Este relato participó en el I Premio de Relatos Medievales. Su autor Alberto Pertejo.
El sol me cegaba y la sed me aturdía, mientras un suave y persistente zumbido me taladraba la cabeza. A través del velo de la derrota, veía pasar a los musulmanes, vencedores, burlándose de nosotros. Uno de ellos, desdentado, con el torso desnudo y rastros de sudor y tierra, se acercó, se puso a mear salpicando a alguno de los estaban más heridos y que apenas hicieron nada por moverse. Quizá, no podían. Luego, con una sonrisa de dientes podridos se alejó dejando la serpiente de su burla.
Una nube de tábanos, verdosos y macizos, volaban entre nosotros por encima de nuestras cabezas. Cerré los ojos o se me cayeron los párpados, y un cansancio de plomo me oprimió los hombros, los sentidos y los pensamientos. Mi lengua, rugosa y áspera, se paseó por los labios roídos y resquebrajados. Recordé el suave murmullo del Bernesga en primavera y el torrente de agua del Torío en invierno. Vi los prados verdes y las cosechas crecidas. Dos lágrimas se posaron en el balcón de mi mirada queriendo saltar de mi pasado.
Habíamos sido derrotados en aquel día del 4 de julio del Año de Gracias de mil ciento y ochenta y siete. Aquello suponía el fin del Reino de Jerusalén y de nuestros anhelos y ambiciones. Era, en definitiva, un final abrupto y demoledor para las ilusiones puestas en una vida de lucha y sacrificio. Un desenlace devastador y mortal para la Cruz. ¿Merecía la pena acabar así?
Me sentí humillado por los hombres y abandonado por Dios en aquella meseta pedregosa y quemada de Hattin. Miré a mi alrededor y sólo vi muertos que todavía andaban, respiraban y se sentaban. Muertos con vida breve y efímera que sólo esperan en la antesala del infierno que llegue su hora. Una hora que llegaba con la lentitud del verdugo cruel y la porfía de una venganza segura.
Mis hermanos, como yo mismo, tenían las vestes manchadas de sangre, sudor y tierra y en las miradas, el miedo se había convertido en desánimo. Las almas estaban llagadas de profundas trincheras de dolor y resquemor. Ninguno pensaba en nada y solamente esperaba el destino.
Nadie hablaba; unos pocos rezaban, y los más miraban al cielo donde ya se recortaban cuervos y buitres al acecho de nuestros despojos. A mi alrededor sólo había desolación e incuria; un lúgubre presagio se adensó en mi cabeza.
“”Van a ajusticiarnos… “”susurré más para mí que para ser escuchado por alguien.
“”Nos cortarán la cabeza… “”dijo alguien a mi espalda.
Me volví con esfuerzo, pues mi herida del hombro, que ya empezaba a mostrar una costra terrosa y sucia, me pinchaba de dolor.
Vi a un templario de rostro curtido, mirada limpia y clara, pero sin el más mínimo brillo. Me parecieron dos ojos tristes y melancólicos que se mecían en la tristeza. El azul de sus pupilas tenía la opacidad de la tragedia y la postración de la derrota.
“”¿Por qué Dios nos ha fallado? “”Pregunté con más retórica que intención.
El templario sonrió de lado y me miró.
“”Nosotros hemos abandonado a Dios.
“”¿Cómo decís?
“”El pecado y la mentira, nos alejan de nuestra identidad y nos separan de Dios.
“”¿Por qué decís eso?
“”Porque Dios es tan justo que ha permitido esta derrota.
Me pareció blasfemo e injurioso.
“”Si de mí dependiera os arrancaría la lengua “”dije sofocado y con algo de aturullamiento.
Volvió a sonreír de lado. Luego miró de nuevo a los buitres que se concentraban entre las rocas y peñascos de aquella meseta.
“”Y si de mí dependiera, yo mismo ajusticiaría al rey de Jerusalén y a su corte.
Mis ojos se desorbitaron ante tamaña felonía. Incluso intenté levantarme con el ánimo de defender la dignidad, ya no del Rey de Jerusalén, sino de la Cruz, pues el nombre de Dios había quedado en entredicho en los labios de aquel templario.
“”Pensadlo bien. Reflexionad sobre todo lo que ha llevado hasta este día. ¿Nos merecemos a Dios? Vos mismo sabéis que no.
Yo me volví sin querer responder, ofuscado y doliente. Así me quedé mucho tiempo mirando al frente, obviando el dolor de mi hombro y rezando para que Dios perdonara a aquel templario, sin duda ofuscado por aquella desdichada jornada.
Apoyé mis brazos en mis piernas encogidas y me centré en recordar mis días de infancia, los paseos a caballo con mi padre y mis hermanos, las jornadas de caza y las celebraciones de la buena cosecha. Intenté soñar con un mundo feliz, distante y próspero que le mantuviera lejos y ajeno al presente tan fatídico y cruel que se presentaba.
Pero quiso Dios que las palabras del templario llenaran el aturdimiento y la modorra que el sol imponía. En la penumbra de los sueños resonaron aquellas palabras y me vi cabalgando en una llanura sin fin, a lomos de un caballo blanco y dócil. Sentí una oleada de calor y de bienestar que me inundaba de placidez, mientras en un palmeral brotaba agua de un manantial que sonaba cristalino y fresco. Como el Bernesga en primavera y el Torío en invierno. Un anciano, solemne y de mirada tranquila, me observó descabalgar y acercarme a un árbol que desconocía y del que pendían infinidad de frutos maduros y de aspecto celestial. Con una sonrisa beatífica me indicó que podía coger cuanto quisiera, que calmara mi sed y mi hambre sin temor de caer en indigestión.
Respiré un aire puro y limpio y probé los frutos más jugosos que uno puede imaginar. Bebí de aquellas aguas tan claras y frías como un torrente nacido de las nieves de las montañas. Me sentía en mi sueño vivo de nuevo y con renovadas energías en un paraíso tan real como yo mismo. Me oía respirar y hasta hubiera jurado que sentí el sabor de aquellos frutos tan dulces y refrescantes.
Una mano me agitó el hombro herido y chillé de dolor. Era el mismo musulmán desdentado que había meado sobre los más postrados. Noté el tufo a sudor, tierra y orín que despedía. Con la serpiente de dientes podridos me hacía señas para que despertara.
Me volví hacia atrás, pero no vi al templario. Giré la vista buscándolo pero seguí sin encontrarlo. Al final, pregunté al caballero hospitalario de mi derecha.
“”¿Vos sabéis dónde está el templario que estaba a mis espaldas? ¿Se le han llevado? ¿Con el que he hablado antes?
El hospitalario, de mirada ruda y rostro anguloso, me miró con asombro.
“”Detrás de vos no había ningún templario y habéis estado delirando por efecto, seguramente, de las fiebres que os empiezan a causar vuestra herida infectada.
“”Pero… he hablado con él.
“”Desde hace más de una hora habéis permanecido somnoliento y tan sólo habéis hablado en sueños. Algo de un río llamado Bernesga… o algo así. Pero no con un templario.
Me giré sorprendido y en ese momento supe que iba a morir.
“”Pater noster…
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