su Rhodesia“. Murió a los 48 años y su tumba está allí, en la actual Zimbabwe, en las Colinas de Matopos, lugar sagrado para los matabeles muy cerca de la tumba de Leander Starr Jameson.

Colaboración de Pablo Petrides
Os recomiendo Beautiful Rhodesia de Carlos Erice.

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Cuando Francia, Inglaterra e Italia se disputaron un territorio que sólo existió 5 meses

23 may
23 mayo 2013

La disputa de un territorio por diferentes países europeos no tiene nada de curioso o anecdótico, pero si el territorio en cuestión sólo existió 6 meses… la cosa cambia. Estoy hablando de la isla Graham, isla Julia o isla Ferdinandea (dependiendo de qué país de los que se disputaron su soberanía la nombre).

Ferdinandea

Ferdinandea

Esta isla no es más que Empédocles, un gran volcán submarino situado a 30 km al sur de la isla de Sicilia y cuyo pico se encuentra a pocos metros de la superficie del mar. Su nombre se debe al filósofo griego. La primera aparición documentada de una erupción del Empédocles, convirtiéndose en una isla momentáneamente, se remonta a la Primera Guerra Púnica en el siglo III a.C. Pero el motivo de este artículo se debe a la erupción que se produjo en 1831, cuando de la noche a la mañana apareció un islote que cuando dejó de escupir lava tenía una longitud de 4 km, una superficie de 1,6 km², una altura máxima de 60 metros sobre el nivel del mar y dos pequeños lagos interiores. El 2 de agosto de 1831, cuando apenas se había enfriado la isla surgida del mar, el capitán inglés Humphrey Fleming Senhouse partía desde la isla de Malta para plantar la bandera británica y la bautizó con el nombre de Graham Island. El 17 de agosto, un barco del rey Fernando II de las Dos Sicilias (reino compuesto por la unión de Nápoles y Sicilia, y bajo soberanía de la Casa de Borbón española que en 1861 pasará a formar parte de Italia) llegaba a la isla, quitaba la bandera británica y plantaba la suya cambiándole el nombre por isla Ferdinandea. El 29 de septiembre, una misión científica francesa plantaba su bandera y la bautizaba con el nombre de île Julia.

Ilustración del geólogo francés Constant Prévost de 1831

Ilustración del geólogo francés Constant Prévost de 1831

Aquella situación estuvo a punto de crear un conflicto internacional por la soberanía del islote… que se solucionó sin ningún enfrentamiento. La lava que escupió el volcán estaba compuesta por material fácilmente erosionable y la acción de las olas hicieron que la isla desapareciese el 17 de diciembre… apenas cinco meses después de su aparición.

Esta isla todavía daría para otro curiosa situación. En abril de 1986, en la llamada Operación El Dorado Canyon, la Fuerza Aérea de los EEUU bombardeaba Libia como represalia por la bomba que estalló en una discoteca de Berlín frecuentada por los soldados estadounideneses. Los bombarderos detectaron una sombra bajo el mar, que no era otra cosa que la isla, y creyendo que era un submarino libio… la bombardearon.

Fuentes e imágenes: The New York Times, The Guardian

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El baby farming, un negocio legal que derivó en el asesinato de bebés

03 abr
3 abril 2013

Nos trasladamos a la época victoriana, más o menos coincidente con el reinado de la reina Victoria I del Reino Unido (1837-1901), que se caracterizó por el enorme desarrollo económico producto de la llamada Revolución Industrial y la expansión del Imperio colonial británico. Estos significativos cambios a nivel social, económico y tecnológico consolidaron al Reino Unido como la primera potencia de su época. A pesar de estos cambios, la sociedad victoriana se seguía rigiendo por los principios puritanos: vida discreta y ordenada, austeridad económica, metodismo religioso y conservadurismo político. El libro de cabecera de los puritanos era el Libro de etiqueta de lady Gough -una especie de manual del perfecto puritano- llegando a extremos tan absurdos como el de aconsejar no mezclar en una misma estantería los libros escritos por hombres y mujeres… sólo podían estar juntos si los autores estaban casados.

