• Inicio
  • Contacta
  • Podcast
  • Entrevistas
  • Premios HdH
  • Enlaces
  • #letrasenelsahara
  • Entropía
Estás en: Inicio / Colaboración, premio, Relatos / La derrota. Alberto Pertejo
Letras en el Sahara, nace en la red y desemboca en el desierto

La derrota. Alberto Pertejo

Por Javier Sanz el 20 julio 2009

Este relato participó en el I Premio de Relatos Medievales. Su autor Alberto Pertejo.

El sol me cegaba y la sed me aturdí­a, mientras un suave y persistente zumbido me taladraba la cabeza. A través del velo de la derrota, veí­a pasar a los musulmanes, vencedores, burlándose de nosotros. Uno de ellos, desdentado, con el torso desnudo y rastros de sudor y tierra, se acercó, se puso a mear salpicando a alguno de los estaban más heridos y que apenas hicieron nada por moverse. Quizá, no podí­an. Luego, con una sonrisa de dientes podridos se alejó dejando la serpiente de su burla.
Una nube de tábanos, verdosos y macizos, volaban entre nosotros por encima de nuestras cabezas. Cerré los ojos o se me cayeron los párpados, y un cansancio de plomo me oprimió los hombros, los sentidos y los pensamientos. Mi lengua, rugosa y áspera, se paseó por los labios roí­dos y resquebrajados. Recordé el suave murmullo del Bernesga en primavera y el torrente de agua del Torí­o en invierno. Vi los prados verdes y las cosechas crecidas. Dos lágrimas se posaron en el balcón de mi mirada queriendo saltar de mi pasado.
Habí­amos sido derrotados en aquel dí­a del 4 de julio del Año de Gracias de mil ciento y ochenta y siete. Aquello suponí­a el fin del Reino de Jerusalén y de nuestros anhelos y ambiciones. Era, en definitiva, un final abrupto y demoledor para las ilusiones puestas en una vida de lucha y sacrificio. Un desenlace devastador y mortal para la Cruz. ¿Merecí­a la pena acabar así­?
Me sentí­ humillado por los hombres y abandonado por Dios en aquella meseta pedregosa y quemada de Hattin. Miré a mi alrededor y sólo vi muertos que todaví­a andaban, respiraban y se sentaban. Muertos con vida breve y efí­mera que sólo esperan en la antesala del infierno que llegue su hora. Una hora que llegaba con la lentitud del verdugo cruel y la porfí­a de una venganza segura.
Mis hermanos, como yo mismo, tení­an las vestes manchadas de sangre, sudor y tierra y en las miradas, el miedo se habí­a convertido en desánimo. Las almas estaban llagadas de profundas trincheras de dolor y resquemor. Ninguno pensaba en nada y solamente esperaba el destino.
Nadie hablaba; unos pocos rezaban, y los más miraban al cielo donde ya se recortaban cuervos y buitres al acecho de nuestros despojos. A mi alrededor sólo habí­a desolación e incuria; un lúgubre presagio se adensó en mi cabeza.
“”Van a ajusticiarnos… “”susurré más para mí­ que para ser escuchado por alguien.
“”Nos cortarán la cabeza… “”dijo alguien a mi espalda.
Me volví­ con esfuerzo, pues mi herida del hombro, que ya empezaba a mostrar una costra terrosa y sucia, me pinchaba de dolor.
Vi a un templario de rostro curtido, mirada limpia y clara, pero sin el más mí­nimo brillo. Me parecieron dos ojos tristes y melancólicos que se mecí­an en la tristeza. El azul de sus pupilas tení­a la opacidad de la tragedia y la postración de la derrota.
“”¿Por qué Dios nos ha fallado? “”Pregunté con más retórica que intención.
El templario sonrió de lado y me miró.
“”Nosotros hemos abandonado a Dios.
“”¿Cómo decí­s?
“”El pecado y la mentira, nos alejan de nuestra identidad y nos separan de Dios.
“”¿Por qué decí­s eso?
“”Porque Dios es tan justo que ha permitido esta derrota.
Me pareció blasfemo e injurioso.
“”Si de mí­ dependiera os arrancarí­a la lengua “”dije sofocado y con algo de aturullamiento.
Volvió a sonreí­r de lado. Luego miró de nuevo a los buitres que se concentraban entre las rocas y peñascos de aquella meseta.
“”Y si de mí­ dependiera, yo mismo ajusticiarí­a al rey de Jerusalén y a su corte.
Mis ojos se desorbitaron ante tamaña feloní­a. Incluso intenté levantarme con el ánimo de defender la dignidad, ya no del Rey de Jerusalén, sino de la Cruz, pues el nombre de Dios habí­a quedado en entredicho en los labios de aquel templario.
“”Pensadlo bien. Reflexionad sobre todo lo que ha llevado hasta este dí­a. ¿Nos merecemos a Dios? Vos mismo sabéis que no.
Yo me volví­ sin querer responder, ofuscado y doliente. Así­ me quedé mucho tiempo mirando al frente, obviando el dolor de mi hombro y rezando para que Dios perdonara a aquel templario, sin duda ofuscado por aquella desdichada jornada.
Apoyé mis brazos en mis piernas encogidas y me centré en recordar mis dí­as de infancia, los paseos a caballo con mi padre y mis hermanos, las jornadas de caza y las celebraciones de la buena cosecha. Intenté soñar con un mundo feliz, distante y próspero que le mantuviera lejos y ajeno al presente tan fatí­dico y cruel que se presentaba.
Pero quiso Dios que las palabras del templario llenaran el aturdimiento y la modorra que el sol imponí­a. En la penumbra de los sueños resonaron aquellas palabras y me vi cabalgando en una llanura sin fin, a lomos de un caballo blanco y dócil. Sentí­ una oleada de calor y de bienestar que me inundaba de placidez, mientras en un palmeral brotaba agua de un manantial que sonaba cristalino y fresco. Como el Bernesga en primavera y el Torí­o en invierno. Un anciano, solemne y de mirada tranquila, me observó descabalgar y acercarme a un árbol que desconocí­a y del que pendí­an infinidad de frutos maduros y de aspecto celestial. Con una sonrisa beatí­fica me indicó que podí­a coger cuanto quisiera, que calmara mi sed y mi hambre sin temor de caer en indigestión.
Respiré un aire puro y limpio y probé los frutos más jugosos que uno puede imaginar. Bebí­ de aquellas aguas tan claras y frí­as como un torrente nacido de las nieves de las montañas. Me sentí­a en mi sueño vivo de nuevo y con renovadas energí­as en un paraí­so tan real como yo mismo. Me oí­a respirar y hasta hubiera jurado que sentí­ el sabor de aquellos frutos tan dulces y refrescantes.
Una mano me agitó el hombro herido y chillé de dolor. Era el mismo musulmán desdentado que habí­a meado sobre los más postrados. Noté el tufo a sudor, tierra y orí­n que despedí­a. Con la serpiente de dientes podridos me hací­a señas para que despertara.
Me volví­ hacia atrás, pero no vi al templario. Giré la vista buscándolo pero seguí­ sin encontrarlo. Al final, pregunté al caballero hospitalario de mi derecha.
“”¿Vos sabéis dónde está el templario que estaba a mis espaldas? ¿Se le han llevado? ¿Con el que he hablado antes?
El hospitalario, de mirada ruda y rostro anguloso, me miró con asombro.
“”Detrás de vos no habí­a ningún templario y habéis estado delirando por efecto, seguramente, de las fiebres que os empiezan a causar vuestra herida infectada.
“”Pero… he hablado con él.
“”Desde hace más de una hora habéis permanecido somnoliento y tan sólo habéis hablado en sueños. Algo de un rí­o llamado Bernesga… o algo así­. Pero no con un templario.
Me giré sorprendido y en ese momento supe que iba a morir.
“”Pater noster…

