El éxito militar de Roma se debió a la gran labor en el campo de la ingeniería, a los pactos, a alguna que otra traición… y, sobre todo, a las legiones. Aunque a lo largo del tiempo las legiones sufrieron cambios en lo relativo al número de miembros que las formaban (entre 4000 y 6000 e incluso incorporando jinetes), la voluntariedad (en épocas de guerra era obligatorio alistarse) o los años de servicio de sus integrantes, la legión romana fue la unidad militar de infantería básica durante la República y el Imperio. A pesar de ser “una profesión de riesgo”, habría que recordar que la vida en el ejército garantizaba comida, alojamiento y un salario que, si bien no era para tirar cohetes, tenía la ventaja de ser fijo. Además, tenían ciertos privilegios en los procesos judiciales, podían aprender un oficio, e incluso a leer y a escribir, tenían la atención médica garantizada… y cobraban la jubilación.

Pero para poder formar parte de las legiones de Roma había que cumplir una serie de requisitos mínimos:

  • Ser ciudadano de Roma. Como apoyo de las legiones estaban las tropas auxiliares, compuestas por soldados sin la ciudadanía romana, normalmente reclutados en las provincias, o mercenarios reclutados más allá de las fronteras.
  • La edad de reclutamiento podía variar, sobre todo durante las guerras en las que se rebajaba, pero estaría en torno a los 18 años.
  • Una altura mínima de 1,65 metros.
  • Aunque legalmente no podían casarse, en la práctica muchos soldados tenían esposa e hijos no reconocidos oficialmente.
  • Los candidatos debían pasar un reconocimiento médico para corroborar su buen estado físico.

Tras ser finalmente aceptados, los reclutas eran enviados a un campamento durante cuatro meses donde eran puestos en manos de instructores a fin de convertirlos en auténticos legionarios. Y no era una experiencia ciertamente agradable…

Pero como ha ocurrido a lo largo de toda la historia, algunos llevaban mal eso de alistarse y tener que luchar. Así que, buscaron artimañas para no “cumplir los requisitos mínimos de alistamiento”. Como a los cuatro primeros requisitos era harto difícil darles la vuelta, los esfuerzos se centraban en el tema físico… se amputaban los pulgares para no poder sujetar la espada y, de esta forma, quedar exentos del reclutamiento. En tiempos de César Augusto, se descubrió que un acaudalado ciudadano de Roma había cortado los pulgares de sus dos hijos y fue vendido como esclavo. En 368, con Roma ya muy debilitada y los bárbaros llamando a las puertas, esta práctica puntual se convirtió en habitual y hubo que endurecer las penas, incluyendo morir quemado en la hoguera.

Para abandonar las legiones, vivito y coleando, había tres procedimientos: a consecuencia de una enfermedad o heridas graves que hicieran al legionario inútil (missio causaria), por cometer delitos que provocaran su licenciamiento con deshonor (missio ignominiosa) y tras licenciarse al cumplir los 25 años de servicio (missio honesta).

Estos últimos, alrededor de la mitad de los alistados, podían volver a casa con una pensión, equivalente a la paga de doce años en tiempos de César Augusto, o recibir un terreno en los asentamientos cercanos a su campamento o en la región en la que habían servido. En muchas ocasiones se fundaron ciudades para asentar a estos jubilados (emeritos), como Emérita Augusta, hoy Mérida, que fue fundada por Augusto al licenciar a los veteranos de las legiones V y X tras las guerras cántabras. En otras ocasiones, eran los propios campamentos de las legiones los que formaron núcleos de población estable, como el caso de León que se fundó sobre el campamento de la Legio VII.

Fuentes: Legiones de Roma, Did Roman men dodge their military service?