Lógicamente, y en medio de esta sociedad puritana y moralista, un hijo fuera del matrimonio era un estigma que marcaría a madre e hijo durante toda la vida. Así que, se instituyeron y legalizaron en el Reino Unido y sus colonias las Baby farming. Era una especie de institución, regida por particulares, donde los hijos nacidos fuera del matrimonio, o los de madres solteras e incluso los de prostitutas podían colocarlos y seguir sus vidas -ojos que no ven, corazón que no siente-. Sin ningún tipo de preguntas, las mujeres en estas situaciones podían entregar sus bebés en acogida en estos negocios -porque para sus regentes era un negocio- por una cantidad periódica (unos cinco chelines al mes) y poder recuperarlos en el futuro o hacer un único pago (unas 10 libras) para que los granjeros -porque actuaban como auténticos criadores de ganado- los diesen en adopción. Las adopciones se tramitaban mediante anuncios en los periódicos y en un trámite muy rápido los mediadores colocaban a los niños… y volvían a cobrar de los padres adoptivos. Un negocio en toda regla. Algunas madres -y digo madres sólo por el hecho de que parieron a sus hijos- optaron por la vía más rápida y económica… el abandono o el asesinato de sus bebés. De hecho, la primera persona ajusticiada en el siglo XX en Inglaterra fue Louise Josephine Masset por asesinar a su hijo.

Amelia Dyer

Amelia Dyer

Una de las regentes de este tipo de establecimientos fue Amelia Dyer. Amelia era una joven inglesa que tras el fallecimiento de sus padres se fue a vivir con una tía y comenzó a trabajar como enfermera. Al poco tiempo, y aunque ella sólo tenía 24 años, se casó con George Thomas de 59 años (ambos mintieron en su edad en el certificado de matrimonio). En el hospital se enteró de la existencia de este tipo de lucrativos negocios y se decidió a montar uno en su propia casa. Su posición acomodada y el hecho de ser enfermera, le sirvieron para conseguir bebés con los primero anuncios que puso en el periódico. Aunque ella prefería los bebés con pago único y posterior adopción con otro pago, la mayoría de los bebés que le llegaron fueron en acogida y pagos periódicos; aquello suponía una casa llena de niños a los que había que alimentar y cuidar. Era demasiado trabajo… dejó de alimentarlos y para tenerlos tranquilos les administraba el jarabe de la señorita Winslows -una especie de Apiretal o Dalsy de la época con la diferencia de que áquel contenía sulfato de morfina, cloroformo y heroína-. Lógicamente, muchos niños enfermaron y murieron. Gracias a las sospechas y la denuncia de un médico que certificó la muerte de varios niños, en 1879 fue detenida y condenada a seis meses de reclusión… no por homicidio sino por negligencia.

Winslows

Tras cumplir la sentencia, se mudó de Bristol a Caversham, comenzó a utilizar alias como Sra. Harding o Sra. Smith… y volvió al negocio con su hija Mary Ann (conocida como Polly) y Arthur Palmer. Ahora sólo aceptaría pagos únicos para adopción, nada de pagos periódicos en acogida. Tras recibir el pago de 10 libras y el bebé, se deshacía de éste estrangulándolo con una cinta blanca hasta asfixiarlo. Y, claro está, sin certificado médico de defunción… hacía paquetes y los arrojaba al río Támesis. En 1896, uno de esos paquetes fue encontrado por un barquero con los restos de un niño y lo denunció a la policía. Al poco tiempo apareció otro paquete y con las evidencias encontradas entre los cuerpos de los bebés llevaron a la policía hasta la Sra. Harding o Sra. Smith… Amelia Dyer. Cuando entraron en la casa, todo apuntaba a que allí se habían producido un asesinato en masa: cartillas de vacunación, un rollo de cinta blanca, ropa de bebés, recortes de anuncios en periódicos… y, sobre todo, un fuerte hedor a carne putrefacta proveniente de la despensa de la cocina. Antes las evidencias, Amelia confesó…

Reconocerán a los míos por una cinta blanca alrededor del cuello.

