A mediados del siglo XVII una monja de Ágreda (Soria), María de Jesús de Ágreda, con fama de visionaria y milagrosa, amistó nada menos que con el rey Felipe IV, del que se hizo una especie de consejera y, de camino, le sacaba algunas prebendas para el convento y el pueblo. Incluso se dice que aconsejó al monarca firmar las paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) para poner fin a la sangría de las guerras en las que participaba España. Esta monja, entre otras cualidades, poseía el don de la bilocación, o sea, podía estar en dos lugares a la vez, por lo que sin salir del convento evangelizó Nuevo México, Texas y extensos territorios del suroeste de los Estados Unidos de América. O eso aseguran las crónicas de aquella época.

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El monje franciscano portugués Alonso de Benavides recabó testimonios de indígenas del Nuevo Mundo que aseguraban que una dama azul había llegado hasta allí para hablarles de Dios pese a que no habían tenido contacto anterior con ningún evangelizador. Cuando los frailes mostraron a los nativos diversos retratos de monjas, todos sin excepción coincidieron en señalar a Sor María como aquella mujer “joven y hermosa vestida de azul“. Su descripción coincidía con la de la religiosa española. Lo curioso es que la monja nació y murió en su pueblo, jamás salió de allí ni del claustro del convento de Ágreda en el que ingresó con 16 años. Investigada a fondo por la Inquisición, la monja, bajo juramento, afirmó que era llevada por ángeles a países para ella desconocidos a predicar la palabra de Jesucristo entre paganos e idólatras. Todo ello, sin desatender su vida y obligaciones religiosas. Una experiencia mística en toda regla que asombró a propios y extraños. Finalmente, el Santo Oficio no pudo demostrar ningún acto fuera los cánones establecidos por la Iglesia (y superar un examen de la Inquisición era más duro que unas oposiciones a notario).

Fueran ciertas o no sus bilocaciones y místicos estados de trance, lo cierto es que el cuerpo de María Jesús de Ágreda permanece incorrupto expuesto al público en el mismo convento donde ejerció como abadesa. Falleció el 2 de mayo de 1665, y desde entonces han sido varios los intentos que piden que sea beatificada, sin éxito por el momento.

Colaboración de Javier Ramos de Lugares con Historia