Dejando a un lado mi experiencia personal con los dentistas y quitando rayos X, torno y taladros, extractores de saliva, ganchos, tornillos, agujas… y demás útiles, las evidencias arqueológicas datan las primeras visitas al odontólogo hace más de 8.000 años en la civilización del valle del Indo. Aunque habrían de pasar varios siglos para encontrar pruebas escritas relativas al tratamiento de enfermedades dentales, en diferente culturas y lugares (Mesopotamia, China, India, Grecia…) se describe un gusano que atacaba los dientes perforándolos -hoy a este “gusano” lo llamamos caries-. El primer remedio para la caries se encontró en una mandíbula de hace 6.500 años descubierta en una cueva en Trieste (Italia) en la que a uno de sus caninos se le aplicó cera de abeja para rellenar un agujero. Y parece que siglos después los ocupantes de aquellas tierras siguieron manteniendo el arte dental, porque se considera que los etruscos (siglo VIII a.C.) fueron auténticos artistas tallando dientes y dentaduras con hueso.

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Mención especial merece Hesi-Re, al que podríamos considerar el primer dentista de la historia. Aunque no fue el primero que se ocupó de estos menesteres, ya que fue el médico del faraón Zoser hace “sólo” 4.600 años, sí fue el primero en denominarse “médico de los dientes”. Entre los tratamientos faraónicos para reconstrucción dental aparecen los puentes con los que mediante alambres de oro o plata se unían piezas sueltas con el resto de la dentadura. Tampoco hacían nada nuevo los que hace unos años, siguiendo una estúpida moda, se incrustaron piedras preciosas en sus dientes o incluso los reemplazaron por piezas de oro, la civilización maya ya lo hacía hace siglos perforando los dientes con una broca que hacían girar con un arco.

Fuentes: Los inventos de los antiguos