Durante sus tres semanas en la celda de los condenados, llenó cinco libros con su “última confesión, verdadera y única” en la que admitía toda su culpa exonerando a su hija y su yerno. El 10 de junio de 1896, con 57 años, era ahorcada en la prisión de Newgate. Aunque ni mucho menos se encontraron todos los cuerpos, pero por las pruebas encontradas y los 30 años ejerciendo esta miserable profesión, se calcula que pudo haber asesinado entre 300 y 400 niños.

Lamentablemente, no fue la única condenada por este tipo de prácticas -infanticidios-, en el Reino Unido seis granjeros más fueron ahorcados entre 1870 y 1909. También es muy conocido el caso de la neozelandesa Williamina Dean (conocida como la Bruja de Southland), la única mujer ejecutada en Nueva Zelanda, también por infanticidio como granjera. Posteriormente, las leyes de adopción se hicieron más estrictas, dando a las autoridades locales la facultad de vigilar las granjas de bebés con la esperanza de acabar con aquellas prácticas. A pesar de esto, el tráfico y el abuso de los niños no se detuvo. Dos años después de la ejecución de Dyer, los trabajadores ferroviarios encontraron un paquete abandonado en un vagón en el que encontraron una niña de menos de un mes aún con vida. Era el bebé de una viuda llamada Jane Hill que lo había entregado a una tal señora Stewart por 12 libras. Se cuenta que la misteriosa Sra. Stewart era Polly, la hija de Amelia. Nada se pudo probar… .

Fuentes e imágenes: The Independent, Daily Mail, Baby farming

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La Irlanda sometida nunca estará en paz

19 mar
19 marzo 2013

En 1858, James Stephens, Thomas Clarke, John O´leary y Charles Kickham fundaron en Dublín la Hermandad Republicana Irlandesa, una organización secreta que combatía la ocupación británica. Paralelamente, se creó al mismo tiempo una rama americana en EE UU bajo el nombre de Hermandad Feniana, los fenianos, cuyo único fin era recaudar fondos entre la numerosa colonia irlandesa pero que llegado el momento, y actuando por su cuenta, intentaron invadir la Columbia Británica, hoy Canadá. Cuando en 1915 falleció Jeremías O’Donovan, uno de los fenianos de EEUU, su viuda quiso complacer su último deseo… ser enterrado en su Irlanda natal. A través de la Hermandad se financió la repatriación del cuerpo y fue enterrado en el cementerio de Glasnevin (Dublín).

Durante el entierro uno de los miembros de la Hermandad, el poeta y escritor Patrick Pearse, pronunció un discurso ante más de 70.000 personas que terminaba así…

La vida surge de la muerte, y de las tumbas de los patriotas surgen las naciones. Ellos piensan que han pacificado Irlanda. Ellos piensan que han comprado a la mitad de nosotros e intimidado al resto. La Irlanda sometida nunca estará en paz.

Un año más tarde, 24 de abril 1916, se inició el levantamiento irlandés, el Alzamiento de Pascua, y Patrick Pearse fue proclamado Presidente del Gobierno Provisional de la República de Irlanda. Fueron cinco efímeros días de libertad que el ejército británico reprimió con dureza. El 3 de mayo, Patrick Pearse, como cabecilla de la revuelta, y otros 14 hombres más fueron ejecutados.

Patrick Pearse

Patrick Pearse

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La masacre del Zong, cuando los esclavos eran arrojados por la borda para cobrar el seguro

12 mar
12 marzo 2013

La masacre de Zong (1781) fue un miserable asesinato en masa de esclavos africanos en un barco inglés, propiedad de William Gregson y un grupo de comerciantes de Liverpool.

El Zong zarpó de la isla de Santo Tomé, en la costa occidental de África, el 6 de septiembre de 1781 con 442 esclavos y una tripulación de 17 miembros con rumbo a Jamaica. El capitán del barco, Luke Collingwood, no era lo que se dice un lobo de mar y lo único que le interesaba era el dinero… más esclavos más dinero. Así que, cargó muchos más esclavos de lo normal para un barco de este tamaño.

