Si ahora nos quejamos de los impuestos que nos toca pagar (directos como el IRPF o indirectos como el IVA) más motivos tenían para quejarse en el Medievo, ya que solían repercutir en el pueblo y beneficiar a los mismos (Corona, nobleza y clero). Vamos a poner algunos ejemplos para que podáis comparar.

- Diezmo: gravamen correspondiente a la décima parte de las cosechas que recaudaba la Iglesia y servía para el mantenimiento del clero. Se generalizó en el siglo XI y permaneció hasta el XIX.
- Alcabalas: impuesto castellano que gravaba el comercio de mercancías. En 1342 se generalizó y en 1349 se convirtió en un impuesto permanente. Suponía el 5% y luego el 10% del valor de la venta (aunque raras veces se llega a pagar esta cuantía). Su recaudación se hacía por arrendamiento o por encabezamiento (los municipios se comprometían a cobrar una cantidad, recaudada entre sus vecinos, y a cambio recibían contrapartidas políticas de los monarcas).
- Tercias reales: representaban dos novenas partes del diezmo y eran recaudadas de forma similar a las alcabalas.
- Excusado: implantado en 1567, consistía en la cesión del diezmo de la tercera mayor casa o hacienda (luego sería la primera) de cada parroquia.
- Primicias: consistentes en la cuadragésima y sexagésima parte de los primeros frutos de la tierra y el ganado.
- Portazgos: impuesto que se exigía en las puertas de las ciudades y villas principales del reino, sobre las mercaderías que los forasteros introducían en ellas para su venta.
- Pontazgos: similar al anterior, pero se paga al cruzar puentes.
- Sisas: impuesto indirecto implantado en Aragón y luego en Castilla. Consistía en descontar en el momento de la compra una cantidad en el peso de ciertos productos (pan, carne, vino, harina); la diferencia entre el precio pagado y el de lo recibido era la “sisa” (os suena). Como gravaba bienes de primera necesidad era muy impopular.
- Millones: impuesto extraordinario fijado por las Cortes de Castila, que se reservaban el control de su administración a través de una Comisión de Millones y comprometían a la Corona a dedicar lo recaudado a un gasto determinado (el primero se concedió a Felipe II en 1590 para reponer las pérdidas de la Armada Invencible).
Con la llegada de la revolución francesa, la mayoría de los impuestos medievales -todos indirectos- desaparecieron y los nobles comenzaron a tener que pagar a la Hacienda Pública, aunque ni campesinos ni artesanos vieron cumplidas sus expectativas de ver hecho realidad un sistema fiscal justo.
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