Artículos relacionados:

  • Sebastián Roa, Premio de Novela Histórica “Comarca del Cinca Medio”
  • Amantes de Teruel.
  • Poesí­a y Rayajo para HdH
  • La Orden de San Juan.
  • Premio Excellent Blog Award

Popularidad: 2%

  • Meneame
  • Divúlgame
  • Divoblogger
  • Bitacoras
  • Facebook
  • Twitter

Archivado en Colaboración, premio, Relatos | Etiquetas: Colaboración, premio, Relatos | Comentar

Identificando...

Perfil |Cancelar|

Identificarse con Twitter Identificarse con Facebook
o bien

Not published

« Anterior Siguiente »

Suscribirse a Historias de la Historia

Historias de la Historia Web

Suscríbete por mail

Recomienda Historias de la Historia

Post populares

Clases de putas en la antigua Roma.
¿Sabrán los ingleses que el origen de su himno es una fístula anal?
Un poema en latín que nadie se atrevió a traducir en 20 siglos.
Las patentes más absurdas de la historia.
Excusas que aceptaban los faraones para no ir a trabajar a las pirámides.
¿Por qué nunca habéis visto billetes con la cara de Franco?
¿Cómo se transportaban las vacunas hace dos siglos?
La venganza de un dentista por el ataque a Pearl Harbor.
Consejo para mujeres infieles.
El día que un lepero fue rey de Inglaterra.

Buscar en Historias de la Historia

También en Twitter, Pinterest y Google+

Seguir @jsanz
Follow Me on Pinterest
Viajes a Nueva York bugSquare

Hablamos de...

Actualidad Archienemigos arte calendario cientí­ficos Colaboración concurso Costumbres Denuncia economí­a EEUU Enigmas y Anécdotas Entrevista Entropía fotos Gabriel Castelló Grecia guerra Guerra Civil Guerra Mundial historia Hitler Humor Inglaterra Inventos Israel Juan Antonio Cebrián judios Libros LoH medieval medievo Momentos Mª Pilar Queralt nazis Novela Histórica polí­tica posguerra premio Presentacion Relatos religión Roma venganzas Video

WP Cumulus Flash tag cloud by Roy Tanck requires Flash Player 9 or better.

Estadisticas

  • Posts 907
  • Comentarios 32,796

Archivos

Historias de la Historia en Facebook

Podcast Historias de la Historia

En la red

apuestas
resultados
viajes
viajes baratos
productora audiovisual


Los catálogos de Geniale.es apoyan al medio ambiente


Blogs con EÑE

Paperblog
Fundación Gedisos
Territorio ñ

Política Privacidad

Política Privacidad

Reconocimientos de HdH

badge-premios-bitacoras

Blogoteca