El viaje estaba durando más de lo normal (unos 2 meses). El hacinamiento, la desnutrición y las enfermedades comenzaron a hacer mella entre los esclavos y la tripulación: 60 esclavos y 7 miembros de la tripulación murieron. El 28 de noviembre, el capitán se dio cuenta de que habían cometido un error de navegación y que, variando el rumbo, todavía tardarían casi un mes más en llegar a su destino. Collingwood comenzó a hacer cuentas, si los esclavos seguían muriendo o enfermaban perderían unas 30 libras por cabeza. Reunió a la tripulación y les explicó la situación:

El seguro que habían suscrito los armadores aseguraba la pérdida, captura o muerte (naufragio, abordaje o revuelta, por ejemplo) de los esclavos, pero se exceptuaban los casos de muerte natural, por enfermedad o suicidio. Collingwood propuso tirar por la borda a los esclavos enfermos. De esta forma, y utilizando el principio general average (echazón) por el que un capitán podía desechar parte de la carga con el fin de salvar el resto, eliminaba los esclavos enfermos que no los habría cubierto el seguro. La justificación para utilizar el general average era que no tenían suficiente agua para cubrir las necesidades de carga y tripulación. Durante varios días se fueron tirando esclavos por la borda; al principio, mujeres y niños y, más tarde, los hombres… 133 en total.

Masacre Zong

El 22 de diciembre 1781, el Zong llegaba a Jamaica con 208 esclavos. Después de venderlos, William Gregson reclamó a la aseguradora 4.000 libras por los esclavos perdidos. La aseguradora se negó a pagar por considerarlo “un mal manejo de la carga” y el caso llegó a los tribunales… no por el asesinato de 133 personas, sino por si la aseguradora debía indemnizar al armador. En 1783 comenzó el juicio en Londres, sin el diario de a bordo, se perdió misteriosamente,  y sólo con las declaraciones de la tripulación. En este primer juicio, el jurado dio la razón a los propietarios del Zong. Sin embargo, la compañía de seguros apeló y pidió que el caso fuese juzgado ante la Corte Suprema.

En este segundo juicio, en el que la aseguradora presentó pruebas de que en el barco había agua más que suficiente, se presentó el abolicionista inglés Granville Sharp solicitando que el caso a tratar era el asesinato de 133 personas. El presidente de la Corte Suprema, Lord Mansfield, ante las nuevas pruebas acusó a la tripulación de negligencia por tirar a los esclavos teniendo agua suficiente (“mal manejo de la carga”) y anuló la sentencia anterior dando la razón a la aseguradora… pero desestimó tratar el caso como asesinato (puso como ejemplo que sería lo mismo que si la carga hubiese sido de caballos).

Granville Sharp utilizó la masacre del Zong, como ejemplo de la depravación humana, para concienciar a la opinión pública y presionar al gobierno. Por último, en 1807, Gran Bretaña abolió el comercio de esclavos. Lamentablemente, la trata de esclavos no terminó y la multa de 100 libras, que la Royal Navy imponía por cada esclavo encontrado a bordo de un barco, siguió justificando tirar los esclavos por la borda.

Slave Ship (1840) J. M. W. Turner

Slave Ship (1840) J. M. W. Turner

Fuentes e imágenes: The Zong Massacre, The Slave Ship Zong Case

 

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La foto más famosa de Winston Churchill y el puro de la discordia

10 mar
10 marzo 2013

Yousuf Karsh (1908-2002) fue un fotógrafo canadiense de origen armenio. Nació en Mardin (Turquía) pero cuando tenía 14 años tuvo que huir a Siria, y más tarde a Canadá, huyendo de la persecución que sufrieron los armenios en Turquía. Ya en Canadá,  se instaló con un tío suyo que era fotógrafo y del que aprendió el oficio. Años más tarde, montó su propio negocio en Ottawa, cerca de la sede del Parlamento canadiense. Tuvo la suerte de que Mackenzie King, el Primer Ministro, entrase en su negocio para encargarle unas fotos familiares. Quedó tan impresionado por su trabajo que lo contrató para fotografiar a los dignatarios extranjeros que visitasen el Parlamento.

Karsh

En 1941, con motivo de la visita de Winston Churchill al Parlamento canadiense para dar un discurso, Karsh instaló la cámara y el equipo de iluminación en una pequeña habitación habilitada para fotografiar al político inglés. Cuando Churchill terminó, le invitaron a pasar a la habitación para hacerle la fotografía, cosa que disgustó al dignatario inglés porque no había sido informado. A regañadientes, accedió y pasó al improvisado estudio.

Tiene dos minutos. Y eso es todo, dos minutos.

Karsh le indicó dónde debía situarse y preparó la iluminación. Cuando se dirigía hacia la cámara, Churchill se encendió uno de sus famosos puros. Karsh le pidió que lo apagase y sólo obtuvo un no por respuesta. Se armó de valor, se acercó a él y le quitó el puro de la boca. Karsh se dio la vuelta y sintió los ojos Churchill clavados en su nuca… en ese momento pulsó el disparador que llevaba en la mano.

Churchill-Karsh

Mosqueo, indignación, sorpresa… Se hizo el silencio… Hasta que Churchill, sonriendo, se acercó a Karsh le dio la mano y le dijo:

Puede hacerme otra. Usted podría hacer que un león rugiendo posase para un foto.

Churchill-Karsh1

Esta segunda foto, en la que Churchill se muestra sonriente, pasó sin pena ni gloria; pero la primera, portada incluso de la revista LIFE, es una de las más famosas de la historia. En 1967, Karsh fue nombrado miembro de la Orden de Canadá (la orden civil de mayor rango). De las 100 personas más influyentes del siglo, según la elección de International Who’s Who en el año 2000, Karsh había fotografiado 51.

Fuentes e imágenes: Iconic Photos, Petapixel, Karsh

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Lady Juliana, de barco de convictas a burdel flotante

29 ene
29 enero 2013

Con 800.000 personas en el siglo XVIII, Londres era la ciudad más grande de Europa donde se podían encontrar las mayores fortunas del Imperio británico y los barrios más míseros en los que indigentes, raterillos, prostitutas… simplemente sobrevivían. Los delitos contra la propiedad -la maldita costumbre que tienen los pobres de comer todos los días- eran los más frecuentes en una sociedad marcada por las grandes diferencias sociales. La amenaza de las penas de muerte impuestas bajo el Bloody Code (Código Sangriento), llamado así por la gran cantidad de delitos castigados con la pena de muerte (se pasó de 50 delitos en 1688 a más 220 a finales del XVIII), tampoco hizo disminuir el número de robos. Las cárceles estaban desbordadas y había que buscar una solución… La revolución americana, y la posterior independencia de los EEUU, paralizó el envío de convictos, así que la única manera de aliviar el problema de hacinamiento de las cárceles era establecer una colonia penal en la tierra descubierta por el capitán James Cook… Australia.

En mayo de 1787, partía de Portsmouth la llamada Primera Flota: 11 barcos (9 cargueros y 2 buques de guerra) con 756 presos (564 hombres, 192 mujeres) y 550 personas más entre funcionarios, guardia marinas y tripulación -algunos de ellos son sus familias- al mando del capitán Arthur Philip. El 18 de enero de 1788, y después de 8 meses de navegación, llegaban a Botany Bay. Aunque, en teoría, éste era el lugar para establecer la colonia, encontraron mejores condiciones en Sydney Cove donde, al final, se establecieron. La nueva colonia tuvo problemas desde el principio: enfermedades como el escorbuto y la disentería, marineros y funcionarios metidos a campesinos sin ninguna experiencia, herramientas de construcción de mala calidad, el ganado que habían traído se moría, enfrentamientos con los aborígenes…

Arthur Philip izando la bandera en Sydney Cove

Arthur Philip izando la bandera en Sydney Cove

Las noticias que llegaban de Australia no eran muy esperanzadoras, así que el gobierno británico decidió enviar un barco de mujeres. Este envío se apoyó en la teoría de que para que la colonia -en su inmensa mayoría compuesta por hombres- prosperase, necesitaba estabilidad y sólo se conseguiría creando familias. Y de paso, limpiaban un poco más las cárceles… enviaron 255 convictas.

El 29 de julio de 1789, partía de Plymouth el buque Lady Juliana con 225 prostitutas/rateras/estafadoras… rumbo a Australia. Las mujeres dormían en la cubierta inferior, pero algunas de ellas consiguieron mejores estancias emparejándose, e incluso casándose, con algún miembro de la tripulación. Elizabeth Barnsley, una conocida ladrona y estafadora, se procuró unas buenas estancias y montó un negocio muy lucrativo: un burdel flotante. Además de los miembros de la tripulación y los guardia marina que las custodiaban, tenían muchos clientes en los puertos donde hacían escala para comprar suministros: Islas Canarias, Río Janeiro, Ciudad del Cabo… Lógicamente, esta travesía tardó dos meses más que la anterior, sólo en Río de Janeiro estuvieron 45 días..

Lady Juliana

Lady Juliana

El 6 de junio de 1790, casi 2 años y medio después de la llegada de la Primera Flota, Lady Juliana llegaba a Australia. Después de las miserias y penurias pasadas por los colonos, pensaron que les llegaría un barco de suministros:

Una carga tan innecesaria y tan poco rentable como 222 mujeres, en lugar de un cargamento de provisiones (en palabras de los colonos)

A las tres semanas de la llegada del Lady Juliana, llegaba la Segunda Flota compuesta por cuatro barcos (Justinian, Surprize, Neptune y Scarborough) con suministros… y todo se calmó. A las mujeres que llegaron a bordo del Lady Juliana, se les podría considerar como las madres fundadoras de Australia. Elizabeth Barnsley consiguió el dinero suficiente y regresó a Inglaterra.

Fuentes e imágenes: The Lady Juliana And The New World, The Second Fleet Transports – Lady Juliana, The First Fleet

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¿Esconde la leyenda del mono ahorcado en Hartlepool algo peor?

18 nov
18 noviembre 2012

En el pueblo costero de Hartlepool, en el noreste de Inglaterra, perdura una leyenda de hace dos siglos sobre un mono que fue ahorcado por los pescadores del pueblo al considerarlo un espía francés. A comienzos del siglo XIX, en el transcurso de las Guerras Napoleónicas, los pueblos costeros ingleses vigilaban sus aguas ante la posible invasión francesa. Una tormenta desvió de su rumbo un barco de guerra con pabellón francés, haciéndolo llegar hasta la costa de Hartlepool. Los lugareños, expectantes, contemplaban aquella lucha desigual hasta que el buque perdió el mástil y se partió en dos. A la orilla llegaban los restos del naufragio: cajas de suministros, el mástil… y un mono empapado con el uniforme francés sobre una tabla.

En aquello días, ante el acoso de Napoleón, los ingleses vivían en estado de psicosis permanente: se mostraban desconfiados, por todos los sitios veían espías… hasta un simple mono supuso un peligro para los habitantes de Hartlepool. Se acusó al pobre mono, que no era otra cosa que la mascota del barco, de espía y en la misma orilla se le juzgó y sentenció a la horca. Se clavó el mástil del barco en la arena y se ahorcó al mono.

Lo que podría haber quedado en un episodio de maltrato animal y, sobre todo, de estupidez humana podría esconder algo peor… el ahorcamiento de un niño. La leyenda ha llegado hasta nuestros días como el ahorcamiento de un mono (monkey en inglés) pero en la tripulación de los buques de guerra había otro tipo de monkey… los powder monkey: eran niños o adolescentes que se encargaban de llevar la pólvora (powder) de la bodega a los artilleros. Quizás en algún momento, a lo largo de estos dos siglos, alguien interesado en que Hartlepool no fuese protagonista de aquella atrocidad, decidió cambiar al powder monkey por un monkey.

Es mejor quedar como estúpidos (ahorcar un mono por espía) que como inhumanos (ahorcar un niño).

Podwer monkey

Fuentes: This is Hartlepool, Hartlepool Monkey,

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